Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

―Y tú… ¿sí? ―musitó.

―No. Yo no puedo serlo ―dijo con pesar.

―Necesito que me des una buena razón, Avery Sullivan, porque no he decidido si mereces mi ayuda.

―¿Ayuda?

―Para conquistar a mi hermana.

―¿Qué? ―Regina creía que estaba ahí para persuadir a Eve… ¡Eso era imposible!

―Te lo preguntaré una sola vez y más te vale ser sincero, o gritaré tan alto que el duque de York llegará a creer que me has violentado.

―Supongo que me quedo sin opciones ―refunfuñó. No tenía ganas de enfrentarse a York. Lo fundamental era hablar con Eve antes de que lo descubriesen.

―¿Amas a mi hermana? ―La cuestión era sencilla.

―No es fácil. ―Él pareció estar leyéndole la mente.

―¿Sí o no?

―Siempre la amaré, no es un secreto y lo puedo confesar libremente.

No habrá más mujer que tu hermana en mi vida.

―No mentía, después de no saber nada sobre la cortesana, se había resignado a escapar de Londres solo.

No podría vivir en un lugar en el que pudiesen llegarle noticias sobre Eve siendo feliz, convirtiéndose en madre…

―Cásate con ella.

―Te he dicho que no era simple.

―¿Es debido a tu vida? ¿A causa de ese local de pecado que regentas? ―La cara de sorpresa de él hizo que ella sonriese. Los hombres siempre creyéndose que las mujeres no eran seres inteligentes capaces de pensar por sí mismas y actuar libremente.

―No sé cómo sabes eso acerca de mí, pero sí es cierto que no soy un hombre… respetable.

―Dime el motivo por el que mi padre, un hombre que nos amaba con todo su corazón, pero que no se sobrepuso jamás a la muerte de su condesa, te obligó a marcharte.

―Avery tenía que admitir que Regina se veía formidable en su papel de agente de Bown Street, tanto que temía que lo encarcelase en Newgate.

―El pasado no es importante.

―Debe de serlo si estás aquí y te tomas tantas molestias por el porvenir de mi hermana. Habla, Sullivan. ¿Le robaste a mi padre porque deseabas darle una mejor vida a mi hermana y él te descubrió? ―Era la única suposición factible que le venía a la mente.

―¡Jamás haría algo así! ―exclamó con enfado.

―Dime lo que sucedió y te ayudaré. ―Sonó a promesa.

Él se pasó la mano por el cabello y caminó unos pasos para debatir su proceder. No le quedaban más cartuchos. La hermana de ella podría ayudarlo a convencer a Evangeline de que había mejores partidos en Londres.

―El anterior conde de Snow descubrió que yo era un fraude…

Soy un bastardo y quería proteger a Eve de lo que sería una terrible unión con alguien que nació fuera del matrimonio y cuya vida era una mentira.

Yo no lo sabía. De haberlo sabido nunca habría…

Ella no merecía a un hombre como yo. Tu padre lo averiguó y me lo contó.

Esa mañana que hablé con él y me dijo lo que yo era, decidí apartarme de ella. Ahora ya lo sabes y debes ayudarme.

Regina frunció el ceño.

―¿Cómo iba a enterarse de una cosa así mi padre si había estado fuera tanto tiempo? ¿Y cómo tú no cuestionaste su acusación? Siempre hablabas amorosamente acerca de tus padres, de cómo quisiste ser abogado porque viste lo bien que lo hacía el señor Sullivan… Él te enseñó todo.

Avery suspiró y levantó la mano derecha para mostrar esa supuesta mancha familiar. Regina lo inspeccionó sin saber qué estaba viendo.

―Esto es una marca de mi familia. Soy hijo ilegítimo de un conde que me dejó con los señores Sullivan, pero es imposible escapar del pasado, alguien se lo dijo a tu padre y se afanó en despacharme. Él estaba seguro de mi historia y creo que no me mintió. Hay algo extraño en cuanto a mi nacimiento.

―¿De verdad ibas a casarte con Evangeline y te marchaste para no interponerte en su futuro, tal y como sospecho que te hizo ver mi padre?

―Sí ―respondió sin dudar―. Daría la vida por Eve si ella me lo pidiese o la viese en peligro, por eso es tan importante que no cometa el error de casarse con Banstorn.

Conozco a tu hermana, no será feliz con un hombre que no puede serle fiel a una mujer.

La destruirá. No me he sacrificado para que ella acabe con otro que la haga desgraciada. Regina… tienes que comprenderme.

Ella asintió y suspiró con fuerza.

―Te ayudaré. Y espero que mi hermana pueda apreciar lo que voy a hacer, porque una de las dos debe tener su final feliz y estar con el hombre que ama y que la merece.

Mi padre se equivocó contigo, Avery Sullivan, porque más allá del pecado de tus padres, tú eres un hombre que merece a mi hermana porque ningún otro hubiese hecho lo que tú hiciste.

No sé lo que sucedió para que Evangeline se disgustase contigo, pero en tus manos está arreglarlo.

Yo igual que tú amo a Evangeline, amo a mis hermanos con todo lo que tengo y soy, y su felicidad es lo principal.

―Tomó aire dispuesta a descubrir sus cartas.

Carraspeó y se dispuso a dar el tono y acento formal a su siguiente frase―: Monsieur Sullivan, usted y yo tenemos en común a una amiga francesa.

―Bueno, su acento extranjero no era tan creíble como el de Eve.

Usó la formalidad para darle mayor profundidad a su actuación.

―¿Conoces a mademoiselle Vengeance? ―Él frunció el ceño. ¿Ella estaba al tanto también de sus escarceos con la pequeña francesa que lo había tenido al límite hasta que se reencontró con Evangeline?

Regina abandonó su falso acento porque se dio cuenta de que él no entendía nada.

―La conozco muy bien, porque, oui , monsieur Sullivan, yo estuve en El placer del infierno cuando pujó por usted.

También estuve allí cada una de las veces que mademoiselle Vengeance acudió a sus citas con usted.

Fui yo quien le rogó a lord Liam Banstorn que nos llevase a…

mi hermana y a mí a su club disfrazadas de cortesanas con la única misión de ver si el propietario de ese antro en el East End era el mismo que dejó atrás a Eve, como le gusta llamarla.

―Sí, el tono formal ameritaba con la revelación.

No sabía si él había entendido algo, pues los segundos pasaban y Avery Sullivan no se movía, no parecía respirar y no daba señal alguna de comprender lo que había sucedido.

Acababa de entrar en una pesadilla. Sí. Lo que estaba viviendo era un mal sueño.

Regina tenía que estar mintiendo. ¡Lo habría sabido si Eve hubiese estado frente a él en su club!

Repasó los acontecimientos en su cabeza.

Sus ojos adornados con pintura, sus máscaras y pelucas cada vez diferentes…

Aquellos vestidos tan inapropiados que… Se fijó en Regina.

Miró con atención sus ojos. Eran preciosos, siempre había tenido unos orbes de un color muy característico que hacían suspirar a más de uno…

Tragó saliva al ver que ella afirmaba con la cabeza como si estuviese adivinando el rumbo de sus pensamientos.

Él negaba. No podía ser ella. No. Imposible.

No podía ser Evangeline porque recordar todo lo que había vivido con ella en su club lo hacía sentir enfermo.

Especialmente el último día cuando le arrebató la virginidad, le gritó y la echó sin contemplaciones.

Merecía la horca por haberla tratado así.

Se concentró en su pasado más reciente con aquella pequeña francesa.

El modo curioso en el que lo miraba siempre, como si lo conociera, como si pudiese ver su pasado, su alma…

Ella le había hablado de un hombre que la traicionó tiempo atrás.

Él se sentía cómodo con ella. Le causaba desconcierto y por eso había trasgredido todas las normas que se había impuesto a la hora de divertirse con una mujer.

Avery había hecho de ella su juguete particular. La había besado, tocado y poseído y aquella cortesana no se quejó ni una sola vez. Siempre se mostraba inocente en sus reacciones como si…

―No puede ser Evangeline… Regina, dime que no fue ella.

―¿Qué le hiciste? ―preguntó con suavidad―.

Ella me dijo que habías cambiado, que no había nada de ti…

de tu yo pasado en ti. ¿Entiendes? Ella decía que no podía confiar en ti.

¿Qué pasó para que decidiese darte por perdido y acceder a casarse con Banstorn?

―Regina no pretendía ahondar en cuestiones íntimas, solo darle a él en qué pensar al hacerle esas preguntas.

―Dios santo ―musitó―. No me estás mintiendo, fue Eve todo el tiempo… Era ella… ―La compresión lo atravesó como un rayo.

Avery buscó el banco de piedra y tuvo que tomar asiento o se desmayaría. El estómago lo sentía pesado, como si necesitase devolver para aligerar la carga.

―Tenías que saberlo, Sullivan. Mi hermana te ama, me lo ha confesado y merece la felicidad si puedes dársela. Si no estás a la altura de lo que ella merece de ti, te pido con humildad que te marches y no intervengas.

―No lo entiendes, Regina… Yo la hice mía.

Ella me pertenece tanto como yo a ella. No lo entiendes ―repitió como si fuese toda una gran revelación.

Fueron vírgenes. Los dos habían estado esperando aquel momento porque era lo que el destino les tenía deparado.

Aunque no supiera su identidad, su fuero interior sí la sentía y por eso había desobedecido sus propias normas para estar con ella de ese modo tan diferente al resto.

―¿Qué vas a hacer?

―Tengo que hablar con ella. No importa nada ya. Le hice una promesa a tu padre que ya no puede ser cumplida porque amo a la mujer a la que tengo que resarcir. Debo luchar por Eve y esta vez no sé si lograré que me perdone, Regina, porque fui más cruel que la primera vez.

La hermana de Evangeline le tomó las manos entre las suyas y le sonrió.

―Solo abre tu corazón y confía en ella. Tenéis que estar juntos.

Él cabeceó afirmativamente una vez, de forma enérgica, se levantó y caminó hacia las puertas francesas para entrar en el salón dispuesto a secuestrarla si hacía falta.