Capítulo 15
Una fiesta muy divertida
Iba a casarse. Era un hecho. Evangeline después de dos temporadas y con veinte años iba a convertirse en la esposa del hermano del duque de York.
Desde que el año pasado llegase a Londres, había deseado tener un futuro tan próspero como el que se le presentaba.
Engendraría al próximo duque de York. Debería estar exultante y llena de alegría.
La casa de la ciudad de su tutor se había vestido de gala para poder ofrecer una de las mejores fiestas de compromiso que habría en mucho tiempo.
Los duques de York no habían escatimado en nada.
Pronto las amonestaciones estarían leídas y ella entraría en la catedral para convertirse en esposa.
Lo que siempre había deseado desde que Avery Sullivan la abandonó…
la primera vez. Sí, la primera, porque dos veces le había roto el corazón.
Se miró en el espejo. Su traje para esa noche era de seda rosa con encajes de color plata en el pecho.
Sencillo. Su pelo había sido decorado con pequeñas flores blancas y lo llevaba recogido en un moño lleno de tirabuzones que bajaban por su nuca.
Isobel le había regalado un conjunto de rubís como obsequio de boda.
Los pendientes se veían fabulosos colgando de sus orejas y la gargantilla era gloriosa.
No desmerecían atención la pulsera y el anillo.
Los pequeños diamantes resplandecían de un modo que su rostro no lo hacía.
Triste. Vacía. No era ella misma. Evangeline no se sentía cómoda con su decisión, sin embargo era lo que debía hacer.
Temblaba solo con imaginar lo que sería volver a encamarse con un hombre.
Aunque hubiese sido el amor de su vida, no habría querido pasar por ello de nuevo.
Avery Sullivan la dejó partida incluso para negarse a darle los derechos a su futuro esposo.
No sabía si sería capaz de permitirle a Liam algo más que caricias lúbricas.
Si él intentaba entrar en su interior… Se sacudió con temor al recordar lo que supuso aquello. Dolor. Solo dolor.
―¿Evangeline? ―La aludida giró la cabeza con la pregunta y vio a su hermana en el vano de la puerta de su habitación.
―¿Ya es la hora?
―Lo haces sonar como si estuvieses esperando una sentencia… de muerte. Creí que era lo que querías. Casarte con un hombre que resultase todo un gran y excelente partido. ¿Qué te ocurre?
La congoja en la pequeña pregunta que había hecho su hermana era más que patente y preocupante. Evangeline tenía todo su futuro resuelto mientras que Regina no sabía lo que tendría que afrontar debido a su imprudencia.
―Yo… ―Evangeline sintió que no podía respirar con normalidad. Su pecho se aceleraba y los nervios los sentía destrozados.
Regina al ver que su hermana estaba teniendo un pequeño ataque de pánico, cosa que no le sorprendía porque estaba a punto de casarse con un hombre que jamás podría hacerla feliz debido a su carácter egoísta y libertino, se acercó corriendo y la abrazó.
―No pasa nada, hermana. Si no quieres casarte, no lo harás. Si deseas hacerlo, lo conseguirás. El futuro es tuyo. Nadie va a presionarte, te lo prometo, Evangeline.
Las palabras de Regina consiguieron tranquilizarla. Era verdad. Nadie la obligaba a nada, era libre para elegir.
―¿Alguna vez dejarás de amarlo? ―preguntó, tratando de mantener las lágrimas tras los párpados.
―No ―se sinceró. Ella había entregado su cuerpo y su alma al conde de Ranfield y nunca lo olvidaría. Su hijo sería un precioso recuerdo de los momentos robados que compartieron.
―Amo tanto a Avery que me duele. ¿Cómo podré acostarme con Liam llegado el caso? Cierro los ojos y solo veo al hombre que amaré mientras viva. ¡No quiero ser débil! Él no merece que me sienta así.
Regina la abrazó más fuerte.
―Sé que el hermano de York no te hará feliz.
Bien conoces lo que él me inspira, pero estoy segura de que te dará una vida grandiosa.
Te protegerá y es un excelente amigo. Os lleváis bien.
Si consideras que Avery no merece tu amor, corre hacia Banstorn porque él, tal vez, sea uno de los pocos hombres que merezca estar casado contigo.
―Tenía sus más y sus menos con Liam, pero Regina había visto la complicidad entre su hermana y su prometido.
Sintió como Eve se relajaba y la soltó de su agarre.
―Tienes razón. Todo va a salir bien. Avery es mi pasado. Solo mi pasado ―se repitió, como si necesitase grabárselo en piedra.
Las dos hermanas bajaron al salón principal. Los invitados comenzaron a llegar y la familia estaba recibiéndolos. Theodore había hecho un alto en Oxford para acudir a la fiesta.
―¿Por qué tienes aspecto de ir a tu funeral? ―preguntó su hermano menor.
Eve rodó los ojos debido al comentario.
―¡Oh, Theo! No le digas eso ―se quejó Regina.
―No tienes de qué asustarte, pienso hacer que Banstorn cumpla sus sagrados votos matrimoniales ―le aseguró el conde de Snow―. Y lo haré con todo mi empeño dado que así habrá más mujeres para mí con él fuera de circulación.
―¡Eres terrible! ―le espetó con enfado Evangeline.
Regina, que había estado perfectamente bien las últimas semanas, comenzó a sentir que el contenido de su estómago subía y bajaba.
Trató de controlar la ansiedad que sentía.
El próximo invitado al que tenía que saludar era el conde de Ranfield y ella no sabía si sería capaz de mantener la compostura.
― Lady Regina, está usted preciosa, como siempre ―le dijo Lawrence, mientras le sostenía la mano para depositar un beso en su guante blanco―. Me gustaría mucho solicitar el primer vals de la noche y… el segundo también.
No podía hablar. Regina no podía abrir la boca, porque aunque su mente se preguntaba por el hematoma que tenía él en su rostro, y el motivo por el que estaba en la fiesta, si empleaba su voz para comentar alguna cosa, vomitaría sobre Ranfield.
Así que asintió y sonrió con los dientes apretados, tratando de no ponerse en evidencia.
―Sea bienvenido, lord Ranfield ―tomó la palabra Eve, al ver que ella no estaba en su mejor momento.
La menor de las Dreyer lo vio entrar al salón. El modo en el que la había mirado y sonreído… ¿por qué le había pedido un vals? ¡No uno, sino dos! Lo siguiente que hizo Regina tras darse cuenta de que estaba terriblemente nerviosa fue escabullirse hacia el jardín para tomar el aire.
La noche estaba muy fría. Le vendría bien bajar la temperatura de su cuerpo. En su mente había unos recuerdos que la hija soltera de cualquier hombre no debería rememorar. Se acercó a la balaustrada más apartada de la terraza y se sentó en un pequeño banco de piedra que allí había.
Ninguno de los asistentes había salido a tomar el aire y la familia seguía recibiendo a los muchos invitados que habían sido convocados a la celebración del compromiso de Liam y Evangeline.
Justo a su lado cayó una cuerda. Miró hacia arriba y vio que una figura descendía por la pared que comunicaba con los vecinos de al lado.
―¡Cook, harás que me mate! ―se quejó Avery Sullivan al sentir que la cuerda se destensaba.
No había sido fácil enviar lejos a los señores Johnson cuando él y su hombre de confianza decidieron que el mejor lugar por el que se colarían en casa del duque de York sería el patio que comunicaba con ambas casas, pero lo habían logrado.
Benditas tías abuelas que residían en Essex y que podían tener una inesperada dolencia.
Cuando la casa estuvo vacía ya sobornaron al personal y el resto fue pan comido.
Lo más complicado sería disuadir a Eve para que no arruinase su vida con un hombre como Banstorn.
¿Qué le diría para convencerla? No tenía la menor idea, esperaba que cuando la tuviese delante los contras sobre su próxima unión fuesen surgiendo con destreza, incluso había elaborado una lista con candidatos de lo más aceptables y fiables para que ella tomase en consideración a alguno.
Regina había reconocido el timbre de su voz al instante, así que no se asustó debido a la intrusión. Se puso de pie, con los brazos en jarras, y aguardó pacientemente a que Avery Sullivan tocase el suelo con sus pies.
En el momento en el que el dueño del club se dio la vuelta para ingresar en el salón principal y se vio a una mujer morena que lo desafiaba con la mirada y mantenía los labios fruncidos…
La noche estaba cerrada, pero no tanto como para que él pudiese darse cuenta de que se acababa de topar con la hermana menor de Eve.
―¿Vas a gritar? ―preguntó con suavidad.
―Así que has supuesto que sería mejor prescindir de la formalidad porque te has colado en mi casa como si fueses un sucio ladrón. ―Ella se mantenía serena.
―Sí, bueno… En realidad esta no es tu casa… ―No sabía qué más decir.
―Definitivamente no es la tuya, señor Sullivan.
Tienes dos minutos para explicarme con mucho detalle a qué se debe tu intrusión.
Y más te vale que tus respuestas sean satisfactorias o yo misma te atizaré con…
―Miró a su alrededor para ver qué podría usar a modo de arma.
Vio una pequeña pero robusta maceta a su lado derecho― … con un tiesto de tierra.
Sullivan siguió su mirada y se dio cuenta de a lo que ella se refería.
―Tu hermana no puede casarse con lord Liam Banstorn.
Regina se quedó desarmada. Había esperado muchas cosas… Bien, en verdad, no había sabido a qué atenerse cuando vio al amor de su hermana colándose en la fiesta, pero el argumento de él le transmitió… ¿esperanza?
¿Y si una de las dos pudiera ser feliz con el hombre que amaba?
Si Sullivan supiera que la mujer atrevida a la que había seducido en el club era su hermana, ¿entraría en la casa y la reclamaría como suya para casarse al fin con ella y hacerla tremendamente feliz?
Esa perspectiva le calentaba el corazón.
¡Algo tenía que sentir él por Evangeline si estaba corriendo un riesgo tan grande!
―¿Por qué? ―Decidió que averiguaría más sobre las intenciones de él.
―Porque no es bueno para ella.