Capítulo 14 #3
―Porque yo desearía que fuese una niña para no poner en riesgo nuestra sangre y ella me daría un muchacho.
No le des más vueltas. No puede ser. Solo debo reparar su situación.
Evangeline es una buena opción. La mejor opción que tengo.
Los dos estaremos bien. Deja que haga esto por ella y que pueda seguir mi camino.
Malcom suspiró.
―Accedo a que tengas tu pelea si nuestra conversación falla.
―¿Qué?
―Eres mi único hermano. No correré un riesgo innecesario cuando con una sola palabra puedo solucionar esto.
―¡Me estás robando mi momento!
―Entiendo que quieres matarlo. ―Se quedó pensativo―. Bueno tal vez no asesinarlo, pero sí magullarlo, y no puedo…
―Mira, York ―Liam se puso serio―, esto va a ser a mi modo o te juro por toda tu línea futura de sucesión, que recae sobre mí, que no me casaré, y no tendré un hijo.
―Cruzó los brazos sobre su pecho y compuso su mejor cara de póker.
Iba a ser inflexible. Nadie iba a robarle el placer de atizar a Ranfield.
York se pasó una mano por su bello rostro. Las puntillas de la camisa le hicieron cosquillas en la nariz.
―Solo una pelea. Si veo que no ganas, intervendré y me da igual que te tilden de cobarde porque tu hermano te tuvo que salvar el pellejo. Y por descontado nada de duelo. Innegociable. ¿Lo tomas o lo dejas?
―Es más de lo que había esperado ―confesó con una sonrisa torcida―. Así que acepto sin rechistar.
―¡Acabemos con esto de una maldita vez! ―ladró Malcom.
Los cuatro disolutos, a saber: Malcom, el que se había reformado, Banstorn, quien estaba camino de enderezarse, Portman, que se convirtió en un pícaro por culpa del resto y Phenton, que tenía serios problemas con una dama que era hermana de un conde, estaban dispuestos a lo que hiciera falta.
Cuando Avery Sullivan los divisó, porque estaba esperando a Liam, se dispuso a ir en su búsqueda de inmediato. Se presentó ante el grupo de los cuatro amigos y los hermanos gruñeron.
―¿Por qué un conde y el hermano de un duque, que además está prometido con una mujer que no merece, van a volver a pelearse en mi club, más cuando la cortesana ya eligió a Ranfield en su momento?
Estoy a un paso de matarte, Banstorn. Evangeline no debería tener que someterse a la vergüenza que sentirá cuando se entere de que su futuro esposo babea por una fulana.
Liam se puso lívido. ¡La cortesana! Supo que la noche de la primera pelea con Ranfield, Regina se había acostado con el dandi. Se recompuso.
―Esto no tiene nada que ver con la cortesana a la que te refieres ―tomó la palabra Liam―, ni tampoco con Eve.
Sullivan rechinó los dientes. Ese apelativo era solo para el uso de él.
―¿York? ―le preguntó Avery al duque.
―Ranfield tiene un asunto delicado sobre sus espaldas y no tiene que ver con nada deshonesto por parte de Banstorn. El conde debe entender un par de cosas que mi hermano debe explicarle… a fuerza de golpes. ―Malcom miró a Liam y asintió para que viese que lo apoyaba en su proceder.
―No te casarás con ella, Banstorn ―le dijo, antes de iniciar el camino hasta el sótano, pues Avery tenía que ser el mediador del combate entre ambos.
Ya fue malo que apuñalasen a Phenton, no iban a matarse a golpes un conde y el hermano de un duque.
Liam decidió no responder a su observación, dado que no era el momento.
Sullivan se giró un instante y miró a Phenton con atención para espetarle―: Trata de no sangrar en mi club esta noche, o si te atacan, caza al maldito.
No sería bueno para el negocio acabar contigo muerto.
Sullivan había desarrollado una afinidad más que aceptable con Phenton, pues los dos habían investigado codo con codo la situación que vivió el duque el año pasado en El placer del infierno. Ambos estaban molestos porque no había pistas.
―Lo haré lo mejor que pueda ―alegó Lucien Maldith, duque de Phenton, con seriedad.
***
Liam Banstorn se había quitado toda la ropa a excepción de los pantalones. Su rival, Lawrence Trent, estaba en la misma tesitura que él. El conde de Ranfield no tenía demasiado claro a qué se debía ese nuevo enfrentamiento entre ambos, pero Lawrence no era de los que se desentendía de un desafío.
Antes de comenzar la pelea se acercó a Liam y le pidió que hablasen unos momentos. Sullivan se apartó para darles intimidad. El ambiente era del todo correcto para un combate. Gritos, apuestas y mucha expectación sobre los motivos de la pelea entre dos nobles.
―¿Voy a averiguar en algún instante qué falta he cometido ahora para que tenga que volver a pelear contigo? ―inquirió Ranfield.
―Una mujer.
El conde sonrió de lado.
―¿Esto es porque aquella cortesana me eligió a mí y todavía no lo has superado?
―Esto es porque voy a disfrutar dándote una paliza por haber sido un canalla y luego cumplirás con tu deber.
―¿Un acertijo, Banstorn?
―Primero me desquitaré contigo y a continuación te explicaré tu futuro inmediato, uno que cumplirás con una sonrisa en los labios. No tienes escapatoria. Si no haces lo honorable, yo te retaré a duelo. Nos enfrentaremos y si ganas, todavía quedará mi hermano para que des la cara.
El conde amplió todavía más su sonrisa.
―¡Oh! ¿Al fin te has dado cuenta de la identidad de la dama que se metió en mi cama?
No estaba seguro de si estabas al corriente sobre quién era ella.
―Se quedó pensativo―. Aunque pudiese ser que lo supieras y por eso la dejaste intacta para que yo desenvolviese tan preciado regalo, porque no te atreviste a corromperla.
¿La pelea responde a que quieres satisfacción porque yo la tuve en primer lugar, Banstorn?
Liam se acercó a unos escasísimos centímetros de él. Tenían una complexión similar. Los ojos de ambos estaban a la misma altura. La mirada azul del hermano del duque estaba tan oscurecida como la negra de Lawrence.
―¿Cuándo descubriste quién era ella?
―¿Me estás diciendo que la trajiste al club y no sabías que ella era la hija de un conde, Banstorn? ―Lord Ranfield no sabía a qué atenerse.
―¿Por qué hiciste algo así si sabías quién residía tras la máscara? ―Necesitaba entenderlo. ¿Tan canalla era el conde?
―Desde que la vi supe que era ella. Esos ojos son inconfundibles, no importa el resto de su aspecto.
Y si me estás reprochando que yo la tuviese pese a conocerla, no deberías sorprenderte.
Fuiste tú quien la trajo a un lugar de pecado.
¿Cómo iba a saber yo que era inocente cuando supuse que habías disfrutado de ella?
¿Me culpas por dar por hecho que era una mujer descarriada a la que habías seducido?
―Se defendió de todos los ataques que sabía que tenía el hermano del duque contra él.
Liam retrocedió y se dio cuenta de que en cierta medida su rival podía tener razón… Pero su razonamiento era endeble. No estaba al tanto de lo que había ocurrido entre Regina y el conde, más allá de la relación física y el resultado que desencadenó la unión.
―No importa qué supusiste, no es esencial que creas que estás libre de culpa.
Vas a casarte con ella por medio de una dispensa especial del arzobispo que mi hermano conseguirá, después de ir a declararte con un precioso ramo de flores, que acompañarás con un carísimo anillo.
Le dirás, arrodillado y mostrándote encantador, que todo el tiempo supiste que era ella y que estás tan enamorado que no puedes vivir sin su amor.
Porque esa dama es la luz en la oscuridad de tu alma y para ti será lo primero en lo que pienses cada día cuando te levantes y lo último que vendrá a tu mente antes de dormir.
Lawrence se quedó asombrado con las palabras tan sentidas de Banstorn.
―¡La amas! ―La exclamación se sintió más una acusación que una revelación.
―Cuidado, Ranfield.
―¡Cásate tú con ella porque el legado de mi familia va a terminar conmigo!
―le espetó. Lawrence estaba enfadado. Muchísimo, dado que el hombre que tenía enfrente recriminándole sus actos no tenía derecho a entrometerse en sus asuntos.
No le gustó verlo sonreír de ese modo―. ¿Qué te hace tanta gracia?
Te aseguro que el matrimonio no entra en mis planes.
―Ya lo veremos.
Los dos se separaron y a la orden de Sullivan volvieron a enfrentarse en medio del ring . El primer derechazo salió de Liam e hizo diana en la mandíbula del conde. A puño descubierto, con unas pocas reglas, ese era el combate que iba a tener lugar en el club El placer del infierno.
Lawrence no estaba concentrado. La seguridad con la que peleaba lord Liam Banstorn era desconcertante.
Parecía que estaban en las cruzadas y que solo uno de ellos contaba con la protección del Altísimo.
Tampoco le gustaba el modo en el que el duque de York y el resto de sus compañeros, que estaban a su lado, lo miraban.
Se empezaba a sentir como un ternero joven que iba a ser sacrificado.
Banstorn le dio un nuevo golpe en el estómago.
Tan fuerte que lo dejó tirado en el suelo.
Se puso en pie de un salto, y se obligó a tragarse el dolor.
¡Él no perdía jamás un combate! Y lo más importante de todo era que su rival no peleaba como la otra vez.
Su garra, su ímpetu, su ira estaban a un nivel muy superior.
Cuando Liam se acercó de nuevo para darle otro puñetazo, Lawrence se agachó, lo esquivó y le dio un buen derechazo en el hígado.
Esperaba que Liam cayese para seguir aplicándole un correctivo sin pausa.
Eso no sucedió. El maldito hermano del duque se agarró a él y lo hizo caer.
Su espalda dio en el suelo mientras que el cuerpo de Banstorn se quedó sobre el suyo.
Ese hombre que estaba luchando esa noche contra él, no era el mismo que peleó tiempo atrás.
De pronto, lord Ranfield sintió que le costaba respirar.
Banstorn tenía su antebrazo derecho colocado sobre su cuello.
Lawrence trataba de moverse, de ser un rival difícil. No conseguía desprenderse de su agarre.
Liam no veía nada. Todo estaba rojo. Desde que Sullivan dio la orden para empezar, deseaba darle al maldito dandi un castigo de lo más ejemplar.
¿Cómo era posible que supiese la identidad de ella, que fuese consciente de su inocencia y que no hubiera colocado su rodilla en el suelo después de haberla hecho suya en el lecho?
¿Acaso no tenía honor ese hombre? Y lo más apremiante: ¿por qué Regina, quien era una mujer práctica, segura de sí misma y demasiado inteligente, lo había elegido a él? ¿Por qué demonios lo amaba?
Lo tenía tirado en el suelo y necesitaba acabar con su vida. Quería matarlo. Deseaba que partiese de este mundo como la sucia rata asquerosa que era. Apretó más el brazo.
―¡Liam! ―lo llamó el duque de York, quien había saltado al cuadrilátero en cuanto sospechó que su hermano acabaría por matar al futuro esposo de Regina―.
Sé que es lo que deseas, lo que sientes que debes hacer, pero no puedes asesinarlo.
―Malcom trataba de que Liam lo escuchase.
Colocó una mano en su hombro y eso hizo que al final su hermano aflojase la presión en el cuello del dandi.
―Vas a casarte con ella porque lleva a tu hijo ―gruñó, solo para los oídos de su rival, aunque York lo escuchó debido a la proximidad.
Le gustó ver la cara de sorpresa del maldito Ranfield.
Vio terror ahí también. ¿Qué escondía él?
¿Qué conde no querría seguir con el legado familiar?
Demasiadas preguntas, que aunque fuesen contestadas, no servirían para sortear lo inevitable.
Regina ya había hecho su elección y ese dandi que no la merecía la tendría.
―No pue…do hacer…lo ―consiguió decir Ranfield.
―¡Ah, qué contrariedad! ―tomó la palabra York―. Mi hermano tendrá que asesinarte y el duque de York deberá usar todo su poder para librarlo de la horca.
―Él está bromeando, hermano ―dijo Liam―. Sabe que va a casarse porque ella es la mujer de su vida. ―Apretó todavía más su cuello y Lawrence no pudo respirar durante casi un minuto entero. Cuando le aflojó el agarre, el conde comenzó a toser.
―Lo ha…ré. Tenéis mi pa…la…bra de ho…nor.
―¿Le crees, Liam? ―inquirió York, sospechando que esa garantía ofertada no era de gran valor.
―Más le vale cumplirlo, pues le pegaré un tiro por la espalda cuando menos se lo espere.
Y lo mío sí es un juramento que pienso cumplir ―terminó de sentenciar lord Liam W.
Banstorn en tono muy serio. El conde de Ranfield lo creyó.
Lawrence estuvo seguro de que cualquiera de los dos hermanos terminaría con su vida en un pestañeo.
Se casaría con lady Regina y cumpliría con su obligación aunque no hubiese estado sobre la mesa esa cuestión.
Dios lo perdonase por lo que se había visto obligado a hacer.
El conde asintió, dando conformidad a lo que se acababa de estipular y al fin fue libre.
Cuando Liam y Ranfield se pusieron en pie vieron que Phenton, Portman e incluso el mismísimo señor Sullivan, y su hombre de confianza, Cook, mantenían sus pistolas levantadas y habían hecho un círculo sobre el ring para que nadie se acercase a ellos.
Avery había maldecido al duque cuando lo vio saltar al cuadrilátero para llegar hasta su hermano.
Maldijo doblemente cuando Phenton y su otro amigo le siguieron con un par de pistolas en la mano, y ya tuvieron que sacar Cook, y él mismo, sus propias armas para impedir que todo terminase en una revuelta.
Por descontado que cuando el público vio la situación, comenzó a huir por miedo a que la cosa se descontrolase, así que estaban solo los afectados.
Ranfield no esperó a nadie y se esfumó de inmediato después de prometer que haría lo esperado muy pronto. Así que se quedaron Sullivan, Cook y los cuatro nobles.
―¿Qué ha sido todo eso? ―preguntó Sullivan.
―Nada que debas saber ―respondió Liam, quien seguido por su hermano y el resto de los amigos comenzó a marcharse de ahí con la sensación de haber hecho un buen trabajo que lo haría miserable.