Capítulo 14
Cosas del pasado
Evangeline sabía que no debía salir. No debía hacerlo. No. Bien. Acabó saliendo por la puerta para ver si en verdad él…
No había deseado pensar en la intimidad que compartieron, pero aquellos recuerdos se sucedían una y otra vez en su mente. Los dos habían traspasado los dictados del decoro y se dejaron llevar por la necesidad que los arrasó en un infame club al que no debió haber ido jamás.
Había conseguido que su doncella se quedase en casa.
Se puso un vestido seco y se dispuso a ver si había tenido razón cuando él cantó esa estúpida melodía que removió en su interior toda la congoja.
No iría lejos. Tal vez él ni estuviese cerca.
Un pequeño paseo sin alejarse de la casa y regresaría.
Se sentía estúpida, pero tenía que hacer eso para zanjar de una vez por todas la situación.
Llegó hasta la primera esquina y se paró. Suspiró. Movió la cabeza y su sombrero, con unas pequeñas plumas, se balanceó. No fue una señal. Avery únicamente había pretendido molestarla con esa sencilla canción que solo ambos conocían.
―No puedes casarte con él.
El aliento de Avery Sullivan se sintió en el interior de su oreja y le provocó un estremecimiento por todo el cuerpo. Lo sentía detrás, tan poderoso, tan magnífico y territorial que no hacía falta darse la vuelta para saber que él la había estado esperando desde que salió por la puerta.
Evangeline se recordó a sí misma el motivo por el que había ido a su encuentro. Compuso una sonrisa y se dio la vuelta de inmediato.
―¡Señor Sullivan! ―exclamó jovial―. No esperaba encontrarle aquí.
―¿Vas a seguir interpretando tu papel, Evangeline? ¿O debería llamarte Eve como lo hace tu prometido? Una vez me gané ese derecho.
Él estaba delante de ella. En ese momento había poca gente en la calle. Avery se había asegurado de asaltarla en una zona más discreta.
Ella frunció el ceño y se concentró en su misión: alejarlo.
―¿Perdone? ―No abandonaría la farsa que había creado.
―Veo que seguirás negando que me conoces. Ten cuidado, Eve, porque podría hacer algo que te recordase nuestros besos. ―Ella jadeó con horror ante sus palabras.
Se acercó peligrosamente a ella. La joven trató de retroceder, él la agarró del brazo para evitar su retirada.
―¡Señor Sullivan! No es correcto dirigirse a una dama en esos términos. Más a una a la que acaba de conocer. Soy una mujer prometida y sus palabras me ofenden. Por favor, le ruego que siga su camino y yo seguiré el mío.
―No me aparté de tu lado para ver cómo arruinas tu vida con otro hombre que no te merece.
Es mi última palabra, Eve. Y te aconsejo que no sigas haciéndome creer que no sabes quién soy, porque tras haber visto a la mujer que siento que me pertenece, ofreciendo sus risas y permitiendo el agarre de otro hombre, no puedo ser razonable.
Ella se zafó de él al momento y lo miró con atención.
―Me confunde con otra persona, señor. Usted y yo no nos conocemos en absoluto. Nunca nos hemos conocido.
―Me asediabas a cada paso que daba. Hasta que no lograste tenerme de rodillas y anhelante, no paraste. No te atrevas a negarme, Eve, no cuando podría esfumarme contigo y llevarte a un lugar en el que nadie te encontraría.
Ella exhaló una larga bocanada de aire. Se tragó toda la ira que sentía.
¿Qué derecho tenía él a entrometerse en su vida cuando estaba claro que no deseaba nada de ella?
Cierto que Avery guardaba su recuerdo como si fuese una penitencia que debía cumplir.
¡Maldito fuese por haber tomado la decisión por los dos cuando su padre le ordenó que se marchase de allí!
Ojalá Regina no le hubiese dado esa información.
No importaba. No podía vacilar en su resolución.
Cada uno debía seguir su propio camino. El hombre que tomó su virginidad y luego la echó a un lado como si fuese una sucia mercancía, un mueble que ya había sido usado, no merecía ninguna consideración.
Levantó la nariz, lo miró como lo haría la orgullosa hija de un conde y alzó una ceja al más puro estilo del duque de York.
Tanto tiempo sin aparecer por su vida y tenía el descaro de hacerlo cuando ya se había empeñado en olvidarlo.
¡Y encima exigiendo! Como si ella le debiese obediencia o lo que fuese que él se hubiese imaginado en la cabeza.
¿Por qué los hombres se creían los amos del mundo y que todo giraba en torno a ellos?
―En el hipotético caso de que lo reconociese, si es que en verdad le hubiese conocido con anterioridad, sospecho que habría tardado toda una vida en poder olvidarle, entonces, ¿por qué una mujer desearía pasar por el mismo infierno dos veces, señor Sullivan?
No esperó respuesta, salió de allí corriendo como si el mismísimo Lucifer le fuese tras los talones.
Avery luchó contra el impulso de seguirla.
Se quedó allí parado y lanzó un grito al cielo.
Poco le importó que dos hombres que pasaban por su lado se apartasen de inmediato con nerviosismo.
Cada palabra espetada en su última intervención, ella le había hecho sentir toda su rabia, su dolor, la traición…
Estaba claro que le había pedido que se mantuviese al margen, que la olvidase.
Eso habría sido posible si no la hubiese visto.
Toda la fuerza de voluntad que había tenido esos largos años fue a parar al fondo del Támesis.
Seguía estando tan perfecta como antaño.
Más madura, más segura de sí misma. Esa nueva Eve fue como un hechizo al que no era capaz de resistirse.
Fue entonces cuando se dio cuenta del gran error que había cometido al ir a la casa del duque de York esperando, deseando, anhelando, encontrarse con ella.
No podría dejarla marchar jamás. No cuando intuía que ella seguía enamorada de él.
¡Pero tenía que hacerlo! Sí. Debía buscarle un hombre que la mereciera y luego se apartaría.
Sí. Haría eso y luego se marcharía a los Estados Unidos de América para olvidar que una vez pudo haber sido feliz con la mujer que lo había amado sin condiciones.
Pero antes daría con la pequeña francesa para lograr que aceptase su perdón y convencerla de que se fugase con él.
Necesitaba un ancla sólida para no cometer una temeridad y conseguir echarse a un lado con Evangeline.
La mujer que lo desconcertaba, y de la que no había ningún rastro, tenía que ayudarle a superar el desamor.
Si la cortesana francesa y virgen no lo hacía, nadie lo conseguiría. ¡Pero él deseaba a Eve!
***
El duque de Phenton, Lucien Maldith, había esperado muchas cosas cuando el hermano de York se presentó en casa para hablar con él.
Sus conjeturas iban desde visitar un nuevo burdel que pudiese haber abierto en Londres, acompañarlo a una fiesta indecente en una finca campestre de alguno de sus otros conocidos, incluso que le pidiese prestada su casa para albergar una gran orgía, porque en su hogar de soltero no cabía tanta gente.
No. No fue nada de esto. El asunto era serio.
Banstorn le había pedido que fuese su padrino en un duelo que iba a lanzarle a un conde, tras pelearse con él en el cuadrilátero.
Interesante. Insospechado. El hermano de York no solía preocuparse por nadie que no fuese él mismo.
Y mientras el carruaje recorría las calles de Londres para llegar al club El placer del infierno, Phenton seguía sin creerse del todo que Liam W.
Banstorn le hubiese pedido algo tan inusual para un hombre como él.
Además, otra de las razones por las que lo acompañaba era porque en la víspera de la boda de York, Phenton había sufrido un ataque en ese club y no había podido averiguar nada al respecto.
Tal vez esta noche intentasen atentar de nuevo contra su vida y él estaría preparado para capturar al bastardo.
―¿Estás seguro de lo que vas a hacer? ―inquirió el duque.
―Por completo. Espero que guardes discreción sobre el asunto.
―Sí, bueno, sobre eso… ―Lucien Maldith, duque de Phenton, desvió la mirada hacia la ventana. La noche estaba muy oscura, pero tenía mucho interés en ver qué había allí.
―¿Qué has hecho, Phenton? ―preguntó conteniendo su enfado.
―Nada. Explícame otra vez lo que pretendes hacer con Randall. ―De nuevo, los ojos del duque se concentraron en su amigo.
―Ranfield ―lo corrigió―. Es el conde de Ranfield y tengo que obligarlo a… a hacer algo importante.
―¿De verdad, no has mentido?
―¿Tanto te costaría creer que me preocupase por los demás? ―La cuestión salió como un refunfuño.
―Te has preocupado solo por ti durante… ¿Cuántos años tienes? ―se interesó.
―Los suficientes para machacar a un dandi que ahora sé que lo merece de verdad. Si no atiende a razones lo retaré a duelo, ya te lo dije.
Phenton suspiró. York tenía mucho que decir con respecto a ese razonamiento. No era que Lucien estuviese olisqueando los chismes sociales, pero era de dominio público que la duquesa no estaba todavía encinta y que ya había pasado más de un año desde su matrimonio.
―¿Y el conde estará en el club?
―Sí, le envié una nota que… En fin, estoy seguro de que cuando la leyó quiso venir a mi casa a buscarme ―expuso con orgullo.
Le había dicho que quería un nuevo encuentro en el ring pero que, si era un hombre cobarde, lo entendería si quería retirarse.
No conocía al denominado Lawrence, pero estaba seguro de que a la hora prevista los dos se verían las caras en el club de Sullivan.
De hecho, podría aprovechar la ocasión y deshacerse de los dos hombres que incordiaban a las hermanas al mismo tiempo.
Sí. Podría solicitar un duelo a las seis de la mañana y otro a las siete.
Tal vez no fuese muy bueno con los puños, pero su puntería era excepcional. Confiaría en ser mejor que ellos dos si decidían acabar en un campo de honor con las pistolas.
―Me sorprendes, Banstorn. Ni en un millón de años creí que te vería en una situación como esta. Es una lástima que si sales victorioso con ese Ranfield, acabes muerto a manos de tu hermano.