Capítulo 13 #3
―¿Y qué fallos se le achacan a Banstorn?
Mi hermana se ve muy satisfecha con esa próxima unión.
Me consta que nuestro Liam ―era la primera vez que usaba el nombre de pila de él y se alegraba de que no estuviese cerca para escucharla―, ha jurado ser un esposo ejemplar y no hacerla sufrir.
Ya ves, York ―empleó la fórmula que tanto le gustaba al duque―, no veo a nuestro Liam ―repitió una vez más― abandonando a su suerte a Evangeline para huir y esconderse en el East End.
No habló. Avery no habló pero frunció el ceño y le hizo una muda pregunta al duque al ver que ella acababa de revelar que conocía su paradero.
―¿Regina? ―York dejó de jugar con ella y usó su nombre de modo serio. Él también se había alarmado con la última revelación.
―Ah, sí. Disculpad, ¿es ahora cuando pido perdón por ser una mujer inteligente que no debería saber más de lo que no le está permitido? ¿O lo hago después de que vosotros dos creáis que no existe nada más allá de vuestras varoniles narices?
Se escuchó una risita desde la parte de atrás. Los tres se giraron y vieron a la duquesa apoyada en el pasamanos de la escalera.
―Por favor, Regina, no dejes que te interrumpa. Lo estás haciendo muy bien. Sigue ―la invitó Isobel.
Cuando la duquesa oyó voces en el primer piso se acercó a escuchar.
Al ver a Avery Sullivan se quedó sin respiración, pero se mantuvo quieta y rezagada mientras Regina bajaba, tratando de descifrar lo que su esposo y él hablaban.
No se avergonzaba por haberse convertido en una espía en su propia casa.
Le gustó ver, que después de tantos días, Regina volvía a parecer la de antes y decidió quedarse al margen y dejar que ella pusiese orden.
Había disfrutado al verla poner en su lugar a un gran duque y a un hombre que se creía la ley de la calle.
Avery Sullivan no había cambiado tanto en ese último año.
Exudaba más vanidad que su propio esposo.
A su hija menor le vendría bien olvidar sus propias circunstancias y disfrutar de un combate como el que tenía entre manos.
Regina se dio la vuelta y miró con reprobación a Avery.
―Tiene suerte de que no sea un hombre, señor Sullivan, porque podría darle un puñetazo por haberse inmiscuido en la vida de mi hermana después de lo que le hizo. Deshacerse de sus pretendientes… una bajeza inaudita que merecería la muerte.
Él suspiró. Al cuerno con todo. Sus secretos… al descubierto.
―Creo que he abusado demasiado de su hospitalidad. Lady Regina, excelencia ―les hizo una reverencia a la morena y a la duquesa―, debo marcharme.
―Cobarde ―siseó Regina con repugnancia.
York se interpuso entre ella y Sullivan al ver que él daba un paso al frente para afrontarla.
―Nunca me he considerado eso que ha dicho, lady Regina.
―Lo considere o no, es lo que es. ¿Qué potestad tiene para intervenir en la vida de mi hermana después de lo que ha hecho? ¿No merecía ella una explicación sobre los motivos por los que mi padre lo echó de su casa?
En ese punto Avery miró a York.
―El difunto Snow se lo contó a mi duquesa y sospecho que Regina no es una dama que no consiga averiguar lo que le interesa ―desveló Malcom.
―Como he dicho, es momento de que me marche ―volvió a insistir Avery.
―Si sale por esa puerta, no se atreva a inmiscuirse en los asuntos de mi hermana, porque si yo soy capaz de dar mis bendiciones para que se case con el hermano del duque de York, nadie tiene derecho a oponerse.
Isobel y Malcom fueron los únicos que entendieron esa alusión, pues el matrimonio era consciente de cuánto desaprobaba Regina a Liam.
No hubo tiempo para debatir nada al respecto. La puerta se abrió y una sonriente Evangeline, sujeta de la cintura por Liam, apareció en casa. La suave risa de ella se escuchó en toda la entrada.
La pareja había salido después del té de la mañana a dar un paseo por Hyde Park, dado que el hermano de Malcom había insistido en cortejarla públicamente.
Había comenzado a llover, una fina capa de agua, y empezaron a correr, lo que se convirtió en un juego en el que Liam al final la había atrapado.
Evangeline no se permitió dejar de sonreír cuando vio la estampa tan inusual que tenía frente a sus ojos. Su familia en compañía de Avery Sullivan.
Por su parte, Liam Banstorn, quien también había entrado riendo sin contención, se quedó lívido en cuanto se dio cuenta del hombre que estaba en el recibidor de la casa de su hermano.
Se acercó todo lo que pudo a Evangeline y apretó su agarre alrededor de su cintura, en un gesto posesivo.
Ella llevó su mano izquierda sobre la de él y la colocó encima.
Necesitaba un punto de apoyo. ¿Qué hacía él ahí?
¿Qué hacían todos ahí? ¿Avery acababa de llegar o se marchaba?
Eve extendió más los labios y mostró todos sus perfectos dientes blancos. Miró a Regina, quien estaba examinándola con atención, luego a Isobel que tenía una mano en el corazón y luego al duque… ¿York estaba sonriendo divertido? Bueno, con York uno nunca sabía por dónde iba a salir.
―Familia, disculpad la intrusión ―habló ella, para luego centrar su atención en Sullivan―. Señor… ―Evangeline movió la mano para ver si él se presentaba.
―Permite que te presente al señor Sullivan, querida mía ―intervino Liam, al ver que nadie hablaba.
―Oh, encantada. ―Ella era toda buenas intenciones.
Su actitud muy solícita. Tanto que le ofreció su mano enguatada para que la sostuviera entre la suya.
Él la tomó y la besó. Algo muy breve―. ¿Se quedará a tomar el té, señor Sullivan?
―preguntó como si fuese un extraño. Sí. Ella estaba disfrutando al verlo a él tan contrariado.
Si esa era la pequeña vendetta que iba a obtener mostrando su verdadera identidad, la aprovecharía.
Nada hacía tanto daño como la fina indiferencia.
Ella había aprendido esa lección de Avery Sullivan.
―Estoy seguro de que el señor Sullivan ya se marchaba, Eve ―dijo Liam.
No lo quería cerca de ella. No después de saber lo que había sufrido por él y de que la hija de Snow lo hubiese aceptado para casarse.
Liam veía el peligro de esa situación y si bien estaba fascinado por la determinación de su futura esposa, tenía mil preguntas que hacerle a York.
En cuanto al diminutivo que por norma general usaba Liam y al que Evangeline hacía tiempo que se había acostumbrado… Sí. Cuando escuchó que Avery apretó los dientes y tragó un pequeño aullido, también se sintió satisfecha. La venganza era un placer demasiado exquisito para no tomarlo con calma.
―¡Querido! ―lo llamó al orden Evangeline―, no seas descortés.
Disculpe a mi prometido, señor Phanegan, Liam ―usó su nombre de pila embelesada, mientras sostenía la mirada de Avery, quien parecía listo para saltar sobre la yugular de su futuro esposo― puede ser un hombre demasiado primitivo cuando se trata de compartir mi atención.
¡Hombre celoso! ―Se rio ella compartiendo una mirada de complicidad con el hermano del duque.
―El señor Sullivan se marchaba ―intervino York, ya listo para terminar con la farsa. Esperaba que el dueño de El placer del infierno hubiese entendido perfectamente que ella lo acababa de enviar al hades.
―¡Oh, disculpe! ―exclamó ella al tiempo que se tapaba la boca con la mano derecha―.
Soy terrible con los nombres, lamento la equivocación, señor…
Sullivan. Sí, eso era. Le deseo buen día ―se despidió ella, para emprender el camino hacia otro lado.
Tenía que buscar un lugar tranquilo donde dejar salir toda la tensión que acababa de acumular.
Liam la seguía de cerca. Cuando caminó dos pasos, fue el momento exacto en el que escuchó la melodía. Su melodía. Ese silbido exacto que usaban a modo de clave secreta para llamarse cuando no podían hablar o para delatar su posición cuando el otro se escondía.
Ella se paró de golpe y cerró los ojos. Banstorn fue el que la tuvo que obligar a moverse.
Avery Sullivan salió de allí sin decir una sola palabra más. Isobel se acercó a Regina y le dio un beso en la mejilla.
―Me alegro de tenerte de vuelta ―le dijo la duquesa a la hermana menor.
Y cuando la puerta se cerró, fue el momento en el que todos se relajaron.
―Subiré a cambiarme de ropa. ―Evangeline no miró a nadie, se alejó en dirección a su habitación. Todos comprendieron que necesitaba un poco de soledad después de lo que acababa de suceder.
Liam llegó hasta su hermano.
―¿Qué hacía él aquí? ―le preguntó.
Isobel y Regina se marcharon cada una por su lado.
―Lo cierto es que no lo sé ―mintió―. Cuando has llegado, él lo acababa de hacer y Regina se deshizo de él de un plumazo. Y tienes razón, ella es una arpía formidable. ―Eso no era mentira del todo.
―Apuesto a que lo hizo ―dijo con orgullo. Esa bruja sería capaz de molestar al mismísimo Job y su excepcional paciencia.
―Olvídate de él. Evangeline ha dejado claro que no significa nada para ella.
Banstorn miró ceñudo a su hermano.
―¿Cómo sabes que él… y Eve…?
―¿Se amaron una vez? ―lo ayudó York―. Hermano, yo estoy al tanto de todo lo que sucede en mi familia, lo cual me recuerda que debo pedirte que no trates de corromper a Theodore con tanto ahínco.
Si mi duquesa sospecha que lo alientas a la hora de cometer…
pecados carnales, deseará… Mejor, céntrate en tu esposa y descansa un poco de tus vicios y tu corrupción pecaminosa.
―Sí, sí… Tengo que irme ―dijo de pronto.
Lo siguiente que sucedió fue que Banstorn estaba saliendo por la puerta sin ofrecer ninguna explicación al respecto.