Capítulo 13 #2
―Sí, bueno. Tengo por costumbre exigir que se cumplan las promesas que se me hacen. Poco me importa tu posición o que sonrías y deslumbres a tus oponentes. Necesitarás algo mejor para deshacerte de mí.
―¿Promesa? ―preguntó frunciendo el ceño―.
Hasta el momento no me habían acusado de incumplir mi palabra.
¡Qué raro! Si yo te hubiese hecho algún tipo de juramento…
creo que lo recordaría. Aunque es cierto que he estado ocupado en el último año, ya sabes, por eso de casarme y mantener a mi esposa contenta y feliz.
Una esposa que corrió un riesgo innecesario porque en tu afán por no dejar libre a la mujer que amabas…
―¿En pasado? ―lo interrumpió―. ¿Qué te hace pensar que esa cuestión está atrás en el tiempo?
―Oh, Sullivan. ¿Pretendes que responda a esa pregunta?
¡Aaaay! ―Suspiró con falso agotamiento―.
Te haré un resumen. Has venido a verme porque has visto que Evangeline va a casarse con Banstorn.
Crees que te debo algo porque en su momento te aseguré que mi hermano no estaba interesado en el matrimonio y que antes se pegaría un tiro que acceder a tal tortura.
Bien. Tú pusiste en peligro a mi duquesa porque extorsionaste a un hombre para que te diese informes sobre Evangeline, y el villano se quedó maravillado con mi esposa.
Cierto que salvaste a Isobel antes de que yo pudiese desplegar mi grandiosidad y aniquilar al maldito vizconde Thorpe.
No. No te debo nada porque tú, en primera instancia, provocaste la fatalidad.
No. No voy a evitar que Liam se case con Evangeline porque mi hermano y la dama están más que decididos.
Ahora, como he acabado de explicarte la situación, te agradecería que te marchases antes de que Evangeline, o peor, mi duquesa te vea en mi casa y mi paz familiar se esfume.
Avery se recostó en la silla en la que estaba sentado y cruzó la pierna derecha sobre la izquierda.
―Para mí, York, tu palabra no es la ley. Antes enviaré a las Indias a tu hermano que ver cómo convierte a la mujer, que juré proteger de todo mal, en una desgraciada.
―Interesante. Me acabas de sacar de la duda.
―¿Cómo he podido hacer algo así?
―Denzel. Los otros dos están felizmente casados, pero del tercer pretendiente de Evangeline no logré averiguar nada. Confío en que no lo embarcases muerto ―se atrevió a suponer.
―Tal vez con tu hermano lo haga ―lo amenazó sin pestañear.
―Y hasta aquí ha durado nuestra frágil paz. Vete, Sullivan, antes de que me obligues a demostrarte que no soy ―él movió la mano para señalar su rostro y parte de su persona― solo excepcional a la vista.
―¿Será aquí o en el club? Lo pregunto para saber si me quito ya la chaqueta o concierto una cita con tu secretario.
―¡Ah! Disfruto tanto de tus encuentros, Sullivan. Es una lástima que no podamos volver a vernos. ―Suspiró apesadumbrado. Todo mentira, por supuesto. Al duque le gustaba interpretar un poco su papel de hombre abatido.
―Yo creo que sí nos vamos a ver mucho. No te conviene convertirme en tu enemigo. Tú y yo teníamos un acuerdo implícito y vas a respetarlo, porque es lo que hacen los hombres de honor.
―¡Honor! Una palabra preciosa… ¿Tuviste tú honor cuando colocaste a Thorpe en el camino de mi duquesa? ¿Tuviste de eso cuando saliste de la vida de Evangeline sin ofrecerle una explicación decente?
―Mis asuntos no son de tu incumbencia.
―Los convertiste en míos en cuanto mi esposa corrió peligro, Sullivan.
Hazte un favor y no tientes más a tu suerte.
Es a ti a quien no le vendría nada bien enfurecerme.
Ya ves, no soy tan sutil como para embarcarte en un vapor sin rumbo determinado, yo preferiría sacar la pistola que tengo bajo mi escritorio, pegarte un tiro entre las cejas y luego ordenar a un par de lacayos que cavasen un agujero en mi jardín.
¡No temas! Serías enterrado junto a los rosales, un bonito lugar.
A Evangeline le gusta mucho trabajar con ellos.
―Lo vio tensarse y ponerse muy serio―. ¡No, por favor!
Te ruego que no me des las gracias por colocarte cerca de ella para el resto de tu eternidad.
Como bien sabes, la dama se casará en breve y Liam se la llevará.
―Se quedó pensativo―. Bien pensado, no me considero un hombre cruel, puedo averiguar la ubicación de la nueva casa que pretende comprar mi hermano para su esposa y enterrarte allí. ¿Te parece mejor plan?
Avery se levantó de la silla y le ofreció una ligera inclinación de cabeza.
―Tal y como has dicho hace unos instantes, hasta aquí ha llegado nuestro… camino. La próxima vez que tu esposa te eche de casa, recuerda que no eres bienvenido en El placer del infierno.
―Cierto. Me halaga tu preocupación por mi bienestar, pero insisto en que no te preocupes demasiado.
Es improbable que Isobel y yo nos volvamos a separar, pero en caso de que mi esposa se levante un día y decida que necesita tiempo apartada de su duque, un aspecto que bien me ocuparé de que no suceda, y tienes mi garantía de que no ocurrirá ―precisó―, iré a casa de mi hermano y de su esposa para solicitar un lujoso lecho sobre el que dormir.
Porque, maldita sea, si me sigo comportando con moderación en tu presencia ―se puso de pie y tiró la silla atrás con violencia― y no te recuerdo que lord Liam W.
Banstorn es hijo de un duque, hermano de otro, mi heredero.
Apuesto, rico, tal vez poco sensato, pero leal para proveer a lady Evangeline ―arrastró el título de la hija del conde de Snow― de todo lo que la dama precise, incluida la fidelidad si ella la exige.
―No elevó en ningún momento la voz, se limitó a ejercer ese tono ducal frío y astuto con el que muchos hombres se estremecerían.
Sullivan se movió hacia la puerta. York lo siguió. Salieron hasta la entrada. El duque no se fiaba del próximo movimiento de él. No debía bajar la guardia. Los hombres que mantenían la calma solían ser más peligrosos que uno que mostraba su temperamento.
Llegaron hasta cerca de la puerta de salida sin decir nada. De pronto, mientras Sullivan cogía sus cosas de manos del lacayo y se colocaba el sobretodo azul y los guantes, movió la mano para señalar lo que le rodeaba.
―Una casa preciosa, excelencia. Había esperado más…
no sé. Tal vez más querubines bañados en oro, deleitándonos con sus arpas, por darle un aspecto celestial acorde a su propietario, o posiblemente un poco de plata adornando las paredes.
Un arcoíris, sí. Opulencia por todo eso…
. sobre lo impresionante que es el duque de York.
Casi podría decirse que me voy… decepcionado.
―Que no le guste mi casa ―él también regresó a la formalidad― es un excelente motivo para que no vuelva a presentarse en ella.
―Lo haré. Si regresa al club y aclaramos nuestro pequeño… malentendido.
―Tiene ganas de tentar al diablo, señor Sullivan ―lo avisó una vez más en tono directo.
―Por supuesto, soy su ángel caído en desgracia y cuando considero que se me debe algo, lo cobro.
―No le hice ninguna promesa.
―Mande una nota cuando quiera que nos veamos y asegúrese de que sus compromisos ducales le permitan asistir. ―Avery Sullivan exigiría el cumplimiento de la promesa como fuese. Liam Banstorn no iba a tener a Evangeline bajo ningún concepto.
York se dio unos cuantos golpecitos en la cabeza.
―Tengo una pregunta.
―Adelante, no se dirá que un simple mortal no satisfizo la curiosidad del gran y poderoso duque de York.
―¿Hay algún hombre que podría ser digno de lady Evangeline en su opinión? Lo digo porque ya ha alejado de la dama a tres y pretende que haya un cuarto pretendiente desaparecido.
―Si lo hay, excelencia, no es su hermano.
―¿Y tiene un nombre? ¿Un título, tal vez? ¿Alguien a quien yo debería tener en cuenta? ―preguntó curioso.
―¡Sí! De toda la conversación que he escuchado esa sería la cuestión que más me interesaría. ―Una voz femenina sorprendió a los hombres.
Se oyeron los pasos de unos delicados zapatos repiqueteando al bajar por la escalera. Malcom se tragó una maldición. No necesitaba darse la vuelta para saber quién era la mujer que los acababa de sorprender. Los ojos de Sullivan la buscaron al instante.
―¿Cuánto has escuchado? ―inquirió el duque sin darse la vuelta.
Regina se acercó hasta ellos y les ofreció una sonrisa.
―Desde que el señor Sullivan se quejó de la decoración de nuestra casa.
Cuando le dijiste a Isobel que la redecorase, yo le advertí que no sería bueno deshacerse de los querubines, las arpas y el resto…
Vivir en el cielo era algo divino, pero ya conoces a tu duquesa, siempre tan comedida.
¿De qué más decidió deshacerse, Isobel? ―preguntó retóricamente―.
Sí, ya lo recuerdo, aquellas paredes recubiertas de plata sí debían ser sustituidas, demasiado ostentoso.
―No ha habido nunca querubines, no seas absurda, Regina. Y en cuanto a la plata… No era plata, estaban bañadas en oro blanco ―señaló el duque con seriedad.
York y Regina intercambiaron una mirada de complicidad. Ella no pudo ocultar la sonrisa y Sullivan supo que estaba siendo el objeto de sus mofas.
―Bien. Me ha parecido escuchar que el antiguo administrador de mi padre, ese que abandonó a mi hermana sumiéndola en la miseria, no aprobaba al hijo de un duque, hermano de otro.
A Avery no le salían las palabras. La última afirmación de ella había sido insultante e incendiaria, pero no por ello falsa.
―Ah. Totalmente cierto. Ya ves, querida, que está dispuesto a pelearse conmigo y acabar muerto. ¡Me exige que tu hermana no se case con lord Liam!
―¿De verdad? ―Ella se convirtió en la mejor aliada de York en esos instantes. El duque estaba divertido con la situación. Regina era muchas cosas, pero no una mujer que confabulase y tuviera un gran sentido del humor. Deseaba ver a dónde quería llegar.
―Me temo que sí. El señor Sullivan se ha erguido paladín de la dama sin que nadie lo invitase a la justa ―le explicó el duque.