Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13
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Capítulo 13

Honor

Avery Sullivan no estaba de buen humor. Y sus complicaciones se habían multiplicado por dos. Bueno, por tres, si contaba la estampa que tenía frente a él. Cook estaba sentado en la silla y sostenía en su regazo a Helen Mirrell, quien estaba besando a su hombre de confianza.

―¿No hay otro lugar en el que podáis hacer eso? ―ladró el jefe, mientras tomaba asiento en la silla tras el escritorio.

―No te quejes, Sulli ―habló la cantante del club―, porque podría haber estado extendida sobre tu escritorio mientras Cook me colmaba de placer.

―¿Y eso te habría gustado? ―preguntó Avery. ¿Desde cuándo Cook y la señorita Mirrell estaban…? ¿Qué relación tenían?

―Más de lo que crees ―dijo seductora, al tiempo que se ponía de pie, le ofrecía una caricia en la mejilla a Cook, para luego comenzar a marcharse del despacho―.

Te espero en mi habitación. No he terminado contigo, querido.

―Helen le guiñó un ojo al hombre de confianza de Sullivan y le lanzó un beso.

―¿Helen? ―preguntó el patrón con los ojos abiertos cuando se quedaron solos.

―Sí.

―¿Desde cuándo?

―No lo sé cierto, pero ella una noche me dijo que si la acompañaba y yo… la acompañé.

―¿Pero cómo? ―No entendía nada. Ella lo había rechazado un sinfín de veces. Cook era demasiado rudo, le decía ella, cuando Sullivan la incitaba a poner su atención en su amigo.

El segundo de Avery se quedó un momento pensativo.

―Yo mismo me lo he estado preguntando, y aunque no soy vanidoso, estoy convencido de que se puso celosa cuando yo pasé por el lado de ella una noche y me concentré en la amante de Banstorn.

―¿En quién?

―Bueno no era ya la compañera de cama del hermano del duque, lo era de un conde, pero ella…

―Estás divagando, Cook.

―Hablo de la otra, de la de los ojos del color de un estanque claro y verde, casi azul. Unos ojos preciosos.

―¿Helen se puso celosa?

―Creo que sí. Esa cortesana que trajo al club Banstorn me tenía muy… juguetón. Helen pareció no estar contenta de que yo no le prestase la debida atención. Una cosa llevó a la otra y… Unos dulces de limón de la panadería de enfrente parece ser que me han ayudado a conquistarla.

―¿Dulces?

―Alguien me dijo que podría tratar de conquistarla por el estómago. No entendí bien la alusión, pero ha dado sus frutos porque le chifla lo que le traigo.

―¿La relación es seria?

Cook agitó los hombros.

―No lo sé. Con ella uno nunca puede estar seguro. Tal vez se canse pronto de mí, o no, pero mientras dure aprovecharé la ocasión. Le daré celos y pasteles de limón. También un poco de chocolate para jugar… ―Alzó las cejas un par de veces de modo pícaro.

―Intenta que el club no se convierta en verdad en un infierno si tú o ella decidís poner fin a lo que sea que… Ya me entiendes. Helen es imprevisible y tú… eres más peligroso que ella.

―Lo tengo controlado. Le he tomado la medida a la actriz y voy a tratar de… manejarla, por así decirlo. No tendrás problemas ―le aseguró con convicción.

―¿Qué hay de la otra? ¿La que acompañaba a Portman?

Llevaba demasiado tiempo necesitando localizarla y…

No sabía lo que le diría cuando consiguiera hablar con ella, pero sí era consciente de que le debía una disculpa sincera por el modo en el que se había comportado con la pequeña francesa.

Él, que se enfrentaba a cualquier hombre que osase lastimar a una mujer, la había tratado con menos consideración que a una prostituta enferma en una esquina de la peor calle de Londres.

―Lo mismo que la primera vez que traté de buscarla. No hay rastro. Ni el hermano de York ni el vizconde Portman la visitan. Ella parece un fantasma. He preguntado donde he pensado que podría sacar algo en claro. No hay nada.

―No me dio su nombre real, y yo no insistí ―se lamentó más para él que para el otro.

―¿Qué vas a hacer con el otro asunto, jefe? ―se interesó Cook, mientras alzaba ligeramente la cabeza para señalar el periódico que Sullivan había dejado en el escritorio antes de tomar asiento en la silla.

―Pedirle explicaciones a un duque de lo más arrogante que se cree nacido del mismísimo culo de Dios. ―Resopló con enfado.

―Vaya, eso me gustaría verlo. ¿Le mando una invitación para que nos visite? ―le propuso a Sullivan.

―No. Creo que iré a hacerle una visita a su casa. Me gustaría ver la guarida de un duque pretencioso.

―¿No quieres decir mejor que te apetece verla a ella?

―inquirió con suavidad. Cook estaba al tanto de todo lo referente a Evangeline y temía que su patrón hiciese una temeridad con la hija de un conde, con la pupila de un duque, y no uno cualquiera.

York era demasiado peligroso como para poder manejarlo.

―No creo que algo así ocurra.

―Ya… ―No se creía nada―. ¿Cómo vas a deshacerte de este pretendiente, Sullivan?

―Banstorn es más complicado. No tiene tantos puntos débiles. Los dos primeros de Evangeline fueron fáciles de convencer. ¿Cómo se llamaban?

―Vizconde Merithon uno y conde de Windermere el segundo.

―¿Cómo puedes recordarlo todo?

―Porque es mi trabajo, jefe ―expuso con orgullo.

―A ellos me los sacudí con un soborno, el otro… ¿Denzel era?

―Sí, eso. Otro conde, sí.

―A ese lo tuvimos que enviar de viaje a los Estados Unidos de América. Demasiado malvado para premiarlo incluso con dinero. ―El hombre era porquería. Le gustaba pegar a los niños. Lo embarcaron en la bodega de un barco sin pestañear.

―Creo que a Banstorn no será fácil hacerlo recapacitar. El anuncio del matrimonio está impreso en el Times y es el propio duque de York quien lo anuncia.

Sí. Finalmente no había sido Liam quien enviase la nota, fue Malcom quien mandó la misiva porque deseaba que su hermano supiera que lo apoyaba.

Un dato que por supuesto Avery Sullivan no manejaba y que en verdad le daba igual, él solo necesitaba que lord Liam W.

Banstorn no se casase con Evangeline porque la haría una mujer desgraciada.

―York me lo debe ―expuso con convicción Avery.

―¿Y si no recula?

―Creo que para que ella se case con un bastardo infiel, bien podría hacerlo con un bastardo como yo.

―¿Disculpa?

―Solo bromeaba, Cook. Relájate. Prácticamente le juré a su padre que me mantendría al margen y no he llegado hasta aquí para saltarme sin remordimientos otra promesa.

―¿Otra? ―se interesó su hombre de confianza.

―El que divaga en estos momentos, soy yo. Olvida lo que he dicho. ¿A qué hora se levanta un duque?

―No tengo ni idea.

―Bueno, sería conveniente averiguarlo. Deséame suerte. Si no regreso, ya sabes quién fue el culpable de mi muerte.

―Sí, y poco podré hacer porque uno no se enfrenta a un duque, menos al hijo del Altísimo.

―¿El hijo de Dios?

Cook sacudió los hombros de modo despreocupado.

―¿No dijiste hace un rato que él salió del culo de Dios?

―Algo parecido.

―Pues si salió de sus divinas posaderas, bien podría ser considerado el hijo del Altísimo, apuesto a que York se considera a sí mismo algo parecido a eso.

Sullivan dibujó una sonrisa socarrona con un instante pasado que le vino a la mente.

―Sí, bueno, recuerdo que una vez dijo que podría descender del mismísimo Zeus. ―Cook soltó una larga carcajada―. ¿Qué te resulta tan gracioso, amigo mío?

―Espero que el duque no suelte rayos por sus ducales posaderas, Sullivan.

Entonces los dos comenzaron a reírse sin contención, al imaginar al pomposo duque de York en una posición del todo carente de dignidad, fabricando sus rayos y centellas.

***

Avery Sullivan podría ser un hombre sin identidad, con un nacimiento sucio, pero el dinero bien servía para tapar todo lo cuestionable. Prueba de ello era la ropa que vestía. Tal vez, tuviese más clase que muchos de los nobles con título que estaban arruinados.

Su levita azul oscuro escondía un chaleco bordado en tonos rojos sobre una tela dorada y una camisa de batista perfectamente almidonada.

El lazo de su corbata era impecable y sus pantalones, de un tono amarillo claro, le conferían un aspecto tan apuesto que esperaba rivalizar con el propio duque de York.

Las cicatrices de su rostro estropeaban la estampa.

Entró en la morada de los duques, le dejó su tarjeta al mayordomo, quien fue a avisar al rey de la casa y le ofreció su levita, el sombrero y los guantes a un lacayo.

Miró alrededor. Su vista la buscaba, no podía negarlo, aunque era imposible cruzarse con ella.

Evangeline bien podría estar en la cama como hacían todas las damas que salían a bailar la noche antes, o tal vez estuviese dando un paseo por Bond Street haciendo sus compras.

Suspiró. Lo importante era hablar con York. Para eso había ido a su casa.

Cuando apareció de nuevo el mayordomo, lo siguió manso e ingresó en el despacho del duque. York dejó los papeles que tenía en una mano sobre el escritorio y lo miró con curiosidad.

―Uhm. De verdad creí que mi servicio pretendía volverme loco cuando vi su tarjeta, señor Sullivan. ―Usar la formalidad se sentía correcto.

―¿Por qué, excelencia? ¿Los comunes mortales tienen la prohibición de visitar a grandes duques? ―preguntó con precaución, no sabiendo si la costilla del mismísimo Dios aceptaría tener en su paraíso al Ángel del Infierno.

Malcom se levantó, le hizo una señal con la mano para que tomase asiento y despidió al mayordomo. Caminó hacia el mueble donde estaba el decantador y sirvió dos copas. Le dio una a Sullivan y se dirigió a su silla para sentarse de nuevo frente a su invitado.

―Pero ambos sabemos que usted no es un hombre común, ¿me equivoco, señor Sullivan?

―¿Vamos a seguir hablando con cortesía como si fuésemos hombres de negocios? ¿O debatimos sobre el asunto que me obliga a venir a tu palacio? ―lo desafió.

York le sonrió.

―Has tardado en venir más de lo que preví. ―Se deshizo de la formalidad―. Te esperaba mucho más temprano, y al no visitarme, consideré que no lo harías. Ya sabes, porque soy un duque poderoso, porque la gente se repliega a mis deseos y nadie osa desafiarme.