Capítulo 12 #4
―Regina, ¿por qué no me lo habías dicho? ―preguntó Eve con mucha suavidad. La menor de las Dreyer no se movía de la ventana.
―No es un problema tan grande como imaginas, hermana, porque le he propuesto a Isobel una solución factible.
―¿Cuál? ―interrogó dirigiéndose a la duquesa.
Isobel respiró hondo. Tenía más problemas de los que necesitaba, pero era importante atenderlos.
―Regina cree que deberíamos irnos a un lugar apartado, tal vez Escocia, donde ella daría a luz a un hijo que Malcom y yo podríamos hacer pasar por nuestro.
Lo que tu hermana no comprende es que se sentirá morir una y mil veces cuando escuche llamarme madre a su propio hijo, cuando vea que todo el amor del niño es para mi esposo y para mí.
―No hay otra solución ―señaló Regina.
―Dime el nombre de él y el duque lo hará entrar en razón ―le recordó Isobel.
―No. Ya te he dicho que la boda nunca estuvo sobre la mesa. Si no quieres quedarte con mi hijo, yo misma me iré a un recóndito lugar. Usaré mi dote para comprar una casa y criaré a mi hijo.
―Un bastardo ―razonó Isobel.
―Será mi hijo. Lo amaré.
―Uno sin padre, marcado por la vergüenza por su mala sangre, por no conocer sus orígenes. ¿Deseas eso para tu bebé, Regina? ―Isobel tenía que hacerla entrar en razón.
―La boda no es una opción. O te quedas tú a mi hijo o me lo quedo yo. No voy a desprenderme de él ―zanjó Regina la cuestión.
Isobel suspiró. No sacaría nada en claro con ella. Poca gente había más tozuda que Regina. Volvería a conversar cuando ella se mostrase más flexible. La duquesa decidió pasar a la siguiente cuestión.
―¿Qué es eso de casarte con Liam, Eve?
―Un hecho. He tomado mi decisión.
Isobel volvió a tomar una bocanada de aire y se puso en pie. Las miró a las dos y negó brevemente con la cabeza.
―En vista de que habéis tomado vuestras propias decisiones, no soy vuestra madre de sangre, y no valoráis los consejos que tengo que ofreceros, creo que no tengo más que decir.
Salió de la salita en silencio y sintiendo que su vida se desmoronaba.
La duquesa de York solo había deseado para sus chicas felicidad.
¿Cómo iban a lograr eso, cuando Evangeline estaba dispuesta a conformarse con una unión vacía y Regina no hablaría sobre lo que le había ocurrido ni con quién?
El desasosiego la embargaba y no veía una solución en el horizonte.
Regina y Eve se quedaron al fin solas.
―¿Ranfield? ―susurró. Regina asintió―. Tiene título, fortuna y necesita un heredero. ¿No le dijiste tu identidad en ningún momento?
―No lo hice. Él no quiere casarse y por consiguiente no desea un heredero.
―¿Por qué?
Regina se giró y miró a su hermana. Eve se sintió sobrecogida cuando vio los ojos rojos de la pequeña Dreyer y las lágrimas surcando sus mejillas. Su nivel de autocontrol era férreo.
―Es el último de su linaje y odiaba tanto a su padre que supongo que desea terminar con el legado familiar. Son conjeturas, pero me parece factible pensar en esto. Solo tengo retazos de su situación. ¿Te casas con Liam porque también estás embarazada?
Su hermana mayor negó con la cabeza.
―Sucedió… una vez y no hay… Él no…
―¿Solo una? ―La pregunta salió sin que pudiese detenerla. Ella había pecado muchísimas más―. Lo siento, no respondas a eso. Está fuera de lugar.
―No importa. Sullivan es… extraño en las cosas… Es complicado. Me despojó de mi virtud. Solo intimamos de ese modo una vez.
―Tienes que saberlo, Evangeline. Tengo que decírtelo.
―¿El qué?
―La temporada pasada descubrí que Sullivan le pidió tu mano a nuestro padre y que él no estaba dispuesto a que te casases con un administrador.
Casi despidió a Isobel por ese motivo, pero en el último instante, no sé bien la razón, nuestro padre decidió pedirle matrimonio a nuestra institutriz.
Isobel sostiene que padre no podía seguir con nosotros porque todo le recordaba a su difunta condesa y que por si algo salía mal en sus viajes, decidió casarse con una persona que nos apreciaba y que nos protegería en caso de que algo le sucediese.
Creo que estuvo acertado con esa decisión, pero no con la de apartarte del hombre al que amabas.
Sullivan habría podido prosperar mucho y te amaba con locura. Estoy segura de ello.
Evangeline suspiró, tratando de digerir la información.
―¿Por qué no me lo dijo Isobel? Imagino que todo eso lo sabes porque ella te lo contó en algún momento.
―Sucedió cuando creímos que York te pretendía y ninguna de las dos considerábamos que el duque fuese un buen esposo para ti. Estuvimos equivocadas. Isobel fue su blanco todo el tiempo, pero… ―Su voz se perdió en el silencio.
Evangeline recordaba esa época a la que acababa de referirse su hermana. Sí. Isobel en algún punto dijo que había visto a Sullivan, y ella no debió permitirle ninguna explicación más porque estaba dolida y no deseaba saber nada de él.
―Incluso si le pidió mi mano a nuestro padre, él me abandonó sin más.
Sabiendo que me humilló sin miramiento, volví a ir tras él como un perro faldero, y lo que encontré no fue agradable, Regina.
De verdad, que no puede ser. Sus circunstancias entonces ya eran complejas.
Humilde pero decente. Él se ha convertido en el Ángel del Infierno.
―¿Qué? ―Se había perdido algo.
―Lo llaman así, en el club. Y créeme cuando te digo que he visto su peor cara y es inexcusable. No tiene salvación posible, Regina.
Hubo un momento de silencio. La hermana menor se moría por hacerle la pregunta. La importante. Se aclaró la voz y se lanzó:
―¿Por qué vas a casarte con Banstorn?
―¿No quieres preguntarme si tengo miedo de tener un matrimonio con el hombre que desea a mi hermana pequeña, Regina? ―trató de averiguar, con mucha calma y suavidad. La misma que había tenido la menor de las Dreyer al emitir su cuestión.
Regina suspiró.
―Puedes estar tranquila. Él no me interesa como hombre. Creo que ni tan siquiera como amigo. No soy tu rival en ese asunto. No lo sería en ningún momento.
―¿Sabías que él te deseaba? No te has sorprendido cuando York ha lanzado la acusación ―observó con suma curiosidad.
―Lo intuía, pero no quería darle credibilidad.
Me sentía mejor desconociendo que algo así sucedía.
No pude evitar darme cuenta de lo que él sentía por mí cuando…
―suspiró―. York nos hizo bailar un vals en la fiesta de lord y lady Exeter.
Banstorn no fue sutil en sus salidas de tono y tampoco en las miradas y gestos que empleó.
Imagino que Lawrence me enseñó más de lo que creía, porque soy capaz de ver el deseo en los ojos de un hombre.
Ya que nos estamos sincerando al fin sobre nuestras…
indiscreciones, debo saberlo. ¿Por qué no puedes ser feliz con Sullivan? ¿Tampoco le dejaste ver quién eras?
―No. Me escondí tras la máscara y vi su verdadero carácter.
No es el mismo hombre. Estoy cansada, Regina.
No me gusta la soledad como a ti, quiero casarme aunque sé que no lograré enamorarme jamás porque solo Avery tiene mi corazón.
Me dejé llevar, sí, y él no lo merecía. Liam es mi amigo, estaré bien con él.
Regina le sonrió.
―Había pensado que después de este… desastre, las dos viviríamos en la casa de la viuda, cerca de Theodore, puesto que Isobel no hará uso de esa propiedad y que envejeceríamos juntas recordando las maldades que nos atrevimos a hacer.
―Pero tú no estarás sola. Tendrás a tu hijo.
―Quiero que los duques lo hagan pasar por su descendiente. No pienso dejar de insistir.
―York podría claudicar si Isobel lo presiona, pues sabes bien que el duque se desvive por darle todo lo que está en su mano a nuestra madre, pero ella no podrá vivir sabiendo que te privó del amor de tu hijo. No lo conseguirás, Regina.
―Entonces espero que vengas a visitarme a Escocia. O tal vez me instale en Italia. Allí seguramente las cosas sean más fáciles para una madre soltera con un hijo.
―Ranfield merece saber que va a ser padre, hermana.
Vio que los ojos de Regina se inundaban de nuevo y las lágrimas caían por las mejillas sin contención.
―No puedo decírselo porque si nos rechaza…
―Se tocó el vientre―. No puedo ―insistió―, Evangeline.
Soy cobarde, prefiero seguir viviendo con la esperanza de creer que tal vez si hubiese hablado con él, Lawrence habría declarado su amor incondicional por mí y por mi hijo.
Si se niega… no puedo desprenderme de ese resquicio.
No puedo, no puedo, no puedo… ―repitió una y mil veces.
Evangeline se acercó a su hermana y la abrazó.
―Lo siento, Regina. Siento que las dos nos veamos en estas circunstancias, pero si volviese atrás, creo que ambas obraríamos de igual modo y por eso me odio a mí misma. ―Eve tampoco era una mujer fuerte.
―Yo también me odio, hermana. No hubiese cambiado nada de lo que sucedió ―confesó la morena, sumida en el abrazo protector de Eve.
***
Liam y Malcom se miraban con cara de pocos amigos.
El duque le había servido un gran vaso de licor a Banstorn que no había tocado.
Él sí había bebido más de la cuenta. Para no ser padre, se sentía como uno muy cansado, de dos muchachos problemáticos y dos chicas todavía peores que Theodore y su hermano.
―¿Estás esperando una disculpa de mi parte? ―rompió el hielo York.
―¿Cuándo te has excusado tú conmigo, Malcom?
―Ah. Es cierto. No soy dado a equivocaciones y por tanto no es habitual que no me haya disculpado…
Creo que tal vez nunca lo haya hecho. Bueno.
Isobel no cuenta. Con ella sí hay veces que tengo que ser humilde.
¿Qué tal se adapta el señor Wilson en tu casa?
―Trató de ir por otro lado en la conversación.
Eso iba a ser todo el perdón que iba a ofrecer el duque de York. Liam analizó la pregunta. Era algo así como una bandera blanca izada. Decidió tomar el gesto.
―Me desaprueba todavía más. Son sus propias palabras. Asegura que estaba convencido de que yo no podía ser todavía peor de lo que intuía y que está seguro de que me esfuerzo para causarle una apoplejía y que así yo sea libre de su esclavitud.
York sonrió.
―Suena como algo que él diría. Confía en Mason Wilson con tu vida si lo necesitas, Liam. No hay nadie más leal.
―¿Ni tan siquiera tú? No olvidaré fácilmente que has puesto en entredicho mi honor al suponer que había abusado de una de tus pupilas.
―Ah, ya ves, querido hermano. Nos conocemos demasiado para esperar lo peor el uno del otro.
Eres del todo contradictorio, porque deseas a la hermana pequeña pero pretendes casarte con la mayor.
Y me pregunto si acabarás haciendo a una tu esposa mientras a la otra también la llevarás a tu cama como tu amante.
A fin de cuentas, no sería la primera vez que dos hermanas calman tu ardor, y si la memoria no me falla, las llevaste al lecho a las dos a la vez.
Liam le sonrió.
―En esa lista que enumeras a cada rato, esa en la que dices que eres un duque poderoso, con fortuna, apuesto, inteligente y lo que sea que añadas, además, deberías incluir que gozas de una excelente memoria.
―No niegas que deseas a Regina. ―Había esperado que Liam se hubiese opuesto a sus palabras desde la primera vez que mencionó el asunto. No lo había hecho ninguna de las dos veces.
―No lo haré porque es la verdad y a ti no te puedo engañar.
Y de hecho, nunca lo he conseguido. Hay pocas mujeres a las que no desee.
Todos habéis escuchado mi desliz cuando he empleado el nombre de la arpía morena en el instante en que os he informado de mis intenciones matrimoniales.
Pretendo casarme con Evangeline de todos modos ―se sinceró.
El duque asintió.
―E incluso sabiendo que la hermana pequeña está en una situación complicada y que si la tomases por esposa podrías salvarla de un destino muy complicado, sigues empeñado en hacer a Evangeline tu mujer. ―No era una pregunta―. ¿Estás enamorado de Regina? ―Esa sí era una cuestión fundamental.
―Tu suposición inicial es correcta. En cuanto a tu pregunta, no importa nada de lo que yo pueda sentir o dejar de sentir por ella, porque a Regina le soy indiferente. ―Esperaba haber sonado neutro y despreocupado.
―Ah. Curioso. Nunca una respuesta dijo tanto evitando revelar la verdad.
Liam tomó el vaso de licor y lo alzó hacia su hermano. Lo dejó vacío.
―Interprétalo como quieras. Me he propuesto a Evangeline y ella me ha aceptado. ¿Tengo tus bendiciones?
―Por lo que a mí respecta, las chicas son lo suficientemente mayores para tomar sus propias decisiones. Ya ves, hermano, ellas parecen haberlo hecho. Solo si Isobel me pide que intervenga lo haré.
―Mandaré el anuncio del compromiso con Eve al periódico esta misma tarde.
Isobel no se interpondrá en la decisión que la hermana mayor ha tomado.
Aunque no sea santo de su devoción, sospecho que a estas horas debe de estar pensando que Evangeline lo habría podido hacer mucho peor y acabar con un hombre todavía más cuestionable que yo.
Intuyo que la situación de Regina le preocupará mucho más.
―¿Te preocupa a ti, Liam? ―se interesó.
Él le sonrió de nuevo. Se puso de pie y avanzó hasta la puerta. York comenzaba a pensar que Liam se había convertido en un hombre despechado que estaría feliz si a Regina se la comiesen los leones.
Banstorn agarró el pomo y lo movió dispuesto a salir de allí. En el último momento, se giró y miró al duque. La mirada de Malcom había estado todo el tiempo sobre su hermano.
―York, si Isobel hubiese necesitado tu ayuda, ¿te habrías quedado parado y viendo cómo se hundía en el lodo?
―Jamás. ―No dudó ni un instante.
―Entonces, ten un poco más de confianza en mí, hermano. ―La enigmática respuesta de Liam lo dejó con el ceño fruncido.
No tuvo tiempo de preguntarle nada más porque su hermano se había marchado del despacho.
Esa tarde, Liam hizo un alto en casa del duque de Phenton para pedirle ayuda. Para lo que pensaba hacer necesitaba que un amigo de confianza, uno que supiera guardar su espalda, estuviese cerca. Liam W. Banstorn tendría una cita con el conde de Ranfield más temprano que tarde.