Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Entró cuando le permitieron el paso desde dentro y encontró a York sentado tras su escritorio, Isobel enfrente de él. El duque se colocó el monóculo para observarla. Escuchó una risa sutil por parte de la que ella había llamado madre en los últimos años.

―¿Qué haces, amor mío? ―preguntó la duquesa, cuando lo vio cuadrar los hombros y examinar a Regina de la cabeza a los pies.

―¿No lo sabes? ―le respondió él con otra cuestión a su esposa.

―Si lo supiera, no lo habría preguntado, Malcom.

―Estoy cumpliendo mi papel. Tu hija ha pedido una audiencia formal con un duque y estoy dispuesto a darle toda la parafernalia necesaria para que la entrevista sea lo que ella espera.

―Estoy segura de que Regina solo va a pedir que le concedamos un pequeño indulto y le permitamos regresar al campo antes de que termine oficialmente la temporada debido a su salud.

Ha pedido la entrevista porque sabe que quiero obligarla a casarse y cree que será más fácil ablandar mi corazón si le da un toque teatral a la situación. ―Isobel creía en su razonamiento.

La joven había llegado a su lado y se había sentado frente al duque. De tal modo que las damas estaban una junto a la otra y York delante de ambas.

―Escocia ―señaló Regina.

Esa sola palabra hizo que Isobel frunciese el ceño y la mirase con atención. El duque perdió su monóculo.

―¿Qué? ―rompió el silencio la duquesa.

―Me gustaría que tú y yo ―dijo mirando a Isobel―, nos marchásemos a Escocia.

―¡Ah! ―exclamó el duque―. Una hija que pretende llevarse lejos de mí a mi esposa, no muestra el menor remordimiento y lo señala sin preocupación alguna.

Interesante. Creí que debido a mi posición, título, fortuna y…

mi increíble atractivo, nunca me excluirían de ningún asunto, menos lo que parece ser un viaje que Regina planea a Escocia…

¿Qué hay en Escocia? No un duque, seguro.

Los que quieren conocer a York vienen en peregrinación a Londres para que yo pueda exhibirme con plenitud.

―¡Oh, Malcom! ―Isobel se rio. Su esposo era elocuente, eso debía reconocérselo―. ¿Te parece oportuno hacer este tipo de bromas en este momento?

―Sí. No se me ocurre mejor momento, porque sospecho que lo que se esconde tras esa extraña petición va a hacer que los cimientos de esta familia se tambaleen mucho. ¿Me equivoco, Regina?

La joven negó con la cabeza.

―Lo siento ―musitó la interpelada.

Hubo un instante de silencio. York hacía varias conjeturas en su cabeza y al final optó por la que le parecía más evidente.

―Si el problema es porque deseas casarte a toda prisa, puedo tener una licencia especial en un par de días ―razonó el duque oliéndose lo peor.

―Una boda… no está sobre la mesa.

―¡Ah! ―El duque estaba muy pendiente de la reacción de su esposa. Isobel se había convertido en esa espectadora que trataba de dar forma a lo que llegaba a sus oídos.

―Me ha parecido buena idea que Isobel y yo nos marchemos a Escocia, porque el duque de York desea que su esposa tenga tranquilidad lejos del bullicio de la sociedad, incluso del campo, para que allí…

dé a luz a su heredero. ―Trató de parecer serena, confiada.

Le tembló el labio superior y se dio cuenta de que el llanto estaba a un pequeño paso de ser alcanzado.

York no se movió ni un poco. Isobel no le daba sentido a lo que Regina acababa de sugerir. La duquesa no entendía nada.

―¿Quién es? ―se limitó a preguntar el duque, después de observarla con suma atención.

―No importa. ―Ella sabía que York le estaba preguntando por la identidad del padre de la criatura que crecía en su interior.

―Discrepo, querida. Necesito un nombre para que el canalla sepa que no solo soy un duque rico, apuesto, e inteligente. Dame su nombre, Regina.

―No.

―¿Qué está sucediendo? ―preguntó desconcertada Isobel.

Sacudió la cabeza. La conversación había comenzado con Escocia. Luego ella había hablado de un heredero… En estos momentos, York se veía dispuesto a sacar sus pistolas del cajón y comenzar a disparar a alguien.

―Tu hija parece tener un plan descabellado que ni tú ni yo vamos a aprobar, esposa.

―York trataba de mostrar frialdad. No. Estaba hirviendo.

Deseaba zarandear a la muchacha hasta que le desvelase la identidad del malnacido que la había dejado embarazada.

Tenía que casar a Regina y hacerlo a toda prisa.

―Regina ―tomó la palabra la duquesa―, necesito que me expliques las cosas como cuando tú eras pequeña y el álgebra te parecía solo letras sin sentido. ¿Puedes hacerlo? ―Isobel tenía un mal presentimiento y se negaba a aceptar que lo que allí se estaba sugiriendo fuese verdad.

Regina la miró, luego se llevó una mano al vientre y lo acarició. No era capaz de explicar toda la situación en alto.

Isobel jadeó debido a la impresión, tras comprender lo que ella le estaba revelando con un sencillo gesto. Se reclinó en la silla y se hundió en ella. Sus ojos se aguaron.

―Es una suerte que no haya sido madre de nuevo. Solo sé fracasar en todo lo que emprendo. ¿Qué he hecho mal? ―se preguntó la duquesa en un susurro que más fue para ella que para el resto.

―Isobel, una palabra más y tendremos, tú y yo, un problema mayor que el que supone Regina. ―Su voz fue cortante y su tono no admitía réplicas.

―Siento muchísimo defraudarte así, madre ―le dijo Regina al tiempo que le tomaba la mano―. No pude… yo… El amor me cegó y solo me dejé ir.

―Un niño… ―musitó. La vista de Isobel estaba clavada en el vientre de su hija.

―Así es ―dijo la joven.

―Y has pedido una entrevista para explicarnos tu situación y proponer que Malcom y yo nos quedemos con… tu hijo.

―No hay otra solución, pues aunque soy consciente de que una mujer soltera de mi rango no puede quedarse con un… ―no deseaba decir bastardo―, hijo nacido fuera del matrimonio, si vosotros lo tenéis, yo lo veré crecer, lo tendré cerca. Lo amaré y sé que estará bien con York y contigo.

―¿No ves los fallos de tu suposición, Regina? ―intervino el duque.

―Sí. Toda mi situación es una gran contrariedad que, incluso sabiendo que podría suceder, no pude evitar.

De nada me sirve llorar, quejarme, disculparme o cualquier otra cosa improductiva como esa.

He analizado las posibilidades y me parece factible retirarme a un lugar donde nadie me conozca, donde nadie sepa que seré yo quien alumbre a un bebé que podría ser el hijo de los duques de York.

―Ah. Ya ves, querida Regina, te convertirás en una mártir para que el duque de York pueda tener un heredero. Tu brillante plan no contempla otras posibilidades.

―No hay otra solución. No estoy dispuesta a desprenderme de mi hijo, no si no es para que vosotros lo cuidéis ―señaló inflexible la joven.

―Bien, tal y como yo lo veo, Regina ―habló de nuevo el duque―, una boda se oficiará o habrá un funeral.

―No hay posibilidades de que me case.

―Un funeral será, pues ―dijo como quien dice que está lloviendo.

―No, no pienso revelar la identidad del hombre que colocó su semilla en mí.

―Ooooh, mi querida Regina. No creí que un miembro de mi propia familia me subestimase.

Te concederé que siempre me pareciste una mujer inteligente…

Si estás en esta situación en particular, no lo fuiste tanto como te crees.

¿Dónde estabas todas las veces que yo repetía que era, además de apuesto, un duque con poder muy perspicaz?

―No pienso decirte ese detalle porque no es importante.

Él le sonrió con suficiencia.

―Sé que no lo harás, pero averiguaré el nombre del…

hombre que te puso en esta situación de un modo u otro.

No hay nada que el dinero y los contactos no puedan comprar.

―Su amigo, el duque de Phenton, era un espía, presumiblemente retirado, pero un espía al fin y al cabo, y lo ayudaría a localizar la información que necesitaba.

―No.

―Un par de días es lo que necesito, Regina. No más. Te casarás con él, serás una preciosa esposa y luego una gran madre. Él no va a poder negarse si no quiere morir a mis manos. ―La frialdad de su voz la dejó helada. Nunca había visto al duque de York en semejante tesitura.

―No quiere casarse. ―El duque se tensó un poco más. Parecía un arpa a punto de saltársele todas las cuerdas.

―Hija mía ―Isobel decidió intervenir―, Malcom tiene razón.

Debes decirnos quién es y debe cumplir con su obligación.

Llevas a su hijo. ¿Qué hombre no se casaría por su propio hijo?

―preguntó con suavidad. Ella misma averiguaría la identidad del canalla y lo asesinaría si no se casaba con Regina.

La duquesa vio justo en ese instante que su hija bajaba la mirada y suspiraba.

―Ah. No se lo has dicho a él. ―Supuso York, al igual que lo acababa de hacer Isobel en su interior.

La joven levantó la mirada y se concentró en el duque.

―El matrimonio parece ser una trampa mortal para él y no forzaré a un hombre que no desea una unión conmigo a hacer frente a la obligación.

La pasión nos envolvió. Lo admito. Me dejé llevar porque él sabe bien lo que hace y no pude, ni quise resistirme.

Si lo obligase a aceptar casarse conmigo, acabaríamos matándonos y no deseo un matrimonio por obligación.

Tampoco estoy segura de que desee un hijo en estos momentos de su vida.

―Regina dijo en alto todas las suposiciones que ella misma conjeturó.

Las veces que había hablado con Ranfield le quedó perfectamente claro que solo tendrían esos encuentros robados.

No había otra cosa y Regina se prometió que se resignaría por más que desease pasar el resto de su vida junto a él, siendo la madre de sus hijos.

¿Qué conde no tenía intención de tener más herederos?

Él siempre decía que jamás se casaría. Ranfield arrastraba muchos problemas y según se desprendía de las conversaciones que habían mantenido, su padre era el motivo de sus males.

Ya siendo niño, cuando compartieron tiempo de juegos en Snow Cottage, él siempre se refería al anterior conde en términos distantes y nada afables.