Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12
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Capítulo 12

Un dolor lacerante

Las semanas pasaban, los meses se sucedían y ninguna de las dos hermanas Dreyer lograba conseguir aliviar la pena que arrastraban.

La temporada estaba a punto de terminar.

Evangeline le había pedido un poco de tiempo a Banstorn para pensar si sería una buena idea casarse con él.

Fue un subterfugio para averiguar si su imprudente acto había tenido consecuencias.

No. No estaba embarazada, y ni en sus peores pesadillas creyó que se alegraría tanto de no llevar a un hijo del hombre al que había amado desde los quince años.

Oh, sí. Avery Sullivan había demostrado ser despreciable, el peor de los seres y aunque su corazón lloraba, trataba de concentrarse en el futuro.

Regina era la que más le preocupaba. No solo a ella. Toda la familia la veía alicaída, delgada, con los ojos muy apagados. Evangeline sabía que su hermana estaba enferma de amor.

―¿Has cambiado de opinión? ―le preguntó Liam.

El hermano del duque había llegado a casa hacía unos pocos minutos para hablar con ella. El té había sido servido y como de costumbre, Banstorn no había aceptado una taza.

―No. Creo que es una excelente idea que nos casemos.

―Entonces, ¿por qué no me permites hablar con York y explicarle nuestra situación? Me ha dado la impresión de que estabas esperando algo… a alguien. ―Su tono de voz era de curiosidad, muy tranquilo.

―En absoluto. Si lo que te preocupa es el asunto de Sullivan, puedo decirte que quedó perfectamente zanjado.

Liam frunció el ceño.

―No estaba pensando en el propietario de un club de muy mala reputación en el East End, Eve. Solo creí que podrías haberte fijado en otro hombre que pudiese llamar tu atención y con el que creyeras que podrías tener una unión mejor que conmigo. ¿Debo preocuparme porque todavía pienses en Sullivan?

Ella le sonrió desde su posición y ahuecó la mano. Estaban uno frente al otro, sentados. Evangeline se llevó la taza a los labios y tomó un largo sorbo de té, para luego devolverla a su platillo. Él observó que le temblaba el pulso en la acción.

―¿Somos amigos, Liam? ―preguntó con suavidad la rubia.

―Yo te considero una excelente amiga y por consiguiente esperaría que tú hicieras lo mismo. Creí que este punto fue clave para que decidiésemos casarnos.

―Lo sé, sí pero… ―¿Cómo decirle a él que las cosas habían cambiado muchísimo desde la última vez que hablaron con confianza y establecieron un acuerdo que parecía perfecto para los dos? Evangeline suspiró y se llevó una mano a la frente.

―Dime qué es lo que sucede. No puede ser tan grave como para que no te atrevas a comentarlo conmigo. Nuestra amistad es fuerte.

Ella se quedó mirándolo fijamente a los ojos. Asintió en un gesto seco y se dispuso a probar la entereza de la relación que los dos habían trabado desde que Isobel y York se casaron.

―¿Qué sucedería si descubrieses en tu noche de bodas que tu esposa no es una dama inocente? ―La cuestión salió en un susurro.

Liam se levantó del sillón de terciopelo melocotón en el que había estado sentado y se dirigió hacia la ventana. El paisaje era tibio. El sol amanecía y se escondía. Un carruaje pasó por delante de la ventana de la salita del primer piso de la casa de York. Liam se colocó las manos a la espalda.

―¿Estás embarazada? ―se atrevió a preguntar.

―No.

―¿Te forzaron?

―No.

―¿Me dirás el nombre del canalla que te sedujo?

―No.

―¿Lo amas?

―Sí, siempre lo haré.

Evangeline sintió a Liam tensarse y cuadrar los ojos. También escuchó el modo tan rudo en el que tomó aliento y lo expulsó.

―¿Hay alguna posibilidad de que te cases con él?

Ella tragó saliva.

―Las damas no se casan con hombres que están por debajo de su posición.

―¡Condenación! ―gritó.

―Lo siento.

―De todos los que pudiste elegir, tuviste que ir a buscar al que ya una vez te abandonó. ¿Por qué, Eve? ―Él se giró para mirarla en ese momento.

No hacía falta que ella le confirmase la identidad del hombre al que se había entregado. Liam lo supo en el instante en el que ella confesó que no podría dejar de amarlo nunca.

―Porque lo amo, Liam. Lo amo y he descubierto que no lo merece, que no es el hombre que creí.

Ella cerró los ojos y un torrente de lágrimas cayeron por sus mejillas.

―No quiero casarme con una mujer a la que otro hombre pueda secuestrar en mitad de la noche, Evangeline. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hiciste? ¿Cómo…? ―No entendía lo que había sucedido. Necesitaba un poco más de información.

―Regresé al club.

―¡Estás loca! ―la regañó.

―Tenía muchas preguntas y necesitaba respuestas para seguir adelante. No pude… no quise detenerme. Vi una oportunidad y la aproveché.

―¿Te das cuenta del riesgo que has corrido? ¡Tuviste que haberme pedido ayuda, Eve! ―exclamó enfadado.

―¿Me la hubieses prestado? ―argumentó con suavidad. Ella ya sabía de antemano la respuesta a esa pregunta, aun así y todo la lanzó.

―Por supuesto que no. ―Eve no se sorprendió con la contestación―. Yo sabía que de todo eso no podía salir nada bueno. Si accedí a que te marchases con él aquella noche, fue solo porque tu carita de cachorro miserable me enterneció. ¡Maldición! ―Se pasó las manos por el pelo.

―Lo siento ―repitió ella.

―¿Cuántas veces sucedió?

―Una.

―¡Evangeline! ―Estaba muy enfadado. No por lo que ella se había atrevido a hacer, sino por todo el riesgo que había asumido. Se la imaginaba a ella sola en la madrugada, disfrazada como una cortesana acudiendo a un club donde… ¡Podrían haberla violentado o peor, matarla!

Ella se secó los ojos y recuperó la compostura.

―Lo que necesitas saber es que no hubo consecuencias de mis actos.

Esa puerta quedó cerrada, tan bien cerrada que nadie podrá echarla abajo.

Si todavía estás dispuesto a que sigamos con nuestros planes para casarnos, podemos hablar hoy mismo con York y con Isobel.

Si después de confesar lo que hice quieres cambiar de idea, no te culparé, Liam. Eres un buen amigo.

―No lo entiendes. Lo que cuestiono no es que te hayas entregado a un hombre.

No soy tan hipócrita como para juzgarte cuando yo dejé de ser inocente a una edad que…

―Mejor no ofrecer ese dato―. La respetabilidad de una dama se mide por su honradez.

―Se quedó pensativo―. Al menos hasta que se casa y trae al mundo un par de herederos.

Me estoy desviando de la cuestión principal.

De lo que se trata, Evangeline, es que como tu amigo, como tu protector, yo solo deseo lo mejor para ti.

Me preocupo por tu seguridad y no quiero que sufras.

Desde hace tiempo has manifestado tu intención de casarte pronto y poco importaba el hombre, si gozaba de título y buena posición.

No lo entendí antes, porque las debutantes siempre creen que merecen un matrimonio por amor.

Después de saber un poco de tu historia me doy cuenta de que solo deseabas seguir adelante.

Bien. Yo soy un buen partido, hijo de un duque, hermano de otro y todo apunta a que sucederé a mi hermano, posiblemente lo haga mi hijo.

Como te dije, no deseaba casarme, pero me ilusiona la idea de hacerlo contigo.

Es una buena manera de cumplir con la tarea que York me encomienda y no morir en el intento.

Llegados a ese punto, Liam se acercó a Eve, se colocó de rodillas ante ella y tomó su mano entre las suyas.

―Liam… ―No hacía falta que él hiciera toda una gran puesta en escena.

―Querida amiga, ¿deseas ser la esposa de un hombre que no te merece, pero que te protegerá y que será bueno contigo?

―¡Liaaaaaam! ―Se oyó un grito atronador que provino del despacho de York y que fue gruñido por el propio duque.

Tanto Banstorn como Evangeline se quedaron parados al escuchar un sonido que bien podría haber congelado el mismísimo infierno.

Un minuto después, la puerta de la salita se estrelló contra la pared con suma violencia y apareció York con los ojos inyectados en sangre, seguido de cerca por Isobel y Regina.

Lo siguiente estaría un poco confuso para Liam, pero sí recordaría a su hermano levantarlo del suelo por las solapas de la chaqueta, separarlo de Eve, quien no consiguió responder a su pregunta sobre su próximo matrimonio, y sentirse amenazado por un duque que repetía cosas incoherentes sobre su deseo y la perdición de una de las hermanas Dreyer.

Isobel pedía que se calmase, Regina lloraba y Evangeline seguía sentada sin comprender qué acababa de suceder.

***

Regina se había levantado esa mañana pensando en su futuro.

La situación era muy mala y sus opciones eran realmente pocas.

Se caracterizaba por ser inteligente. Lo cierto era que se consideraba a sí misma una persona que aprovechaba cualquier oportunidad en su favor y nunca se dejaba llevar por el pánico.

No era demasiado dada a confiar en los milagros, pero sí trataba de mantener la esperanza.

Bien. Después de tantas semanas sin que Dios la previese de alguna solución, ella decidió que no podía seguir esperando, pues el tiempo apremiaba y su margen de maniobra se estaba reduciendo demasiado.

Después de todo, había aceptado hacía años ser una solterona y no tener hijos.

Niños. En sus planes nunca se habían contemplado.

No los suyos propios. Sí los de Evangeline, los de Theodore cuando fuese más mayor y tuviese que traer a su propio heredero.

Incluso cuando Isobel se casó con York, había esperado que la casa fuese asaltada por un regimiento de pequeños querubines tan hermosos como el duque y tan sensatos como la que una vez fue su niñera.

Tal vez Dios sí tuviese un plan para cada uno, pensó con cierta confianza.

Regina había convocado al duque y a Isobel en su despacho para una conversación del todo seria. Llamó a la puerta y se juró que no perdería la compostura. No sería la primera mujer en meterse en problemas, y seguramente, tampoco la última.