Capítulo 11 #2
―Todavía no he terminado. Soy un bastardo nacido fuera del matrimonio. Un hombre manchado. ¿Te ha gustado compartir intimidad con alguien que nació en el pecado y que fue apartado de la sociedad por sus orígenes infames?
Ella jadeó con horror. Cerró los ojos.
―Te forzaron a venir aquí. ―No era una pregunta.
―Ahora ya sabes quién soy. Es nuestra última vez juntos y he cumplido la parte de mi trato.
Accediste a que me divirtiese contigo a cambio de que te revelase mis secretos.
Esa es mi mayor vergüenza. Ahora, túmbate en la cama para que puedas salir de mi vida de una maldita vez.
Acuérdate: no me buscarás, no volverás y yo me olvidaré de ti.
―No.
―¿Disculpa? ―¿A qué se estaba negando ella exactamente?, se preguntó Avery sorprendido.
―Desde que he entrado por la puerta has tratado de vapulearme, solo Dios sabe con qué fin.
No soy un objeto, por más que te permita tratarme como a tal.
Si quieres que este último encuentro se produzca, vas a cambiar el tono de la conversación y tus exigencias o me iré tan rápido que no sabrás si he llegado a venir.
―¡Lárgate! Ahí tienes la puerta ―dijo enfadado señalando el lugar por el que se tenía que ir.
―Oh, Avery Sullivan, ciertamente debería marcharme en este mismo momento y poner a salvo lo que queda de mí.
Te maldigo por lo que me haces sentir. Merde !
―Esa última palabra no la había aprendido por parte de Isobel, más bien por su cuenta y fue un lujo saberla, porque le había dado una entonación maravillosa para demostrar su enfado.
Una dama no debía maldecir. Ella lo había hecho con un vocabulario florido.
―¿Qué quieres de mí, pequeña francesa? ¿¡Un par de encuentros y esperas que borre veinticinco años de un plumazo!? ―La voz de él se había levantado sin darse cuenta.
―Reconoce que te afecto tanto como tú a mí.
No puedes tener a una mujer desnuda, disfrutar de la intimidad y no sentir nada por ella.
―Evangeline trataba de mantenerse serena.
Él se lo estaba complicando mucho con esas miradas llenas de furia que le ofrecía.
¿Sería el mismo hombre? ¿Qué pruebas tenía? ¡No se fiaba de él!
―¡Sí, maldita sea! Siempre he sido capaz de hacerlo.
Las aparto y sigo con mi trabajo. No significan nada.
Tú lo has estropeado todo. ¡Tú, y solo tú, eres la culpable!
¿Acaso crees que no soy consciente de todo el juego que has montado para apresarme en tu red?
Oh, sí. Me has manejado para que estuviese anhelante, añorándote, expectante por ti.
¡No debía ser así! ¡Nunca ha sido así! ―gritó con verdadero enfado a pocos centímetros del rostro de ella.
Evangeline no se lo pensó dos veces. Se abalanzó sobre él para reclamar su boca. Oró una breve plegaria para que él no se apartase y en la cercanía no descubriese su verdadera identidad.
Avery Sullivan supo que iba a ser besado en el momento en el que ella miró sus labios y se lamió los suyos.
Tenía que apartarse. De hecho, debería echarla de allí antes de hacer una temeridad de la que se arrepentiría el resto de su vida.
Ese pensamiento se desvaneció en el momento en el que respondió a su cálido beso.
El calor de una boca. Ella era dulce y lo besaba tan delicadamente y con tanta pasión…
La aupó en sus brazos. Ella cruzó las piernas sobre su cintura y él la sostuvo por las posaderas para llevarla a la cama.
En su mente no era una cortesana que había logrado desconcertarlo. No. En su mente él había regresado al campo. Evangeline. El amor de su vida. De su juventud. Ella estaba con él. Era ella quien lo besaba, quien le pedía más caricias.
―Avery… ―suplicó, en cuanto lo sintió encima de ella en el colchón.
―No hables. ―Él no deseaba despertar de ese sueño tan especial que tenía. Su acento francés hacía que en sus pensamientos no tuviese a la hija mayor del conde de Snow entre sus brazos.
La besó largo y tendido. Se paladearon como si ambos fuesen un par de fuentes dando de beber a un sediento que había vagado por un caluroso desierto durante demasiados años.
Avery se deleitó con su boca. Ella se retorcía y gemía.
El calor que él le ofrecía era lo que había deseado desde que lo tuvo enfrente.
Haberle negado lo que tanto tiempo llevaba anhelando, hizo que ella estuviese ansiosa por acariciarlo, tocarlo, lamerlo.
Los largos y elegantes dedos de Evangeline vagaban por su amplia espalda, acariciando, presionando, tratando de saber que no era un sueño.
Avery besó cada centímetro de su cuello.
Lamió su oreja mientras sus manos amasaban los delicados pechos.
No podía soportarlo más, tenía que mamar de ellos.
Llevó su boca hasta lo que más necesitaba y engulló el pezón terso para volverla loca.
Necesitaba tener los dos en su boca. Juntó los senos de ella y se maravilló al verla contorsionada sobre la cama moviéndose de pura necesidad por las caricias que él le ofrecía.
Tan perfecta que solía imaginarla así de sublime con él.
Solo por él. Lamió cada botón fruncido con delicadeza para terminar jugando con ellos, estirándolos para que ella gimiese más alto.
Cerró los ojos. Si iba a hacer esto una única vez sería con Evangeline y solo con ella. Se concentró en recordar el modo en el que hablaba, cómo susurraba cuando la besaba y ella le pedía más. Su bonita sonrisa, sus dulces ojos llenos de inocencia y amor.
Llevó su mano entre sus muslos y la encontró más que lista para que él pudiese acceder sin dificultad.
Tocó el botón del placer femenino y ella gritó para mostrarse codiciosa.
Avery no podía perder más tiempo. Lo que de verdad deseaba era cobijarse entre sus piernas y lograr al fin fundirse con ella, con Evangeline.
No estaba con una prostituta francesa. No.
Estaba con ella. Que Dios lo perdonase, no podía resistir más la tentación.
No podía parar. No deseaba detenerse y recuperar la razón.
Solo existía la cruda necesidad de meterse en su interior y saber lo que era gozar entre los muslos de una mujer.
Disfrutar de las suaves piernas de Evangeline.
Ella sintió el momento en el que él apoyó su eje en la entrada de su vaina. Debía evitarlo. Había accedido a casarse con Banstorn. Le acababa de decir a su amigo que era una mujer pura.
Demasiado tarde. Evangeline sintió una incursión que a punto estuvo de partirla en dos.
Se aferró a la espalda de Sullivan y se tragó las ganas de gritar para expulsar el dolor que la atravesó.
Apretó los dientes para poder resistir. Sus uñas perforaron la carne de él, pero Eve no era consciente de eso último.
El aire salió de sus pulmones. Dolor. Había dolor y él no se detenía.
Se movía entre las piernas con fuerza. Más se sentía una yegua que una mujer siendo amada por el hombre que jamás dejaría de querer.
¿Esto era lo que deparaba el placer de unirse a un hombre?
Dios no podía ser tan cruel para mandarle semejante castigo.
Necesitaba decirle que parase, pero las palabras no salían de su boca.
No podía componer un pensamiento coherente.
Solo estaba ese dolor que amenazaba con matarla en medio de un acto brutal.
―Averyyyy, por favor ―fue capaz de decir, olvidándose de ese estúpido acento francés.
Y él la escuchó. A lo lejos entre las brumas de su necesidad, oyó a Evangeline susurrar su nombre cerca de su oreja para que la hiciese suya por completo.
Se dejó ir. Lanzó un grito agónico y cedió al éxtasis para derramarse en el interior de esa mujer que estaba usando para su propia fantasía, para su propio gozo.
Empujó hasta el fondo una última vez, salió de ella sin miramientos y se dejó caer boca abajo en la cama.
Se tapó el rostro con ambas manos. Sentía la necesidad de llorar.
Nunca sería Evangeline. Jamás la tendría.
Solo era una mujer usada que había logrado quebrar su voluntad.
Sintió que las lágrimas se le escapaban.
Se tragó un sollozo. Había fallado en la única promesa que le hizo a la hija del conde de Snow.
Se juró que únicamente estaría ella. ¿Todo para qué?
¿Por unos minutos de confusión? ¿Para disfrutar de un sueño que jamás sería una realidad?
Si él hubiese mirado a su compañera de cama, habría visto que Evangeline estaba en la misma tesitura que él.
Sus ojos habían derramado lágrimas. Al principio por el dolor tan intenso que él le infligió.
Después por darse cuenta de que había logrado lo que jamás creyó conseguir.
Había sido suya, de igual modo que él fue suyo.
Estaban hechos para amarse. Evangeline no podía seguir callando.
No debía dejar escapar lo que tenían. Algo intenso.
Algo único. Algo fuerte y duradero que sería para la eternidad.
Lo había recuperado y no podía volver a perderlo.
No después de haberse entregado a él sin restricciones.
No después de haberlo obligado a sucumbir ante ella.
Le acarició la espalda. Él se removió para evitar que lo tocase.
―Vete, maldita bruja. Vete y no vuelvas jamás. Te maldigo por lo que me has obligado a hacer. Maldigo el día en el que te encontré. Debí apartarte. No eres nada. Vete. Esto ha sido un error. No eres más que una mujer usada que vino a molestar mi paz.
―Avery ―susurró muy flojo.
―¡He dicho que te marches! Vístete y vete para no regresar.
―No lo entiendes…
―¡Vete! ―tronó, con un grito tan furioso que ella sintió miedo.
―Pero… ―Lo siguiente que ocurrió fue que él le dio un empujón que la tiró de la cama.
―No te avisaré más, lo siguiente será peor. ¡Te haré daño si no te vas! ―le dijo sin mirarla, tenía que ahuyentarla como fuese. Y por primera vez ella sí tuvo miedo de Avery Sullivan.
Tirada en el suelo, con los muslos ensangrentados y viendo como los restos de él seguían saliendo de su interior, ella se dio cuenta de que el administrador de su padre en verdad se había ido para no regresar.
¿Qué clase de hombre le ofrecía solo dolor en el lecho a una mujer?
¿Qué clase de hombre lastimaba a su amante después de tomarla sin miramiento alguno y no velar por su placer o cuidado?
Ese era el verdadero Avery Sullivan. El hombre que una vez más no había estado a la altura de las circunstancias. Dos veces la había echado sin el menor remordimiento, sin mirarla a la cara.
Evangeline se sentía ultrajada, humillada, traicionada.
Se levantó sin dirigir una mirada a la cama, buscó un pañuelo, luego su ropa y, sin hacer el menor ruido, comenzó a vestirse.
No esperó a estar adecentada del todo, en cuanto las partes más sensibles de su cuerpo estuvieron cubiertas, se marchó de allí esperando ser capaz de contener el lloro hasta llegar al carruaje y rezando para que Regina estuviese lista para irse de ese club al que jamás debió haber ido.
Entró en el carruaje oscuro y su hermana tardó un minuto en llegar después de ella.
El cochero arreó los caballos para llevarlas a casa del duque de York.
Ese era el trato al que habían llegado las dos con el hombre.
Sin preguntas, solo una misión. Recogerlas y llevarlas, esa noche él también sabía que sería la última.
Evangeline comenzó a llorar y a sollozar como si hubiese perdido todo lo que una vez amó. Y se dio cuenta de que, por segunda vez y por su propia mano, eso era justamente lo que había sucedido.
No tardó demasiado en ser consciente de la infelicidad de su hermana pequeña, pues estaba en las mismas circunstancias que ella o peor. Regina también lloraba y gemía de dolor.
La noche para Regina no había sido tan diferente de la de Evangeline.
Hicieron el amor y ella se despidió de él.
Ranfield la dejó ir. A sabiendas de que había tenido con él a una mujer que lo amaba, que había sido inocente y que se entregó sin condiciones, él le había dicho adiós sin ningún remordimiento.
No hizo falta decir nada. Ninguna de las dos tuvo que explicarse, porque ambas sabían que acababan de compartir el mismo destino miserable que sabían que sucedería cuando la realidad las alcanzase.
Y mientras dos hermanas se concienciaban sobre la mejor manera de sobrevivir, Avery Sullivan comenzó a gruñir, a llorar, a gritar y a desahogarse dando puñetazos sobre la cama.
La culpa que sentía por haber faltado a su promesa lo asfixiaba.
Se levantó y se dirigió hasta la silla donde acostumbraba a sentarse para disfrutar de sus excentricidades íntimas.
La sostuvo por encima de su cabeza y la rompió contra el suelo.
El peso de su pecho se aligeró tímidamente.
Algo rojo llamó su atención. Centró la mirada en su virilidad.
¡Sangre! Se movió hasta la cama y miró con atención.
Otra mancha de sangre brillante figuraba ahí.
¿Qué ilusión era esa? ¿Qué truco infame había empleado ella para crear un imposible? ¿Virgen? ¿Cómo podía ser una cortesana inocente?
Pero no podía ser un engaño. No podía serlo. Imposible. Gritó de nuevo. Gimió y golpeó la pared con los dos puños hasta hacerse sangre buscando sacar la congoja que lo embargaba. Cuando terminó se tapó el rostro y cayó sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.
No solo cargaría con la culpa de haber sido infiel al recuerdo de la única mujer que se juró amar y poseer. También tenía sobre su cabeza el delito de haber tomado a una mujer inocente sin el mínimo cuidado, para después gritarle todo su odio y agredirla para sacarla de su lecho.
Avery Sullivan, por primera vez en su vida, se sintió el peor bastardo de los hombres. No merecía el perdón por sus actos y no lo imploraría, dado que las dos únicas mujeres capaces de absolverlo no lo harían. Y tampoco las culparía por odiarlo y desear su muerte.