Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11
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Capítulo 11

Tristes despedidas

Evangeline entró acompañada de Regina en el club El placer del infierno aquella noche dispuesta a que fuese memorable.

El acuerdo que había suscrito con Banstorn era más que aceptable y justo.

Casarse con un amigo cuando una mujer no deseaba encontrar amor y pasión en un matrimonio era una opción más que válida.

Se despediría de Avery Sullivan de una vez por todas y seguiría con su vida.

No debería costar demasiado. A fin de cuentas, él era un claro ejemplo de que se podía seguir adelante con una existencia más o menos acogedora.

―¿Estás preparada para despedirte? ―preguntó Regina, en cuanto entraron y divisaron a Avery Sullivan en lo alto de la escalera supervisando lo que ocurría en sus dominios. La menor de las hermanas había sido testigo de cómo las miradas de Evangeline y de él quedaban la una sobre la otra.

―Le dije tres encuentros, porque uno me sabía a poco, dos no me permitiría saborearlo y tres sería perfecto para empaparme de él y que mi alma no se perdiese.

―¿Ha valido la pena? ―se interesó la morena, que esa noche llevaba una peluca rubia.

―No. Ahora estoy sin corazón y sin alma. No me quedan lágrimas y no sé bien cómo sacaré todo el dolor que sé que me alcanzará cuando termine la noche.

Evangeline dejó de mirar a Avery y se concentró en su hermana.

―Yo estoy bien. ―Trató de tranquilizarla Regina.

―Sé que no es así. En las visitas que nos hacía Ranfield, nunca me di cuenta de que te sentías así con él. ¿Ha valido la pena para ti, Regina? ―preguntó con suavidad.

―Sí. No cambiaría nada de lo que he hecho.

El mundo se hundirá, pero siempre tendré el recuerdo de haber podido elegir mi felicidad, aunque esta haya sido efímera.

De todas formas, me consuela saber que envejeceré con mi hermana mayor y las dos seremos unas solteronas que no nos perdimos el excitante mundo de la pasión.

―Cuando terminó su exposición le sonrió a Eve.

La vio fruncir el ceño ligeramente, dado que la máscara no permitía ver demasiado del rostro.

―En cuanto a eso, Regina, tengo que decirte que he llegado a un acuerdo con…

― Mademoiselle ―se presentó el señor Cook ante Evangeline―, es un placer verla esta noche.

Milady ―se ladeó ligeramente para saludar a Regina―, tan encantadora como siempre.

Hombres con suerte, si me permiten la apreciación ―adujo en alusión a su jefe y al conde de Ranfield.

Aunque en verdad al que más envidiaba no era a Sullivan.

En opinión de Cook era del todo natural que Banstorn no hubiese regresado al club después de la pelea con el hombre que la preciosa cortesana había elegido para ser su compañero de cama.

Haber perdido a semejante mujer debió haber supuesto un duro golpe para el hermano del duque, dado que si York era vanidoso, Cook intuía que lord Liam Banstorn no se quedaba atrás.

― Bonsoir , ¿esta vez monsieur Sullivan le manda para deshacerse de mí?

¿Qué me mostrará hoy? ¿Tal vez las salas de la parte izquierda?

¿Las que se rumorea que son para quienes desean experimentar con el dolor?

―Tanto Regina como ella misma, la primera noche, habían escuchado un susurro entre Portman y Banstorn sobre no permitirles acudir a esa parte.

Algo de cadenas, fustas y objetos de lo más perturbadores.

Observó al hombre de confianza de Avery sonreírle.

―Le puedo mostrar lo que desee, tanto a usted como a su amiga.

―Miró a Regina y la boca se le hacía agua.

¡Qué mujer! ―. Sin embargo, el señor Sullivan está deseando que se entreviste con él.

―Cook se quedó un momento pensativo―. Lo cierto es que no ha estado de buen humor estas semanas, pero al menos no ha destrozado el despacho como la última vez que usted no se presentó.

Regina se quedó asombrada. Evangeline emitió un jadeo. Él volvió a mostrar una sonrisa sincera.

―¿Está diciendo que él…? ―Eve no sabía cómo terminar su interrogatorio.

―Poco discreta mi observación, lo sé. No ha sido un despiste, mademoiselle .

Necesitaba que usted fuese consciente del efecto que causa en un hombre que ha renegado de las mujeres desde que lo conozco.

Tal vez incluso antes. Tengo un gran aprecio por el señor Sullivan y, ahora sí, violando la confianza de mi patrón, le diré que todos somos más felices cuando él está de buen humor.

No lo está cuando se le priva de su compañía.

Usted le hace bien y por tanto es importante para nosotros que lo comprenda.

―¿Qué le sucedió al señor Sullivan en el pasado? Sospecho que no siempre fue así―se adelantó Regina con la pregunta.

―¡Ah!, eso, milady , no está en mi mano divulgarlo. ―Miró a Evangeline y le dijo―: Creo que sabe dónde puede encontrarlo. ―La vista de la hermana mayor se dirigió al primer piso, él ya no estaba en el lugar que había ocupado momentos antes.

―Iré. ―Se marchó de allí en busca de su tortura. Sí. Tortura. La noche iba a ser tortuosa y dolorosa para Evangeline. No importaba. Una última vez y lo dejaría ir para siempre.

Cook miró a Regina con atención.

―Amantes ―suspiró―. ¿Qué posibilidades habría de que dejase a un hombre con título, rico y agradable a la vista en favor de otro humilde, sin título, aceptable en cuanto a aspecto físico y que le juraría devoción eterna?

Ella se quedó asombrada.

―Aquí lo llaman Cook, ¿verdad?

―Ese soy yo. Un hombre enamorado.

Le ofreció una sonrisa afable. Lo miró con atención. Era un hombre extraño. Sus pobladas cejas eran las que le daban un toque aterrador, diabólico, pero aun así y todo era muy apuesto. Muy grande.

―¿Sabe lo que me sorprendió de usted, Cook?

―¿Mi aspecto protector? ―preguntó, en un tono muy sensual.

―Su dicción. Es impecable para un hombre del East End. Es tanto o más elegante que la del señor Sullivan. Lo que me hace preguntarme quién es usted.

―Podría decirle lo mismo, milady . Es poco común ver a una dama joven en el Infierno. Si está huyendo, yo puedo protegerla ―se ofreció galante.

―Su ofrecimiento me halaga, y por muy tentada que estuviese por aceptar su generosidad, me temo que del problema que tengo, nadie tiene la solución.

―¿Ni tan siquiera Ranfield? ―La preocupación de ella era genuina. Le causó conmoción.

Ella le sonrió y le dio un beso en la mejilla.

―Sospecho que, pese a su apariencia de lobo feroz, se esconde en su pecho un gran corazón. Tan grande como usted mismo, Cook.

―Una manera muy cortés de rechazarme, pero al fin y al cabo un rechazo.

―Esta será mi última noche en el… Infierno, como usted llama al club. No creo que nuestros caminos se vuelvan a cruzar. Nunca fui una mujer admirada, y usted ha hecho que mi vanidad se desbordase. Le recordaré con cariño.

Ella dio un paso para marcharse. Cook la sujetó del brazo.

―Búsqueme si me necesita. ―Ella cabeceó afirmativamente al tiempo que le sonrió.

―Suerte, Cook.

―Suerte, milady ―le respondió él, en el mismo tono fraternal.

Con esa despedida, Regina se encaminó a su último encuentro con el único hombre al que amaría. Por primera vez, la hermana menor entendía perfectamente lo que sentía Evangeline.

***

Evangeline no sabía a qué atenerse con él.

Había entrado en el despacho de Avery Sullivan y él no le había hablado.

Dudaba de que incluso la hubiese mirado.

Ella hizo lo mismo que él. Cuando cerró la puerta con llave, lo siguió hasta su habitación.

Lo observó desvestirse y ella hizo lo propio llevando cuidado de proteger su rostro y de que su bella máscara siguiese en su lugar, manteniendo su anonimato.

―¿Se me permite hablar, Avery? ―Compuso su acento francés más severo.

Él se quedó frente a ella.

―¿Qué ocurre?

―¿Estás enfadado porque he tardado en venir?

―No.

―Mentiroso. ―Le arrojó el insulto sin compasión.

―Lo creas o no, no vivo pendiente de ti. ―Esperaba que la mentira no le explotase en la cara. Le había ordenado a Cook que diese con ella costase lo que costase. A Sullivan, las mujeres no lo hacían esperar, él las hacía desearlo llenas de expectación.

―¿Por eso arrasaste tu despacho la última vez que no pude acudir a ti? ―Oh, sí. Ella iba a arrinconarlo como a un perro sin salida.

La miró con sorpresa. Lanzó una maldición que, de haberla entendido, la habría hecho sonrojar.

―Cook es una vieja chismosa.

―He estado indispuesta y me era imposible… complacerte.

Él soltó una risotada incrédula.

―No soy una mujer, pero estoy familiarizado con ciertos aspectos femeninos. Las indisposiciones a las que imagino que aludes no duran más que una semana.

―No soy un hombre y por tanto necesito tiempo para digerir que esto ha llegado a su fin. Cinco días fueron para dejar de sangrar ―lo desafió―, el resto ha sido para asimilar que ya nada será igual. A ti poco te importará que esto termine, pero para mí no ha sido un juego.

―¿Qué ha sido para ti? ―se interesó.

Le ofreció una sonrisa triste.

―Lamento mucho que su corazón sea tan duro, monsieur Sullivan. Estoy segura de que en otro tiempo ha sido un hombre dulce, paciente, sosegado y amoroso. ―Se escudó en la formalidad.

―Dos encuentros no son suficientes para conocerme, pequeña francesa.

―No. Es cierto. Imagínate que a veces siento que te he conocido en otra vida, pero ya no eres el mismo hombre. ¿Te parece una locura lo que digo?

―Desde luego que sí. No eres más que una cortesana aburrida que deseaba flirtear con un hombre como yo. ―Él arremetió con rabia contra ella. Eve sabía que buscaba hacerle daño. No se lo permitiría.

―¿A qué clase de hombre te refieres, Sullivan?

―Un bruto que regenta un peligroso club. Un hombre que pelea en un ring si se aburre y que no tiene miedo de sesgar una vida, cuando el infeliz merece morir porque la justicia no existe.

―Palabras duras.

La miró con seriedad. Desnudos como estaban uno frente al otro y ella sentía no poder tocarlo, abrazarlo, no recibir sus muestras de afecto. Si deseaba asustarla no iba a suceder.