Capítulo 10 #4
―Ah, así que él es Lawrence. ―Trató de inmediato de desechar lo que se instauró en su pecho al escuchar que ella decía el nombre de pila de otro hombre, de ese dandi que resultaba más pomposo que York.
No pudo. Liam la pegó sobre su pecho con codicia.
Algo primitivo, no sabía el qué, se había apoderado de su ser.
―Banstorn, no puedo respirar ―pidió libertad al verse en una posición tan delicada.
Regina se irguió todavía más cuando él le pasó un pulgar sobre su espalda.
―Si alguna vez buscas a un hombre que te muestre la dicha de la perversión, el placer de la lujuria, que arranque de ti el pudor y te haga gritar hasta desfallecer, puedes buscarme, Regina.
A fin de cuentas somos familia y para eso está…
la familia, para ayudarse. Solo hazlo sin tratar de esperar que luego sea caballeroso y te pida matrimonio ―le recomendó con jocosidad.
Ella hirvió de furia. Trató de separarse de su duro torso. Él no se lo permitió y estuvo satisfecho cuando la escuchó gruñir por lo bajo. Regina levantó el rostro. Sus bocas estaban muy juntas la una de la otra. Tanto que podían respirar el aliento del otro.
―No lamento que él te atizase cuando los dos os peleasteis, solo maldigo no haber sido yo quien te pegase un puñetazo. Me conformaré con haberte abofeteado, aunque sentí vergüenza por mi proceder.
Liam se quedó de piedra cuando ella le desveló que sabía lo del ring . ¿De qué más estaría Regina al corriente?, se preguntó. Recuperó la compostura y la miró como si lo dicho no lo hubiese sorprendido de una manera descomunal.
―Ah. Ya veo que te has enterado de nuestra pequeña discusión. Entonces, imagino que sabrás que una hermosa cortesana lo esperó en su habitación para curarle las heridas, o tal vez lo curó con la lujuria. Ese detalle no fue de dominio público.
Le tocó el turno a Regina de entrar en pánico. La rebeldía la abandonó de golpe. ¿Se habría enterado Banstorn de que ella y Ranfield…? ¿Que ambos…? Tragó saliva.
―¿Quién era la dama? ¿La conozco? ―tanteó con tranquilidad.
―Uhm, los amargos celos. ―Él se rio con ligereza―.
No creo que sepas quién es. Ni tan siquiera yo he logrado averiguar de quién se trata.
―Lo había intentado. Después de la pelea fue a hablar con el maldito dandi para pedirle en privado que no volviese a molestar a Regina si no tenía intenciones serias, pero lo que le llegó tras la puerta, antes de llamar, fueron muchos gritos pasionales.
La fiera con la que el amor no correspondido de Regina compartió esa experiencia…
Banstorn se dijo a sí mismo que deseaba conocerla de primera mano y saber si en verdad era tan fantástica como se preveía. ¡Qué ardor el de esa cortesana!
―¿Por qué querrías tener esa información?
―Para fastidiarte, naturalmente ―adujo, como si fuese habitual.
Se guardaría la verdad para él mismo. Tenía que acostarse con la amante de Ranfield y de un modo u otro acabaría sabiendo quién era.
No porque quisiera demostrarle a aquella mujer que él era mejor que el conducho del tres al cuarto, sino porque…
porque… Bueno, por otra cosa que no le venía a la mente en esos momentos.
Y esa otra cosa no implicaba a Regina en nada, trató de convencerse Liam.
―¿Entiendes que no somos unos niños pequeños que deban jugar a molestarse?
―Tú lo haces constantemente.
―Eso es porque no me gustas.
―Ya lo creo que lo hago, y cuando tu preciado Ranfield te deje a un lado y te des cuenta de que él era la última esperanza para ti, estoy seguro de que vendrás a mí para que te descubra las delicias del pecado… No sé si me apetecerá tanto hacerlo.
Ella suspiró.
―Te asombrarías conmigo, Banstorn. ―Ranfield le había mostrado algunas cosas que… Posiblemente el pícaro del hermano del duque se ruborizaría en caso de saber lo que ella había aprendido de tan excelente mentor. Ella no iba a permitir que lord Liam la sacase de sus casillas con su afirmación.
―Al margen de nuestra rivalidad, te daré un consejo.
―No lo hagas, te lo suplico ―quiso detenerlo.
―Vi cómo miró el conde a tu hermana aquella noche. Tú no le interesas, Regina.
―Nunca tuve esperanzas en él, Banstorn, así que ahórrate las palabras que nadie te ha pedido.
―Si hubieses sido un poco más amable conmigo… ―comenzó a decir él. Sus palabras se sintieron como un lamento. Se calló de inmediato.
La música había cesado. Los dos se dieron cuenta de que no habían hecho un escándalo.
No se habían gritado o algo peor. Regina trató de separarse de él y fue consciente del poco espacio que reinaba entre ambos.
Se rectificó a sí misma. Seguramente sí acabasen siendo la comidilla de los panfletos sensacionalistas en el próximo periódico, dado que él la había encarcelado en un abrazo constante durante el vals.
―Banstorn, todo el mundo nos mira ―señaló por lo bajo, al ver que la seguía manteniendo fuertemente pegada a su pecho.
―Ya ves, querida ―Liam empleó el mismo tono perezoso que tanto caracterizaba a su hermano.
El aliento de él hacía cosquillas en la oreja de Regina, dado que se había acercado para susurrarle―: he decidido apiadarme de ti y darte un poco de contacto masculino…
Soy lo único que vas a tener a mano. ―No esperó respuesta alguna, la soltó y se marchó sin un mínimo de cortesía.