Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

―No ―dijo sencilla y llanamente Regina. Banstorn no era el problema de nada. Lo que le sucedía a la joven sí era una complicación mayúscula y esperaba poder enmendar su situación. ¿Cómo? Tenía un plan pero era muy arriesgado ponerlo en práctica y no estaba segura de poder llevarlo a cabo.

Había previsto que su corazón se rompería cuando llegase el momento de decir adiós al hombre que amaba con intensidad.

Ranfield. No cambiaría nada de lo que había vivido con él y viviría con las consecuencias de su actuación costase lo que costase.

Había demasiado en juego como para echarse a temblar o a llorar.

Evangeline le había dicho que esa noche, después del baile de lord y lady Exeter, podrían ir por última vez al Placer del infierno.

Ella había estado de acuerdo. Las cosas eran efímeras.

Las cosas grandiosas todavía más, y por ese motivo ella había esperado pacientemente a que Evangeline decidiese el fin de la locura que ambas hermanas habían puesto en marcha con esas visitas tan…

Suspiró. En las próximas horas todo terminaría y esperaba que Ranfield hubiese sido fiel a su promesa de ir cada noche a su habitación del club para esperarla cuando quisiera encontrarse con él.

No les quedaba más tiempo. Ella no lo obligaría a nada que él no desease.

Los hombres reacios al matrimonio eran muy fáciles de identificar, especialmente porque eran de los que las damas acababan enamoradas.

Puesto que no le había dicho su identidad, el fin de su relación debería ser pacífica y sin grandes dramas.

Ella se había jurado a sí misma que sería fuerte.

Se convertiría en la tía solterona que malcriaría a sus sobrinos y cuando muriese nadie lloraría demasiado su pérdida. Gimió en alto sin ser consciente. No debería lamentarse. Al menos había descubierto el placer con el hombre del que estaría enamorada toda su vida.

―¿Tanto te disgusta mi presencia que nada más me ves aparecer tienes que componer una mueca y gemir sin consideración? ―Banstorn se había acercado hasta donde estaban York, Isobel y Regina. Sí. La cuestión iba dirigida a ella y sus palabras eran muy duras.

―No eres el centro del universo por mucho que lo creas. No todo gira en torno a ti ―respondió esa hermana Dreyer sin permitir que su observación la alterase.

―Haya paz ―terció York.

―Es más factible que la luna caiga esta noche sobre nosotros cuando regresemos a casa ―razonó Banstorn, con una sonrisa dirigida hacia Regina.

―Estoy de acuerdo ―sentenció la joven.

―Ah, ya veis, al fin un punto en común entre ambos. Inusual. ¿Por qué no resolvéis esta pequeña disputa con un baile? ―propuso York.

―No ―se negaron al unísono.

―Vaya, otro hecho en el que estáis de acuerdo.

Adorable, tanto como si de un perfecto duque se tratase.

Un noble de alto rango que además es poderoso y que insiste en que bailéis un vals, tal y como va a hacer Evangeline con lord Fisher en estos momentos ―Regina y Banstorn vieron que la pareja a la que había aludido York estaba haciendo justamente eso―, y enterréis el hacha de guerra antes de que vuestra enemistad haga que la luna caiga sobre todos nosotros debido a vuestra…

―iba a decir atracción. No lo hizo―, a lo que sea que tengáis y la estabilidad de esta familia acabe hecha trizas.

―York alzó su ceja ducal. Eso fue una señal de que no iba a repetir su sutil orden de nuevo.

Regina suspiró. Liam hizo lo mismo. Y de nuevo el duque habló para decir―: Magnífico, tres cosas en las que coincidís.

Ahora… ―Él ahuecó la mano para que entendiesen que los estaba despachando y que tenían que ir a bailar.

Liam alzó su brazo y Regina colocó su mano para iniciar el camino hacia la pista de baile. Los dos emprendieron la marcha como si fuesen a un fusilamiento militar.

Isobel miró a su esposo.

―¿Crees que ha sido prudente mandarlos a bailar? ―inquirió con cierto temor.

―¿Qué puede salir mal, mi amor? Ya se llevan lo suficientemente mal como para que no pueda ir a peor.

Le tocó a ella levantar una ceja sardónica.

―Mantén esas palabras cuando el resto de la alta sociedad retire todas sus invitaciones en el instante en el que mi hija asesine a tu hermano o él la deje plantada en medio del baile.

―No seas absurda, esposa. ¿Debo recordarte a cada paso que te casaste con un duque, uno apuesto, rico e inteligente al que todo el mundo adora, especialmente tú?

Nos invitarán con mayor insistencia para ser parte del escándalo y poder tener el placer de nuestra compañía.

Yo si fuese tú, rogaría a Dios que Regina y Liam hiciesen algo divertido para probar mi punto.

No tan drástico como la muerte, por supuesto, pero lo de que alguno de los dos deje plantado al otro sería interesante.

Apuesto a que será Regina quien le dé un corte directo a Liam y que él acabará de rodillas ante ella.

Ella se rio con ligereza.

―Eres…

―Ridículo, lo sé ―terminó él la frase por ella intuyendo lo que iba a decirle―. Sin embargo, creo recordar, duquesa mía, que tú hiciste justo eso y yo babeé por ti como un cachorro ansioso.

―Supongo que no fue fácil para un duque pomposo y arrogante como tú que una mujer se alejase en pleno baile sin pedirte una cita secreta entre amantes.

O más alarmante, que no me desmayase cuando desplegaste todo ese encanto que tanto te caracteriza y que hace que las damas suspiren a tu paso.

Duro golpe que me resistiese a ti… ―señaló jocosa.

―Ay, Isobel. Mi querida y amada Isobel. Tú fuiste mía desde que me recogiste en aquella zanja, solo que te costó un poco más de la cuenta percatarte de ello.

―Discrepo, querido duque.

―¿Lo haces? ¿Negarás que te enamoraste de mí y que por eso me mandaste al pescante de tu carruaje cuando me socorriste tras el accidente?

Sé valiente y admite que me colocaste en un lugar tan poco afortunado para alguien de mi clase y atractivo porque estabas muerta de miedo por si yo no me fijaba en ti.

Ella le sonrió con coquetería y se abanicó como si fuese una jovencita salida del cascarón buscando llamar su atención. Él se rio por lo bajo. Ella seguía sorprendiéndolo con su frescura.

―Tonterías. Sé que te hubieses fijado en mí incluso si yo hubiese estado impregnada de barro.

A lo que me refería era que me enamoré de ti cuando contrataste a mi padre para que te enseñase algunos trucos para enrolarte en el ejército.

Ya ves, mi amor, siendo yo una jovencita ya suspiraba por el apuesto, vanidoso y gran duque de York.

―¿Lo hacías? ―preguntó con los ojos bien abiertos.

―Sí, lo confieso. Te admiraba porque no había un hombre mejor que tú.

―Los años perdidos, Isobel… ―se quejó. El recuerdo al que ella había aludido fue cuando él era un joven ansioso que clamaba por irse a la guerra. Afortunadamente Wilson le impidió cometer una temeridad y se quedó en Londres para cuidar de su hermano, del ducado y de sus arrendatarios.

―Nada como eso. Necesitabas madurar y darte cuenta de que yo era perfecta para ti.

Del mismo modo que a mí me sucedió lo mismo.

Tú me tuviste a tus pies de inmediato porque eras el más hermoso de todos los hombres que yo alguna vez había contemplado, pero tu actitud, tu visión de la vida era infame.

Él soltó una larga carcajada. Se acercó a ella, la estrechó entre sus brazos y le dio un beso que no fue casto ni ligero.

―Te amo, Isobel.

―Te amo a pesar de que sé que jamás dejarás de ser escandaloso.

―Y por eso te venero todavía mucho más. ―Él, que no la había soltado puesto que ella no había tratado de salir de su abrazo, volvió a besarla con pasión―. ¿Podríamos ir a buscar una biblioteca o tal vez un rincón en el oscuro jardín?

―Malcom, serás mi perdición.

―¿Eso es un sí o un no? ―tanteó.

―¿Quién soy yo para negarme a los deseos de mi disoluto esposo? ―preguntó con falsa resignación.

La pareja se marchó en busca de un lugar íntimo para mantener una relación que podría ser equiparable a la de dos amantes que tuviesen que saciarse con ímpetu y rapidez.

Mientras todo eso sucedía, otro hombre y otra mujer trataban de aparentar normalidad en la pista de baile.

―No soy un ogro.

―¿No? ―rebatió Regina con disgusto.

―Eres tan hiriente que no sé por qué no he mandado al cuerno a mi hermano cuando ha sugerido semejante tontería. ¿Tú y yo bailando? ¿Cuánto tardaremos en levantarnos la voz? ―preguntó retóricamente Liam.

―Supongo que si no hablamos, ninguno de los dos dirá algo que pueda molestar al otro. Yo estaba en silencio esperando el fin de la música. Tú eres quien ha hablado.

―Son pocas las mujeres a las que saco a bailar, pero las afortunadas no están rígidas y separadas de mí tres metros por lo menos.

―No me haces sentir cómoda, Banstorn, así que no puedo estar relajada en tu compañía. Y no estoy más que a una distancia prudencial de ti.

―Sí, estoy seguro de que con Ranfield también te mantuviste a una distancia prudencial, lo que ocurrió es que tropezaste al pasar por delante de él y accidentalmente acabaste besándolo ―refunfuñó por lo bajo.

―¿Eso fue lo que te pasó a ti la noche que nos llevaste al club de Sullivan? ¿Tropezaste y acabaste enterrado en el interior de lady Delphy?

―Uhm… ¿Todo lo que te hago sentir es porque sientes celos? ¿Es porque no te hago caso, Regina?

―Supongo que el tropiezo que tuve con Ranfield no te dejó suficientemente claro dónde estaban mis afectos. Siento que tu vanidad se resienta al averiguar que no todas las mujeres estamos enamoradas de ti en secreto.

―No puedes hablar en serio. Ranfield es… él… Ranfield… ―No sabía cómo calificarlo sin que ella creyese que todo se debía a los celos.

La joven lo miró con satisfacción.

―Es perfecto. No puedes enumerar ni un solo defecto de Lawrence.