Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

―¿Liam? ―buscó llamar su atención.

Lo observó sacudir la cabeza.

―¿Sí?

―¿Hay algo que debería saber? ―Él giró el rostro y miró a Eve.

―¿A qué te refieres?

―Si hay otra mujer con la que tú… ―No se atrevía a preguntarle abiertamente si Regina le interesaba. Sabía que eran como el perro y el gato, pero ¿y si…?

―Lo único que me gusta saber de una mujer es el tiempo que tarda en desnudarse y abrir las piernas para mí ―dijo de modo cortante.

Evangeline lo tomó por el brazo.

―Eres un buen amigo, si mi hermana…

―No sigas por ahí, Evangeline. ―Oh. Si él empleaba su nombre completo eso implicaba problemas.

―Si estás seguro de que no deseas explorar esa vía, yo no añadiré nada más.

―La única vía que deseo explorar ―dijo citando sus mismas palabras―, es la de saber cuán rápido nos casaremos.

―¿Estás seguro? No quiero que luego te arrepientas.

―Yo no lo haré. Más me preocupa que lo hagas tú.

Sobre el papel, el asunto de un enlace entre nosotros se ve más que acertado y factible, otra cosa será cuando te lleve a la cama.

La experiencia que poseo será una ventaja porque lo haré bueno para ti.

En realidad no he tenido antes a una inocente, pero creo que seré competente.

―Estoy segura de ello.

―Eve… ―Él se quedó callado. No sabía cómo afrontar una duda que le venía a la mente.

―¿Qué te ronda la cabeza?

―¿Eres inocente? ―preguntó en un susurro.

―Más pura que la nieve. Si lo que te inquieta es que Sullivan se aprovechase de una falsa cortesana. Bien, no lo hizo. ―No al menos del modo en el que Banstorn podía suponer. No añadiría nada más―. ¿Te preocupaba que no lo fuese? ―siguió ella preguntando.

―No me hubiese importado demasiado siempre y cuando no llevases a un bastardo.

―Odio esa palabra, Liam. ―Cuando la dijo Avery a modo de insulto ella la aborreció con todas sus fuerzas.

―Bueno, no sabía cómo llamar a un hijo engendrado fuera del matrimonio. Discúlpame, por favor. Lo que no quiero es que el título que York me va a colocar en la espalda se pierda con un hijo que no sea de mi sangre. No sería justo hacerle eso a mi hermano, a mi familia. ¿Lo entiendes?

―Sí, no tienes de qué preocuparte. No tendré amantes ni cuando engendre a un heredero y otro de repuesto. Los hombres no me interesan.

―Solo uno ―adujo él con suavidad.

―Sí. Y a ese no puedo tenerlo. No supondrá un problema cumplir con mi obligación.

Desciendo de una larga estirpe de mujeres que se quedaban embarazadas solo con que sus esposos les echasen una mirada.

Mi madre, la que me dio la vida, Fiona se llamaba, era la novena de once hermanos y mi padre habría tenido más hijos si la muerte no se la hubiese arrebatado y su salud hubiera sido más fuerte.

Evangeline se sonrió al recordar lo prolífica que era esa parte de su familia.

Si Avery no hubiese sido tan peculiar en sus peticiones, ella podría estar gestando un pequeño…

Suspiró. Un hijo de él. Se llevó la mano al vientre y sintió lástima.

De haber sido todo normal, ella podría haberse llevado más que un escandaloso recuerdo de sus encuentros.

Sintió pena por ese hijo que nunca tendría junto a Avery Sullivan.

―¿Estás bien, Eve?

―Por supuesto. ¿Cuándo se lo diremos a York? ―Temía la reacción de Isobel más que la del duque.

―Mi hermano no será un problema.

―Lo sé. Isobel lo será. ―Ella se sonrió.

―Parece que estamos en perfecta sintonía. Lo haremos bien juntos.

―He observado a cada partido que ha pasado por delante de mí con suma atención. Los que me convencían se esfumaron y casi lo prefiero así. Eres mi amigo y estaremos bien. No se me ocurre nadie mejor que tú para que sea mi esposo, Liam.

Él también la miró con un gesto de aprecio sincero.

―No deseaba casarme. Sentía la cuerda tensarse sobre mi delicado y magnífico cuello. Has hecho que la tarea sea sencilla, así que no se me ocurre nadie mejor que tú, Eve ―añadió copiando las últimas palabras de ella.

Evangeline le hizo un gesto con la cabeza en señal de agradecimiento y entonces lo vio abandonar su mirada para volver a centrarse en otro punto. Por curiosidad siguió su línea de visión y vio que él volvía a mirar a Regina.

Suspiró. El mundo sería un lugar más agradable si los hombres no fuesen tan tercos y no tuviesen miedo de hablar cuando era el momento.

***

A Regina no le gustaba ser el centro de atención. Y dado que solo sus ojos habían destacado mínimamente, le agradaba el hecho de pasar desapercibida en cualquier actividad social, privada o pública.

Algo había cambiado en los últimos tiempos y no estaba satisfecha con sus nuevas circunstancias.

Isobel la había obligado a bailar con dos petimetres y tuvo que acceder para no ser descortés.

Eso fue lo que le insinuó su madre para que bailase.

¡Como si eso hubiese sido un problema! Todavía estaba patente en su recuerdo cuando el pomposo York se acercó a ella mirándola a los ojos y le pidió un baile.

Sencillamente se negó y se dio la vuelta.

En honor a la verdad, aunque el duque era un portento de la masculinidad, pese a ir vestido siempre con más puntillas de las que debería y esa cadena de oro que se empeñaba en tener para sacar su monóculo cuando deseaba hacerse el interesante, ninguna otra mujer le hubiese quedado tan bien como Isobel.

Ella lo hacía mejor hombre. Todos lo sabían.

Era una pareja por amor. Regina había temido que el hecho de que los niños no llegasen hubiera hecho resistirse la complicidad que ambos disfrutaban.

Parecía que los problemas estaban en proceso de superarse o ya habían sido olvidados.

―Aquí estás. ―La voz de Isobel la sorprendió y dio un respingo.

―¡Me has dado un susto de muerte! ―se quejó Regina.

―Eso ha sido porque estás escondida en un rincón. ¿Qué haces aquí sola?

―Huir ―señaló enigmática.

―¿Te persigue alguien, querida?

―No creí que llegase a suceder, pero me persigue una horda de hombres que buscan esposa y lo último que quiero es bailar con ellos, tal y como me obligas a hacer, y escuchar hablar sobre caballos, el tiempo, sombreros o sus madres.

―¿Madres? ¿Quién ha tenido tan mal gusto de mencionar a su madre en una conversación con una dama a la que se pretende cortejar?

―Farithon lo ha hecho. No ha parado de decir que su madre tenía que aprobar a su futura esposa, que su madre no le permitía cenar más tarde de las siete, que su madre esperaba que se casase esta temporada… No te imaginas lo que ha sido esa conversación.

Isobel se rio y negó con la cabeza.

―Pobre hombre. Dale tiempo, es todavía joven y sospecho que la madre de él debe de ser un dragón muy grande.

―Isobel, desearía estar en el campo. Ya no me importa que sea en York Park ―era la finca del duque― o en Snow Cottage, solo deseo tener paz.

―Había esperado que el entusiasmo que has mostrado durante los últimos meses se debiese a que algún hombre apuesto hubiera captado tu atención. ¿A qué viene este malhumor, Regina?

La joven suspiró y se tocó la frente. Los problemas la perseguían donde fuese. No era que esta vez ella no se hubiese metido en el río, y el lodo que sentía hasta las rodillas pudiese calificarse como una sorpresa.

―La vida es extraña, Isobel.

―Dime algo que no sepa. Fui tu institutriz, me casé con tu padre de la noche a la mañana y en poco más de un año, me convertí en viuda para otro año después estar siendo asediada por un duque que no estaba dispuesto a rendirse.

―Uno apuesto, rico, inteligente y que te adora, esposa. ―La voz de York llegó por el lado derecho.

―¿Te han desplumado en las mesas de juego, mi amor? ―se interesó la duquesa de York.

―Eres malvada, Isobel, porque atentas contra mi vanidad con la única esperanza de recibir un dulce castigo esta noche ―dijo seductor.

―¡York! ―saltó Isobel azorada, al ver que Regina comenzaba a reírse por lo bajo.

―Ah, el título. Sospecho que he dicho algo terriblemente inapropiado y que tal vez sea yo quien deba de ser castigado esta noche y no tú.

―¡Por amor de Dios! ¿Tanto disfrutas siendo escandaloso que no puedes reprimir tu lengua frente a mi hija? ―La duquesa estaba avergonzada.

―No es como si tú fueses silenciosa por las noches, Isobel.

York no pudo contener la sonora carcajada que dejó salir. Regina se dio cuenta de que la reflexión la había hecho en alto y miró a su madre con una disculpa dibujada en el rostro.

―Dejemos a un lado los gritos.

―Nadie ha hablado de gritar, esposa ―se mofó York.

―Ya es suficiente, por favor ―rogó Isobel.

―Está bien, por mucho que te encuentre adorable cuando te enfurruñas, dejaré el asunto aquí, mi duquesa.

En ese momento York se fijó en su hermano. Estaba al otro lado del salón y se había quedado mirando a la hija menor de su esposa de un modo… de una forma que… Frunció el ceño.

―Regina, ¿hay algún problema entre Liam y tú? ―preguntó. Lo natural era que discutiesen o se enfrascasen en alguna disputa que hiciera que la paz se volatilizase sin necesidad de usar pólvora. Ellos habían estado evitándose y ni se miraban, no al menos de forma directa.

York no era un duque listo solo por nacimiento.

Había pocas cosas que lo sorprendiesen. La actitud de Regina y Liam era una de ellas.

Siempre había sospechado que, mientras todos intuían que Banstorn tenía los ojos puestos en la hermana mayor porque era de una belleza más evidente y serena, en realidad admiraba en secreto a la pequeña fierecilla salvaje que era Regina.

―La relación entre Banstorn y yo es todavía más mala de lo que lo fue en el pasado. No tiene caso negarlo y no lo haré.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Isobel.

―Lo de siempre. No compartimos los mismos puntos de vista y yo no estoy dispuesta a asentir y sonreír en esta ocasión.

―¿Debo preocuparme? ―preguntó York, sintiendo un mal presentimiento.