Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10
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Capítulo 10

Una dama fría

La música sonaba y el salón de baile de los condes de Exeter, unos amigos del duque de York, estaba a rebosar de grandes personalidades. Evangeline estaba rodeada de un pequeño séquito de admiradores que le hacían la corte. Su cuerpo estaba en la fiesta, pero su mente no.

En el último encuentro con Avery las cosas no habían salido como él pensaba.

Ella estaba segura de que no había sido su intención darle aquel supuesto y escandaloso beso en aquella zona.

Eso debió trastocarlo muchísimo porque él no habló cuando todo terminó.

Ella no se atrevió a hacerlo tampoco, así que se vistió y se marchó a casa sin abrir la boca.

Esta vez fue Regina la que la estuvo esperando en el carruaje y su hermana no parecía especialmente contenta.

Ninguna de las dos se atrevió a compartir sus intimidades.

Demasiado violento para ambas. Regina y Evangeline se habían vuelto cercanas, pero lo que hacían en sus escapadas nocturnas era un sacrilegio que en caso de salir a la luz las condenaría al ostracismo más severo.

Eve se moría por regresar y suponía que su hermana también.

¿Cuándo hacerlo? Habían pasado dos semanas más desde que Avery y ella se habían visto por última vez.

Los primeros siete días transcurrieron entre dudas.

La mayor de las Dreyer se debatía entre hacer lo correcto ―cosa que hasta el momento no había hecho― y seguir explorando lo indecente. Las dos opciones eran nefastas.

Lo correcto implicaba elegir uno de los múltiples candidatos aceptables que desfilaban ante sus ojos y que no le hacían sentir nada especial. Y eso no estaba mal del todo porque no deseaba volver a enamorarse de otro hombre aunque fuese su marido.

Lo indecente suponía jugar con fuego, con él. Avery Sullivan ya le rompió el corazón en mil pedazos y, debido a la intimidad compartida, podría hacer mucho más en esta ocasión.

La siguiente semana fue para recuperarse de esos días tan incómodos en los que las mujeres tenían que sangrar para demostrar que eran féminas fértiles.

¿Estaría él enfadado por su ausencia? ¿Impaciente?

¿Deseoso? Puesto que ninguno de los dos habló cuando acabaron de… jugar, no establecieron una cita.

―¿Eve? ―Banstorn la trajo de nuevo a la realidad. El corro de pretendientes se había esfumado, seguramente porque su amigo los habría ahuyentado.

―¿Qué? ―preguntó ella, al tiempo que suspiraba.

―Has rechazado a todos y cada uno de los cachorros que han venido a mostrarte sus plumas reales. ¿Qué te pasa? Creí entender que después de los inconvenientes sucedidos en la temporada pasada, en esta ocasión no ibas a perder el tiempo.

―Eres molesto, Banstorn.

―¿Tiene algo que ver con cierto propietario de cierto club donde no estuvimos jamás? ―se interesó él.

Ella asintió.

―Es difícil olvidar el pasado cuando este de pronto regresa para seguir atormentándote.

―No sé lo que pasó entre ambos, pero sí te diré que ese hombre no es una pareja aceptable para la hija de un conde, la pupila de un duque.

―Comprendo perfectamente las normas sociales, Liam. Pero no me importan demasiado. He vivido prácticamente toda mi vida en el campo y he sido feliz. Lo que me frena en toda esta situación, que es mucho más compleja de lo que te imaginas, es el daño que puedo ocasionar a mi familia.

―¿Estás insinuando que te casarías con él si pudieses? ―Banstorn estaba atónito.

―¿Qué habría de malo en sucumbir al amor?

Él ya estaba por debajo de mi posición cuando decidí amarlo.

Si no me hubiese dejado atrás sin pestañear, sería la orgullosa señora Sullivan.

No creía que fueras tan esnob. Sin embargo, no debería sorprenderme tanto.

Tú eres un hombre, y bien podrías casarte con la cocinera de tu casa y los chismes durarían un mes, tal vez menos.

―¿Estás loca? La cocinera que empleó el señor Wilson después de despedir a mi chef francés, porque discutía con él a cada ocasión, es gruesa, tiene una verruga aquí ―él se señaló el lado derecho de la mejilla― y huele siempre como a repollo hervido.

―¿Mason Wilson está trabajando para ti?

―York me lo ha endosado a traición.

―No pensé que el duque supiera dar un solo paso sin su hombre de confianza.

―Toda la familia tenía un especial cariño por el valet del duque, que bien podía ser el jefe de todos ellos, pero era autoritario cuando deseaba que el resto cumpliese su voluntad y su sutilidad era peligrosa.

¿Qué habría pasado para que acabase al servicio de Liam?

, se preguntó con curiosidad Evangeline.

―Yo tampoco.

―¿Tiene algo que ver con el hecho de que esperan que seas un modelo de corrección y decoro para poder atrapar a una esposa y perpetrar el linaje?

―No te ofendas, Eve, pero desde que mi hermano se casó con tu madre, York es peor que una patada en mi hígado.

Ella se echó a reír. No tanto por la frase, sino más bien por el tono tan perezoso que él le dio. Casi parecía que estaba hablando con el propio duque de York y no con su hermano.

―A este paso no nos casaremos jamás.

―Estamos hechos un buen par. Tú no dejarás de amar a un hombre que no lo merece y posiblemente hagas desgraciado a tu esposo. ―Suspiró―. Mientras, yo jamás podré amar a una mujer porque todas me gustan demasiado y haré infeliz a la mía.

Los dos giraron la cabeza al unísono y dejaron de contemplar el resto del salón de baile. Se quedaron mirándose de pronto.

―¿Liam? ―Ella usó su nombre a modo de pregunta. Sus ojos estaban abiertos de par en par.

―¿Estás pensando lo mismo que yo?

―¿Somos amigos? ―inquirió ella, desechando la cuestión de él.

―Muy buenos. Si York o Isobel supieran el tipo de conversaciones que he mantenido contigo, estoy seguro de que me prohibirían si quiera mirarte.

―Eso denota que te sientes cómodo conmigo.

―Eres la única amiga que tengo con la que no pensaría acostarme.

―Gracias, creo ―sentenció, frunciendo el ceño.

―Has entendido lo que he pretendido decir.

―Deberíamos casarnos.

―Sí, deberíamos hacerlo. ―Liam vio clara esa línea de actuación cuando comenzó a hablar de lo miserables que serían en sus supuestos matrimonios.

―Creí que pondrías un poco más de resistencia. A fin de cuentas, sé que odias el matrimonio con todas tus fuerzas.

―Sí, lo hago. Pero la nuestra sería una unión que nos beneficiaría a ambos.

Cada vez lo veo más claro. Podríamos casarnos, vivir vidas separadas, porque no nos amamos y jamás lo haremos.

Podremos convivir en paz porque somos amigos.

Tú me conoces bien y no me censuras. Yo no deseo matarte a cada ocasión como me sucede con tu hermana y solo nos unirían un par de niños que tendríamos que traer a este mundo.

Y lo más importante: si me caso me libraré de Wilson, dado que no será necesario que haga de niñera conmigo.

No te imaginas lo molestas que son las conversaciones con él.

Lo peor son sus miradas de desaprobación.

No entiendo el motivo por el que York no lo mandó a descansar a una casa en Siberia.

―Te estás dispersando, Liam.

―Lo sé. Solo veo beneficios en este acuerdo que podríamos forjar.

―Me preocupa la intimidad que compartamos. Los niños no vienen de París, como sospecho que imaginas ―adujo con suavidad.

―Con un poco de suerte te dejaré embarazada a la primera. Si quieres podemos acostarnos con una cinta en los ojos para no vernos. Es divertido hacer eso. Te lo recomiendo.

―¿Entiendes que no soy uno de tus amigos y que no debes darme ese tipo de ideas?

―¡Bah! Como si no hubiese dicho cosas más inapropiadas en tu compañía.

No vengas a hacerte ahora la mujer decorosa, porque sé que secretamente estás imaginando lo que sería hacer el amor conmigo y puede que te ponga nerviosa el hecho de acabar enamorada de mí con el tiempo.

―Le dedicó una bonita sonrisa donde exhibió sus preciosos dientes blancos. Evangeline rodó los ojos.

―Eres hermano de York. No hay duda. Tu vanidad no se aprecia a simple vista, pero tienes un toque grande de su orgullo. En cuanto al amor, siento decirte que no llegará nunca. Si esperas que nos amemos alguna vez, será mejor que abandonemos esta conversación de inmediato ―expuso con seguridad.

―¿Te convertirás en una esposa exigente que me privará de mi libertad?

―No lo creo. No estoy interesada en ti de ese modo.

―¿Pretendes que acabe con mi vida disoluta?

―Me gustaría que fueses un poco más discreto para no ser el centro de burlas, pero no opinaré sobre lo que decidas hacer.

―¿Estás segura de que podrías convertirte en mi esposa y no te arrepentirías, Eve? Como plan suena muy acertado, pero… ―Su voz se perdió.

Evangeline se sorprendió y dejó de mirarlo para ver lo que había captado su atención.

Siguió la línea de su visión y observó a Regina.

Lo cierto era que su hermana era capaz de conquistar a cualquier hombre.

No había sido antes así. Desde que acudieron al club por primera vez la menor de las Dreyer había adquirido una confianza ciega en sus capacidades y dotes.

Su actitud ya no era la de un patito feo, Regina era un cisne elegante y sublime.

El vestido de muselina verde pálido, con volantes negros de tul en el escote y en el bajo del pecho, le conferían un aspecto de lo más interesante.

Sus ojos siempre fueron bonitos, pero al cambiar su mirada, al volverse más mundana, ella parecía más una virginal cortesana que una debutante experta.

Evangeline tragó saliva. ¿Estaría bien Regina?

Confió en que su hermana estuviese lidiando con certeza con sus propios asuntos con Ranfield.

A fin de cuentas, Evangeline era la menos indicada para sermonearla o pedirle explicaciones.

Si algo saliese mal, podrían regresar a Snow Cottage, la casa solariega, y recluirse allí para toda la eternidad. Theodore nunca las echaría a los lobos.

Regresó la mirada de Regina a Banstorn. Frunció el ceño al verlo… ¿embelesado?