Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

―Porque me has forzado a darte un beso y este es el que he decidido otorgarte.

―No sé lo que ha sido lo que has hecho, pero definitivamente no fue un beso. ―Más bien algo así debía considerarse pecado y ella podría convertirse en la pecadora más blasfema de toda la humanidad.

―Sí, querida, ha sido un beso íntimo entre dos amantes.

―La sonrisa de él la irritó sobremanera.

¿Qué tipo de cortesana sería si sus amantes no habían exigido conocer su sabor íntimo?

Desconcertante… ¿o estaba actuando? En caso de ser lo último merecería ser la estrella protagonista de una obra en Covent Garden.

―Tú sabes que mi demanda no fue esa.

―La próxima vez harías bien en estipular mejor las condiciones.

―Eres un tramposo. ―¿De verdad no iba a poder recordar lo que era su boca sobre la suya? Evangeline podría ponerse a llorar, patalear y gemir si no fuera porque estaba tranquila, relajada… saciada.

―No. Pediste un beso y es lo que has tenido. No soy culpable de que tú no seas mejor negociando.

Evangeline suspiró. Tuvo que haber previsto que no jugaría limpio.

―Lo que has hecho es más íntimo que darme el beso que sabías que quería.

―Puede ser, pero es lo que has obtenido.

―No te comprendo, Sullivan.

―Para lo que hemos acordado, no hace falta que lo hagas.

―Necesito saberlo.

―¿El qué?

―¿Lo has hecho con otra antes? ―Él frunció el ceño ante la pregunta.

―¿Por qué es importante para ti? No es como si fueses una mujer virgen exigiendo la fidelidad de un amante.

―Respóndeme. Quiero saberlo.

―No. Ya te dije que no toco a ninguna de mis amantes.

―¿Ni con la pluma?

―Sí, con objetos que me apetece utilizar sí lo hago.

―¿Por qué a mí me has tocado? ¿Por qué me has besado entonces?

―Te lo he dicho. Pediste un beso y ese es el único que estaba dispuesto a otorgarte.

Evangeline suspiró y comenzó a negar con la cabeza.

―Avery Sullivan, tienes talento, porque cada vez que construyo una imagen de ti, al minuto siguiente la destruyes sin remordimientos e impides que pueda averiguar el tipo de hombre que eres.

―No te angusties por ello. Después de esta vez, nos quedará otra más y podrás seguir tu camino.

―Debería sentirme ofendida por la facilidad con la que vas a ser capaz de olvidarme ―refunfuñó.

Él sonrió.

―Con tu aspecto y capacidades, pronto encontrarás a otro que te aporte más.

―Puede ser. ―No le haría saber que eso sería imposible.

―Creo que tenemos que continuar. Sigo… necesitado.

―¿Y ahora qué debo hacer? ―preguntó en cuanto lo vio ponerse de pie, con esa furiosa erección palpitando cerca de su cuerpo. Avery tiró la pluma a un lado.

―Soy generoso, así que como te he visto gozar, te ofreceré la misma cortesía. Tal y como estás, te mostraré lo que me haces sin tan siquiera tocarme.

Sullivan empuñó su virilidad.

Los ojos de ella fueron a sus manos. Avery subía y bajaba la piel que recubría su duro eje. Ella se quedó fascinada.

―Quiero tocarte ―pidió en un susurro valiente.

―No. He trasgredido las normas ya suficiente. Solo deja que vuelva a ver tu rosada perla. Ábrete de nuevo para mí. Deja que te vea.

Ella entendió lo que pedía. Estiró las piernas, que en ningún momento habían abandonado los reposabrazos de la silla, y se acomodó de nuevo para dejarle ver su intimidad.

De nuevo expuesta. Él no se perdía detalle.

―Eres del todo perverso, Avery Sullivan, y más que eso resultas molesto ―le dijo en una entonación seductora.

―No sabes cuánto me apena no poder complacerte.

―Mentiroso. ―Él le guiñó un ojo.

―Sigamos.

―¿Qué quieres que haga? ―Estaba lista para seguir con… el asunto.

―Acaríciate para mí. Haz que grite tu nombre cuando me alcance la liberación.

La mano izquierda mantenía abierta esa parte de ella, mientras la derecha volvía a sacudir con vigorosidad su sensible capullo. El silencio era cortado por los suspiros y gemidos de ambos.

Los ojos de ella no podían dejar de observar cómo su mano sacudía con ferocidad su virilidad.

Quería verlo todo y no lo conseguía. Su vista iba de su zona íntima masculina a su rostro.

Avery mantenía la vista sobre ella, sin perderse el modo en el que sus dedos volvían a rasgar con sutilidad sus pliegues. Estaba empapada de nuevo.

―¿Volverás a besarme, Avery Sullivan? Creo que necesito que lo hagas ―lo desafió. Se sentía tan poderosa, que ansiaba reafirmarse como una mujer seductora.

Esa frase incendiaria sirvió para que él emitiese un grito sordo, primitivo, que valió para anunciarle a Evangeline que había sobrepasado todos los límites.

Y por si a ella le hubiese quedado alguna duda de que su peculiar amante había surcado la cresta de la ola del placer, los chorros blanquecinos que cayeron directamente sobre su zona privada e impregnaron su mano certificaron la acción.

―Termina, pequeña francesa, vuelve a dejarte ir y usa mi semilla como si fuese un aceite especial para lograrlo.

Evangeline ya estaba gimiendo su liberación antes de que él acabase de hablar.

―¡Aveeeeryyyyy! ―Su nombre fue dicho como si estuviese reclamándolo. Suyo. Evangeline lo sentía suyo. Del mismo modo que se sentía suya.

Fue cuando terminó la sensación de plenitud, cuando ella se dio cuenta de que había cometido un verdadero error al regresar una segunda vez a la guarida del Ángel del Infierno. Y lo peor de todo era que su cabeza ya deseaba saber cómo sería su tercera y última cita.

Que Dios se apiadase de ella, porque si la primera vez que él la abandonó le costó sobrevivir, en esta ocasión la muerte en verdad podría venir a buscarla.