Capítulo 9 #3
Se centró en sus pechos. No eran de un tamaño abultado, pero tan contorneados y cremosos que su boca gritaba para que los acunase y saborease con la lengua.
Sus perfectos pezones figuraban tersos. Estaba seguro de que si llevase una mano hasta sus rizos dorados, la sentiría húmeda y más que preparada para albergarlo.
No la había tocado y ella estaba excitada… ¡Perfecta!
―Ven aquí. ―Ella no esperaba esa petición. Le había dicho que se tumbase en la cama.
―¿No voy al lecho?
―Ven ―repitió.
Evangeline se acercó con ilusión. Tal vez la besase al fin.
Sus labios. Fue siempre la forma de la boca de Avery lo que la tuvo subyugada.
Gruesos, sensuales, tan cálidos… También sus ojos.
Tenía tanta dulzura cuando la observaba y le daba consuelo y comprensión…
La mirada del dueño de El placer del infierno era dura, exigente, hambrienta. La hacía temblar por dentro.
Evangeline se quedó parada cerca de él y lo observó desvestirse de un modo muy rápido. Estaba asombrada por el poco tiempo en el que logró quitarse las capas de ropa.
Cogió una silla y la acercó a su posición. No era la misma que usó él la otra vez, dado que esta tenía reposabrazos.
―¿Y ahora qué hacemos? ―preguntó, al ver que él no movía ficha en el asunto.
―Quiero que te sientes aquí y pongas las piernas en cada uno de los soportes. Debes quedar completamente abierta para que yo te vea y disfrute de ti.
―¿Dónde estarás tú?
―Haz lo que te he dicho.
Ella se sentó y mientras lo hacía miró al techo. Se acomodó para quedar exhibida. No podía esconderle nada. Se sentía una verdadera cortesana. Esto debía ser pecado.
Sin dejar de mirar el aburrido techo, y sintiendo arder sus mejillas, ella percibió que él se movía y tuvo que prestar atención para ver lo que se proponía.
Avery acababa de ponerse de rodillas y estaba tan cerca de su feminidad que sintió el aliento hacerle cosquillas ahí.
Tragó saliva y buscó normalizar su propia respiración porque presentía que acabaría desmayándose.
―Esto es… demasiado ―gimió en cuanto él sopló sobre esa parte de ella que…
―Lleva tus manos y sujeta los bordes de tu intimidad para que pueda verte bien sin esa cálida mata de vello.
―¿Qué? ―graznó. Seguro que lo había escuchado mal.
―Necesito verte de cerca. Sujeta la tierna carne de los costados, presiona suavemente y deja que te contemple, que tu aroma llegue hasta mí.
―¿Es necesario que me tengas tan expuesta? ―se quejó, sintiendo la vergüenza más extrema. ¡No podía hacer eso! Ni ella misma había visto qué había ahí .
―¿Me privarás de conocerte de la única forma que puedo ofrecer, pequeña francesa? ¿Te negarás a las órdenes de tu amante? Eso no está nada bien.
Ella bufó. No le molestaron las palabras en sí, que eran del todo escandalosas, fue el tono desconcertante que él les imprimió. ¿Cómo pudo Avery compaginar la burla, la necesidad y la seducción en dos preguntas y una frase acusadora? ¡Chantajista!
Eve acomodó sus glúteos en la silla y luego deslizó las manos por su cuerpo para llegar a esa parte tan privada que él deseaba violar con su mirada. Se abrió a sí misma para que él la pudiese inspeccionar sin que nada se ocultase tras el velo.
―Dios santo, eres tan rosada y pequeña ahí… ―señaló, en un murmullo agónico, que dejaba traslucir lo maravillado que se sentía.
―¿Todas te permiten verlas de este modo? ―No pudo evitar que la pregunta fuese dicha en voz alta.
―No. ―Hasta la fecha no sintió ese deseo tan intenso.
Ella dejó de admirar el blanco del techo y lo miró. No había esperado esa respuesta.
―No me siento… cómoda.
―Lo sé, pero no he podido resistirme a verte así.
―¿Puedo soltar ya…?
―No. Quédate ahí. Puedo ver el rocío que has creado por mí, solo por mí.
Mi voz debe ponerte así de mojada. Tus pechos desean mi atención y tu feminidad muere por ser asaltada.
Eres una gran tentación para mí y te maldigo por ello, pequeña francesa.
Si pudiese tener la oportunidad de no haberte conocido, la elegiría.
―Duras palabras que obsequiarle a la mujer que mantienes casi en un estado de esclavitud.
―Te gusta lo que te obligo a hacer. Tu mente se debate entre el bien y el mal, pero tu cuerpo revela tu verdadera naturaleza. ―Qué molesto que él tuviese la potestad de leerla tan bien.
Lo vio ponerse de pie. Ella lo siguió con la mirada. Sacó una pluma de un cajón.
―¿Vamos a jugar a hacernos cosquillas, monsieur ?
―Algo así.
La pluma se deslizó sobre su cuello. Evangeline ladeó la cabeza hacia la izquierda para sentir mejor el suave tacto.
―Eres perverso ―susurró. Ambos se observaban con intensidad. La lujuria los había alcanzado y no quedaba lugar para la vergüenza. Solo existía la cruda necesidad. La satisfacción para ambos.
―Sí, y tú mueves las caderas porque necesitas sentir el roce de mi miembro sobre ese lugar tan divertido que te hace suspirar y gemir. ¿O tal vez preferirías mis dedos?
Eve se dio cuenta de que estaba balanceándose sin ser consciente, previsiblemente buscando un punto de apoyo para poder descargar la necesidad que había nacido en su interior.
―Un auténtico corruptor y me resultas molesto. ―Estaba segura de que posiblemente Banstorn no era tan canalla como Avery. O tal vez sí. La pluma que acariciaba sus senos no la dejaba pensar con claridad.
―Y me adoras por ello ―añadió con un toque burlón―.
Ahora, tócate, pequeña francesa. Deja que te vea acariciarte y no te guardes nada para ti.
Grita, gime, suspira, no te contengas. Esto es para ti, para mí.
Solo están los límites que yo te impongo y tienes la libertad para disfrutar de tu propio toque con codicia o con suavidad.
―¡Diosss! ―gimió, en cuanto sus dedos llegaron hasta su hinchada perla y pudo al fin masajearla con ímpetu. Esta vez no fue delicada. No tanteó el terreno. Sabía lo que debía hacer.
―¿Te has complacido en tu cama estos días que no has jugado conmigo? ¿Has recordado nuestro primer encuentro? ¿Has gritado mi nombre mientras el placer recorría tu cuerpo y te hacía explotar?
―Sí, sí, sí ―confesó entre gemidos incontenibles. Era escandalosa en sus muestras de placer. No podía callar. No lograba dejar de suspirar. Necesitaba más. Mucho más.
―Entonces llámame. Di mi nombre. Tus dedos son los míos. Soy yo quien te toca. La pluma también te ofrece mis caricias.
―Sullivan. ―La palabra se deslizó como terciopelo entre sus labios entreabiertos.
―No. Avery. Di mi nombre, pequeña francesa. Deja que tu delirio sea mío. Me llamo Avery y yo soy tu dueño esta noche.
―Averyyyyy ―susurró, presa de su seducción. No la tocaba, pero la tenía sujeta a él. Anclada. Necesitaba lo que le ofrecía. Deseaba contentarlo, atender sus peticiones. La promesa de que el final de lo que habían empezado esa noche sería glorioso la tenía subyugada.
Avery se colocó de rodillas y acercó, sin dejar de mover la pluma sobre los pechos de ella, la nariz hasta ese lugar.
Necesitaba aspirar su olor. Dulce. Tan condenadamente dulce que la boca se le hacía agua.
Los dedos de ella sobre sus propios fluidos hacían un sonido tan excitante si los movía sobre su rosada y pequeña feminidad que estaba al borde de la liberación.
No podía arriesgarse a ponerse una mano encima y acariciar su falo o acabaría demasiado rápido.
―Así, pequeña, así. Eres una buena chica, lo haces muy bien. Veo que estás a punto de conseguirlo y yo te lo permitiré. No olvides mirarme cuando grites mi nombre en medio de tu delirio. ¿Serás buena?
―Sí, sí. ―Evangeline estaba en otro lugar y solo la voz de él la guiaba entre las brumas primitivas de la codiciada satisfacción que ansiaba lograr.
―Dámelo, querida, y te premiaré con un beso. Uno tan especial que entonces sí descubrirás que los besos son esenciales cuando se juega con la lujuria.
Ahí ella ya tuvo el estímulo necesario para imprimir todo el ritmo que necesitaba. Sus piernas abrazaban los reposabrazos de la silla para no caer, mientras sus caderas se movían al ritmo de sus ágiles dedos.
―¡Aveeeeryyyy! ―gritó, en cuanto el rayo la atravesó. Tan potente y doloroso que ella sollozó y un par de lágrimas se escaparon de sus ojos sin ser consciente.
Su cabeza cayó hacia atrás, sus manos quedaron apoyadas sobre sus piernas y tuvo la imperiosa falta de cerrar los ojos. Estaba cansada, aunque muy saciada. Podría dormirse en esa misma posición.
La pluma ya no la acariciaba. Pero había algo en su intimidad que le hacía cosquillas.
Como si él estuviese respirando profundamente sobre ella, empapándose de su olor, capturando su éxtasis.
Avery acababa de soplar sobre sus pliegues.
Evangeline no podía afrontar nada en esos instantes en los que necesitaba un poco de paz. Demasiado esfuerzo. Demasiada lujuria.
―¡Aaaaah! ―exclamó, contorsionando más su cuerpo en cuanto sintió que la boca de él estaba directamente sobre su húmeda intimidad.
Se obligó a separar los párpados y dirigió la mirada en busca de más información.
Avery Sullivan, el hombre que le había asegurado que no tocaba a ninguna de sus compañeras de juego, estaba directamente sobre ella, lamiéndola.
Solo su lengua y su boca la acariciaban.
Nada más. Los ojos azules volvieron a estar sobre los negros de ella.
Lo vio sacar la lengua por completo y extenderla por toda su zona privada. No se atrevía a moverse, a pedir explicaciones. Si cuando le exigió mostrar su feminidad, ya se sintió vulnerable, con él enterrado entres sus piernas, no sabía cómo describir la sensación que le transmitía.
Lo vio separarse de ella y relamerse los labios.
―Sabes exactamente como me imaginaba. Tienes un toque eminentemente dulce, pero hay picante también en ti. ―Volvió a sacar la lengua para recoger algunos restos del placer de ella que quedaban en el contorno de sus magníficos labios.
―¿Por qué has hecho eso? ―Evangeline no sabía a qué atenerse.