Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

―¿Un encuentro y ya estás enamorada de mí, pequeña francesa? ―Evangeline sintió que su corazón se rompía un poco más. Palabras vacías que él le dijo para luego olvidarlas.

―A veces, no hace falta más ―respondió con sencillez. Cuando lo vio por primera vez se quedó prendada de él. Sus ojos tan azules y limpios, risueños como los de un hombre sin pecado…

El Ángel del Infierno contaba con demasiadas cuentas que saldar. Evangeline no sabía cómo seguir a partir de ahí.

―Todavía deseo que los dos… juguemos. En tu mano está cumplir con nuestro acuerdo. Solo quedan dos encuentros más.

Ambos seguían de pie en medio de la habitación, cara a cara.

Entablando un combate que no escenificaba lo que fluía dentro de cada uno.

Ella estaba decepcionada y furiosa. Él estaba enfadado consigo mismo por no ser capaz de apartarla y lleno de deseo.

Podría acostarla y… ¡No! No traicionaría su promesa.

Se obligó a retroceder en sus pensamientos más primitivos, a olvidar lo que supondría desnudarla, acariciarla y enterrarse por primera vez en el cuerpo de una mujer.

No lo haría. No sucumbiría. Solo era una mujer que sabía creer cómo manejarlo a su antojo.

Ella estaba ofreciéndole una ilusión y él debía recordar que esa cortesana sabía bien cómo cazar lo que pretendía engullirse.

―Creí entender que con dos bastaría, así que, en caso de estar interesada en tu proposición, cosa que no me siento inclinada a aceptar debido a tu comportamiento falto de modales, este sería el último.

―Tal como yo lo veo, tienes dos opciones, pequeña francesa. O te marchas y no regresas, o te quedas y atiendes mis órdenes.

―¿Y qué gano yo con eso si has hecho todo lo posible para humillarme y despreciarme?

―¿Yo? Me acusas a mí de tales horrores, cuando has sido tú la primera en no respetar mis deseos.

―¿Cómo quieres que te lo explique? No eres mi dueño.

―No sé cómo haces los acuerdos con tus amantes, pero en el momento en el que se establecen los términos es costumbre cumplir con ellos. Estuvimos de acuerdo cuando hablamos sobre lo que esperábamos el uno del otro.

―Ah, ¿pero no tiene ninguna de las dos partes derecho a cambiar de opinión?

―¿Tienes a otro amante que te ha ofrecido un trato mejor? ¿Es eso? No debería sorprenderme a estas alturas, lo confieso.

―Tal vez. ―Deseaba molestarlo y cuando lo vio torcer el gesto con la ira bailando en su mirada estuvo satisfecha.

―Te lo dije, solo tienes que pedir tu precio.

―¿Y si lo que deseo es lo único que no puedes darme? ―planteó.

―¿Y qué sería? Soy un hombre muy rico. No deberías forzarme a negociar nuestro trato porque yo te pedí que fijases la cantidad y te negaste. Incluso no aceptaste el premio de la apuesta.

―¿Cómo hacerlo cuando sería un dinero fraudulento que no gané?

―Nadie sabría que no fue así y te aseguro que después de lo que he hecho esta noche para subirte, lo sospecharán menos todavía. ―No sabía qué sentimiento se había apoderado de él para obrar del modo en el que lo había hecho. Ella lo desestabilizaba y no le gustaba esa sensación.

―Yo lo sé y con eso basta ―terció con seguridad.

―¿Una cortesana con escrúpulos? Serías la primera que conozco.

―Posiblemente no has conocido a muchas damas que te recordasen el hombre que una vez fuiste ―lo desafió con la mirada. Estaba pisando terreno resbaladizo, era consciente de ello y no podía evitarlo.

―¿Qué sabrás tú de lo que yo fui?

―Tus ojos. Me lo dice tu mirada. Veo a un hombre paciente, dulce, a veces ingenuo. ¿Qué te pasó para que acabases así? ―La pregunta salió sin que pudiese evitarla.

―Cierto. Tú accediste porque yo te intrigaba. Lo recuerdo. Pero has cambiado los términos de nuestro acuerdo y eso te imposibilita hacer cualquier pregunta sobre mi pasado. Lo cual me lleva a la siguiente pregunta.

―Dila.

―¿En qué punto estamos tú y yo, pequeña francesa?

―No puedes pagar lo que yo pretendo exigir.

―Muchos me subestiman y lo considero una afrenta. ¿Qué suma te ha dado el dandi que te ha llevado a la cama?

Evangeline se acababa de quedar absorta. Había una rabia tan evidente en esa pregunta, que supo que él estaba terriblemente celoso. Su vanidad femenina se desbordó.

―Un beso ―susurró con cautela.

―¿Qué? ―En esta ocasión él había perdido el hilo de la conversación.

―Él me ofrece besos.

―No. ―Él negó con la cabeza. Era otra treta para que él se volviese loco―. Dime tu precio.

―Besos. Te lo estoy diciendo.

―No. Pídeme otra cosa.

―Te lo dije. No eres capaz de asumir el coste de lo que demando.

Evangeline se dio la vuelta dispuesta a marcharse de allí.

―No puedes pedir que transgreda la única norma que no debo romper ―dijo, incapaz de dejarla ir. Ella tenía que exigir otra cosa.

―¿Por qué? ―Eve se dio la vuelta y paró su salida.

―Porque la mujer a la que abandoné no lo merece.

―¿Qué importa ella, si no sabe de tu sacrificio? ¿Qué ganas con mantener el pasado cerca si te fuiste para no regresar?

―Me marché, no lo puedo negar. Ella tal vez no sabrá jamás lo que me cuesta levantarme por la mañana y no poner fin a una vida insulsa, vacía, llena de maldad, pero yo debo serle fiel.

―Yo estoy aquí. ¿Por qué no aprovechar lo que sabes que deseas de mí? Me temes. ―No era una pregunta―. Tienes miedo de lo que te hago sentir ―siguió atacando.

―No. Te equivocas. Tú eres todo lo contrario a lo que ella significaba para mí. Solo siento lujuria y lo hago porque eres buena en tu trabajo. Me has seducido sin que yo pudiese darme cuenta e impedirlo. Hasta que tú llegaste, mi vida era tranquila. Tú lo has puesto todo patas arriba.

―Yo soy lo que estás deseoso por conquistar. Te daré lo que pidas por un beso. Ella no está aquí. Si pudieras tenerla de regreso, si aparecieras en su vida y le pidieses clemencia, ¿ella te perdonaría?

―No, porque nunca irrumpiré en su vida. No era para mí y debo dejarla ir.

―Entonces hazlo. Permite que el pasado se marche.

¿Por qué seguir anclado a un recuerdo que te hace mal?

¿Qué pasó para que en verdad creas que una mujer que te amaba con devoción no te mereciese?

―Necesitaba tener esas respuestas. Algo no encajaba en todo lo que tenía delante y necesitaba armar el rompecabezas, por el bien de los dos.

Él se quedó mirando. Comenzó a caminar con desespero por la habitación. Se mesaba el pelo y Evangeline no sabía en qué terminaría todo este peligroso juego que había iniciado.

Avery se debatía entre conservar sus ideales o transgredirlo todo.

La mujer que no estaba dispuesto a dejar marchar bien pudo haber sido la serpiente que tentó a Adán en el paraíso.

¡La necesitaba! Había algo en esa pequeña francesa que él ansiaba y no entendía el motivo.

¡No podía renunciar y tampoco permitir que ella se esfumase!

Él cerró los ojos y suspiró. La cortesana había dado unos puntos muy válidos que habían conseguido sacudir su interior, pero no derrumbar el muro que tan decididamente construyó años atrás.

―Un beso. Solo uno.

―¿Me lo darás? ―Estaba sorprendida. Pues al forzarlo no sabía si ciertamente deseaba que él cediese o si necesitaba que se mostrase fuerte en lo referente al recuerdo que él tenía de aquella Evangeline que abandonó, que siguiese fiel a su promesa de no compartir una intimidad completa con otra mujer.

―Sí. Asumo el precio. Tendremos dos encuentros y luego no regresarás jamás. Yo no te buscaré, tú tampoco y nos olvidaremos el uno del otro. ―Lo cumpliría costase lo que costase.

Mentiría si dijese que ella no tenía sentimientos encontrados.

Por un lado se sentía traicionada por el hecho de que él hubiese aceptado, y por el otro estaba eufórica por poder tocarlo, por recibir un beso de él.

Debería marcharse. Regresar a su cómoda posición como la hija de un conde, la pupila de un duque que esta temporada se casaría y seguiría adelante.

La insensatez ganó a la razón.

― Oui . Estoy de acuerdo, Sullivan ―se escuchó decir a sí misma.

―No te acostarás con otro hombre mientras tengamos nuestro acuerdo, y vendrás a mí cuando yo te reclame para nuestra próxima cita.

―No vine porque me fue imposible. No he tenido otro amante. Te lo he insinuado antes porque estaba enfadada por el modo en el que me has tratado esta noche y deseaba ponerte celoso, mon chéri. Lo admito. Tienes mi palabra de honor de que te digo la verdad. De ti depende confiar en mí.

Él cabeceó afirmativamente. Por alguna extraña razón, creyó que no le mentía.

―Si no puedes visitarme, tendrás la cortesía de enviarme una nota para avisarme.

―Me parece bien.

Lo tuvo cerca de ella enseguida. Respirando su propio aliento. Evangeline cerró los ojos dispuesta a sumergirse en los recuerdos de su juventud. Cuando era feliz con él. Cuando él la amaba. Cuando había pensado en convertirse en su esposa.

―Desnúdate y túmbate en la cama.

Y así él rompió todo el momento. Abrió los ojos y quiso gritar.

―¿No vas a besarme?

―Lo haré a su debido tiempo. Haz lo que te pido.

―Parece ser que es mi dueño una noche más, monsieur ―musitó. Él la escuchó y se sonrió.

Ella se quitó el vestido de seda amarillo que se había puesto.

―Déjate la máscara y las medias. Me gusta verte con ellas.

― D'accord . ―Cuando estuvo desnuda ante él, lo vio darle una larga mirada. Se quedó quieta, atrapada por el escrutinio tan íntimo de él. El modo en el que la observaba…

A pesar de la curiosidad que podría producirle saber la identidad de la cortesana, Avery no deseaba que ella lo tuviese en su red. Su rostro siempre sería una incertidumbre muy beneficiosa para él.

Sullivan la encontraba perfecta. Había tenido muchas compañeras en su juego, pero ella era diferente. De algún modo que no conseguía lograr comprender lo era. Memorizó cada curva de su anatomía para poder recordarla en la soledad de su cama cuando no pudiese tenerla en carne y hueso.