Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9
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Capítulo 9

Un hombre frío al calor del infierno

Evangeline estaba ansiosa. La mujer que la miraba desde que había entrado la ponía muy nerviosa.

Estaba en compañía del señor Cook, el hombre de Avery.

La mantenía ocupada explicándole algunas cosas del club.

Eso no era bueno. Entonces, cuando la mujer que vio salir del despacho del jefe de El placer del infierno se detuvo delante de ella y la miró como si fuese un poco de estiércol en medio de la calle…

―El juguete nuevo del Ángel del Infierno ―observó con pereza fingida―.

No eres más que otra mujer bonita incapaz de retenerlo.

En tu lugar, yo tendría un poco más de orgullo y me marcharía.

Llevas aquí media hora y ha quedado claro que él no desea verte.

―Helen Mirrell no era conocida por guardarse sus opiniones en privado.

―Señorita Mirrell… ―comenzó con su intervención el hombre de confianza del dueño del club. Helen lo fulminó con la mirada.

―Cook, Sulli te ha enviado a ser su niñera ―la señaló con el dedo―, porque no tiene el valor necesario de mandarla al cuerno. No me gusta nada ella, pero al menos deberías tener la decencia de explicarle… a la dama, que él ya se ha cansado y que no desea compartir sus… juegos con ella.

Por si había tenido alguna duda cuando lo llamó Sulli, ya quedaba constatado que la mujer que la miraba con falsa lástima, había sido uno de sus entretenimientos. Avery Sullivan debería hervir en un caldero de veneno y ahogarse en él.

Evangeline le sonrió a la mujer con afabilidad. Esperaba que la máscara le permitiera no perderse ninguna apreciación de su sonrisa. Poco después se giró para mirar al denominado Cook.

― Oui . Mademoiselle tiene razón. Monsieur Sullivan debe de estar ocupado con otros asuntos, de modo que mi presencia aquí no es necesaria. Me despediré ahora. Les deseo a ambos buenas noches.

Una salida fácil. Sí. No se había dado cuenta de lo que Avery se proponía hasta que la mujer de lengua afilada lo dijo en alto.

Ya tenía todas las respuestas que había venido a buscar.

Lo amaba, porque un amor como el que tuvieron no podría olvidarse y perduraría en el tiempo precisamente por haberse visto interrumpido de manera brusca.

Él podía tener a cualquier mujer y ella ya no deseaba ser una más.

¿Qué quería? No lo que Avery Sullivan pudiera darle.

¿Valía la pena un poco de placer para arrepentirse durante el resto de sus días?

Evangeline había creído que sí. Gracias al cielo, él acababa de decidir por los dos.

Debería estar furiosa, ofendida, humillada. No. Esa escapatoria que él, sin ser consciente, le acababa de dar, sería lo mejor que Avery Sullivan podría haberle otorgado.

Evangeline se dio media vuelta dispuesta a irse al carruaje y aguardar allí a Regina. Esperaba que su hermana tuviese mejor suerte con lo que fuese que tenía entre manos.

Si la mayor de las hermanas Dreyer se hubiera percatado de la figura que la examinaba sin ser vista en la planta alta del club, se habría dado cuenta de que desde que ingresó esa noche allí, había estado siendo observada durante todo el tiempo.

Así que cuando Avery Sullivan, que había planeado deshacerse de ella en un abrir y cerrar de ojos, se dio cuenta de que ella se marchaba del lugar, fue consciente de que no podía permitirlo.

No podía despedirse de ella. No aún. Por más que estuviese molesto y herido porque ella no se había presentado para una segunda cita, y hubiera arrasado con todo lo que hubo en su despacho por ese desplante, no podía dejarla escapar. ¿Qué demonios le sucedía?

Ninguna mujer tuvo antes tanto poder sobre él.

No al menos ninguna que no fuese su añorada Evangeline.

Debería dejar ir a la pequeña francesa desconcertante.

Mientras iba a la carrera a su encuentro, sorteando a los demás socios del club, ese era el pensamiento que surcaba su mente.

Si le permitía marcharse él estaría a salvo de lo que esa mujer suponía para su cordura.

Evangeline sintió un apretón en su brazo y se giró decidida a pelear con su agresor. Tuvo frente a frente a Avery Sullivan. Se quedó sin palabras. Se veía arrogante, fiero, duro.

―No viniste. Te dije que vinieses y no atendiste mi petición.

― Non , es cierto. Me fue imposible cumplir con la cita.

―No me gusta compartir lo que es mío.

Ella le sonrió.

―¿Me devuelve mi brazo, monsieur Sullivan? ―Él vio que la tenía sujeta todavía y la soltó―. Merci .

Los dos estaban a las puertas del club. Mucha gente los estaba observando con curiosidad. Él maldijo.

―Hablemos en mi oficina. ―Ella se dio cuenta de que no era una petición, sino una orden de un tirano.

―Lamentablemente no puedo quedarme. Tengo otro compromiso ―mintió.

Él dio un paso adelante. Amenazante. Ella no tuvo miedo.

―Creo que no me has entendido, pequeña francesa. Vas a venir conmigo ahora mismo.

Ella se rio con coquetería.

―No tengo dueño, pequeño inglés. ―La burla lo hizo arder.

Se quedó petrificado cuando la observó darse la vuelta dispuesta a abandonar el club.

De ninguna manera. Ella no iba a salir de ahí.

Así que hizo lo más sensato que haría un hombre en su posición.

Anduvo un par de pasos, la aupó con cierta delicadeza y se la cargó al hombro.

Ella emitió un ligero jadeo de sorpresa. Estaba incrédula ante lo que ocurría. ¿De verdad la estaba cargando como si fuese un saco de harina? Oh, sí. En esos instantes sí se sentía humillada.

―Puedes gritar si lo deseas, imagino que alguien vendría en tu ayuda, pero eso supondría que yo acabase peleando con todos y cada uno de los hombres que tratasen de rescatarte.

― Non , no tengo ninguna preocupación al respecto, monsieur . El que debería estar temblando sería usted. ―Él odiaba que lo tratase con formalidad. Le dio un azote en sus pequeñas posaderas.

―No lo creo. ―Luego se burló de ella con una carcajada. Si ella creía que podía enfrentarse a él y salir ilesa… Iba a explicarle un par de cosas y luego ya se desharía de la irritante dama.

―Considero que con sus actos está dejando en evidencia que está bailando al son de una pequeña francesa.

Se ha convertido en el hazmerreír de los socios y empleados del Infierno.

―Toda la sala se había quedado absorta con el espectáculo que estaban ofreciendo.

Esperaba que así él la dejase en el suelo.

Pues esa familiaridad que se acababa de tomar después de insistir en que no la tocaría…

Bien, él la acababa de tocar en el glúteo derecho y parecía no darle la menor importancia.

¿Sería ahorcada si cuando la dejase en el suelo le rebanase el cuello?

¡No había besos ni nada más, pero podía propinarle un azote delante de todo el mundo! ¡Sucio asno arrogante!

―Correré el riesgo. Después de que se cumpla nuestro tercer encuentro, todo el mundo se dará cuenta de que fue una ilusión corta y pasajera.

―Oh, tras semejante frase lapidaria no pretenderá que yo no eche a correr en cuanto me suelte. ―Estaba enfadada. Vaya que sí.

―Cerraré la puerta para que no escapes, pequeña francesa, porque me debes dos encuentros y los voy a tener.

Fue así. En cuanto llegaron al despacho y cruzaron esa puerta, él echó la llave. No la bajó hasta que estuvieron en su habitación.

Ella se recolocó el vestido y se aseguró de que la peluca y la máscara siguiesen en su lugar. Definitivamente si algo saliese mal y Regina y ella fuesen repudiadas por la familia, podrían buscar trabajo como doncellas, dado que eran buenas en la labor que habían hecho la una con la otra.

―Lo que ha hecho es imperdonable.

―Lo que será imperdonable, como tú dices, será que no dejes de inmediato la formalidad en nuestro trato.

―¡ Mon Dieu ! ¿Te das cuenta de que me has tratado de un modo abominable, Sullivan? ―Su trato fue cercano porque estaba muy disgustada y mandó la corrección a paseo.

―Me dejaste plantado. Eso no se hace.

―¿Ha sido un castigo? Tu amiga dio a entender que estabas cansado de mí ―preguntó frunciendo el ceño.

―No. Todavía no.

―Todo un consuelo. ¡Qué suerte la mía! ―ironizó.

―Eres astuta. Demasiado para tu propio bien. Pero no deberías volver a hacer lo que has hecho.

―¿De qué crimen se me acusa, si puedo saberlo?

―Quieres que sea tu perro.

―¿Qué? ―Ella se había perdido algo.

―Pretendes que babee por ti. Es por eso por lo que no viniste a nuestra cita y el motivo por el que te has presentado aquí cuando te ha dado la gana.

―¡Oh, qué plan tan elaborado el mío! ―Volvió a ser sarcástica―. Debe de ser agotador estar en tus huesos y creer que todas las mujeres viven tramando planes para tenerte… ¿Cómo dijiste? ¡Oh, oui !, ya recuerdo: babeando como un perro.

―Deja de actuar y no vuelvas a dejarme esperando por ti.

―No eres mi dueño, monsieur Sullivan. Tal vez lo pudiste haber sido, pero no quisiste ―le dijo con acritud saliéndose de su papel.

―Te ofrecí una fortuna y la despreciaste.

―Y de nuevo todo se reduce al dinero porque eres incapaz de ver que lo que hubieses pedido de mí lo habrías tenido sin pagar, sin pedir o exigir, porque yo te lo habría dado con la libertad que tengo para hacerlo.

―Tonterías, la moneda es mejor para establecer un acuerdo.

Evangeline se sentía estafada con respecto a ese nuevo Sullivan que tenía enfrente. ¿Se había perdido para siempre el elocuente, dulce y amoroso Avery Sullivan que la enamoró con una cálida sonrisa? Comenzaba a pensar que sí, que no había rastro de él.

―Pudiste haber sido el pilar que sostuviese todo mi mundo ―apuntó, recordando las últimas palabras que él le dijo antes de abandonarla.

No sabía el motivo por el que las había traído a colación ni si él recordaría aquello.

A fin de cuentas, qué era Evangeline Dreyer sino la mujer a la que ni siquiera tuvo la valentía de decir adiós.