Capítulo 8 #3
―¡Maldita sea! ―gritó con enfado―. ¿Crees que una máscara te protege? ¿Crees que no había medido con cautela cada paso que iba a dar cuando regresé a Londres? ¡Lo has trastocado todo! ―Luego se dirigió hacia ella y la sostuvo entre sus brazos. La miró a los ojos y la besó con rudeza.
Regina rompió el beso.
―¿Me deseas, Lawrence?
―No pude resistirme a ti la otra vez y me llevé tu virtud conmigo. Es peligroso que volvamos a sucumbir a lo que tramas, querida mía.
Lawrence Trent tenía una clara misión en su vida. Dos realmente. Esa mujer que lo sedujo con una facilidad pasmosa la otra noche y a la que se juró que apartaría de su lado, iba a trastocarlo todo y no quería ponerla en peligro. No a ella.
―Te he estado esperando toda mi vida. ¿Cómo iba a desperdiciar la ocasión cuando lo que pedí estaba ante mí?
―Deberías estar buscando a alguien mejor, alguien que fuese digno de ti. Si te quedas conmigo corres peligro. No lo entiendes…
―Explícamelo.
―No puedo ―dijo con una mueca de dolor―. No cuando la venganza y mis obligaciones son lo que guía mi vida.
―Entonces dame un último encuentro. Si lo que tenemos es esta noche. Aquí y ahora, te pido que me ames como la última vez.
―Querida, de haber sabido que estabas intacta jamás te habría poseído, pero eres inteligente, astuta y debí intuir que no te darías por vencida hasta que me tuvieras.
El desafío de Banstorn me mandó una clara advertencia de que él había sido malvado contigo antes que yo. No has jugado limpio. Me has engañado.
Cuando la vio en su habitación estuvo seguro de que no se trataba de una mujer inocente.
No cuando Banstorn había hecho lo imposible para que ambos se viesen las caras en el ring .
Se sintió pletórico cuando sintió la barrera de ella romperse, pero también atrapado en algo que no podía ser.
No. Él tenía trabajo que hacer. Una misión que llevar a cabo.
Regina sostuvo su mano derecha y se llevó a los labios ese trozo de piel que había roído ahí. Besó esa zona.
―Odio esa marca en mi mano.
―¿Por qué? ¿Cómo te lastimaste? ―se interesó ella.
―Antes de que mi mano se quemase, ahí había una marca familiar que se borró.
Mi padre… ―dejó la confesión en suspenso―.
Él nunca me quiso. Siempre fui un desperdicio de hijo.
No deberías besarme ahí, por más que tus labios fueran el paraíso, querida.
Muchos encuentran esa parte de mí repugnante, incluido yo, y mi padre se sentía especialmente orgulloso de la laceración.
―No hay nada de ti que me disguste. Y no quiero que recuerdes a una persona que no consiguió verte y amarte. Tu padre no te merecía.
Él suspiró como si estuviera atrapado.
―Eres astuta y nos llevarás al infierno. Yo ya vivo allí y no quisiera traerte a mi lado. La última vez que iniciaste un beso la cosa se descontroló. ¿Lo recuerdas?
Ella le sonrió con coquetería.
―Me pareció que intercambiar un beso por mis tiernos cuidados fue un pago justo. Tú preguntaste lo que deseaba por la atención que te dispensé al curar tus heridas y pedí lo que… anhelaba. ―La seducción siempre empezaba por un beso. Una caricia íntima que encendía la chispa para comenzar la fogata.
La morena buscó toda su audacia para parecer algo que no era en aquel encuentro que mantuvieron.
Regina no había planeado nada de lo que sucedió entre ellos.
No se arrepentía de haberse entregado a él.
Tampoco de perder su inocencia. Ella se había resignado a ser una solterona por voluntad propia.
Cuando él comenzó a saborear sus labios, a acariciarla…
todo tuvo sentido. Esa era la acción de la que no quería arrepentirse en su lecho de muerte.
¿Qué había para una mujer más que estar bajo el ala de un esposo, su padre, su hermano o el pariente masculino más próximo? Nada.
―Deberías irte, mujer, porque si te quedas no voy a poder negarte nada de lo que me pidas y yo te deseo. ―El modo agónico en el que él dijo esas palabras la conmovió. ¿Sería posible que no fuese algo sórdido? Controló la esperanza que comenzaba a formarse en su pecho.
Ella le sonrió, le acarició la mejilla y peinó su pelo hacia atrás.
―No ofrezcas tan alegremente una sugerencia como esa, pues puedo exigir algo que tal vez no estés dispuesto a ofrecer.
―¿Qué haré contigo? ¿Por qué no puedo echarte de inmediato por la puerta? ¿Qué hechizo me has lanzado para que te haya esperado cada noche desde nuestro último encuentro?
―Alguien me acusó una vez de ser la bruja malvada de un cuento. Ese mismo alguien luego cambió su definición y sostuvo que tal vez yo podría ser un sapo feo en la historia. Bien podría haberte embrujado y si me besas, tal vez me convierta en ese sapo verde viscoso.
Ranfield sacudió la cabeza con ferocidad.
―Nómbrale. Lo veré muerto antes del amanecer, porque eres una diosa, querida, y ese simple mortal que insultó tu belleza merece irse al hades y sufrir allí lo indecible.
Regina se rio seductora. Su conde había conseguido sacudir toda la malicia que Banstorn había metido en su ser de un plumazo.
―No hace falta que lo castigues de nuevo, porque ya le diste su merecido cuando te peleaste con él hace escasas semanas ―desveló.
La cara de Lawrence fue un poema indescifrable. Regina no entendió del todo su reacción.
Ranfield realmente estaba desconcertado con la revelación que ella acababa de hacerle. ¿Por qué le diría algo semejante el hermano del duque de York cuando era evidente que la deseaba con intensidad?
―No conozco muy bien a Banstorn, puedo hablar de la destreza que demostró en el cuadrilátero y poco más, pero si te insultó debería ser ahorcado.
Porque por mucho que lo hiciera debido a que tú, posiblemente, rehuías sus avances, ninguna mujer merece que un hombre la humille por no lograr sus favores.
Regina volvió a reír. Esa vez de forma franca.
―No. Banstorn me odia y yo a él. No hay nada como lo que has dicho, te lo aseguro. ―No dudaba ni un poco de sus propias palabras.
―De todos modos, estarías mucho mejor con él que conmigo. Lo creas o no, lo último que quisiera sería arrastrarte conmigo a la miseria. Sé sensata, querida, y márchate. Busca a un hombre que te pueda dar la felicidad, el futuro.
Ella lo miró con ternura.
―Lo que acabas de decir me hace más daño que cualquier insulto. Preferiría que tú me llamases sapo a que insinúes que soy fácil de olvidar, a que asegures que no lamentarías mi marcha.
―Te mantengo entre mis brazos, prisionera, no lo niego ―y a ella le encantaba permanecer en su abrazo―, deseo hacer el amor contigo.
Desde que has entrado por esa puerta he querido desnudarte, lamer cada centímetro de tu cuerpo y volver a hacerte mía.
Te estoy dando una oportunidad. Puedes librarte de mí aquí y ahora.
―Suena prometedor, porque de tus palabras hago la lectura de que si no me voy no me dejarás escapar.
Ranfield le sonrió.
―Si quieres estar conmigo esta noche no me privaré de tener lo que tanto deseo, pero si me dices que puedes marcharte, te dejaré escapar.
No puedo prometerte lo que sé que debería.
Soy un caballero y he mancillado a una mujer inocente.
Debería poner mi rodilla derecha en el suelo y hacer lo honorable.
No puedo hacerlo, de verdad que no. Solo te traeré problemas.
Aunque no te lo parezca, estoy haciendo lo mejor para ti.
La preocupación de él era real, Regina la sentía.
Y él ciertamente estaba convencido de que estaba diciendo la verdad.
Había sabido desde el principio que el matrimonio no estaba sobre la mesa.
Ojalá lo hubiese estado, porque el peso de su pecho se habría aligerado notablemente.
El presente era lo que importaba. No sería la primera mujer en arruinarse por amor, previsiblemente tampoco la última que lo lamentaría.
La felicidad era efímera y había que aprovechar los instantes plenos que ofrecía la vida.
―Soy una mujer enmascarada que vaga por el Infierno ―dijo en alusión al club―.
La misma que se aventuró sola a entrar en la habitación de un hombre y le pidió un beso que sabía que sería una llama incandescente que la haría arder.
Desde el primer momento no tuve en mente el matrimonio, lord Ranfield.
Así que bésame para que podamos vivir los pocos momentos que nos queden.
Ese fue el estímulo necesario que él necesitó para volver a sucumbir ante la mujer que se le ofrecía sin exigencias, de modo libre y desinhibido. No merecía un premio así, sin embargo, no fue nunca un necio para echar por tierra lo que el destino le traía.
La llevó a la cama dispuesto a disfrutar de una recompensa que no pidió, que no merecía, pero que iba a obtener sin remordimientos.