Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

―Lo explicaré de otro modo. Sullivan no es para ti. ―Liam pasó su mirada de Eve a Regina y la miró con frialdad―. Ranfield tampoco es para ti.

Evangeline, ante la última afirmación, se giró para examinar a su hermana. Regina se limitaba a sonreír y asentir. La mayor de las Dreyer lamentó haberle dado ese estúpido consejo, la necesitaba para cargar contra su amigo y ella parecía dispuesta a no hacerlo.

―¿Es todo, milord? ―preguntó con tranquilidad Regina. Por dentro hervía de furia, pero no se lo haría saber.

A él le disgustó que lo tratase con tanta formalidad.

―Confío en que la locura que os empujó a actuar del modo en el que lo hicisteis se haya evaporado y podamos olvidar esos incidentes.

―Liam sentía que había sobrepasado los límites cuando llevó a las hermanas al club.

También estaba enfadado consigo mismo por haberse peleado con el conde de Ranfield.

Fue imposible no haberlo hecho. En cuanto lo vio, recordó el beso que la arpía le había dado y no pudo más que comenzar a jugar con él para enfurecerlo a fin de llevarlo al cuadrilátero.

Pero el maldito se defendió tan bien como atacó.

Acabaron empatados, sin embargo, Banstorn tuvo el presentimiento de que había perdido más de lo que se apreciaba a simple vista.

Cuando saliera de allí tal vez se pasase por el West End y se animara a ser parte de los Gentleman Jackson , porque así podría pedir que le enseñasen unos cuantos trucos más sobre boxeo.

―De todos los que yo pensé que alguna vez… ―Comenzó a enfurecerse Evangeline. No obstante, su retahíla terminó en el momento en el que Regina se dirigió hacia ella, le tocó el brazo y con una pequeña mirada la conminó a no seguir por ese camino.

―Milord ―era Regina la que hablaba―, nos honra con su preocupación y no pretendemos ser una pesada carga sobre sus amplios hombros.

Mi hermana pudo conversar con el señor Sullivan y se dio cuenta de que el pasado no implica tener un futuro.

Por mi parte, lord Ranfield es un amigo de la infancia que evidentemente no me reconoció cuando usted nos separó en el club.

―¿No te reconoció? ¿Estás segura? ―El supuesto amigo de la arpía, que a él no le era nada simpático, no había hablado abiertamente sobre que conocía la identidad de la dama con la que fue sorprendido cuando él lanzó el primer puñetazo la noche de la Puja de las damas, aunque el maldito dandi hizo una serie de aseveraciones que le permitieron tener indicios sobre lo contrario.

―Desde luego que sí. ―Ella le sonrió con afabilidad―. ¿Quién querría besar a un sapo cuando puede lograr la mano de una princesa, milord? ―preguntó con suavidad.

La bofetada imaginaria que Banstorn sintió fue tan dolorosa como un buen golpe de Ranfield. La mocosa consentida había arrojado sus propias palabras contra él. La miró sin quitar la frialdad de su mirada.

―El problema es que mientras se consigue la mano de la princesa, los sapos pueden resultar de lo más entretenidos y tras la diversión se desechan sin sentir un mínimo de remordimiento. Porque los príncipes se casan con princesas. ―Le gustó verla quitar esa tonta sonrisa del rostro.

―¿Habla por propia experiencia, milord? ―lo desafió al punto.

Liam se acercó hasta Regina. La tuvo cara a cara, a solo un suspiro de distancia. Ella no se amilanó ni retrocedió ante su acoso.

― Milady ―él también se excusó en la formalidad―, por muy tentador que encuentre su ofrecimiento debo declinarlo cortésmente, pues si no tengo a mi alcance todavía a una princesa, nunca me gustaron los sapos verdes, viscosos y carentes de toda belleza.

Las hadas del bosque son más bonitas y muchísimo más entretenidas.

Regina no se lo pensó dos veces. Levantó la mano y el sonido que se produjo cuando la palma impactó contra el rostro de Liam fue atronador. Le siguió un silencio igualmente descorazonador.

Regina respiraba agitadamente y se llevó la misma mano a la boca para tapar el horror que sentía. ¡Había perdido los nervios!

―Lo siento ―dijo la morena en cuanto fue consciente de lo que había hecho.

Él, que no trató de evitar el golpe y lo resistió sin girar el rostro, la seguía mirando sin dejar traslucir ningún sentimiento.

―Lo dudo mucho. ―No se veía apesadumbrada por su acción, estaba seguro de que ella no lo sentía en absoluto―.

Nuestro trato está anulado, Regina. ―Era evidente que la fierecilla no aguantaría sus desplantes ocho meses, en especial porque había sido muy cruel con ella y sospechaba que lo seguiría siendo―.

No me pidas nada mientras vivas, porque no lo tendrás.

Ya he dicho lo que venía a decir. Si tengo que hablar con York, y desvelar mi parte en el pequeño complot que tramasteis para que os llevase al Placer del infierno, lo haré.

Después de todo, soy su heredero y me necesita con vida.

Salió de la estancia, recogió su sombrero y sus guantes, y se marchó sabiendo que había ido demasiado lejos cuando buscó molestar a Regina de esa forma tan canalla. A partir de ese momento él la esquivaría como si fuese un elefante y ella un ratón.

Las hermanas se quedaron solas y Evangeline se apresuró a cerrar la puerta de la salita en el mismo instante en el que Liam se marchó de allí. Su hermana pequeña se había desmoronado y estaba llorando. Regina tenía un temple envidiable, nunca lloraba. Eve la abrazó.

―¿Qué ha pasado, Regina? ¿Qué no me estás contando?

―¡Oh, Evangeline! Hay cosas que no sabes y que no deseo contarle a nadie. Por favor, no me pidas explicaciones. No ahora, te lo suplico.

―Pero…

―Eve… ―El apelativo de su hermana que ella no solía usar, salió como una súplica.

Su hermana menor precisó de unos instantes para tranquilizarse y Evangeline tuvo paciencia para darle espacio. Las dos se sentaron y Regina decidió tomar un poco de té. Aunque estaba tibio, le vendría bien para calmar los nervios.

―Solo dime si tienes un problema con Liam de índole amoroso.

―No, no es eso. ―Esa cuestión sí la podía responder.

―No he entendido demasiado bien la alusión a princesas y sapos, pero sí he percibido que él estaba herido. Creo que él tiene inclinaciones hacia ti ―susurró esa parte con mucha suavidad.

―¡No! ―adujo convencida―. Banstorn solo desea molestarme. No nos soportamos, ya lo has visto. Saca lo peor de mí.

Evangeline suspiró. Ella había estado muy atenta al intercambio entre ellos dos. El modo en el que Liam observaba a su hermana… Ahí había algo, ella estaba convencida.

―¿El hermano del duque podría interesarte, Regina?

―¡Jamás! ―Ni por un instante. No era su tipo de hombre. Ni física ni mentalmente. Era la antítesis de lo que ella pediría en un futuro esposo… si tuviera la voluntad de casarse.

―¿Qué pinta Ranfield en todo esto, hermana? ―Se animó a seguir con el interrogatorio.

―Te he pedido que no me presionases, por favor, no lo hagas.

Evangeline acababa de obtener su respuesta.

Lo que le sucedía a Regina no era a causa de Liam, era por Lawrence.

La rubia odió no haber sido una hermana mayor más cercana para ella en el pasado.

La complicidad que habían desarrollado desde que llegaron a Londres la temporada anterior debió haber sido perpetua, desde el inicio de sus vidas.

―No te preguntaré nada más. Lo único que deseo que me prometas es que me pedirás ayuda si tienes un problema, tal y como dijimos que haríamos.

―Lo haré, te lo prometo.

Esa respuesta pareció tranquilizar a Evangeline. Regina solía acusarla de ser sumamente reservada. Bien, la morena no se quedaba atrás a este respecto.

―Decidamos qué hacer. Admito que lo de asentir y sonreír estaba funcionando hasta que tú le diste una bofetada.

―Oh, hermana, no me lo recuerdes. Estoy tan avergonzada… ―Mortificada más bien.

―Olvidemos esa parte, sí. Confío en haber despistado a Liam y que no sospeche que esta noche vamos a volver al club, porque…

¿sigues queriendo acompañarme? ―Eve estaba deseosa de regresar.

Había faltado a su segunda cita y sospechaba que él no estaría contento.

Tenía que volver a verlo. Si solo tenía tres encuentros con él, los disfrutaría y luego seguiría adelante.

¿Cómo lo haría? No tenía ni idea, pero cuando sus caminos se separasen ya pensaría en las lamentaciones, mientras eso sucedía viviría el momento.

―Tengo que ir, Evangeline.

―¿Ranfield? ―Su hermana pequeña desvió la mirada, pero asintió.

Hubo unos pocos segundos de silencio.

―Sí ―respondió al final la hermana menor―. No suena sensato lo que voy a proponer y es una verdadera locura, pero debemos disfrutar del presente y llorar cuando sea el momento de la despedida.

―Lo sé, Regina.

La menor de las Dreyer tenía el corazón en un puño. Evangeline no, puesto que sin darse cuenta le había vuelto a entregar el suyo a Avery Sullivan sin ser consciente de que lo había perdido por él una vez más.

***

Regina se había deslizado hasta la puerta de las estancias de Ranfield nada más llegaron al Placer del infierno, mientras que Evangeline se había ido en busca del antiguo administrador de su padre.

Las máscaras estaban en orden y los vestidos no eran tan provocadores como lo fueron la primera vez que acudieron allí.

La sensación de inseguridad sí era abismal.

―No deberías haber venido a por más, querida. ―Le dijo el conde de Ranfield en cuanto vio a la enmascarada, que llevaba una peluca morena, entrar en sus aposentos.

Regina sentía su corazón palpitar con fuerza. Se preparó para hablar en voz baja, sugerente, para que él no pudiese reconocerla.

―Si lo que deseas es que me vaya lo haré. ―No volvería a imponerle su presencia como la otra vez que estuvieron juntos.

Él la miró al tiempo que negaba con la cabeza.

―No sabes lo que estás haciendo.

―Lo sé perfectamente porque llevo dos semanas sin poder venir a verte y siento que muero. Te necesito.