Capítulo 8
Contratiempos
Una semana completa. Ese fue el tiempo que Theodore se tomó para regresar a Oxford y que ellas pudiesen volver a delinquir.
Su hermano, ese que no les prestaba atención la mayor parte del tiempo, parecía tener un sexto sentido, porque no les había quitado ojo y las asediaba con preguntas.
Las charlas sobre la moral y lo que las mujeres decentes de buena cuna debían hacer también estuvieron al orden del día.
Theodore tenía un especial entendimiento con Banstorn, cosa que Regina desaprobaba mucho más que Eve.
Y pese a que la mayor de los Dreyer estaba segura de que Liam no traicionaría su secreto y le contaría a su hermano que habían estado en un club prohibido, sí se le pasaba por la cabeza el presentimiento de que algo le había dicho para que el conde de Snow las asediase y vigilara tan concienzudamente.
Con York embelesado e Isobel de igual modo, la casa volvía a ser un lugar tranquilo tras la marcha de Theodore.
Esa noche, ellas iban a regresar al Placer del infierno.
Y estaban haciendo los planes pertinentes en la salita de tarde que ellas compartían, cuando un lacayo anunció que lord Liam Banstorn solicitaba tomar el té con Evangeline.
¿Su amigo tomaba té? Algo muy malo pasaba si él estaba en casa a las seis de la tarde para compartir una taza.
Evangeline vio levantarse a Regina rauda y veloz para marcharse.
―No me dejes sola. Si me acorrala me vendré abajo. Tú eres más hábil a la hora de manejarlo. Por favor, Regina, no te vayas.
Desde que le había usurpado las cinco mil libras no se habían vuelto a ver. Tenía miedo de que él… Bueno, si su lista y audaz hermana menor se quedaba a su lado sería más fácil soportar lo que él hubiese venido a decir.
Regina se detuvo a medio camino hacia la puerta. Se giró para mirar a su hermana y se dispuso a explicarle que:
―Pídele a una doncella que te haga de carabina. Tengo un trato con él y no puedo desairarlo. Si me quedo usará el poco intelecto que posee para que yo quiera machacarlo y será peor.
―No necesito una chaperona, Regina. Es el hermano del duque y no tiene ese tipo de pensamientos con respecto a mí. Lo que preciso es un escudo.
―Muy amable de tu parte hacer esa comparación. Dime si en algún momento necesitas mi cabeza para lanzársela y te la dejaré prestada ―ironizó.
―Siéntate, Regina, y cuando te moleste…
―Que lo hará ―la interrumpió, puesto que estaba segura de que si se quedaba lo iba a pasar realmente mal.
―… solo asiente y sonríe.
―Claro, muy fácil ―relinchó como una yegua enfadada.
A Regina él no le gustaba ni un poco. No era ese tipo de antagonismo que salía en los libros de Jane Austen.
Si él le diese un beso y le ofreciese una tierna declaración de amor, ella no iba a descubrir que todo ese odio era en realidad un amor reprimido.
No había una pizca de afinidad entre ambos.
No. La morena no soportaba a Banstorn y lo despreciaba por todo lo que él era.
Era su némesis y no podía tener otro tipo de pensamiento sobre él.
Regina se sentó al lado de su hermana con una postura rígida. Su rostro se asemejaba al de un perro pachón.
Liam accedió a la estancia y se fijó en las dos hermanas. La arpía estaba tal y como la había imaginado. Eve se veía más cálida.
―¡Cielo santo, Banstorn! ―gritó Evangeline en cuanto lo tuvo a la vista.
―¿Qué? ―se apresuró a preguntar, al ver la preocupación en el rostro de su amiga.
Miró a la morena y esta, aunque no había dicho una sola palabra, tenía una mano colocada en la boca y sus ojos estaban muy abiertos mirándolo con sorpresa.
El hermano del duque se apresuró a bajar la vista para examinar su atuendo por si algo estaba en mal lugar, o sus pantalones tuviesen un gran agujero y ellas habían visto…
―¡Tu cara! ―exclamó Eve―. Tu precioso y angelical rostro está magullado. ¿Qué te ha pasado? ―Ella se había levantado y estaba poniéndole una mano sobre el hombro.
Maldición. Aunque los morados estaban desapareciendo todavía eran un poco evidentes para alguien que no los había visto en su máximo esplendor cuando fueron hechos.
Maldito Ranfield que sabía pelear más que él.
Y eso que Liam era muy ducho en el arte de golpear, el propio Malcom lo había enseñado del mismo modo que instruía al cachorro de Snow.
―No ha sido nada de importancia.
―¿Es por las cinco mil libras? ¿No tienes bastante dinero y Avery te ha enviado a un par de matones para que pagues el montante?
Regina carraspeó en cuanto se dio cuenta de que su hermana había llamado por el nombre de pila al dueño de El placer del infierno.
―¿Es tan íntimo? ¿Qué hizo Avery ―arrastró el nombre―, para ser tan cercano, Eve? ―cuestionó Banstorn.
―Te dije que estuve enamorada de él. Cuesta olvidar que él era Avery en aquel entonces―. Ella hizo un aspaviento con la mano para restar importancia al asunto y lo llevó hasta el sofá para que se sentase junto a Regina.
Liam observó a la bruja levantarse y dar un paso para estar más alejada de él en ese estúpido mueble. Su irritación creció.
―Tenemos un acuerdo, querida, no me hagas enfadar o las consecuencias para ti serán terribles ―le recordó con tirantez Liam.
Regina se giró hacia él. Le sonrió y asintió. Acto seguido la morena intercambió una mirada de complicidad con su hermana mayor ante un estupefacto Banstorn.
¿La arpía le acababa de sonreír? ¿Cómo parecía asemejarse a un ángel cuando era todo lo contrario?
Bien. De acuerdo. Esa sonrisa no era sincera, porque cuando Regina se reía de forma franca y fresca, ella arrugaba los ojos y unas líneas finas, casi inapreciables, se formaban en el surco de sus ojos.
Además, hacía como un pequeño ruido encantador que él no era capaz de catalogar cuando algo la hacía reír.
Suspiró y negó con la cabeza ante el tonto pensamiento que acababa de tener sobre la risa de la muchacha.
―¿Qué te ha sucedido, Liam? ―se interesó Evangeline en cuanto estuvieron todos acomodados y el té fue servido por una doncella.
Liam declinó la taza que su amiga le estaba ofreciendo. Solo Eve y Regina bebieron un poco.
―No es importante. Lo fundamental es que no estoy contento. Hablemos de las cinco mil libras que han salido de mis fondos.
―¿Te has arruinado? ―preguntó con ilusión Regina.
Él le echó una mirada de advertencia, ella carraspeó y desvió sus ojos hacia la ventana.
Odiaba que el bufón la tuviese sometida.
En honor a la verdad, Regina no estaba feliz con lo que tenía ante ella.
No le molestaba que Banstorn estuviese a su lado, demasiado pegado a su persona.
No. Lo que le hacía sentir lástima era ver que todavía se apreciaban los morados de aquella pelea con Ranfield.
No le deseaba ningún mal al hermano del duque.
No lo soportaba, él la repelía, pero no quería que él tuviese dificultades.
Regina atendió las heridas del conde aquella noche y sospechaba que los dos se habían empleado a fondo en una trifulca sin sentido, donde estaba segura de que ella solo fue un medio para que los hombres demostrasen ser bobos a través de los puños.
La morena, mientras veía un pájaro volar cerca de la ventana que estaba admirando, suspiró. Ranfield. Lawrence. Su corazón comenzó a martillear cuando recordó lo que había sucedido en la habitación donde la dejó Cook esperando al conde.
―¿Regina? ―La voz de su hermana la regresó a la conversación.
―¿Sí? ―respondió ella, para ver de qué estaban hablando.
―¿Estás bien? ―preguntó Evangeline al verla pálida.
―Perfectamente. ¿A qué has venido, Banstorn? ―cuestionó la morena, en cuanto su mirada regresó al hermano del duque.
Liam se levantó del asiento y caminó hacia la chimenea. Se calentó las manos. Las hermanas estaban esperando a que él respondiese.
―Todo el mundo sabe que soy Liam Banstorn, el hermano del reformado duque de York.
Hasta hace relativamente poco era el reemplazo, un truhan que buscaba dejar la fama del duque a la altura del fango para demostrar que yo era todavía peor en asuntos…
divertidos ―dijo con orgullo. Liam se giró para mirarlas con seriedad―.
Las cosas han cambiado y todos los que estamos aquí presentes sabemos que York ha colocado en mis manos el ducado.
El resto del beau monde lo sospecha, pero no tiene pruebas.
Supongo que ese compromiso que me ha colocado mi hermano me ha vuelto…
un poco más responsable y no puedo dejar que la familia se desmorone.
―¿Hablas de nosotras? ―tomó la palabra Eve.
―Lo que fuese que ocurrió en un lugar al que no debí llevaros y en el que…
jamás, y subrayo esa palabra en grande, jamás estuvimos, es parte del pasado.
Sois las hijas de un conde, las pupilas y protegidas de un duque, habéis tenido vuestra propia cuota de infracción de las normas y lo que sea que ocurriese va a quedar olvidado.
―¿Sonreímos y asentimos, Eve? ―Regina disfrutó cuando preguntó esa cuestión en alto. Oh, si él estaba pensando en que iba a convertirse en el ser supremo que guiaría sus vidas… ¡Maldito trato que le impedía inocular todo el veneno que su lengua estaba fabricando!
―Por supuesto que no ―bramó Evangeline, al tiempo que se ponía de pie como si tuviese intención de retar a duelo a Liam―.
Entiendo que está siendo complicado el asunto de…
―no sabía cómo referirse al problema de la falta de herederos de York― de…
de la sucesión del título ―eso le pareció apropiado―.
Sin embargo, debo agradecerte tu preocupación, asegurarte que no sé cómo, ni cuándo, pero te devolveré hasta la última libra invertida en mis…
asuntos. En lo referente al desmoronamiento de esta familia, te agradecería que en el futuro te abstrajeras de señalar que mi hermana o yo podemos ser una causa, dado que has desarrollado una afinidad preocupante con mi hermano y nos inquieta que se una a tu grupo de disolutos.