Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Estaba empapada. No sabía que pudiera estar así de resbaladiza.

Con el roce inicial tuvo que gemir. No pudo evitarlo y cerró los ojos para concentrarse en la sensación que ella misma estaba ejerciendo sobre su cuerpo. Sintió una necesidad enfermiza de apretar ese botón, hasta ese momento desconocido. Sus caderas se movieron por inercia.

Rodó sobre el pequeño brote y se dio cuenta de que necesitaba más.

Mucho más que algo tentativo. La palma de su mano descansó en su feminidad y comenzó a dar un ritmo trepidante.

Su cuerpo se movía al compás de la necesidad más cruda.

Los suspiros eran pesados, intensos. Los jadeos no se podían contener.

Solo estaba ella en medio de esa estancia.

Había olvidado incluso que él la guiaba.

Venía. Algo se avecinaba y la atraparía.

Ella deseaba que viniese y la sacudiese.

―¡Basta! ―gritó él. Pero la mano de ella no podía parar de tocar―. He dicho que te detengas en este momento, pequeña traviesa, o lo dejaremos aquí y ahora.

Eve gimió, esta vez llena de disgusto mientras usaba toda su fuerza de voluntad para apartar la mano de su feminidad.

―Eres malvado ―lo acusó con enfado.

―Lo sé, pero no quiero que esto acabe todavía. Un poco más y los dos nos dejaremos ir. Eres tan dulce en tus movimientos que no pareces la cortesana que sé que eres.

―Las apariencias engañan, mon ami ―señaló enigmática.

―Puedo verlo en ti. Me ciegas con tu inocencia haciéndome creer que podría tomarla.

Eres peligrosa, pequeña francesa. Y lo que harás será dejarme ver cómo te penetras a ti misma con tus dedos.

Mete un dedo en tu interior. Luego quiero que sean dos.

A mi señal será cuando puedas volver a tocarte ese punto exacto y entonces alcanzaremos la cúspide.

Mantén la vista fija en mí. No cierres los ojos y no me prives de tu visión. Sabes lo que deseo, ¿verdad?

―Sí. ―Ella necesitaba volver a ese pico casi máximo de placer y culminar con lo que estuviese ahí arriba.

―Empieza y no escondas nada de mi mirada. Lo quiero todo. Aquí nadie te oye, si necesitas gritar, hazlo, demuestra que estás necesitada y que te gusta lo que aquí hacemos los dos.

Eve afirmó con un movimiento severo. Se movió para coger uno de los cojines que había a su lado y lo movió para tener la cabeza más alta que el cuerpo y así poder observarlo mejor.

Con tranquilidad, y esperando saber lo que se hacía, buscó su abertura y dejó descansar una pequeña porción de su dedo índice dentro.

Poco a poco lo fue incrustando. Era una sensación…

extraña. Repitió un par de veces el experimento y logró meter la falange hasta que no pudo hundirla más.

Con pericia e intentando que él no descubriese la verdad sobre su persona, su falta de experiencia, introdujo un segundo dedo.

Fue más laborioso de lo que pensó. Estaba muy prieta.

Esta vez no los metió demasiado. No era precisamente cómodo hacer algo como eso.

Le apetecía más rasgar ese brote tan interesante que la había hecho suspirar.

Sacó los dedos y regresó a ese lugar más divertido.

Comenzó de nuevo la danza. Tan mojada que sus fluidos empapaban sus propios dedos.

Gemía y se retorcía. Todo sin dejar de observarlo a él.

―Dime que estás cerca, porque yo voy a explotar, querida mía.

Ella asintió. Si se refería a la tormenta que crecía en su interior y que estaba a punto de desatarse, sí, ella estaba muy cerca de lograr experimentar algo desconocido y turbador.

―Oh, sííííí ―gritó ella en cuanto no pudo resistir más.

Avery, que había estado retrasando su liberación todo cuanto pudo, apretó con fuerza su falo y se unió a ella en un grito conjunto.

―Sííííí.

La mirada de él no se perdió ni una pizca del deseo que ella había conseguido aplacar. Eve tenía sus ojos en su instrumento varonil, lo veía sacudirse y cuando unos chorros blanquecinos salieron esparcidos al aire, ella sintió que se prendía fuego.

Avery no podía adivinar el motivo por el que esa sesión de placer no se parecía a ninguna otra anterior.

La francesa había sido cautelosa en sus toques, en su inspección de sí misma, curiosa, no codiciosa.

No había demandado, ni exigido, romper el pacto y que los dos hicieran el amor de modo convencional.

Le había hecho creer que en verdad era como un instructor en su primera clase sobre pasión.

Comenzaba a entender que ella era mucho más experta en cuestiones mundanas que él, puesto que de algún modo que Avery no entendía, ella había logrado interpretar un papel dócil, inocente y dulce para él.

Casi haciéndole recordar lo que fue estar con una mujer que no tuviese mancha.

¿Cómo lo haría ella? A buen seguro esa molesta dama había conseguido amasar una fortuna desorbitada con sus anteriores amantes, y por ello no había demandado un solo penique de él.

Se levantó de la silla y le dio un último vistazo a su feminidad, que se veía abierta, rebosante de su placer y lista para que él se acercase, abriese la boca y retirase los deliciosos restos que acabarían desperdiciados en el trapo que iba a pasarle para que se adecentara.

Avery alzó la vista y se fijó en su postura y su rostro. Estaba con una sonrisa en los labios y los ojos cerrados. Un ángel. Ella sí parecía un ángel sin maldad. Estaba laxa y satisfecha con lo poco que él le había ofrecido.

―Eres peligrosa. Muy peligrosa, pequeña francesa ―le susurró justo cuando le pasó el paño de lino.

―Supongo que eso es bueno.

―No, no lo es en absoluto ―dijo más para sí que para ella.

―¿Siempre será así? ―La ferocidad que la atravesó para dejarla sin aliento en cuanto subió al pico se sintió extenuante y perfecta.

―Sí. Nunca nos tocaremos. Nos excitaremos con la voz y mirando como el otro se complace.

―¿Es de ese modo con el que te… entretienes con las mujeres? ¿Nunca te tocan, ni las tocas?

―Siempre lo hago de ese modo.

―¿Con la misma mujer?

―No preciso demasiados encuentros. Me aburro de inmediato y necesito tener a otra que me encienda lo suficiente para poder liberar mi semilla.

―Ah. ¿Tres estará bien? ―No sabía el motivo por el que había pedido ese número de encuentros. Cuando lo sugirió le parecían demasiados. Ya no sentía lo mismo. Era poco tiempo para disfrutar lo que fuese que tuvieran.

―Dos irá perfecto. No tengo mayor interés más allá de dos veces con la misma dama. Muchas veces me sobra con uno solo.

Ella le sonrió, ocultando el miedo de que le dijese que no regresase.

―¿Conmigo solo necesitas lo que hemos compartido?

―Ven mañana a las siete, antes de que el club abra las puertas. Si me disculpas tengo trabajo que hacer.

Se metió por otra puerta después de terminar de hablar y ella se quedó sola y sintiéndose miserable. Seguía siendo Avery Sullivan, un patán capaz de destrozar su alegría con sus palabras y actos.

Se puso de pie dispuesta a vestirse e irse a toda prisa.

Regina seguramente la estaría esperando en el carruaje tal y como habían acordado antes de entrar en el club.

Cuando sus pies tocaron el frío suelo, vio las manchas que habían salido de su interior a un lado.

Bien. Al menos todo había resultado ser instructivo, pues se acababa de dar cuenta de que para repetir lo vivido no precisaba de ningún compañero.

Ella podría cerrar sus ojos cuando se acostase de noche en la cama, imaginar las órdenes de él y tocar su cuerpo tal y como lo había hecho para disfrutar de esa sensación tan gloriosa y asfixiante que la partió por la mitad en cuanto la alcanzó.

Él estaba en su cuarto de aseo esperando a que ella abandonase la habitación.

Avery sentía que su ordenado mundo se acababa de ir al cuerno y que había cometido un error grave.

En cuanto la vio semanas atrás tuvo que haber dado la vuelta.

Se había metido en un gran problema y no sabía cómo salir.

¿Por qué esto era así? Porque hasta el momento no había tenido que usar toda su fuerza de voluntad para no levantarse y tocar a ninguna mujer.

Las que había elegido estaban tan gastadas que no eran atrayentes.

Esta francesa era fresca y seductora de un modo que lo tenía al límite.

Escuchó la puerta cerrarse y supo que ella se había marchado. Entonces le dio un fuerte puñetazo a la pared más cercana. El dolor lo trajo de vuelta para estabilizarlo. ¡Maldita fuese esa estúpida cortesana y su inocencia fingida!

***

Evangeline llegó hasta el carruaje de alquiler con el corazón golpeando con fuerza en su pecho, dispuesta a ofrecerle una disculpa a Regina por la tardanza.

Cuando abrió la puerta y vio que su hermana no estaba ahí… Suspiró mientras se sentaba en el asiento de terciopelo rojo. Necesitaba un poco de tiempo para calmarse. Sus labios dibujaron una tonta sonrisa mientras su mente repasaba una y otra vez lo que había sucedido con Avery Sullivan.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que su hermana interrumpió sus pensamientos.

―Siento llegar tan tarde ―habló Regina.

―No importa, no hace demasiado que te espero. ¿Por qué has tardado tanto?

―¿Por qué has venido tú tan pronto? ―contraatacó.

―Me he tomado mucho tiempo… hablando con él. ―No podía explicarle a su hermana sus desvergonzados actos―. ¿Qué has estado haciendo, Regina?

―¿Te parece bien que no hablemos sobre nuestros secretos, Evangeline? ―propuso Regina. Ella no estaba preparada para tratar sobre lo que le había sucedido.

―Creo que sí. Es una buena idea.

―De acuerdo. Acordemos solo que pediremos ayuda si la situación nos supera. ¿Te parece bien? ―tanteó la hermana menor.

―Sí. Y eso me recuerda que mañana a las siete tengo que volver a reunirme con él. ¿Vendrás conmigo?

―Para hablar, supongo.

―Sí. Eso justamente. ¿Vendrás?

Regina suspiró y asintió. Si su hermana mayor supiese lo que había sucedido… ¿Estaría Eve en la misma tesitura que ella?

Las dos hermanas se sentían avergonzadas y no deseaban hablar sobre lo que se había llevado a cabo en El placer del infierno. Con la promesa de pedir auxilio les iría bien a ambas.

El carruaje comenzó a moverse y tanto Evangeline como Regina cerraron los ojos y sonrieron como dos insensatas enamoradas.