Capítulo 7 #3
―Yo… ―comenzó a hablar. Sin embargo, Evangeline aprovechó ese momento para recorrerlo por completo con la mirada.
No pudo recordar lo que iba a decir. ¡Cielos!
Esa parte de los hombres que atemorizaba a las mujeres más decentes se observaba furiosa, gruesa y pesada.
Hinchada, de color púrpura, con las venas muy marcadas.
―¿Está todo a tu gusto, pequeña francesa? ―preguntó en tono burlón.
― Non .
―¿No? ―Él estaba muy seguro de su masculinidad y cuando la vio observar su miembro viril y poner esa cara expectante creyó que lo felicitaría. Al menos era lo que las mujeres solían hacer justo antes de quejarse por no poder disfrutar de ese trozo de su ser en su interior.
―No me importa no tocarte ―frunció el ceño y se lo pensó mejor―: En realidad sí me importa que tú no me permitas tocarte o que no desees hacerlo conmigo, pero lo que odio es la falta de besos.
―¡Eso estaba mal! Evangeline quería patalear, gemir y abofetearlo.
¿Ella no iba a obtener nada de lo que esperaba?
Los besos eran fundamentales en cualquier asunto que incumbiese a un hombre y una mujer que deseasen…
―¿Disculpa? ―Después de que él les dijese a las damas sus normas había escuchado muchas sugerencias, muy pecaminosas, sobre lo ventajoso que sería permitirles su roce. Nunca nadie hizo alusión a los besos.
―He sido muy clara. ¿Qué no has entendido? ―Su acento francés falló un poco porque estaba muy disgustada. Esperaba que él no se hubiese dado cuenta.
―Estás diciendo que de todo lo que puede ofrecer una relación física… ¿tú solo echarías de menos los besos? ―Qué molesta estaba resultando ella por desconcertarlo tanto y desear ofrecerle más de lo que se permitía a sí mismo. ¿Por qué ella le hacía sentir confiado, familiar, seguro?
―Los besos son fundamentales, más con una boca pecaminosa como la tuya ―aseguró con convicción.
Él sonrió. Lo habían alabado por muchas cosas, no por su boca.
―¿Por qué son importantes los besos?
Ella le devolvió la sonrisa.
―Si de verdad preguntas eso, Sullivan, creo que no has tenido nunca en tu vida a alguien que te hiciera querer ponerte de rodillas solo por ofrecerte su boca.
Un beso va más allá de lo agradable y sensual.
Es la expresión más cruda y sincera de los anhelos.
Esa muestra íntima llega donde las palabras no alcanzan para demostrar lo que en verdad se siente, desea y anhela fervientemente.
Y no hace falta lubricidad en los besos, porque el más inocente puede ser prometedor.
―¿A ti te han hecho sentir todo eso con una simple caricia en tus rosados labios?
―Sí y fue del todo injusto, porque en todo el tiempo que pasé con él, no resultó nada convincente en sus besos.
Era un poco tímido, pero me daba seguridad.
Aunque empiezo a pensar que él no querría sucumbir a la lascivia y por eso era cauto.
Solo cuando se despidió de mí, sin yo saberlo, fue el momento en el que me dejó explorar su suavidad y me saqueó.
Es curioso cuánto se dijo en aquel momento sin emplear ninguna palabra.
―Pero te abandonó.
―Lo hizo. Sin remordimientos y sin volver a buscarme para ofrecer alguna explicación.
―¿Y sin embargo desearías todavía los besos de ese infame hombre?
Ella suspiró.
―Sí, es evidente que sí ―razonó más para ella misma que para él―. No se manda sobre el corazón, mon chéri . Mi mente exige una cosa, mi cuerpo otra y mi alma pide a gritos besos, monsieur Sullivan.
―Eres una mujer extraña, mi pequeña francesa. ―Desconcertante, más bien, pensó una vez más en su fuero interior.
―Tú, mon ami , lo eres más.
―Opino que después de discernir sobre las bondades de los besos, me gustaría verte desnuda.
―¡Oh! ―Esperaba estar lista para afrontar tal intimidad con…
con… ¡Tenía que comportarse como una cortesana experimentada!
Trataría de hacerlo para que no la pescara, porque si él se daba cuenta de su identidad…
no sería molesto, sería humillante. No solo la había abandonado, sino que se había confesado con él pese a que debería estar sosteniendo un cuchillo sobre su yugular.
¡Y encima le había dicho que deseaba sus besos!
Se dio la vuelta y comenzó a desabrocharse el vestido por la parte del corpiño.
El traje que su hermana y ella llevaban, como gran parte de los que York tenía en el ático, estaban pensados para que las cortesanas pudieran apañárselas sin una doncella.
No lo había entendido al principio, pero ya lo veía claro.
Se quedó con su fina camisola blanca sobre su piel.
Se sentía expuesta, vulnerable, pero al ver el modo en el que Avery la miraba, analizando cada pedazo de su cuerpo, Eve comenzaba a notar cierto poder creciendo en su interior.
Ella lo había afectado. Se percibía que estaba acostumbrado a estar desnudo en presencia de las mujeres, pero tenía una profundidad en su mirada que…
Sus ojos eran dos pozos llenos de deseo.
―Eres preciosa, pero quiero verte sin nada. Fuera todo, mi pequeña francesa.
Agarró el borde de su última pieza de ropa y se la quitó. Se quedó gloriosamente como Dios la trajo al mundo a excepción de la máscara que la protegía y de la que esperaba no desprenderse jamás para no acabar desnudando su alma.
La devoró. Miró sus turgentes y blanquecinos senos, con sus rosados pezones puntiagudos apuntando directos hacia él.
La boca se le hizo agua al imaginar que engullía los dos brotes y los castigaba con la suavidad de su lengua.
Los amasaría y jugaría hasta que ella gritase ansiosa suplicando más.
Sullivan bajó la mirada y se centró en el rico triángulo sedoso que tenía entre sus largas y esbeltas piernas.
―¿Quieres tocarme? ―Él tenía que sentir las mismas ganas que ella por acariciarlo, por besarlo, por explorarlo.
Por Dios que sí que le gustaría hacer algo como eso. Las yemas de los dedos le picaban por rozar a esa extraña fémina que lo tenía en un asalto continuo de dudas.
―Recuéstate sobre la cama ―le ordenó él, sin responder a su pregunta.
Ella lo hizo sin discutir. Más allá de saber que no iban a compartir la intimidad propiamente dicha, se sentía curiosa por conocer lo que él iba a demandar en ese encuentro.
―¿Qué debo hacer? ―Qué molesto no tener la mínima idea de cómo funcionaba ese juego tan extraño de él.
―Me sentaré frente a ti y te observaré desde mi silla. ―Arrastró el mueble y tomó asiento en un lugar donde la veía muy bien―. Flexiona tus piernas y abre los muslos para que pueda verte. No te escondas de mi mirada jamás.
―Está bien ―susurró.
Evangeline se sentía mortificada. Con la vista clavada en el techo y sintiendo sus mejillas tras la máscara arder, ella siguió las indicaciones de su tutor.
Su feminidad era rosada, se veía lista para que él pudiese probar su sabor.
Estaba húmeda y resplandecía para él. Tan estrecha…
se veía apretada. Avery cogió su miembro en sus manos y con dos dedos se dio una tranquila sacudida imaginando cómo sería hundirse ahí y que ella lo estrangulase sin compasión.
Se soltó su virilidad y se concentró en ella.
―Soy un tirano en lo que deseo y vas a complacerme en todas mis peticiones.
―¿Qué vas a pedir? ―Incluso sabiendo que no se tocarían, estaba cargada de anticipación.
―Puedes cerrar los ojos, puedes recostarte tal y como estás, tumbada sobre el colchón y mirando hacia arriba.
No importará por el momento. Escucharás mi voz y harás lo que te pida sin objeción.
Cuando consigas la liberación, me mirarás a los ojos para que yo me trague tu placer.
Cuando yo expulse mi semilla harás lo mismo. ¿Lo entiendes?
―Sí. ―Mentira. No tenía ni idea de lo que le estaba pidiendo. Iría sobre la marcha.
―Empecemos.
Los ojos de ella se cerraron para poder concentrarse en su voz.
―Estoy lista ―le informó.
―Lleva tu pulgar a la boca y chúpalo como si fuese mi virilidad. Quiero que lo hagas como yo te lo voy a decir. Primero, separa poco a poco los labios, saca la lengua y a continuación llévalo a tu interior despacio.
Eve se concentró. La mano derecha, que había estado apoyada sobre la cama, se levantó para ir hacia su boca. Jugueteó contra sus labios cerrados imaginando que eran los de él acariciando, tentando, seduciendo. Pequeños besos de mariposa.
―Engulle, mi pequeña francesa. Separa tímidamente y enrolla tu lengua sobre el pulgar. Es a mí a quien tomas entre tus labios. Mi virilidad entrando y saliendo de tu boca.
Ella lamió el dedo. Al fin entendió que él se refería a imaginar que estaba poniendo esa parte gruesa e íntima dentro de su calor. Abrió los ojos para ver lo que él hacía.
Estaba en la silla acolchada, mirándola con hambre.
Sujetaba su eje con la mano derecha mientras la izquierda sostenía las pesadas bolas redondas de debajo.
La mirada del uno estaba sobre la del otro.
Se sentía fascinada con lo que tenía ante ella.
Él estaba fuera de sí. Verlo complacerse a sí mismo… Se sentía muy mojada.
―Toca tus senos, pellizca los pezones hasta que sientas ganas de gritar. Acaríciate el pecho y piensa que son mis manos. Y no seas ansiosa. Déjame disfrutar de tu visión o harás que esto termine demasiado pronto.
Evangeline se sujetó los pechos con ambas manos y tocó su propia carne. Inicialmente con cuidado. No se había explorado antes. Todo era nuevo para ella.
Pellizcó con cuidado los pezones que estaban tersos y los estiró tímidamente. Se deleitó en acariciarse, tal y como había dicho él, y en su mente, no eran sus manos, eran las de él.
―Baja, querida. Baja tu mano y muéstrame cómo te tocas cuando estás sola en tu cama y no hay un compañero que pueda calmar tu ardor. Deja tu mano no dominante en tu pecho y deja que yo sea testigo de tu intimidad.
Se hizo cosquillas en el vientre mientras descendía la mano derecha en busca de ese trozo de carne que palpitaba con ferocidad y dolía.