Capítulo 7 #2
―No es importante para un hombre que no lo busca ni le interesa el sentimiento.
―¿Ella no te amaba? ―inquirió son suavidad.
―¿Te amaba a ti él?
―No lo sé. Ya no lo sé, pero sí confesaré que jamás podré dejar de amarlo.
No será porque no lo he intentado concienzudamente, pero ese hombre no conseguirá salir de mí mientras quede un atisbo de vida en mi ser.
―Suspiró. No había pretendido hacer una declaración tan profunda.
No cuando el hombre que la llenó de angustia estaba frente a ella y Evangeline acababa de abrirle su corazón.
Suerte que el antiguo administrador de su padre no conocía su identidad o el ridículo habría sido espantoso.
Se quedaron un momento mirándose el uno al otro, en un instante que se sintió muy íntimo. Él fue el primero en apartar la vista de ella. El cuadro del que había hablado parecía una vez más algo interesante para observar.
―Dejemos el pasado en paz. No suelo compartir mis miserias con nadie y a ti te he dicho más de lo que pretendía. Me he visto obligado a hacerlo porque te daré la suma de la apuesta y lo que me pidas con tal de que compartamos un poco de placer.
―¿Quebrantarás tu voto conmigo?
―Desde que creyeron que nos acostamos, he sido más libre.
Solo la mujer con la que sospecho que te has cruzado al venir aquí, sigue empeñada en tener lo que no quiero darle.
No. No traicionaré mi promesa aunque se crea que he sucumbido al fin al placer.
Te deseo, te lo he dicho, pero no me acostaré contigo del modo convencional.
―Me intrigas, Sullivan.
―Es justo lo que me sucede a mí.
Hubo otro momento de silencio.
―Yo… ―Evangeline se calló. Sentía ganas de arrancarse la peluca, la máscara y pedirle explicaciones. ¿Y si le estaba mintiendo? ¿Y si era verdad? ¿Qué hacer? ¿Cómo seguir a partir de ahí?
―¿Tienes un trato con otro hombre? ¿Portman? ¿Banstorn?
― Non . Soy una mujer libre. ―No mentía.
―¿Serías mía hasta que me sacie?
―¿Qué implica eso? ―Ella estaba tentada.
El modo en que él demostró que la deseaba y que la poseería…
Sin embargo, Avery aseguraba ser virgen.
¿Cómo tenía a sus mujeres? No podía asimilarlo y fue la curiosidad lo que mató al gato.
Bien. En esta ocasión Evangeline era el gato y presentía que acabaría mal parada si daba un paso en falso.
―Di que sí y te lo mostraré.
―¿Ahora? ―Esperaba no haber denotado todo el pánico que sentía al hacer la pregunta.
Avery sintió su nerviosismo. Parecía tan mundana en algunas ocasiones… y en otras tan inocente. Todo un bello enigma que él no quería desentrañar, solo disfrutar.
―Cuando decidas acceder a mi petición ―sonrió de lado―, aunque no se me ocurre un mejor momento para tenerte a mi disposición.
Ella cerró los ojos. Sullivan. Avery. Acababa de decir que la había amado, ¿y si todavía había un resquicio de lo que compartieron en su interior? Necesitaba conocer lo que le pasó, lo que sucedió para marcharse aquella mañana que ella tenía grabada a fuego.
Despegó los párpados y vio sus preciosos ojos azules mirándola con chispas en ellos.
Veía que en efecto la deseaba. Sus labios carnosos cautivaron a Eve.
Esa boca sublime que la atormentaba en sueños, e incluso despierta cuando no conseguía apartarlo de sus pensamientos. ¿Alguna vez sería libre de él?
―Bésame ―susurró.
Él se echó hacia atrás.
―No. No lo entiendes. No funcionará así.
El corazón de Evangeline se hundió.
―¿Me deseas?
―Sí. Muchísimo, pero te tendré con mis condiciones.
―¿Sin besos? ―Ella pareció entenderlo. Lo más hermoso de él eran esos labios gruesos que deseaba acariciar con los suyos propios.
―Sí.
Disimuló el momento exacto en el que su orgullo se hundió y sus esperanzas hicieron lo mismo. ¿De verdad no iba a besarla? Lo intentaría en algún otro momento. ¡Tenía que besarla!
―Yo también tengo exigencias.
―¿Qué pides? Soy un hombre rico, pero no creo que…
―Sin dinero. No será un acuerdo comercial ―se aventuró a explicar con seriedad. Todo ese asunto ya era en sí mismo sórdido, no lo ensuciaría más.
―¿Qué ganas tú? ―¿Qué extraño espécimen era ella? ¿Una mujer que se acostase con un hombre sin un incentivo? ¿Solo por placer? No había conocido todavía a ninguna así. Asombroso.
―Conocerte mejor. Me intriga tu pasado, mon chéri . Quiero conocer tus secretos. ―Era lo que más ansiaba. Una explicación de lo que sucedió.
―Te he contado la mayor parte, pequeña francesa.
―Dime el nombre de tu dama. Satisface mi curiosidad. ―Tenía la necesidad de escuchar su nombre deslizándose por esos suculentos labios carnosos.
―¿Por qué lo quieres saber?
―Tengo mis reglas también.
―Ponlas sobre la mesa y veré si puedo cumplirlas.
―El dinero de la apuesta que dices que he ganado…
―Te lo transferiré a tu cuenta en cuanto me indiques en qué banco hacerlo.
― Non . La Puja de las damas era para un fin social, vérité ?
―El orfanato.
―Deposítalo ahí. ―En verdad debería reembolsarle a Liam parte de lo que ella se gastó cuando compró a Sullivan aquella noche. No lo haría. El hermano de York tenía mucho dinero y los niños necesitaban las cinco mil libras que ella empeñó allí.
―Muy generoso de tu parte. Pocas mujeres habrían hecho un gesto tan altruista. ―Ella estaba a un suspiro de tenerlo bailando alrededor de su meñique, si no iba con cuidado.
―El dinero irá al orfanato ―retomó ella sus propias reglas―, me dirás el nombre de la mujer que te hace tan infeliz y te concederé tres noches.
―¿Por qué conocer el nombre? Es mi asunto, mi pasado. ¿Por qué tres noches? ―siguió interrogando.
―Me fascinas también, Sullivan. ¿Aceptas mis condiciones o terminamos de hablar y de vernos aquí y ahora?
Él no se pronunció. La examinó con detenimiento.
Había algo en ella tan extraño que despertaba su curiosidad a un nivel jamás sospechado.
¿Cuál era el motivo? Había mujeres más fáciles que ella, con menos reglas que accederían a su petición con los ojos cerrados…
Entonces, ¿por qué tenía que ser esa cortesana precisamente?
¡Desconcertante! Avery Sullivan no renunciaba nunca a resolver un enigma, más cuando era tan sugerente y bonito como el que se alzaba ante sus ojos.
―Hoy te tendré.
―Solo si dices sí a mis normas ―rebatió ella con una tibia sonrisa y una ceja alzada. York estaría orgulloso de ver que había aprendido a levantar ducalmente esa parte de su rostro.
―Tienes un trato, pequeña francesa. Se llamaba Evangeline.
―Ella se sintió victoriosa. Suspiró. Era consciente de que él acababa de aceptar y que había logrado una ventaja que no iba a desaprovechar.
Un filo para conocer a este hombre, que poco tenía que ver con el que la cortejó, y poder tener al fin toda la información que le faltaba para poder resolver la ecuación.
Evangeline se había metido en la boca del lobo y no sabía cómo iba a poder salir de ahí.
Y en el momento en el que él la llevó a la puerta trasera del despacho y entró en lo que eran las habitaciones privadas del Ángel del Infierno, supo que, si él le hubiese pedido su virginidad, se la habría entregado sin ninguna objeción.
Así de sometida estaba Eve a su antiguo amor, aunque no quisiera reconocerlo y jamás lo hiciera en voz alta.
¿Cómo se resolvería el enorme entuerto en el que se había metido ella solita?
***
«No tienes que parecer una inocente sin experiencia. Lo conoces. Es Sullivan. Algo de lo que él fue tiene que estar ahí: era el amor de tu vida». Mil pensamientos en ese rumbo pasaban por su cabeza.
Mundana. Evangeline debía demostrarle que era una cortesana experimentada. Ni todas las abominables conversaciones indecentes que había tenido con Banstorn servían para prepararla para ese instante de su vida.
Se iba a dar cuenta de que ella era un fraude. ¡Pero si estaba temblando! Apretó las manos en un puño y levantó la vista hacia el frente. ¡Dios! Avery estaba completamente desnudo.
Se esforzó para que sus pulmones funcionasen con normalidad. ¿Cómo se respiraba? Eve lo había olvidado por completo.
Se acercó a él sin ser consciente de que lo hacía.
Al fin, tres años después conseguía verlo sin velos, sin impedimentos.
Su vista estaba fija en su amplio torso.
Tenía un rico vello de tono cobrizo similar a su cabello.
Dos agujeros en la parte izquierda captaron su atención.
Parecían de bala. Evangeline levantó la mano para acariciarlo. Él dio medio paso atrás.
―Sin tocarnos.
Todavía con la mano en alto, ella frunció el ceño.
―¿Qué?
―Te avisé de que mis exigencias eran peculiares. Tú no me tocarás y yo tampoco palparé tu cuerpo.
―¿No puedo tocarte ni tú a mí? ―Esperaba que él no hubiera notado la decepción en su voz. Una vez que pecaba, que desafiaba todas las normas, ¿y no lo haría con todas las consecuencias? ¡Irritante!
Tal vez Banstorn no había entendido bien el funcionamiento del placer, porque su amigo insistía en que había que explorar todo lo que hiciera falta, y más cuando se tenía a alguien bien dispuesto a pecar.
Cuando habló de esto, creyó que en verdad…
Bueno, no había esperado que no se pudiesen ni rozar… ¡Qué molesto!
―Así será.
―¿Me deseas?
―Muchísimo, te lo he dicho antes.
―¿Y no piensas tocarme ni me permitirás que lo haga yo contigo incluso en lugares que no son del todo impúdicos? ―Algo estaba mal en el modo en el que él pretendía que ellos… ¿hiciesen el amor?, ¿se desfogasen?, ¿fornicasen?
¿Cómo llamar a lo que iban a iniciar si ni tan siquiera podría al fin tocarlo como ella había deseado tantos años atrás?
―Te diré cómo funcionará nuestra asociación.
―¿Sin besos? ―Ella no lo había escuchado. Solo se acababa de dar cuenta de que no iba a poder tener la boca de él sobre la suya de ningún modo y eso la aterraba.
―Deja que te lo explique.
―Hazlo, porque no entiendo nada ―expuso con sinceridad.
―Te desnudarás al igual que lo estoy yo.