Capítulo 7
Riesgos no calculados
Evangeline luchó por poder seguir con su farsa con total indiferencia.
―Lo lamento mucho, monsieur Sullivan ―su acento se había tornado más seductor que nunca―, no estoy en venta para ser comprada.
―Tendrás lo que pidas. Todo el mundo tiene un precio.
―Ah, tan típico de los hombres pensar que se puede comprar la necesidad de una dama, cuando con las acciones necesarias nos entregaríamos libremente… por amor. ―Eve le sonrió.
―¿Amor? ―Había esperado muchas peticiones. Una estratosférica cifra, incluso que ella exigiese convertirse en su amante permanente y le pidiese seguridad, joyas, dinero, una casa, carruajes… No. Definitivamente la contestación de mademoiselle Vengeance le acababa de dejar fuera de juego.
―¿Qué hay más puro y bonito que el amor entre dos personas? ―preguntó ensoñadora.
―¿Está diciendo que pretende que me enamore de usted? ―Sullivan estaba perdido. Ella era más que desconcertante.
― Non , eso no podría ser posible. En especial porque no me enamoraría de un hombre que me tiene de pie frente a la puerta de su despacho.
―Eve le ofreció una sonrisa calculada. Destinada a seducir.
Oh, sí. Ella había aprendido un par de trucos en la selva que suponía el mercado matrimonial de Londres.
No sería una cortesana, pero cualquier debutante que se precie tenía en la manga un par de ases.
―Lo siento ―se disculpó, mientras le cedía el paso para que entrase. Cerró la puerta cuando ella estuvo en el interior de sus dominios… con llave.
Evangeline miró lo que había allí. Modesto.
Un lugar modesto que bien podría haber sido el despacho de su propio padre, si no fuese porque en la pared había un cuadro lleno de mujeres desnudas, con Lucifer en el medio y…
Demasiado obsceno y blasfemo para examinarlo.
La chimenea estaba encendida. La temperatura era adecuada, pero ella tenía muchísimo calor.
Incluso se miró para ver si llevaba puesta la capa que había dejado en la entrada.
No. El calor no era por el exceso de ropa.
Él se sirvió una copa y puso otra para ella. Ambos bebieron. Ella solo se mojó los labios, mientras que Sullivan apuró el contenido del vaso. Le ofreció una silla. Ella se sentó y él hizo lo propio con la que estaba libre a su lado. Eve ladeó la cabeza para poder atenderlo.
―¿Por qué nadie en Londres la conoce? ¿Cuál es su verdadero nombre? No creo que se llame usted Venganza.
― Non , d'accord . No me llamo así, pero es como me siento.
―¿A qué se refiere? ―Tenía toda su atención.
―Amor, monsieur . Todo se reduce al amor. ¿Qué mujer no ha vivido llena de esperanza, embelesada por un hombre y ha visto su mundo reducido a cenizas, a la nada, por la dolorosa traición?
Él sonrió de lado. Había mucha dureza en las palabras de ella.
Avery se sintió un poco más cerca de esa extraña que lo intrigaba.
Él había pasado por todas las fases del desamor.
Se había apartado de lo que más amaba, de lo que más ansiaba, para dejarle el paso libre hacia la felicidad con un hombre que la mereciera.
Evangeline. Su nombre todavía le causaba dolor, incluso cuando lo recitaba en su interior.
―¿Está buscando la venganza sobre el amante que la humilló?
― Non . Vengeance solo es un nombre que me otorgo a mí misma para no olvidar que no debo bajar la guardia. Evoca mis recuerdos pasados. Por más que desearía llevar a cabo mi pequeña vendetta , me es imposible.
―¿Por qué? Cualquier hombre se pondría a sus pies con un simple aleteo de sus pestañas.
―Él tiene demasiados entretenimientos para fijarse en mí. Muchas otras mujeres.
―Pongo en seria duda esa afirmación, mi pequeña francesa.
Creo que ha llegado el momento de que seamos más cercanos y olvidemos la formalidad.
He dejado constancia de que te deseo fervientemente.
No del modo en el que estás pensando ―precisó en cuanto la vio entreabrir los labios con sorpresa―.
Es un poco más complicado de lo que significa la unión entre un hombre y una mujer, pero quiero alcanzar el éxtasis contigo a mi lado, viendo cómo tus ojos se desorbitan mientras yo consigo alivio.
―¿Es siempre tan directo con sus mujeres, monsieur ?
―Sullivan. Llámame Sullivan, Vengeance . Ese será tu nombre para mí, para que yo tampoco olvide mi pasado.
Evangeline lo observó con muchísima atención. Una vía que explorar al fin.
―¿Sufriste al igual que yo, Sullivan? ―Decidió prescindir también de la conversación formal.
―Muchísimo ―confesó antes de poder detener la respuesta.
Se maldijo al momento―. No hablo de ello, pero premiaré tu confianza con esa sencilla afirmación.
Amé y perdí. Hace poco más de tres años que vivo sin vivir.
―En el momento en el que confesó por primera vez algo así en alto, sintió que el peso de su espalda se aligeraba de un modo esperanzador.
Ella se rio con ligereza. Ahí supo que él le estaba mintiendo.
―¿Fue mala contigo?
―No. Ella era demasiado buena para mí. No la merecía y la dejé atrás.
Eve tragó saliva. ¿Qué se suponía que significaba eso?
―¿Qué pasó?
Él le sonrió. Ya había dicho más que suficiente.
―Que mi abandono me ha traído hasta aquí… hasta ti.
―Eres un coqueto, Sullivan. ¿La précieux mujer que dejó tu despacho antes no te satisface?
―¿Eres una amante celosa?
―La mujer que diga que no es celosa… miente descaradamente. La que asegure que no le importe compartir a su hombre, merece que le corten la lengua por tal infamia.
―Me desconciertas, Vengeance. A cada paso que das lo haces y no me gusta sentirme así.
Porque había previsto que venías a cobrar una apuesta y ni una sola vez la has reclamado desde que has entrado.
Te he dicho que te pagaría lo que quisieras por compartir la noche conmigo y tampoco has mencionado la cifra.
―¿Una recompensa por salvarte de la puja, quizás? ―Ella no tenía la más mínima idea de a lo que él se estaba refiriendo con la apuesta.
―¿No sabes nada sobre la apuesta que circula sobre mí?
― Non . ¿Qué es? Suena… excitante. ―Evangeline deseaba saber más cosas sobre él y eso sonaba como un chisme la mar de jugoso.
―Mi imagen es… como la de esa pintura de ahí. ―Avery señaló el vistoso y pecaminoso óleo.
―¿Estás todo el día rodeado de mujeres desnudas? ―inquirió Eve con diversión, tragándose los celos.
―Podría decirse así. Pero si observas bien a Lucifer, él no presta atención a ninguna. Fíjate bien.
Era cierto. En la pintura había muchas féminas que miraban con codicia a un demonio apuesto, que incluso rojo y con cuernos, el pintor lo había retratado de un modo… atrayente. Pero la figura central no parecía estar interesado en nada de lo que le rodeaba.
―Explícamelo ―le ordenó ella.
―Yo soy como él. ―Señaló a Lucifer―. Peleo como un campeón porque no tengo miedo a morir.
Imparto justicia sobre quienes escapan a la ley.
Vivo rodeado de tentación femenina pero pago el precio por haber traicionado a la mujer con la que juré que me casaría.
La hija de un conde no estaba hecha para un bastardo como yo.
―Evangeline se tragó el sollozo que pugnaba por salir―.
Mi vista mira al frente, donde la coloqué a ella para recordarme que no la tendré.
Ya ves, mi pequeña francesa, yo también estoy herido.
Y las mujeres que viven en mi club, las damas que visitan mi antro, consideraron que podían hacer olvidar al Ángel del Infierno ―ella frunció el ceño y se dio cuenta de que merecía una aclaración―, así me llaman aquí.
Ellas ―prosiguió con su explicación―, consideran que debía seguir mi camino.
La forma más atractiva de hacer algo como lo que pretendían fue idear una apuesta, una que creen que tú has ganado.
―Acláralo mejor ―lo retó.
―Yo no me acuesto con mujeres, querida mía.
Tú me compraste en una puja en la que mi nombre no debería haber estado.
Un participante en la subasta hace todo lo que su dama le ordena.
Eso incluye retozar, generalmente. Son las normas, ellas pagan, los caballeros obedecen.
Por lo tanto, eres dos mil libras más rica.
Evangeline lo entendió… pero por si acaso quiso asegurarse.
―¿No te acuestas con damas y creen que yo he sido la primera desde…?
―No me acuesto con mujeres, no del modo que imaginas, es diferente y te lo mostraré si accedes. No he tocado a una mujer íntimamente nunca, pequeña francesa. Ninguna me toca a mí.
Sullivan la vio exhalar largamente. Evangeline se había olvidado de respirar. ¿Era un juego? ¿Una prueba? ¿La había identificado y se estaba riendo de ella? ¿Decía la verdad? En ese último caso, ¿por qué no había estado con una mujer?
―¿Eres virgen? ―La pregunta salió sin que pudiese detenerla.
Él le sonrió. No sentía vergüenza por los hechos. Esa fama le había permitido ser más despiadado, más interesante entre hombres y mujeres.
―Por eso me llaman el Ángel del Infierno.
Disfruto de las mujeres de otro modo más…
imaginativo, por así decirlo. Me contengo por la promesa que hice y que parece ser que tú me has hecho romper, a ojos de todos.
Es curioso que desde bien joven me convenciera de que debía esperar a la mujer perfecta para mí, y que cuando la tuve…
En fin, aquello no resultó demasiado bien ―le dijo con frialdad.
Ella sacudió la cabeza. Estaba incrédula.
―¿No pretenderás que me crea esta estupidez? Menteur !
―Soy muchas cosas, incluso un asesino ―no le tembló la voz―, pero no un mentiroso ―añadió, conteniendo la rabia. Lo peor que le podía pasar a un hombre era que lo acusasen de engaño.
Evangeline lo examinó con mucha atención. Él parecía creer lo que decía. La joven no podía asimilar esa información.
―¿Ha matado gente?
―He castigado a quien lo merecía y a veces las cosas no salen como uno se propone. El mundo es un lugar mejor si no hay escoria.
―¿Y qué hay del amor?