Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

―No se haga la inocente, milady . Por más que me gustaría jugar con usted interpretando ese papel, ambos sabemos que se trata de una mujer muy experimentada si el hermano del duque de York accede a su primer combate.

―¿Banstorn no pelea nunca? ―La cuestión salió de su boca sin poder evitarlo.

―Jamás, menos por una dama. Él prefiere el placer y no el dolor.

―¿Y Ranfield? ―se interesó ella. Las esperanzas de Cook cayeron en picado y no las retomaría. La preciosidad de ojos turquesa tenía una clara predilección por el conde.

―A diferencia de Banstorn, lord Ranfield no disfruta más que de la emoción del juego. Ninguna otra cosa.

El corazón de Regina casi se puso a dar saltos de alegría. Se tuvo que sujetar sus propias manos delante de su regazo para no comenzar a dar palmas.

―Lo esperaré en su… habitación ―susurró, al tiempo que tragaba saliva. Debía de estar loca. Ella… que no deseaba casarse, que había renegado de los hombres hacía años, estaba pidiéndole a un extraño que la dejase dentro de la guarida de Lawrence.

Que Dios ayudase a Evangeline y a ella misma, porque si de esto no salía nada bueno las dos acabarían en alguna ciudad recóndita de Rusia, pues ni el pasado de York como un ser perverso las ayudaría en su causa frente a Isobel.

Dicho y hecho. Cook mandó a un hombre a buscar la llave de la habitación en la que se hospedaba el conde cuando pasaba la noche en el club y la dejó allí dentro, aguardando a su caballero de brillante armadura.

***

Evangeline estaba frente a la puerta. En esa parte del club reinaba el silencio. Un eco sutil de música llegaba amortiguado por las paredes. Sentía que todo lo que sucediese a continuación marcaría el rumbo de su vida. Estaba temblando. Se dio cuenta cuando su mano agarró el pomo.

Tragó saliva y respiró profundamente para buscar calma.

Estaba cansada de seleccionar a los mejores partidos de Londres.

Y muy harta de que los que escogía como a firmes candidatos para casarse desaparecieran o la abandonasen por otras mujeres.

Llevaba dos temporadas en el mercado matrimonial.

Se casaría pronto. Era su objetivo desde que Isobel las trajo el año pasado a la ciudad.

Lo haría con un hombre que tuviese título, fortuna y contactos.

Nunca se enamoraría de su esposo y sería muy feliz.

El amor solo traía desgracia. Así que en cuanto se librase de la fuerte opresión en el pecho que Avery Sullivan le causaba, y que había vuelto en el justo momento en el que lo tuvo enfrente, ella proseguiría su camino sin mirar atrás.

Venganza. Le había dicho ese nombre en francés.

Se sentía especialmente motivada para darle a probar su propia medicina.

Si no fuese porque él no la tomaría en serio, y no se enamoraría de otra falda ligera que pasase por su cama, Evangeline podría comenzar con el trabajo de enamorarlo para luego romper su corazón en mil pedazos.

Mentiría si no reconociese que su ego había estado muy crecido desde que el secuaz de Sullivan le hizo saber que Avery tenía cierto interés en verla.

Evangeline soltó el pomo y cerró los ojos un momento.

La puerta se abrió de sopetón. Ella se quedó sin aliento.

Una mujer. Cómo no, una preciosa y exuberante fémina salía de su despacho.

Se quedó un instante observando a Evangeline y luego le dio tal mirada que la hizo sentir como el barro en la fina suela de un zapato de baile.

―Me has costado una pequeña fortuna ―señaló, al tiempo que se marchaba dejándola perpleja.

La puerta se volvió a cerrar en sus narices.

Evangeline se quedó mirando la estela de la mujer que se acababa de marchar.

Tenía el porte de una reina. Muy segura de sí misma, como si fuera la diosa del club.

¿La amante de Sullivan? La idea le hizo sentir náuseas.

¿Qué esperaba, que él no siguiese adelante como estaba tratando de hacerlo ella?

¡Sí! Él debería estar deshecho. Arrepentido.

Un pensamiento egoísta, pero acertado, puesto que no fue Evangeline quien echó por tierra lo que creyó que era un amor puro.

Avery Sullivan había pisoteado su orgullo y atravesado su corazón con la daga de la traición más cobarde.

Llamó a la puerta decidida a enfrentarlo.

―¡Te he dicho que te largues, Helen! ―vociferó el dueño de El placer del infierno.

― Non , no soy Helen ―dijo bien alto.

Tres segundos fue lo que tardó en tener a Avery Sullivan enfrente de ella.

Avery había estado tratando de echar a Helen de su despacho desde hacía quince largos minutos. Su insistencia era desquiciante. Sus manos e insinuaciones no cejaban en irritarlo.

Estaba enfadado. Muchísimo. Cook no había conseguido averiguar nada de su pujadora misteriosa.

Le había dicho a su segundo que el motivo para localizarla era para que ella cobrase la apuesta que todo el mundo suponía que había ganado al llevárselo a la cama.

Cook no lo creyó ni por un momento. Ella no salía de sus pensamientos y estaba al borde de la locura.

No entendía el motivo. En esos largos años no había tenido en su mente ninguna figura femenina.

¿Por qué ella? ¿Qué tenía de especial que incluso había soñado con ella varias noches las últimas semanas?

Y lo más apremiante de la cuestión: ¿dónde diantres la había escondido Portman para que Cook no fuese capaz de dar con ella?

Había sonado la puerta y él agarró el papel que estaba transcribiendo para convertirlo en una bola inservible.

No deseaba que Helen lo volviese a molestar.

Pero no era la cantante. Su acento francés llegó con claridad desde detrás de la puerta.

Voló para ver si era ella. ¡Al fin! La tenía frente a él y no comprendía el motivo de su obsesión.

Más porque esa noche ella lucía una peluca roja como el tono del carmín que realzaba sus labios.

Solo los ojos negros, que se veían tras la máscara, eran adecuados. Igual que los de Evangeline.

―¿De qué color es tu pelo en verdad? ―preguntó sin saludarla previamente.

Eve se quedó absorta con la cuestión. ¿Por qué eso era importante?

Le sonrió con coquetería.

―Ah, no esperará, monsieur Sullivan, que desvele mis secretos.

―¿Por qué su color de pelo supondría un secreto?

―Deseaba saber si era rubia o morena. No creía que fuese pelirroja, no se observaban pecas en la piel que no estaba cubierta por ropa.

Deseaba quitarle los guantes y que los dedos de ella…

Avery detuvo ese inquietante pensamiento.

Finalmente la abstinencia le estaba pasando factura.

Dos semanas sin tan siquiera jugar a una de sus fantasías para desfogarse…

―Podría no tener ningún pelo en la cabeza y eso sería vergonzoso para cualquier mujer ―sugirió ella.

―Te quiero esta noche, di tu precio. ―No había pensado en las connotaciones de lo que acababa de decir. No importaba. Había dejado al desnudo lo que deseaba y no se echaría atrás.