Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #3
22%

Capítulo 6 #3

―Yo muchísimo más. No vuelvas a irte jamás, Malcom ―pidió con la voz entrecortada y los ojos aguados.

―Nunca, mi amor.

―Quédate y pelea conmigo lo que haga falta, pero no huyas de mí. No me dejes atrás.

―¿Me amas, Isobel?

―Cada día más.

―Yo, esposa, no puedo amarte más de lo que ya lo hago porque sencillamente sería imposible.

La besó con pasión. Ella le devolvió todo el ardor que sentía por su marido. York la levantó en sus brazos y la llevó hasta la cama, dispuesto a que ambos olvidasen los problemas pasados y pudieran concentrarse en el presente, en el futuro.

Esa noche se amaron como si el mañana no fuese a llegar. Él había echado de menos la calidez y la ternura de Isobel, de tal modo que si no estuviese a su lado perecería. Ella le demostró que siempre sería el único hombre en su vida y que lo amaría durante toda la eternidad.

***

En esa ocasión nocturna habían decidido ser pelirrojas.

El altillo del duque de York estaba lleno de sorpresas.

Evangeline llevaba un vestido azul oscuro y Regina otro de color verde esmeralda.

Todo eran encajes, seda y tul. El escote era un poco más severo que el de las anteriores vestimentas que usaron para ir al Placer del infierno la primera vez.

Y es en el fuego eterno donde acabarían si al final alguien las pescaba haciendo semejante imprudencia por su cuenta.

Las máscaras elegidas eran rojas con plumas negras.

Las dos exactamente iguales. No deseaban saber a qué se debía ese arsenal que el esposo de Isobel tenía en su poder.

Habían pasado dos semanas hasta que vieron la ocasión perfecta para poder regresar al lugar en el que ansiaban estar.

Los duques de York, quienes ya habían hecho las paces por completo, habían sido invitados a una cena.

Las hermanas Dreyer alegaron una indisposición y se quedaron atrás.

Despistar a Mason Wilson para escaparse resultó laborioso pero no imposible.

Y Theodore estaba demasiado ocupado con Banstorn haciendo cosas…

En fin, lo que esos dos granujas hicieran.

Regina y Evangeline no habían estado tan contentas de ser hermanas nunca. La una le hizo de doncella a la otra y entre las dos consiguieron escabullirse y llegar al East End con un carruaje de alquiler que la menor de las Dreyer se ocupó de que estuviera a punto a la hora prevista.

Habían dejado a Banstorn y a Portman fuera de su audacia, porque la picardía había unido muchísimo a ambas hermanas y estaban decididas a embarcarse en lo prohibido juntas y sin interferencias.

Las dos entraron en el club y del vestíbulo no las dejaron pasar. No tenían acceso. Sin un socio al que acompañar no tenían las puertas abiertas de ese lugar de pecado, pues carecían también de membresía.

―¿Qué vamos a hacer? ―susurró Regina solo para los oídos de su hermana.

Ninguna de las dos había visto más allá de llegar al club. No pensaron que un lugar así requiriese invitación o algo semejante.

―Dígale a monsieur Sullivan ―Eve ya había puesto su mejor versión francesa en práctica―, que mademoiselle Vengeance desea hacerse socia. Immédiatement ! ―ordenó. El hombre las miró con suspicacia pero mandó a otro a averiguar sobre el asunto.

―¿De dónde sacas tantas palabras extrañas? ―preguntó con disimulo Regina.

―Isobel logró que asimilase algo cuando fue nuestra institutriz. Habría estado más atenta si hubiese sabido que en el futuro el francés me ayudaría a cometer una barbaridad necesaria.

―Disculpen ―una voz las sorprendió desde atrás―.

¿Es usted la francesa…? ―La pregunta quedó en suspense, porque en cuanto Cook vio los ojos de la otra acompañante y ese par de deliciosos bombones que tenía por pechos, y que en esta ocasión estaban más ocultos, supo que eran las dos mujeres que acompañaron a Banstorn y a Portman.

El hombre de confianza de Avery no olvidaba algo bonito cuando lo veía.

¡Ella era mucho más deliciosa que cualquier dulce que hicieran en la panadería de enfrente! Se moría por degustarla.

Cook no era creyente, pero le faltó poco para dar gracias al cielo por su suerte.

Llevaba largas semanas intentando sin éxito averiguar la identidad y el paradero de la mujer que había dejado impresionado a su jefe.

Había tratado de sobornar al hermano del duque y al vizconde, pero los dos se cerraban en banda.

Les había puesto espías para ver si las visitaban. Todo infructífero… hasta este instante.

― Oui . ¿Quién es usted? ―preguntó Eve, altanera, sin salir de su papel.

―Soy Cook, el hombre de confianza del señor Sullivan. Por favor, si usted y su ―recorrió con la mirada de arriba abajo a Regina― amiga me hacen el favor de seguirme las escoltaré. Es peligroso estar hoy en el Infierno si no se está acompañada por un hombre.

―¿Por qué? ―se interesó Regina.

Él le sonrió y sus perversos ojos se vieron burlones.

―Hoy mandan los caballeros y las damas que están dentro pueden ser invitadas o asaltadas para convencerlas de que se dejen llevar. No se preocupen, no permitiré que nadie las violente… sin su consentimiento. ―Había a quien le gustaba que se le obligase a aceptar atenciones.

Las dos hermanas iban junto al hombre.

―¿Está diciendo que cualquiera puede hacer que una dama…?

―No. Si la mujer no desea las atenciones de un caballero solo tiene que gritar muy fuerte. Somos el Infierno, querida, pero incluso aquí somos civilizados… ―En ese momento pasaron junto a una pareja que estaba besándose y manoseándose con mucho ardor. Él carraspeó― … a veces.

― Monsieur ―tomó la palabra Evangeline―, no deberíamos molestar a su patrón con minucias. Ya hemos podido entrar, si me dice cómo hacer para que…

―Me temo, madame ―la cortó Cook―, que el señor Sullivan tiene una conversación pendiente con usted.

Regina miró a su hermana sin comprender el motivo por el que después de haber llegado tan lejos parecía echarse atrás. Se acercó hasta Evangeline.

―¿Tienes miedo de él? ―preguntó en voz muy baja.

―No, de mí misma ―reconoció con pesar. Hacer planes para cometer una fechoría fue fascinante.

Vestirse para volver a ser cortesanas, muy divertido.

No había previsto que todo lo que habían ideado ella y Regina las llevaría hasta el hombre al que se moría por ver y al que quería hacer pagar cara su afrenta del pasado.

No resultaba fácil porque sus rodillas temblaban cuando Avery se colaba en su pensamiento para atormentarla.

Llegaron hasta una escalera que conducía a una puerta.

―Ahí está el despacho de mi jefe. Se alegrará de verla ―dijo socarrón.

Sullivan llevaba con cara de perro y un humor de mil demonios desde que la francesa se fue.

Y la señorita Helen Mirrell solo había contribuido a hacerlo ladrar más, dado que lo había cazado a cada rato, pues los celos que sintió porque él hubiese sucumbido a la lujuria con otra mujer…

― D'accord . ―Evangeline dio el primer paso hacia la inquietud. Puso el pie en el escalón número uno. Se giró y miró a su hermana.

―Estaré bien. Ve ―la animó, mientras Cook y Regina se alejaban.

―¿Desea, milady , que busque a Banstorn para que…?

―¡No! ―gritó Regina, sin poder evitarlo. Se aclaró la voz―. Quiero decir que él no es mi dueño. Soy una mujer libre.

No quería cruzarse con el bufón. De hecho, desde que el duque regresó a casa, su hermano había evitado a toda la familia como si fuesen leprosos.

Regina estaba encantada. No lo soportaba.

No le gustaba nada. No lo toleraba. Por ella, él podría irse a las Indias y no regresar.

Esa noche era para buscar su asunto pendiente.

―Oh. Interesante. Si hay algo que la tiente ―expuso Cook seductor―, haga el favor de decírmelo.

―Lo hay ―dijo sin pensar. El hombre de Sullivan se sonrió. ¿Tan fácil iba a ser conquistarla? Por norma general, las mujeres lo encontraban tosco, demasiado oscuro, con una apariencia malévola. En una palabra: aterrador. Demasiado grande.

―¿Qué? ¿Le apetece que yo…? ―comenzó a preguntarle a ella.

―Ranfield ―dijo la dama sin titubear.

Él frunció el ceño.

―¿El conde? ―preguntó al punto. Su trabajo era conocer a todo el mundo. Cook hacía muy bien sus funciones.

―El mismo.

Cook suspiró. Siempre el contacto de ellas, nunca el elegido.

―Está esta noche aquí. Su caballero está abajo peleando contra Banstorn en el sótano.

―¿Cómo dice?

―Lo crea o no, es usted popular en el Infierno pese a haber estado solo una vez. Dos si contamos esta. ―Al fin Regina se dio cuenta de que Cook llamaba así al club.

―¿Yo? ¿Por qué? ―Regina no había sido el centro de atención de nada en su vida. Incluso cuando reñía con sus hermanos nadie la tenía en cuenta ni para llamarla al orden.

―Hay muchas mujeres libres y disponibles aquí. Los caballeros jamás se pelean por un trofeo, si me permite la expresión.

Ella frunció el ceño.

―¿Insinúa que los dos están luchando por lo que pasó la última vez que vine? ―Regina había estado furiosa cuando vio al hermano del duque agredir a Lawrence. En estos momentos la ira rugía en su interior como un volcán anunciando su erupción.

―No.

―¡Ah! ―Ella respiró aliviada.

―Lo que afirmo es que los dos hombres se están peleando por usted.

―¿Cómo dice? ―inquirió con los ojos como platos.

―En cuanto se sepa que la dama por la que enfrentan dos nobles está aquí, la asediarán.

Y como no quiero un nuevo escándalo, si me permite el atrevimiento, y dado que ha dejado muy clara su…

preferencia, la acompañaré a las dependencias que lord Ranfield tiene en el Infierno para que lo espere allí.

A no ser, claro, que prefiera las de Banstorn o las de algún otro…

hombre. ―Él quemó el último cartucho cuando le hizo un par de alzamientos pronunciados con las cejas para ver si ella entendía su clara insinuación.

―¿Yo le gusto? ¿A usted?

Cook se carcajeó.