Capítulo 6 #2
¿Por qué siempre tenían que demonizarlo cuando había sido su esposa la que inició toda una batalla a causa de la falta de herederos?
Isobel se responsabilizaba de todo siempre.
Demasiado comprometida, se veía que su vocación había sido la de ser institutriz.
Los problemas de todo el mundo eran los suyos propios.
―Ve a dormir. Te prometo que Isobel no volverá a estar triste por mi causa. Le presentaré mis excusas, luego me arrojaré a sus pies para suplicar su santo perdón y todo volverá a ser como antes. ¿Satisfecho?
―Está muy enfadada.
York dejó de observar al muchacho, que sentía como si fuese su propio hijo, para centrarse en la dura madera que lo separaba de Isobel. Parecía que ella no iba a abrir su puerta esa noche.
―Lo arreglaré.
―Ella temía que estuvieses… entreteniéndote, si sabes a lo que me refiero.
York masculló una maldición al tiempo que regresaba su atención al joven.
―Sospecho que entre tú y yo, eres tú el que más se entretiene de forma inapropiada.
Snow sonrió.
―Sí, bueno. Uno hace lo que le permiten.
―Todo estará bien. Mañana por la mañana, si Isobel sigue enfadada y triste, yo mismo te dejaré que me atravieses el pecho con el florete, ¿de acuerdo? ―Deseaba sacudírselo de encima lo antes posible.
Snow se tomó un momento para valorar el ofrecimiento del duque. Además, estaba cansado y había bebido más de lo que acababa de confesar hacía escasos minutos. Como broma estaba bien, y al menos había dejado claro que Isobel tenía un valiente vasallo. El gesto estaba hecho.
―Es un buen trato. ―Se dio la vuelta y se marchó de allí.
York se giró para mirar la madera.
―Isobel, sé que estás pegada a la puerta y que has estado escuchando lo que le he dicho a tu hijo.
¿Vas a abrir para que pueda suplicar tu perdón y así evitar que Theodore cargue con la culpa eterna de mi muerte cuando me desafíe a duelo?
Sabes bien que ese muchacho es impulsivo y temerario, y que si no arreglamos esto hoy tendré un problema con él mañana.
York esperó lo que parecía un siglo entero. Su mente maquinaba sobre la mejor forma de asaltar las dependencias de su esposa, llevarla a sus rodillas y colorear sus bonitas posaderas por no postrarse a sus deseos de inmediato.
Cinco minutos. La duquesa lo tuvo apoyado en el marco de la puerta del pasillo trescientos segundos, que él había contado para no perder la calma, y eso fue lo que tardó en presentarse ante él.
Los dos se quedaron cara a cara. Ella lo miró desafiante. Se veía pálida y sus ojos estaban hinchados. Habían pasado pocos días, pero parecían muchos más.
―¿Puedo pasar? ―preguntó él, manso.
Ella no respondió, pero se apartó para cederle el paso. Isobel cerró la puerta y se colocó delante de él.
La duquesa estaba temblando. Se sentía nerviosa.
Durante su ausencia había tenido tiempo para pensar, llorar y maldecir su suerte.
Debió haber pensado mejor las ramificaciones de su decisión cuando aceptó casarse con el hombre del que se había enamorado, casi, a simple vista.
Lo deseó desde que lo vio. Él la salvó cuando miserable vizconde Thorpe la secuestró.
Su amor la cegó. No vio más allá de lo que necesitaba.
No se le ocurrió que una mujer de su edad, con veintiocho años cuando se casó con él, no estaba precisamente en la flor de la vida.
No pensó que ansiase tanto ser madre. Fue su ilusión durante años, pero como institutriz había tenido la fortuna de conocer a Evangeline, Regina y Theodore, quien acababa de demostrar que la adoraba.
Su pequeño, que ya era un hombre, había retado a un duque a duelo por ella.
Por supuesto que fue solo un detalle simbólico, pero le llegó al corazón.
Tendría que bastar con ser la madre adoptiva de los hijos del anterior conde de Snow porque Isobel había estado sin York a su lado días atrás y eso significó un tormento.
Siempre sería una mujer un poco insegura en lo referente a ese duque poderoso, apuesto como el pecado, rico como Creso, pero era suyo y de nadie más…
¿Y si se cansaba de ella? ¿Qué sucedería si llegado el momento él se diese cuenta de que quería un heredero? Su vacilación era dolorosa.
―¿Y bien? ―le preguntó ella, cuando lo tuvo enfrente. Deseaba plantearle toda una batería de preguntas sobre lo que había estado haciendo esos días en los que lloró su ausencia.
―Al menos me hablas.
―¿Qué sentido tendría callar?
―Isobel…
―No ―lo frenó―. Me has abandonado, York.
Ella había usado su título. Sabía cuánto le desagradaba que lo usase y lo había hecho.
―¡Estaba furioso contigo! ―exclamó, como si eso fuese toda una gran justificación.
―¿Por no poder darte hijos? ―preguntó con seriedad.
―¡Por amor de Dios, mujer! Sabes bien que esa no es la causa.
Tú eres mi familia. Mi hermano es mi familia.
Tus hijos son mi familia. Estoy rodeado por todos vosotros, tengo amor y lo que siempre deseé: una gran y fabulosa familia.
¿No puedes comprender que me haces daño cada vez que hablas de abandonarme?
―Nunca he sugerido algo como…
―¡Ah! ¿No? ―la cortó―. Si anulásemos el matrimonio, o peor, pidiese el divorcio, ¿continuarías a mi lado? Creí que conocías mejor al hombre con el que aceptaste casarte, al que juraste amar con sus numerosos defectos y pocas virtudes. Prometiste estar a mi lado siempre.
―No soy yo la que ha escapado de casa para meterse en un club y hacer Dios sabe qué.
―Mis votos por ti son sagrados. Me estás ofendiendo con solo insinuar que podría violar tu confianza y serte infiel. Peco de orgullo, de ser arrogante, ¿me crees capaz de la traición?
―¿Qué quieres que piense si te marchas de mi lado sin darme una explicación y mandas a Banstorn a ocupar tu lugar?
Él negó con la cabeza y suspiró con fuerza.
―Ya ves, querida, que mi vanidad ha insistido en que estuvieses separada de mí para que llorases mi pérdida y comenzases a valorar lo que tienes a tu lado.
No encima. No debajo. Junto a ti. No puedo negar que me he alejado para castigarte.
Porque un hijo parece ser más importante para ti que yo mismo.
Deseaba que pudieses experimentar el dolor que supondría nuestra separación.
Te aseguro que estos días alejado de ti, de mi familia, de mi casa, incluso de Mason Wilson, han sido una pesadilla peor que la muerte.
―Te fuiste y poco te importó mi sufrimiento.
―No podemos seguir así, Isobel. No permitiré que un hijo, que parece que no llegará, se interponga entre nosotros, porque eres lo que más quiero.
Si no estás dispuesta a olvidar el asunto de mi sucesor, será mejor que lo digas ahora y nos ahorres a ambos más sufrimiento.
Me duele. ―Él se acercó a ella y le cogió la mano derecha.
Ella se dejó hacer―. Me rompes el corazón ―le colocó la palma sobre el pecho― cada vez que insinúas que podrías seguir tu vida sin mí a tu lado.
Dime, mi amor, que no volverás a sacar a colación algo semejante y esta agonía que hemos soportado por estar separados habrá valido la pena.
―No seré madre, Malcom. ―Sus ojos comenzaron a lagrimar―. Lo sé. No tendré nunca un hijo en mis entrañas, no te daré un heredero, solo seré tu esposa.
―No. Isobel. Eres el amor de mi vida. He sido duque desde los diecinueve años.
He administrado mi fortuna y mis tierras, y renunciaría a todo lo que tengo, sin pestañear, si tú me lo pidieras.
Comprendo que ninguno de los dos contaba con no poder tener hijos.
Eso está sucediendo. ¿Puedes soportar llevar una existencia donde tu esposo te adore, te colme de atención a todas horas y te haga feliz?
¿Te conformarás solo conmigo, con Evangeline, Regina, Theodore y Liam, mi amada Isobel?
―No he sido justa contigo, lo admito. Sabes que te amo. Que os amo a todos. Ese no ha sido el problema.
―No hay ninguna dificultad, mi duquesa. Yo puedo aceptar que Liam se ocupe de todo, ¿puedes tú?
―¡No está preparado y hará un desastre! ―se quejó. Ella tenía cariño por el hermano de su esposo, pero no era serio, no era responsable, solo pensaba en dinero y mujeres.
―Lo ayudaré. El señor Wilson lo enderezará también.
Ya he hablado con mi ayuda de cámara. Se ocupará de mi hermano y lo convertirá en un buen reemplazo.
Si Wilson no lo logra, entonces sí podrás decir que no hay esperanza.
Seamos pacientes con Liam. Hasta el momento no ha tenido obligaciones y debe acostumbrarse a su nueva situación.
―Tu hermano apenas te obedece, Wilson es sabio, competente y extremadamente leal, aun así, ¿por qué le haría caso Banstorn?
York suspiró. Iba a revelarle un asunto familiar.
―Tienes que saber una cosa, Isobel. Me fío de Wilson, y le confiaría mi propia vida porque es mi familia, mi sangre. Es hijo ilegítimo de mi abuelo y él se preocupa por nosotros. Se extralimita en sus atribuciones porque tiene ese derecho. Lo hará con Liam y lo hará capaz.
―Dios mío ―susurró ella.
―Liam no lo sabe. La verdad es que eres la única persona, además de Wilson y yo, que sabe lo que nos une.
Espero que no digas nada ni te comportes de otro modo con mi tío ―le gustaba poder referirse a Mason de ese modo en alto―.
Sé que lo aprecias y que tu trato con él es cercano, pero no hagas que él lo sepa porque…
Él es más tozudo que yo. Más orgulloso también.
No quiere dinero, no quiere desempeñar otro papel más que el que tiene…
Definitivamente es un Banstorn, tal vez el mejor de los tres que quedan, con sus muchas virtudes y sus escasos defectos. ―Su marido sonrió ante ese pensamiento.
―No sabrá que me has desvelado su secreto, te lo prometo.
York abrió sus brazos hacia ella.
―Ahora complace a tu esposo. Cobíjate aquí y honra mi vanidad con palabras tiernas y muestras de tu cariño. ―Ella llegó hasta él y se abandonó en un abrazo protector―. Isobel… te he echado de menos ―susurró junto a su oreja.