Capítulo 6
Aceptación
Lo primero que hizo York cuando llegó a su casa, a unas horas de lo más intempestivas, fue meterse en su habitación.
Su esposa dormía en la habitación contigua.
Su ayuda de cámara, el señor Mason Wilson, quien se caracterizaba por echarle sermones interminables con solo darle una sencilla mirada, lo estaba ayudando a desvestirse.
La relación con su ayuda de cámara era compleja.
Entre otras cosas porque Wilson era hermano de su difunto padre, un hijo ilegítimo de su abuelo, y habían acordado, por cabezonería de su tío, que nunca hablarían del asunto, porque insistía en que solo fueran patrón y sirviente.
Aunque esa relación que el señor Wilson se empeñaba en mantener oculta no excluía que él siempre dijese lo que opinaba de su sobrino con riñas nada sutiles.
―¿Todo está bien? ―El enfado de Mason era evidente. Ni lo miraba.
―Por supuesto ―señaló escuetamente. Los años de experiencia le habían conferido a York la capacidad de saber que cuando Wilson decía esas dos palabras se acercaban grandes problemas.
―¿Es ahora cuando viene la regañina? Ya ve que lo conozco mejor que a mí mismo, querido Wilson.
―No soy quién para hacerle ver a un duque, menos a uno que se vanagloria de ser el epíteto de la grandeza, sus propios errores.
―Ahí viene… ―susurró York―. Dígalo de una vez, señor Wilson, es muy tarde, tengo que lidiar con Isobel y lo que es más apremiante: zanjar una cuestión importante con la duquesa.
―Esta vez está solo, excelencia.
―¿Así de fácil? ―Se sorprendió de que no comenzase a hablar sobre lo inmaduro que había sido al abandonar durante unos días a su esposa. Sin embargo, York difería con la opinión que sabía que su tío tenía de él, puesto que Isobel tenía más culpa que él.
―Tiene usted ya veintinueve años, es un hombre casado y por lo tanto es momento de que abandone mis atribuciones como la niñera del duque de York.
Sospecho que esa función le corresponderá a su esposa.
―Wilson había visto al duque ser infeliz, ser un pícaro desalmado, pero esa mujer lo hacía feliz y York tenía que seguir en esa línea.
―¡Ah! Un niño. Me acaba de comparar con un bebé, intuyo que uno malcriado e irritante, que llora, grita y patalea porque no obtiene lo que quiere.
Su ayuda de cámara asintió con un movimiento rígido de su elegante cabeza.
―Y vanidoso, no olvide su orgullo, excelencia.
―Cuando creo que no puede ser más original en lo que a sus reprimendas se refiere… ―Dejó la frase en suspenso.
―La duquesa ha estado encerrada en su recámara desde que usted decidió desaparecer ―le informó―.
Confío en que no haya vuelto a sus viejas…
costumbres, excelencia, pues no me gustaría que acabase participando en un duelo.
Tengo una excelente puntería. ―Antes de casarse, el duque había sido un disoluto de la peor clase.
Su valet no soportaría que York faltase a sus votos. Mason Wilson adoraba a la duquesa.
―¿Se da cuenta de que acaba de amenazar a un duque, señor Wilson? ―Su tío estaba muy, pero que muy disgustado con él. Incluso esa vena bajo su ojo palpitaba sin parar.
―Nada como eso. Renunciaría a mi trabajo en este mismo momento si hubiese hecho semejante atrocidad ―observó con una frialdad asombrosa.
―Ya. ―York no era tonto, sabía que lo estaba advirtiendo―. ¿Se irá a dormir si le digo que pienso terminar la discusión con mi esposa en cuanto me deshaga de usted?
―En tal caso le desearía suerte y le recomendaría que ore a Dios misericordioso para que su duquesa al menos lo escuche.
―¿Qué insinúa, Wilson?
―Pronto lo averiguará ―señaló enigmático―. Si me disculpa, es tarde, y a diferencia de otros hombres nacidos en lo alto de la cadena social, yo deberé levantarme lo más pronto posible para que todo esté a gusto del pomposo duque para el que trabajo.
―Está perdiendo facultades, Wilson, antaño era mucho más sutil a la hora de increparme e insultarme ―refunfuñó, mientras observaba a su ayuda de cámara salir de la estancia.
Mason llegó hasta la puerta y se paró para examinarlo con la misma seriedad que lo caracterizaba habitualmente.
―Eso, excelencia, se debe a que mi energía y paciencia se agotan con el paso de los años, y ya no me siento predispuesto a seguir perdiendo el tiempo con sutilidades.
―Sí, sí, sí. De acuerdo, señor Wilson, no siga mirándome como si hubiese comido algo en mal estado.
Tomo buena nota de su opinión acerca de mi comportamiento con respecto a mi esposa y solo me queda decirle que no volveré a huir de casa, pues aunque no esté dispuesto a reconocerlo, estoy seguro de que ha estado usted tan preocupado por mis ducales huesos como mi esposa.
―Le dedicó una sonrisa cuando terminó su alegato.
―Buenas noches, excelencia. Confío en que su cama recuerde el peso de su cuerpo y descanse usted bien.
―Buenas noches, Wilson. ―Su tío seguía parado mirando al duque. Malcom se dio cuenta―. ¿No ha terminado de reñirme, mi querido amigo? ―preguntó al verlo dubitativo.
―Hablaremos de esto una sola vez.
―Adelante. ―Lo que fuese eso se veía algo serio.
―Soy el primero que durante años le ha recordado sus obligaciones con el título. Deseaba una guardería llena de niños. Montones de ellos.
―Lo sé. ―Su ayuda de cámara solía enfadarse mucho con él porque tardaba demasiado en sentar la cabeza.
―Ha tenido la suerte de encontrar a una buena mujer que lo hace inmensamente feliz.
―Lo sé también.
―A veces las cosas ocurren de un modo que…
―Mason suspiró―. Lo que pretendo decir es que adoro a su esposa, ella ha traído una frescura y alegría a esta casa, a su vida, que no pensé posible.
A Banstorn le vendrá bien tener la obligación que pesa sobre sus hombros.
Le he visto madurar a usted, excelencia, y me alegro de que su matrimonio sea sólido.
Aunque no vengan los niños estoy satisfecho porque al fin tiene una gran familia que lo sostiene y por la que se preocupa. Banstorn necesita lo mismo que usted.
York se acercó a su buen amigo y le palmeó la espalda.
―Tengo suerte de tenerlo a mi lado, señor Wilson.
Me ha guiado y aconsejado a lo largo de toda mi vida y espero que nunca deje de hacerlo.
Isobel es todo cuanto pude haber pedido y soñado, y me importa poco que no pueda darme los hijos que se supone que debo traer al mundo.
Tenemos que hablar, porque Liam le necesita y los dos sabemos que tiene que convertirse en su ayuda de cámara, su secretario, su niñera, su amigo y su…
tío ―dijo la última palabra con suavidad.
Su valet asintió y salió de la habitación dejándolo inquieto. York miró su cama. No debería sorprenderse de que ella no estuviese ahí como era habitual. Su esposa era más terca que una mula. Tendría que ir a buscarla y aclarar las cosas de una vez por todas.
Malcom tuvo una sensación desagradable. Se acercó a la puerta que comunicaba su habitación con la de la duquesa. Cerrada. Forcejeó. Nada. No podía abrirla. Salió al pasillo y probó a entrar en la guarida de Isobel por esa otra puerta. Cerrada también.
Suspiró. Comenzaba a entender a Wilson. Ella debía estar dolida y disgustada con él. Mala combinación.
¿No había dicho Wilson que él era algo así como un niño llorón que haría cualquier cosa para salirse con la suya? Comenzó a aporrear la puerta del pasillo con ímpetu.
―¡Isobel, abre de inmediato la puerta! No me obligues a derribarla. ―Sus puños no cesaban en llamar y llamar, cada vez con más fuerza.
Sin respuesta. York se estaba poniendo nervioso. Hasta el momento, su duquesa no le había impedido el acceso a su habitación. No lo había dejado fuera de sus dependencias nunca.
―No te lo repetiré. Esta noche abriré esa puerta aunque tenga que derribarla con mis propios puños. ¡Abre de una vez!
―Excelencia. ―Se escuchó una fina voz detrás de él.
York se giró y vio a Theodore Dreyer, actual conde de Snow, quien a sus dieciocho años debía haber regresado de Oxford porque se habría metido en algún problema, previsiblemente, hacía pocos días. Lo averiguaría al día siguiente. Lo importante era su duquesa.
―¿Acabas de llegar? ―preguntó el duque al verlo vestido de una manera…
Él había salido y parecía que llegaba en malas condiciones.
Su chaleco estaba torcido, la camisa sobresalía por encima de los pantalones.
Parecía que había pasado un buen rato. Bien, Malcom era el menos indicado para dar un sermón porque conoció las delicias del placer a una temprana edad.
―Desde abajo te he escuchado, creo que todo Londres lo ha hecho ―respondió el joven conde.
No le gustó ver a Snow decidido, enfurecido y dispuesto a saltar sobre su yugular.
¿Por qué tenía esta sensación York? Pues porque el muchacho sostenía dos floretes en una mano y un guante en la otra.
Corrección. El conde había estado sosteniendo un guante, porque se lo acababa de lanzar a la cara.
¡Ah! Su esposa y Wilson no eran los únicos que estaban disgustados con su comportamiento. El conde de Snow también lo estaba.
―¿Un duelo, Theodore? ¿Regresas de una noche divertida para defender el honor de Isobel? Estás siendo absurdo y dramático.
―Me ha parecido gracioso hacer un pequeño teatro. Aunque la cosa es seria, Isobel ha estado encerrada en su habitación y no ha dejado de llorar ni un solo instante. No me ha dado la vida, pero la adoro como si fuese mi propia madre.
―¿Has bebido?
―Apenas un poco de whisky .
―¿Y estás dispuesto a batirte en duelo? ¿Entiendes que soy yo quien está enseñándote esgrima, o el licor no te deja pensar?
Snow agitó los hombros.
―Dijiste que yo era mejor que tú.
―Señalé que llegarías a ser mejor que yo. ―La diferencia de la frase era abismal.
―Eso puede ser hoy mismo. ¿Lo comprobamos?
York resopló. No tenía bastante con verse las caras con su esposa, se tenían que añadir a sus espaldas Wilson y Theodore. Solo faltaba que las chicas se levantasen y también quisieran crucificarlo.