Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El tiempo se detuvo. Regina no era consciente más que de él.

De sus besos, de sus manos sobre sus posaderas.

Apretando, tentando sus glúteos con regocijo.

Su vientre sentía el pinchazo del deseo de Lawrence.

Pecadora. Se sentía audaz y pecadora. No había desobedecido ni una sola vez las normas.

Se consideraba cabal, sensata, ¡decente!

En este momento sería fácil arrojar las preocupaciones al viento y perderse en lo que de verdad deseaba, en lo que importaba, en él.

Su amor perdido de la juventud. Si quisiera corromperla y arruinarla para el resto de los varones, Lawrence no tendría el menor problema.

Se descubrió como una mujer débil y sin voluntad en lo que a ese hombre en concreto respectaba.

Un par de manos la agarraron de los hombros para separarla de su ilusión.

Regina acabó a un lado, siendo una observadora de un auténtico desastre.

Lord Liam Banstorn acababa de asestarle un puñetazo al conde de Ranfield.

Este a su vez se lo devolvió y los dos hombres comenzaron a forcejear, haciendo a su alrededor un corrillo que exigía sangre y más pelea.

En pocos minutos llegaron hasta los dos improvisados rivales un par de grandes gorilas que los estaban separando. Evangeline llegó en ese instante al lado de Regina.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó su hermana. Ella no tuvo tiempo para responder.

Liam se desembarazó del hombre que lo retenía.

Le dio una larga mirada a Lawrence y en cuanto lo reconoció su vista se deslizó hasta Regina, quien mantuvo sus ojos en alto en una clara señal de desafío.

Lo siguiente que ocurrió fue que Banstorn cogió a Regina del brazo, Portman hizo lo propio con Evangeline y salieron a toda prisa del club.

Una vez que estuvieron metidos en el carruaje y este comenzó a rodar, Liam las miró con seriedad para espetarles:

―No hablaremos jamás de lo que ha pasado en el club porque no hemos estado allí esta noche.

Nadie le llevó la contraria porque tenían asuntos más importantes en los que pensar. Incluido él mismo.

Liam había entrado en pánico en cuanto se dio cuenta de su desaparición. Se volvió loco buscándola, lleno de preocupación. Él no se preocupaba por nadie. Menos por una mujer. Y sin embargo la agonía le hizo que se le secase la boca, que sintiese hormigas en la nuca y el estómago se le revolviese.

Dio con Regina porque su peluca era muy característica.

Pensó que algún pícaro se estaba sobrepasando con ella.

Hirvió de furia. Su sentimiento de protección estaba al mismo nivel que el de posesión.

No sabía cuál fue más fuerte a la hora de apartarla y darle a ese hombre su merecido.

Lo veía todo en rojo, deseaba estrangularlo y echar sus restos a los tiburones por atreverse a tocarla.

Cuando llegaron los hombres encargados de velar por la seguridad del club y vio quién era el maldito que se había atrevido a besarla…

Tuvo que buscar la expresión de ella y en el instante en el que la observó altanera y arrogante, supo que Regina había deseado ese encuentro con…

con…. No recordaba el nombre y le importaba dos pares de viejas botas cómo se llamase el dandi.

Se tragó los celos que sintió. Un sentimiento que nunca antes había aparecido en él y la cogió para marcharse de allí y no regresar.

No podía dejar de mirarla. Recordaba los suspiros que ella había emitido mientras el otro succionaba su boca, el modo en el que ella se había apretado contra él.

Debió haberse dado cuenta de que había sido un encuentro producido por la voluntad de Regina.

De todos modos, Liam no hubiese consentido tales avances aunque ella los desease y también habría agredido al maldito dandi si se hubiera dado cuenta antes de que ella lo había buscado.

Mientras los pensamientos de Liam iban en esa dirección, Portman daba vueltas y más vueltas sobre que necesitaba encontrar a una institutriz para Basil y Flavian de modo urgente.

Temía llegar a casa porque sabía que el servicio le daría alguna noticia sobre las fechorías de sus muchachos.

¿Y si se volvía a casar? ¿Y si elegía a una esposa que llevase su título y la dama lidiase con sus diablillos?

Suspiró al tiempo que negaba. No podría volver a casarse.

Por su parte, Evangeline y Regina coincidían en un pensamiento: tenían que volver al Placer del infierno y hacerlo lo más rápido posible.

La primera intuía que había iniciado una especie de juego con Sullivan.

Tenía esa sensación porque lo había visto observarla salir por la puerta mostrando una sincera sonrisa y una extraña mirada que su subconsciente interpretó como de anhelo.

Aunque podría no ser así, dado que su esperanza solía llevarla a malinterpretar las cosas muchas veces.

Especialmente en lo referente a Avery. Además, él la enfurecía.

El recuerdo de lo que le había hecho en el pasado lo hacía.

Imposible no regresar a su guarida. Se maldijo por ser tan débil y no poder mantener el pensamiento que la sacó de las fauces del lobo cuando abandonó esa habitación del club.

La segunda hermana necesitaba explorar lo que había ocurrido con Lawrence, y ver si por algún milagro divino la cosa pudiese convertirse en algo sólido y dejase de ser sórdido.

Cuatro personas. Cuatro pensamientos. Una sensación compartida de que más pronto que tarde sus vidas iban a cambiar de un modo u otro. Incertidumbre.

¿Qué les depararía el mañana?