Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #2
21%

Capítulo 5 #2

―Hablemos. ―Por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender, no deseaba que ella se marchase tan rápido. Era desconcertante. Sí, muchísimo y no le agradaba lo más mínimo estar en desventaja frente a nadie, menos ante una mujer como esa.

Era bonita. Se adivinaba bajo la máscara una belleza inusual y su cuerpo estaba concebido para que un hombre diese la vida por ella.

Su acento francés confería todavía más exotismo a todo el paquete.

Era sorprendente y embriagador. Una mujer segura de sí misma pero muy femenina.

Muy alejada de lo que era Helen Mirrell, quien estaba más acostumbrada a comportarse como un hombre en los aspectos de la seducción.

― Non , he decidido que no es usted un hombre interesante, monsieur Sullivan. Espero que disfrute del resto de la noche y haga buen uso de su… libertad.

Dicho lo cual, y tragándose el dolor de su corazón, salió de la alcoba a toda prisa en busca de su grupo para marcharse a casa, quitarse ese tonto disfraz y echarse sobre la cama.

No. No podía llorar porque ya no quedaban más lágrimas, así que pensaría en su pobre vida y en el agujero que Avery Sullivan le había hecho nuevamente en su alma.

Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para deleitarse en su sufrimiento, pues cuando llegó a la sala principal del club, los matones estaban sujetando a Liam para tratar de sofocar una pelea.

***

Mientras la había estado observando marcharse de la estancia, Avery Sullivan estuvo sonriendo como un tonto.

Todavía sentía su presencia como si hubiese sido una aparición radiante y fantasmagórica.

¿Qué demonios acababa de suceder?, se preguntó.

Él había estado pensando un sinfín de excusas que explicar cuando ella exigiese el pago de la subasta.

La cortesana lo acababa de enviar al infierno y se había orinado en su orgullo.

Nadie lo había sorprendido aún porque conocía muy bien el funcionamiento de cada cosa que tenía a su alrededor.

Había tomado la medida de todos sus empleados y nunca lo pillaban desprevenido.

Incluso Helen, con esa treta de meterlo en la subasta a traición, no había conseguido hacer que se extrañase.

Tampoco la intervención de Cook en todo el asunto.

Su amigo creía estar haciéndole un favor y su motivación era la de ayudarlo a superar el trance del pasado.

Si solo Cook supiera que Evangeline era inolvidable y que no podría volver a ser el mismo…

Tampoco sería otro hombre que lograse sobreponerse a la adversidad de haber amado y perdido.

No podía hacerlo porque se lo negaba a sí mismo.

No merecía el perdón por lo que le hizo a la persona a la que se prometió proteger, cuidar y amar.

Condenado en vida. Fue el precio que acordó consigo mismo para seguir adelante.

Que esa extraña francesa se hubiese marchado y lo hubiese dejado con ganas de conocerla mejor no era una buena señal. Tampoco resultó ser halagüeño el hecho de que quisiera volver a encontrársela… pronto. Muy pronto.

Se dio la vuelta para volver a servirse un vaso de brandy .

Lo había dejado en su lugar, frente al mueble de los licores, durante toda la conversación.

Avery no deseaba estar cerca de ella. Podía imaginarla sobre el lecho mientras él se sentaba en una silla.

Los dos desnudos. Mirándose de forma lasciva. Acariciándose.

Sacudió la mente.

―No debería sorprenderme en absoluto, jefe ―masculló Cook a su espalda. Lo había escuchado ingresar sin llamar.

―Sé que lamentaré la pregunta… ―Suspiró―. Aun así, ¿de qué?

―Ya sabes, tantos años sin… Es natural que resultase algo rápido. Yo también lo hubiese sido con semejante yegua. Lo que no había esperado era encontrarte vestido. ―Su hombre de confianza carraspeó, tratando de aligerar el momento.

―Cook ―hizo una pausa de unos segundos―, ¿me estás diciendo que has ingresado en la habitación con la que creías que acababa de tener un revolcón para verme… desnudo?

―No. Temía que ella te hubiese apuñalado o algo peor ―explicó con sinceridad.

―¿Por qué diantres pensarías algo como eso?

―Porque ha salido muy satisfecha de sí misma, con toda su apariencia en su lugar y pensé lo peor.

―Ella es…

―Si tienes un problema ―lo cortó― hay algunas hierbas que han ayudado a otros antes.

―¿Qué? ―No comprendía nada.

―Si no puedes hacer que tu soldado se cuadre y salude, hay algunas cosas que pondrían…

―Se me pone muy tiesa, Cook. No se trata de eso.

―Ah. ―Bien. Entonces su segundo al mando no comprendía nada. Habían pagado una fortuna por su jefe. La dama no era un vejestorio flácido y feo. Su patrón no tenía problemas para sostener una erección… ¿Cuál sería la cuestión?

―Averigua lo que puedas de esa mujer y tráeme un informe.

―No entiendo nada.

―¿Qué necesitas saber? ―preguntó exasperado.

―Tenías a esa mujer a tu alcance. ¿Has dejado que se marche y ahora tengo que ir a traer información para que sepas dónde encontrarla? ¿Comprendes lo absurdo de la situación?

―Haz el trabajo por el que te pago. ―Lo estaba echando.

―Está claro que tu malhumor no ha cambiado. ―Cook no iba a marcharse todavía.

―No estoy de malhumor.

―No, tienes razón. Lo que sientes es frustración.

―¿Por qué dices eso?

―Porque soy un hombre y no me he fijado en tu entrepierna cuando he entrado ―señaló con el dedo esa parte de la anatomía de Sullivan―, porque en caso de haber visto que no tenías ningún problema, no hubiese mencionado las hierbas.

―¡Lárgate, Cook! ―Con ese ladrido nada amigable, consiguió que su hombre de confianza lo dejase solo.

Suspiró y observó su hombría. Solo con mirarla y escuchar el tono de su voz había conseguido que él tuviese una necesidad realmente impaciente. ¿Quién era ese enigma y qué interés había tenido en él?

Si el hecho de haberse marchado fue un truco para que él no dejase de pensar en ella… la dama había conseguido su cometido.

***

Regina necesitaba un momento a solas. La noche no podía ser peor para ella de lo que ya lo había sido. Primero, el reencuentro con Lawrence y luego tener que soportar a Banstorn y sus estupideces.

En el momento en el que se quedó sin el molesto brazo del bufón alrededor de su cintura, y viendo que su hermana tenía una meta, ella decidió desaparecer un instante. Lo justo y necesario para poder hablar con él.

Había divisado en ese lugar infame al conde de Ranfield y el disfraz que llevaba le hacía sentirse audaz. Tanto como para poder acercarse y ver si…

―Buenas noches ―lo saludó en tono bajo Regina, en cuanto llegó hasta su posición. No sabía poner acento francés como había hecho su hermana, pero sí trataría de parecer… seductora.

Lawrence estaba en un rincón, parecía que estuviese estudiando el club. Desde que lo había visto al inicio de la noche lo había vigilado con la esperanza de tener un momento con él.

Ranfield le sonrió, para inmediatamente después besarla sin previo aviso.

Regina se sobresaltó. No esperó un asalto de tal magnitud.

Y dado que ella se consideraba una chica de lo más lista, decidió aprovechar la ocasión.

Se abandonó al beso, sin olvidar en todo momento que ella era una mujer mundana a los ojos del resto.

No podía ser tan difícil recordar cómo se besaba a un hombre, más cuando el que le estaba dando una muestra de…

lascivia, era precisamente el que la había enseñado a besar a la perfección.

Regina recordaba muy bien sus lecciones.

La lengua había que saber usarla si se pretendía volver loco a su compañero.

Era una de las cosas que Ranfield le había dicho cuando jugaron a besarse siendo más jóvenes.

Así que Regina no se contuvo. Se apretó contra él para enrollar los brazos a su nuca y mantenerlo cerca.

Él besaba divinamente y ella iba a demostrarse que podía seguirle el ritmo.

Lawrence jugueteó con el labio inferior de ella, mordiendo, succionando, lamiendo.

Ella le devolvió cada gesto de modo sensual.

Se besaron durante un buen rato. Regina estaba en el cielo, o tal vez en un sueño, y no deseaba que nadie la despertase.

Ranfield mismo la sacó de su ensoñación cuando se separó abruptamente.

―Querida, has sido la alegría de una noche nefasta ―susurró junto a sus labios. Ella seguía manteniéndose abrazada a él, con las manos en su cuello.

―Querido, tú también has sido la alegría de una noche verdaderamente ―remarcó esa palabra― nefasta.

―Tengo trabajo que hacer y no puedo divertirme, pero si pudiese, estaríamos los dos alcanzando lo que deseamos el uno del otro.

―¿Y eso qué sería? ―preguntó coqueta.

―Eso, milady , sería que mañana por la mañana ninguno de los dos podría salir de la cama debido a la extenuación y volveríamos a cansarnos haciendo el mejor deporte de cama hasta que dijésemos basta.

―Oh, suena apasionante.

―Lamentablemente no puede ocurrir hoy.

―Un fastidio ―dijo ella, mientras miraba con codicia sus labios.

―Eres cautivadora, mujer, pero hoy no puedo. Y definitivamente no debo hacerlo.

―En tal caso, me conformaré con la misma despedida que he tenido cuando me dio la bienvenida.

―Nunca sabría de dónde llegó tanta desinhibición y audacia.

Pudiera ser que estuviese influenciada por los gemidos salvajes que llegaban a sus oídos, debido a que había detrás de ellos varias parejas sucumbiendo al fragor de la lujuria, en medio de una oscuridad que no ocultaba todo lo que debería.

Ella se quedó mirando sus ojos para ver si la había entendido.

―Me parece justo.

Lawrence descendió hasta su boca para volver a saquearla. Las caricias, las promesas lujuriosas que ambos sellaban con el uso de los labios y sus lenguas, indicaban que si no se detenían pronto acabarían apareándose sin importar quién estuviese cerca.