Capítulo 5
Audacia
El mundo dejó de girar. Eso fue lo que ocurrió en el momento en el que Evangeline lo divisó.
Era él pero al mismo tiempo no lo era. Solo tres años los separaban.
Parecía toda una vida. Ella sabía que debería irse y olvidarlo.
¿Qué estaba haciendo? No tenía la menor idea.
Solo cubriría la necesidad que sentía de tenerlo cerca.
¿Con qué fin? Todo apuntaba a que era para sufrir de nuevo como la última vez.
No le quedaban más lágrimas para derramar, así que cuando sus caminos se separasen de nuevo, no podría llorarlo.
No resultaba un pensamiento demasiado estimulante, pero se agarraría a un clavo ardiendo con tal de disfrutar de los recuerdos una última vez, y no acabar matándolo por su vil traición.
Sí. Ese sería un buen proceder. Lo tendría para ella una sola noche y luego podría seguir con su plan de casarse.
Mentirosa. La palabra resonaba en su cabeza una y otra vez.
Evangeline se aclaró la voz dispuesta a seguir con el tono francés.
Seguramente si ella hubiese usado su voz común, él no la reconocería.
¿Qué recuerdos podría tener el hombre que la abandonó a su suerte sin el menor remordimiento después de gritar, susurrar y asegurar que la amaba?
¿Una promesa de matrimonio? Estaba implícito en lo que hacían, pero él nunca hincó su rodilla para hacer la petición oficial.
No quería arriesgarse, y de ahí la farsa.
En el momento en el que Avery Sullivan estuvo frente a ella tuvo la tentación de llevar a cabo varias cosas diferentes.
Por un lado, deseaba haber seguido con su disfraz pero hablar sin alterar su acento.
Por otro, deseaba haberse quitado la peluca y la máscara para enfrentarlo y decirle sin tapujos lo canalla que era.
Según los acontecimientos ocurridos, Eve optó por la tercera vía: jugar al ratón y al gato.
Por supuesto, ella no iba a volver a ser un ratón con Avery Sullivan jamás.
Y de verdad esperaba que la inversión de las cinco mil libras de Liam valiesen la pena, porque de otro modo ella iba a estar en serios problemas con su amigo por nada.
―¿Desea beber algo? ―se adelantó él a hablar.
― Non, merci . ¿Es su habitación?
Después de la subasta Avery la había conducido al piso de arriba. Se sintió enferma. Él debía hacer este tipo de cosas, con todo tipo de mujeres, todo el tiempo. Ella llorando su pérdida y él dirigiendo un antro de pecado y divirtiéndose. Se le hizo un nudo en la garganta con semejante pensamiento.
―No. Mis aposentos privados son… privados ―le dijo él mientras se quitaba la chaqueta y el chaleco. Se había quedado en mangas de camisa. Por supuesto, Avery Sullivan había sido comprado por ella y él directamente iba a llevarla a la cama.
―No pienso dejar que me toque, monsieur, y tampoco tengo pensamiento de permitirle libertades ―lo frenó al momento.
Lo vio fruncir el ceño. ¡Ah! Avery era como Liam, siempre seguro de su ferocidad y convencido de que era un regalo para las mujeres. Él recompuso la postura de inmediato.
Ella comenzó a mirar mejor la estancia. Estaba muy bellamente decorada en tonos rosas y grises.
Vetas de terciopelo dorado en el cabezal de la gran cama situada en el medio de la habitación.
Evangeline no podía dejar de mirar precisamente el lecho.
¿Cuántas mujeres habrían tenido la suerte de acariciar su ancha espalda, para después sostenerse de ella para que él pudiese profanarlas y llevarlas al cielo?
¿Sería un amante delicado o rudo? En sus conversaciones inapropiadas, Liam solía decir que disfrutaba de encuentros rápidos y extenuantes.
No era que Evangeline entendiese demasiado bien lo que implicaba, pero estaba segura de que esas connotaciones debían hacer referencia a la rapidez y a algo parecido a la falta de cortesía con la dama con la que… se entretenía.
Podía imaginar al amor de hacía tres años siendo un amante esposo paciente, delicado, que se tomaba su tiempo.
El señor Avery Sullivan, que estaba bebiendo un gran vaso de un licor que ella no identificaba, se veía peligroso, nada gentil, un hombre con muchos secretos, así que sospechaba que él también era de los que serían rudos en el lecho.
―Verá… ―Él calló por un momento―. ¿Cómo debo dirigirme a usted? ―No se habían hecho las presentaciones oportunas. En su club rara vez se hacían cuando se trataba de un encuentro fortuito.
― Mademoiselle Vengeance ―le informó.
―Venganza ―tradujo él en el idioma del rey. A ella no se le ocurrió algo más significativo como eso.
Evangeline le sonrió de lado.
― Oui , soy una mujer peligrosa. Mis amigos me llaman así. Creo que puede usar ese nombre, monsieur Sullivan.
―Le decía, mademoiselle , que hay pocas cosas que me sorprendan. Usted acaba de hacerlo.
― Parce que? ¿Cuál es el motivo? ―se interesó, al tiempo que batía sus pestañas seductoramente.
Deseaba parecer una mujer sofisticada para que no pudiese detectar su falta de experiencia.
Antes había ido bien, cuando al verlo por primera vez se mostró audaz hablando de un asunto como del menú de la subasta.
Definitivamente el hermano de York era una mala influencia y comenzaba a saber el motivo por el que Regina lo desaprobaba tan concienzudamente.
―Coincidirá conmigo, mademoiselle Vengeance, en que es poco común que una mujer se gaste una fortuna para hacer que un hombre no la… atienda según el pago que ha ofrecido.
―Es una oferta muy tentadora, monsieur . Siento desilusionarlo, pero lo que me ha impulsado a intervenir ha sido la compasión.
―¿Disculpe? ―Ella lo había vuelto a sorprender una vez más.
―Era evidente que las damas de la sala eran leonas y usted un simple cervatillo. Me he visto en la obligación de salvarlo. ―Bueno, el farol que se acababa de marcar Eve podría funcionar… ¿Lo haría?
―Uhm… Así que le he inspirado lástima.
―Grandísima ―corroboró ella. Le sonrió.
―No sé si se está burlando de mí, o en verdad siente que me ha salvado de una horda de leonas hambrientas.
― Non . Solo soy una pequeña mujer insignificante, no me atrevería a desafiarle, monsieur . ¿Qué poder puedo tener yo para hacer algo semejante?
―Debe ser excesivamente tentadora si ha logrado que el santurrón de Portman se presente de su brazo.
― Non . Soy una dama que solo acompaña al caballero.
―De cualquier otra, mademoiselle , lo podría esperar, así que con una simple mirada afirmo que en su caso es a la inversa. El vizconde tiene el placer de acompañarla a usted.
―Adulador.
―Ha pagado cinco mil libras, es lo mínimo que puedo hacer por usted si no está dispuesta a nada más.
―Hablar.
―¿Cómo dice?
―Nos sentaremos en ese cómodo sofá ―señaló una chaise longue junto a la puerta― y responderá a mis preguntas.
Eve solo deseaba una cosa de él y cuando empleó la pequeña fortuna de su amigo, fue solo porque quería conversar.
La traición la impulsaba a abofetearlo, así que lejos estaba algún tipo de sentimiento que implicase la seducción.
Hablar. Solo hablar y le estaba costando horrores permanecer en su compañía, dado que recordaba a la perfección aquella mañana que él la dejó creyendo que acabarían casados en pocos días y nunca más supo nada sobre la cuestión.
¡Traidor! Tal vez, ni siquiera debería haberse dejado llevar por el impulso de comprarlo en la puja. ¿Lo merecía él?
―¿Qué interés puede tener una mujer como usted en un bastardo sin nombre, mademoiselle ?
La fuerza con la que dijo el insulto sobre sí mismo la dejó impactada.
―Digamos que me gustan los misterios. Y sospecho que usted es uno muy interesante, monsieur .
―¿Y si la oferta fuese la cama o nada, querida?
Ella le sonrió mientras llegaba hasta el mueble anteriormente mencionado para tomar asiento y le dijo:
―Le diría que no me acuesto con el primer hombre que compro.
―Por supuesto, ha comprado un semental por una noche y tiene derecho a hacer lo que se le antoje conmigo.
―¡ Non , monsieur ! ―refutó al punto―. Solo me limito a seguir las reglas de la Puja de las damas. Nosotras pagamos, los caballeros obedecen. La barrera del idioma a veces juega en mi contra. ¿Entendí mal las reglas?
―Me vanaglorio de conocer bien a las personas que me rodean. Vivir en el East End, dirigir El placer del infierno, exige desconfianza. No seguiría vivo en un lugar como este si no hubiese aprendido a interpretar a mis rivales.
―¿Soy su enemiga, monsieur ?
―No. Usted es desconcertante y eso es más peligroso que estar frente a un adversario.
―No sé si eso es bueno o malo.
Evangeline lo percibía a la defensiva, molesto, como si quisiera deshacerse de ella de inmediato. ¿Se gastaba una fortuna que no era suya y él no mostraba un mínimo interés por entretenerla o ser… simpático?
―No es bueno ―le aclaró―. Toda esta situación es del todo desagradable ―dijo sin vacilar.
―¡Ah! ―Ella se puso en pie, con su orgullo bastante vapuleado―. Le he salvado de lo que creí que era una incomodidad, monsieur Sullivan. No le meteré en otra peor.
Evangeline lo miró un segundo, inclinó la cabeza en señal de respeto y caminó hacia la puerta.
Esa conversación era una pérdida de tiempo.
Él era duro, un caparazón de metal sin relleno.
No quedaba nada de Avery Sullivan. No tenía sentido seguir adelante con el estúpido plan.
E intuía que si no huía de inmediato podría tener serios problemas.
Dado que si él estaba dejando patente su molestia, ella no tardaría demasiado en mostrar sus garras. ¡Traidor!
―¿Se marcha? ―Tres veces ella lo había dejado asombrado.
― Oui . ―Agarró la manilla de la puerta―. He cumplido mi misión. ―Él no valía ningún esfuerzo, trató de convencerse.
―No pienso devolver ni un solo penique del importe que ha ofrecido por mi… compañía.
Ella le sonrió, pese a que deseaba gruñirle.
―No iba a pedirlo.
―¿A qué juega, mademoiselle Vengeance?
―Lo crea o no, solo pretendía hablar.