Capítulo 4 #4
―Bien, es hora de marcharnos ―anunció Liam.
Tenía ganas de deshacerse de las dos, pero especialmente de Regina.
Lo que despertaba en él no le agradaba lo más mínimo.
Las dejaría en manos de su tutor y tal vez regresase en busca de diversión.
Esa noche poseería a tres mujeres para demostrar su vigor.
Sí, definitivamente volvería al club para dar rienda suelta a su lujuria con una mujer indecente de verdad. Tres en ese caso.
―Tengo que quedarme ―suplicó en un murmullo muy bajo Evangeline, en la oreja de su hermana. Nadie más la escuchó.
―No nos vamos todavía ―habló con firmeza Regina, tras la demanda de auxilio de Eve.
―Sí ―debatió Liam.
―Seis meses. El acuerdo será de seis meses por quedarnos un poco más ―trató de negociar Regina con él.
―Un año, querida. ―Iba a aprovechar esa ventaja. Si York no estaba en el club su vida no corría peligro y ellas ya habían trasgredido todo lo que debía ser preservado.
―Ocho meses y nos quedaremos hasta que nosotras decidamos irnos ―planteó ella con convicción.
―Está bien, con la condición de que, si Portman o yo somos convocados al escenario, vosotras pujareis por nosotros, ofreciendo la cantidad que haga falta ―anunció Liam.
―¿Estáis en la lista de participantes? ―inquirió Regina con el ceño fruncido.
―No hace falta estarlo ―refunfuñó Liam.
―¿Qué hay que hacer si uno que no participa se le convoca? ―trató de averiguar Portman.
―Debe aceptar. Cuando una dama compra los servicios de un hombre ―comenzó a explicar Sullivan―, por esta noche, él tiene que estar a las órdenes de la mujer.
―¡Oh!, pujaré por ti, amor ―le dijo Regina a Banstorn con retintín y una bonita sonrisa seductora.
―Lo harás, tesoro, porque yo te lo he pedido y porque nuestro trato de ocho meses invalida todo lo que tengas en mente en caso de que debas ofrecer dinero por mí.
Yo estoy al mando, no tú, querida mía. ―Liam llevó una mano a sus senos.
Ella le dio un manotazo, cuyo sonido amortiguó su guante blanco, para apartarlo y que no la manosease.
―No seas ansioso, amor ―le espetó con picardía Regina, tratando de guardar las formas y escondiendo su disgusto. Le gustaría darle una patada en… Sí, ahí .
―Sabe que me gusta que se muestre inalcanzable y me ponga las cosas difíciles ―se giró hacia los hombres para decir una especie de confidencia―: y me da todo lo que pido ―todo el mundo lo oyó, por supuesto ―.
Es una fuente inagotable de… placer. No creo que la pueda dejar escapar nunca.
La mejor concubina que un hombre puede desear.
Regina ansiaba… ¿Si lo mataba allí mismo algún juez podría absolverla después de contar su irritación? No. El mundo era de ellos y las mujeres poco podían alegar para salvarse de su propia destrucción.
Sullivan sacudió la cabeza. Lo que fuese que se traían Banstorn y Portman con las dos bonitas desconocidas no era asunto de él.
―Buenas noches ―se despidieron, a la vez, Sullivan y Cook.
Cuando se marcharon, Liam las llevó a ambas hacia un lateral lejos de oídos indiscretos.
Portman lo siguió de cerca. El vizconde hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien.
Toda la travesura que suponía que subyacía en el asunto era divertida.
En su casa, sus dos hijos no tramaban nada gracioso.
Los diablillos habían conseguido hacer mella en la salud mental de demasiadas institutrices, hasta el punto de que ninguna quería trabajar para él.
Thomas había tenido que subir el estipendio de su servicio para que fuesen turnándose en el cuidado de sus hijos. ¡Terrible!
―¿Eve? ―Liam usó su apelativo para interrogarla.
― ¿Qué? ―respondió ella con otra pregunta. Abandonó su falso acento.
―¿Qué sucede con Sullivan? ―la pregunta salió de los labios de Portman―. Hasta yo mismo estoy intrigado con lo que sucede entre ambos ―se excusó.
―Díselo, Evangeline ―la animó Regina―. Aunque me duela reconocerlo, vas a necesitar la ayuda de Banstorn para conseguir hablar con él.
La aludida dio un largo suspiro.
―Era el hombre que amaba, con el que pensé que me casaría hasta que me dejó… abandonada.
―¿Cómo diantres has conocido tú a un hombre como ese? ―explotó Liam, sin poder creer lo que oía.
―Era el administrador de mi padre ―le explicó con sencillez.
Eve estaba luchando contra todos los recuerdos que le habían venido a la mente en cuanto escuchó el tono de su voz.
Era él. Su amor. Avery. El hombre que la traicionó y con el que necesitaba…
deseaba… ¿qué? ¿Qué quería de él? ¿Qué iba a preguntarle?
No tenía la menor idea, tan solo era consciente de que necesitaba verlo, hablar con él.
Ese tonto impulso que tuvo de besarlo en cuanto lo vio no estaba ayudando a que se mantuviese cuerda.
―¡Malditas seáis las dos! ―exclamó con enfado Liam―. Sabía que algo tramabais, pero esto… ¿Qué quieres de él? Si dices que te abandonó no hay nada más que importe.
―¡No lo sé! ―gritó con desespero Evangeline―. Tengo que hablar con él, no sé lo que pretendo o quiero, solo siento que no puedo irme. No todavía.
En ese momento, los aplausos se hicieron evidentes.
La Puja de las damas iba a dar comienzo y cuando se escuchó el nombre de Avery Sullivan en primer lugar, las féminas, todas y cada una de las que había ahí, enloquecieron.
―Tienes que pujar, Evangeline ―aseveró Regina, al ser consciente de la oportunidad que tenía su hermana ante sí.
―¿Estás loca? ―le espetó Liam a la que acababa de sugerir la insensatez.
―Irán a un lugar privado y hablarán. Ella tiene que sacarse esa espina para poder continuar ―le dijo Regina. Su tono fue de súplica.
―Por favor, Liam, tienes que dejarme hacer eso… con tus fondos.
―¿Entiendes que seré un poco más pobre y que tú estarás atrapada con un hombre que no es el que una vez conociste y que hará contigo lo que desee, Eve?
―Él ha dicho que las damas mandan y los caballeros obedecen, no pasará nada. ―Evangeline también estaba suplicando.
―¿Y qué gano yo con todo esto? ―preguntó a nadie en particular.
―Mi amistad eterna ―le dijo Eve con los ojos aguados.
―No es una gran cosa. Las dos ―señaló a Regina también con el dedo que previamente apuntaba a Evangeline―, me estáis trayendo demasiados problemas. Me gustaría enviaros a Jericó y olvidarme de vosotras.
―Te juro que si alguna vez me necesitas para algo, te ayudaré con lo que sea. No importa lo que me pidas, lo haré. Liam, por favor. Confía en mí, necesito hacer esto. ―Evangeline estaba desesperada.
Él miró de reojo a Regina.
―¿Tú no vas a ofrecer nada a cambio? ―la interrogó.
―Llevo toda la noche soportando tus manoseos, he accedido a estar ocho meses sin pelear contigo. ¿Qué más quieres de mí? ―Su tono era cansado.
―No me he excedido, querida, he sido más que razonable. El papel de una amante es mucho más exigente de lo que te he obligado a soportar ―le dijo pegado a su oreja, solo para que ella lo oyese.
No podía decirle en alto que lo tenía loco de deseo. ¿Por qué? ¿Qué tenía esa arpía que al retorcerse en su regazo durante toda la partida de cartas había estado deseoso de…?
Portman no se extrañó por el acercamiento de Liam a Regina y Evangeline no pensaba en otra cosa más que en Sullivan.
―Tarde o temprano me las pagarás, Banstorn ―le espetó la hermana menor. Sonó a promesa.
―Mañana, cuando pienses en mis manos sobre tu cuerpo y te des cuenta de que me echas tremendamente de menos, puedes pedir mis atenciones y valoraré si tengo un hueco para atenderte. ―La vio exhalar con fuerza y apretar los labios en una mueca de disgusto, y se dio por satisfecho.
―Te detesto, y no sabes cuánto.
―Sí, lo sé, porque me sucede lo mismo.
En ese punto Portman carraspeó para llamar la atención de él, así que se apartó de Regina.
Lo siguiente con lo que se encontró Liam fue con la cara de lástima de Eve. Un semblante tan desesperado que le agitó algo en su interior. ¡Si él no solía ser complaciente a menos que la dama estuviese desnuda!
―Por favor… ―susurró su amiga.
Él se enfadó consigo mismo por la compasión que le hizo sentir.
―Está bien. ―Miró a Eve a los ojos―. No soy un héroe, si algo te sucede, negaré mi implicación en todo este plan. Es tu responsabilidad, Eve. No podré protegerte si te vas con Sullivan.
―No me hará daño. Habrá cambiado, no lo dudo, pero sé que no me haría daño ni me forzaría. Estaré bien con él. ―Esperaba que así fuese. Tenía confianza en su intuición. Un amor tan grande no desaparecía. No se podía, no se debía olvidar.
―Vayamos a por el premio ―sugirió Liam.
Las hermanas desfilaron delante de ellos, dispuestas a llevarse el trofeo.
―¿Estás seguro de que obras bien, Banstorn? Vas a arriesgarte muchísimo ―comentó Portman.
―¿Qué puedo hacer? Las mujeres obtienen todo lo que desean de mí ―expuso devastado, como si fuese un muñeco de trapo a merced de las dos manipuladoras.
El vizconde rodó los ojos. Su amigo no era consciente de las repercusiones que podrían tener las hazañas de las dos hermanas.
―En tu panegírico incluiré esas palabras exactas, porque ten por seguro que York te asesinará si no lo hace antes su duquesa. Ambos somos conscientes de que esas dos chicas son todo para su excelencia. No te envidio. Por más que estés desesperado por la hermana menor…
―No estoy nada por nadie. No digas tonterías ―lo frenó.
―Ella te vuelve loco y la deseas. Es una dama inocente por más que se vista de cortesana. Apártate de ella. Tu hermano se ha reformado. Tú no lo harás jamás porque no eres capaz.
―¿Has terminado ya de sermonearme? ―inquirió en tono aburrido.
―Mi último consejo: ¡vayámonos de inmediato a casa! ―ladró. Thomas estaba acostumbrado a los problemas. Las dos muchachas que los acompañaban apestaban a ellos, más que sus propios hijos.
―No seas exagerado. Todo va a salir bien. ―Estaba convencido de su suposición.
Portman suspiró cansado. Él se consideraba la voz de la razón cuando se juntaba con York, Liam y el duque de Phenton. Sus amigos desestimaban siempre sus sabios consejos.
―¿Sí? ¿Saldrá bien?
―Estoy convencido de ello.
―Muy bien… ¿Dónde demonios está Regina, Banstorn? ―preguntó con tranquilidad Portman en el momento en el que se dio cuenta que delante de ellos solo había una de las hermanas Dreyer.
―¡Condenación! ―exclamó Liam, al ver que la arpía de peluca rubia no estaba en ninguna parte.
―Te echaré de menos, amigo mío. Espero que la muerte no sea tan mala como creemos.
Con un poco de suerte habrá vida en el más allá.
Pronto lo averiguarás. ―Le palmeó la espalda al tiempo que exhalaba un lamento sincero.
Liam estaba muerto y enterrado si Regina no aparecía pronto. Los dos hombres lo sabían.
―Vigila a Evangeline mientras busco a su hermana. Trata de que no me deje en la miseria cuando haga la puja.
―Claro… y comenzaré a orinar peniques por mi virilidad…
―No seas estúpido, Portman, los peniques solo podrían salir de tus malditas posaderas. ¡Haz lo que te digo! ―Se marchó de allí de mala gana.
***
No era un hombre pacífico. Bueno, en alguna ocasión lo había sido, pero hasta la fecha no había tenido la tentación de querer asesinar a alguien. Avery Sullivan deseaba retorcer el pescuezo de Helen Mirrell y de su hombre de confianza. Oh, sí. La mano de ambos estaba en esa encerrona.
Exhibido como un perro, en paños menores y sobre el escenario, mientras las damas competían por llevárselo como si fuese el gran atractivo de la velada.
No estaba pendiente de las cifras que se estaban alcanzando. Su mirada estaba en la cantante que posiblemente dejaría de ser el reclamo del club esa misma noche, después de que la despidiese.
Era hábil. No había sospechado que le tendiese una trampa así. No la veía capaz de atreverse a enfurecerlo. Todo fuese por los niños del orfanato Saint Agnes. No había podido huir como un cobarde. Imposible hacerlo.
―¡Mil libras! ―gritó una mujer.
―¡Mil cien! ―Otra se entusiasmó.
―¡Tres mil! ―exclamó con orgullo la cantante Helen Mirrell. La sala se quedó en silencio ante semejante barbaridad. El rescate de un rey.
Avery masculló una maldición. No sabía qué haría con ella, pero no iba a acostarse con ninguna dama.
Ya era bastante que él la hubiese tocado y besado en la mejilla el otro día cuando trató de apartarla de York.
Él no tocaba a ninguna mujer de modo íntimo.
¡Doble maldición! Ella se estaba vengando por la jugada sucia que le hizo con respecto a un beso que no le otorgó en el lugar que la actriz supuso que obtendría.
―¡Cinco mil libras! ―Se escuchó en el lateral de la sala. Una voz con acento extranjero.
El señor Sullivan tuvo un pálpito. La mujer que acompañaba a Portman.
Lo supo antes de que la viese de pie y con una sonrisa triunfal.
Con eso se remodelaría el ala este del edificio al completo.
¿Quién era esa mujer y qué interés tenía en él?
Le hizo sospechar. Un hombre como él no llegaba hasta su posición confiando en desconocidos.
―Se adjudica al señor Avery Sullivan a la dama de las cinco mil libras ―sentenció la directora del evento.
Poco después se oyeron muchas lamentaciones, la más fuerte de Helen.
Él le sonrió y eso la enfureció todavía más.
Ella era caprichosa y estaba acostumbrada a obtener lo mejor y todo lo que deseaba.
La actriz se fue de la sala en medio de un polvorín de maldiciones y pataleos. No le extrañó verla así.
La mirada de Avery se fijó en la que se acababa de convertir en su dueña hasta que el sol saliese.
¿Por qué estaba haciendo esa desconocida ese alarde de poder sobre él?, se preguntó con terror. No le agradaban las sorpresas y menos la mirada que la francesa le estaba echando. Iba a ser una decepción cuando le dijese que no fornicaría con ella.
Y siguieron viniendo a su mente más preguntas.
¿Portman permitía que su amante tuviese a otro en su cama?
Había escuchado que el vizconde era un hombre muy convencional.
Rara vez los que parecían normales lo eran.
Si el vizconde y su compañera de cama tenían pensamientos de hacer algo extraño con él…
No. No iban a tener suerte y ese dinero no le sería devuelto a la dama mientras él tuviese algo que decir al respecto.