Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

―Aquel era lord Plathone. ―Un conde que no sabía jugar y solía perder a menudo.

Su subordinado agitó los hombros. Lo importante era que tenían una buena cantidad de dinero de ese hombre.

―Es extraño que no te acuestes con mujeres, que bebas moderadamente, que solo vuelques tu ira en la pelea, y todo ello, tus virtudes, nos hacen sentir…

¡Eres la cabeza del club! No está bien que seas un puritano de Salem.

Deberías ser un ejemplo a imitar. ¡Por las barbas de Lucifer, creo que no te he visto apostar ni una sola vez!

Sullivan se quedó impactado ante las recriminaciones.

―¿Te molesta que no tenga vicios?

―No, lo que me molesta es que seas tan jodidamente perfecto.

Esto no es un convento escocés en el que debe prevalecer la sensatez.

¿Cuándo vas a empezar a divertirte? ¿A olvidar lo que te ata al pasado?

¿Sabes cuántos revolcones le habría dado a Helen si ella me hubiese insistido tanto como a ti?

Uno cada noche hasta que se cansase de mí.

¿Qué hombre en su sano juicio desprecia una invitación de la mujer más hermosa y seductora que tiene a su alcance?

―Veo que se te ha soltado la lengua. Hace mucho tiempo que debes de estar pensando todo esto.

―Una eternidad ―confesó.

―¿Por qué esta noche? ¿A qué vienen tantas revelaciones?

―Porque vas a enfadarte mucho y cuando eso suceda necesito que retengas mis palabras.

―¿Qué?

―No tienes problemas de audición, jefe. Y como ya me he cansado de ser un maldito vicario en medio de tanta lubricidad, tenemos que bajar y supervisar la Puja de las damas.

―¡Mierda! Había olvidado que eso era hoy.

El atractivo que estaba previsto en El placer del infierno esa jornada, no era otro que el hecho de que los caballeros subieran al escenario y las damas ofreciesen dinero por pasar la noche con ellos. La recolecta iba a servir para reformar el orfanato más próximo al club.

―Bajemos. Los hombres podemos ser ansiosos cuando hay tentación, pero ambos sabemos que ellas son mucho más exigentes en el momento en el que se les da el poder y esta noche mandan las damas ―apuntó enigmático.

―Hablaremos más tarde sobre mi futuro supuesto enfado y sobre lo que has dicho. No voy a olvidar esta conversación.

Cook le sonrió. Más tarde el daño ya estaría hecho y saldado.

―Por supuesto ―dijo palmeando la espalda de su amigo―. Ya me lo agradecerás ―susurró por lo bajo. Sullivan no lo escuchó.

Patrón y secuaz bajaron las escaleras, preparados para que diese comienzo la Puja de las damas. Era un evento que se hacía dos veces al año y tenía mucho éxito a la hora de conseguir fondos.

Cuando llegaron cerca del escenario, donde estaba a punto de comenzar el espectáculo, Sullivan suspiró con fuerza.

―¿Qué hace el hermano aquí esta noche? ―le preguntó a Cook, mientras cabeceaba hacia Liam Banstorn.

―No lo sé, no suele venir cuando hacemos la puja desde que Helen lo metió a traición el año pasado.

Fue gracioso porque Liam acabó en las manos de una condesa viuda que rondaba los cincuenta años y era realmente voluminosa. Cierto que eso haría que se le quitasen las ganas de participar a un fino lord que alardeaba de capturar las mejores piezas femeninas de caza.

―Es una suerte que York se haya marchado a casa como le aconsejé, porque Helen habría metido en la subasta al duque y hubiese sido un escándalo que él se negase a participar.

―Le había costado poco que el esposo de Isobel aceptase su sugerencia de regresar a su dulce hogar, donde le recordó que le esperaban las atenciones de su bella mujer.

¿Y ese había sido el disoluto más famoso de Londres?

Buena prueba de que el amor todo lo podía.

York contaba con un historial de conquistas que podría rivalizar con el de Alejandro Magno, y eso que el gran conquistador tuvo a su alcance tanto a hombres como a mujeres, así que su cifra era elevada.

―¿Quiénes son las damas que acompañan al hermano del duque y a Portman? ―se interesó Cook.

La visión de Sullivan se movió hasta donde su segundo estaba mirando. Ah, su amigo estaba divisando los pechos de la mujer que trataba de apartar las manos de lord Liam de su cuerpo.

―¿Pretendes que sepa la identidad de todas las mujeres que entran con máscara? Hoy será imposible reconocerlas, hay demasiadas. ―Los caballeros podían traer al club a sus propias acompañantes siempre que pujasen.

―Vamos a averiguar por qué una cortesana desprecia a un caramelito como el hermano de York.

―¿Te interesa Banstorn? ―se burló de Cook.

―No, su amiga. Si no le gustan rubios, angelicales, apuestos y refinados, tal vez yo tenga una oportunidad. No he visto nunca semejante dotación y esos impresionantes ojos…

Sullivan se rio a carcajadas. Sí era cierto que Cook era la antítesis de todo lo que suponía el hermano de York.

―Los ojos de ese tono son más comunes de lo que crees. He conocido a varias mujeres que tenían ese rasgo. ―Le vino a la mente el recuerdo de una jovencita un tanto hosca.

―Sí, te creo, pero la combinación de ese par de…

No terminó la explicación porque habían llegado hasta su objetivo.

―Banstorn, no creí que te vería aquí en un evento como el de hoy ―se presentó Sullivan de súbito.

―¿Deberías sorprenderte? ―preguntó, al tiempo que ponía las dos manos para agarrar bien a Regina y que no saliese de su regazo. La pareja estaba sentada frente a la mesa de juego.

Liam observó a Portman, pero el vizconde estaba más ocupado en su mano de cartas que en sostener bien fuerte a Evangeline.

Entonces vio que la hermana de la arpía se ponía en pie de un salto.

Se fijó en Regina. Esa hermana también se había quedado quieta y miraba con fijación a Sullivan.

Lo examinaba del mismo modo que lo hacía Evangeline. ¿Qué estaba pasando?

―Puja de las damas ―soltó Sullivan de sopetón. Liam maldijo con fuerza.

Banstorn echó las cartas sobre la mesa, le tocó el hombro al vizconde, se puso en pie, sin soltar a Regina y vio que su amigo hacía lo mismo. Los cuatro se quedaron de pie.

―Buscaré a mi hermano y nos marcharemos.

―¡No! ―gritó Evangeline sin poder contenerse.

El grupo se centró en ella. La hermana de Regina se aclaró la garganta, compuso una sonrisa coqueta, se tragó la ansiedad por tener al hombre por el que había suspirado desde que era una niña, y se dispuso a componer su mejor falso acento francés.

¿Qué habría más seductor que una cortesana parisina?

― Non , es temprano ―su dicción gutural era fantástica en opinión de Regina, Liam y Portman―. ¿Qué es eso de la noche de pujas? ―Ella misma estaba sorprendida por parecer tan falazmente francesa. No tenía mucho repertorio de esa lengua románica y esperaba que fuese suficiente para despistarlo.

― Madame , se trata de una subasta donde los hombres se muestran casi desnudos y las mujeres ponen el precio por tenerlos una noche ―le informó Avery.

― Oui , interesante. Pujaremos. ¿Está usted en la lista, monsieur ?

―No. ―Le sonrió con suavidad―. El dueño del club no debe participar, además pierdo mucho sin ropa. No recaudaría ni un penique si saliese al escenario. A las damas no les gusta un hombre marcado por la vida. ―Sullivan se señaló la cicatriz más gruesa de la cara.

¡Maldito coqueto!, pensó Evangeline. Ella no podía decir si en verdad era así porque no lo había visto desnudo. Sin embargo, su figura señorial, su porte viril le hacían sentir… ¡Estaba impresionante!

¿Qué le habría pasado en el rostro? Evangeline sintió el impulso de acariciarle la cicatriz y llorar.

Su bonita apariencia hecha girones… No era aquel dulce hombre que conoció.

Era un bribón seductor de aspecto rudo, vigoroso, peligroso.

¿Quién iba a resistirse en admirar lo que él emanaba? Fuego, pasión, rudeza…

― Menteur . Estoy segura de que es un embustero. Yo misma comería si estuviese en el… menú. ―¿Qué? ¿Evangeline no debía aparentar ser una cortesana? Pues se esforzaría al máximo. Ser amiga de un disoluto como Liam tenía sus ventajas.

Se escuchó un ataque de tos. No fue uno solo el que comenzó a toser. Regina y Liam estaban lidiando contra lo que era una cuestión del todo inesperada. Portman parecía divertido con el flirteo. Al vizconde le gustaba cada vez más la joven. Era… refrescante.

―Una lástima ―respondió Avery con una gran sonrisa.

―¿Dónde está York? ―intervino Liam antes de que todo se le fuese de las manos. ¿Desde cuándo Evangeline era tan atrevida? Y lo más importante, ¿por qué Sullivan? Su amiga no era nunca evidente en lo que respectase a un hombre.

―Se ha ido a casa… ―Sullivan se giró para observar a Cook y preguntarle―: ¿Cuándo?

―No hará demasiado. No deseaba estar aquí para la puja ―respondió el hombre de Avery.

―¿Helen lo intentó? ―se interesó el hermano de York.

En ese momento, Regina escapó de sus garras y se puso al lado de su hermana.

―Cada día y a todas horas. York se portó como un ángel enamorado de su esposa. Casi temimos que se pusiera a llorar por las mesas de apuestas ―respondió el dueño del club.

―Sí, puedo imaginarlo haciendo justo eso ―expuso Portman con orgullo.

Le gustaba que el duque hubiese obtenido al fin una buena recompensa.

York merecía felicidad, y después de que Liam le hiciese partícipe de la situación de los duques y de la pelea que tuvo el matrimonio a causa del asunto de la herencia del ducado, el vizconde estaba esperanzado ante la revelación de Sullivan.

Todo Londres sabía que la duquesa tenía a su duque de rodillas y a York le gustaba esa imagen de sí mismo.