Capítulo 4 #2
―Debimos ponerles unas correas ―opinó Liam por lo bajo.
Tenía miedo de perderlas de vista. Además, no era descabellado llevarlas amarradas.
La última vez que estuvo en el club, en una de las salas contiguas había visto a dos hombres sosteniendo un par de correas para pasear a dos preciosas mujeres que iban por el suelo transitando a cuatro patas. Fue instructivo.
Liam suspiró con fuerza y los dos hombres se separaron un poco para darles cierta intimidad a las damas, pero se quedaron lo suficientemente cerca como para poder asistirlas en caso de que alguno de los codiciosos que las miraba con lascivia intentase hacer algo incorrecto.
―Podemos irnos de inmediato si es tu deseo, Evangeline ―sugirió Regina.
―Me gustaría echar a correr.
Regina lo supo. Todo el tiempo en el que habían estado ayudándose a disfrazarse ella parecía entera, pero entendía que su hermana estaba sufriendo por lo que estaba por venir.
―Es lo que haremos si estás segura.
―Tengo miedo de mí misma. Sabes lo que fue, lo que sufrí. Lo que sigo soportando. Si lo veo… ¿y si caigo a sus pies?
Regina gimió. Era justamente lo que ella había hecho en el momento en que Lawrence se presentó frente a ella.
―No pasará nada tampoco. Es del todo natural que exista una conexión entre ambos después de lo que compartisteis. Además, también podría suceder que fuese otro Sullivan, no el tuyo.
―Sé que es él.
―Sí… yo también ―dijo entre susurros.
―Tengo que hacerlo, ¿verdad? Me has traído porque era la excusa perfecta.
York nos daba ese margen para poder venir.
Te las has ideado con Liam para que lo vea y lo enfrente.
¿Qué has sacrificado por mí? ―Su hermana y su amigo no eran simpáticos el uno con el otro, así que muy probablemente Regina había tenido que dar su brazo a torcer.
―Tres meses. Él podrá decir lo que quiera sobre lo que le apetezca y yo me morderé la lengua.
―Evangeline se mordió la lengua, tal y como había dicho su hermana que haría con respecto a Liam.
Para cualquiera que conociese a su hermana pequeña, eso era como haber sacrificado una década de su existencia.
Regina no solía guardarse sus opiniones y no temía exponer sus puntos.
Estaba lejos de ser la recatada, grácil y frágil debutante virtuosa que la sociedad decía que las muchachas debían ser.
Tampoco era como si Eve fuese mansa, pero sí era más capaz de encajar.
―Hagamos que el premio que le has dado a Liam valga la pena. ―Evangeline le sonrió e irguió la espalda.
―Así se habla, hermana mía.
***
Y mientras las Dreyer se hacían confidencias, dos amigos conversaban sobre su plan.
―Si hay indicios de una orgía, me largo ―le advirtió Portman.
Sus amigos lo llevaron a una cosa como esa y él se sintió incómodo.
Todavía no había superado aquello. Había asuntos que solo debían tratarse en la intimidad y con la persona indicada.
Thomas no era un santo célibe, pero tenía sus límites.
―Me alegra que digas eso, porque estaba preocupado por si te abalanzabas sobre Evangeline en el carruaje y nos incitabas a todos a cometer una barbarie.
―¿Te han dicho alguna vez que eres insoportable, Banstorn?
―La de la peluca rubia lo hace constantemente ―expuso en alusión a Regina.
―Lo que me lleva a advertir que si me comía con los ojos a lady Evangeline, tú lo hacías con su hermana. Al menos, yo no era tan evidente, porque no me he quedado mirando su delantera como si estuviese enfermo de necesidad ―le reprochó Portman.
―No. Tú solo has babeado en el suelo cuando has visto a la pupila ―arrastró la palabra― de York y has usado la palabra amante para ofrecerle un acuerdo.
―¿Qué puedo decir? Me ha traicionado mi lujuria acumulada. Hace tiempo que no tengo… que no… ―Apartó el asunto―. Y es necesario señalar que no comparte parentesco con el duque.
―Está bajo su protección. Si estás interesado en lady Evangeline pide su mano, cortéjala y cásate con ella.
Los dos sabemos que arde en deseos de dejar el mercado matrimonial y pasar a engrosar las filas de las mujeres casadas.
Tú eres un buen partido y York te la concedería sin problemas, a fin de cuentas, eres el más decente de todos nosotros. Ya sabes, el menos disoluto.
―¿Vas a pedir tú la mano de lady Regina? ―Usar el título de ambas estaba bien porque así no olvidarían que no eran las magníficas cortesanas que aparentaban ser.
―Antes me cortaría mi virilidad ―expresó convencido.
―Ya. ―No se creía nada. Mientras conversaban, Liam no le quitaba los ojos de encima a Regina. Portman juraría que su amigo, ese que era despreocupado y que cada día o noche disfrutaba de un buen número de mujeres, parecía celoso de todo aquel que admiraba a la de la peluca rubia.
―No me gusta tu insinuación.
―Si pudieses envolverla con una de las elegantes alfombras que pisamos, lo harías para que nadie más la mirase. He estado casado y sé perfectamente lo que es la posesividad cuando crees que una mujer te pertenece.
―Portman, busca a alguien y libérate de lo que tengas retenido. ¡Estás diciendo tonterías! ―ladró.
Y mientras acababa de decir esa frase, Liam estaba agarrando la cintura de Regina, puesto que las dos hermanas parecían haber terminado de hablar y estaban ya junto a ambos.
Portman miró dónde tenía la mano su amigo y levantó una ceja.
―Estoy seguro de que no prefieres las correas, Banstorn ―se mofó el vizconde.
A su amigo parecía gustarle mucho llevarla bien sujeta.
En honor a la verdad, el vizconde estaba disfrutando por el simple hecho de que Regina no se sintiera cómoda con sus atenciones y conversación.
No era nada habitual que una mujer tratase al hermano de York como lo hacía esa dama y tenía la certeza de que eso suponía un reto adicional para que Liam tratase de impresionarla.
―¿Podemos jugar a las cartas mientras esperamos que York aparezca? ―Regina había divisado algo, más bien a alguien interesante en una de las mesas y quería ver si estaba en lo cierto sobre su suposición. No esperó respuesta, se desembarazó de su captor y fue hacia su destino.
Los otros tres se movieron raudos hacia el lugar. Eve también había escapado del agarre del vizconde, y por su parte, la menor de las Dreyer había hecho una aseveración.
―La noche va a ser muy larga ―se quejó Liam.
―Más de lo que imaginas. ―Portman tenía una corazonada de que algo malo iba a suceder y esperaba que no acabase siendo una orgía…
***
Avery Sullivan estaba sentado en su despacho supervisando las cuestiones del club.
Fue un día duro. El cocinero francés había llegado con una disputa sobre una de sus segundas al mando.
Luego, uno de los crupieres se quejaba de que una dama le había tocado sus partes íntimas sin su autorización y por último Helen Mirrell había intentado robar la segunda llave de la habitación del duque de York para colarse en sus aposentos. ¡Una jornada de locos!
―¿Problemas, jefe? ―preguntó Cook, quien estaba sentado frente a él y le acababa de ofrecer un vaso de brandy .
―¿Cuándo no los hay? ―se quejó.
―Tienes un problema mayor.
―¿Mayor que los que tengo habitualmente?
―Sí. Las chicas están locas por ganar la apuesta sobre llevarte a la cama y hay rumores sobre tu posible secuestro. Incluso sobre usar pociones para adormecerte.
―¡Estás bromeando!
―No. Todo es cierto. Te desean y quieren tus favores. Al no haberte acostado con ninguna están más ansiosas. La apuesta solo hace que estén más dispuestas a idear un plan creativo.
―No es como si fuese un monje, ellas saben que yo… ―No terminó la frase. Los gustos de Avery para aliviarse eran bastante peculiares. Más allá de usar su mano derecha para darse placer, necesitaba a veces otro tipo de estímulo externo. No hacía falta darle detalles a Cook.
―Hemos estado juntos en muchos entuertos, Sullivan.
―Así es. Todavía doy gracias de que estuvieses cerca cuando me deshice del hombre que me marcó el rostro.
En mi zona nadie viola mujeres ―expuso con satisfacción.
Aquella noche, cuando salió del club y escuchó los gritos de una fregona que trabajaba para él a la que estaban violentando tres hombres…
No pudo más que arremeter sin pedir ayuda o buscar un arma. Confiaba siempre en sus puños.
―No es de mi incumbencia, pero como amigo tuyo que me considero más allá del trabajo que hago para ti, te recomiendo que comiences a vivir la vida y sigas adelante.
―No sabes lo que es.
Cook le sonrió. Era un hombre tosco, tenía aspecto maléfico y cuando sonreía todavía se veía más bruto.
Pelo negro, muy muy corto, piel morena, cejas curvadas.
Y su aspecto era grande, casi aterrador.
Los ojos sí eran amables, de una tonalidad marrón muy clara.
Lo que más le sorprendió al conocerlo era la dicción tan impecable que él tenía.
De un porte muy elegante. Era atractivo de un modo brutal.
―Una mujer. Siempre hay una mujer detrás de todos los males que atañen a un hombre.
―Es complicado.
―Mira a tu alrededor, Sullivan. Diriges un club de éxito.
No te falta el dinero, te sobra en exceso.
Tienes la lealtad de todos quienes trabajan a tu lado.
Hay incluso algunos amigos de la nobleza que te echarían una mano sin dudarlo un instante.
El mismísimo York te debe la vida de su esposa cuando la salvaste de aquel que la secuestró.
¿No quieres compartir tu vida con alguien que merezca la pena?
―No imaginé que tuviera a mi lado a un gran filósofo. El mismísimo Platón estaría envidioso de tu planteamiento.
―¿Quién? ¿El que perdió tres mil libras jugando a las cartas la otra noche?
Sullivan le sonrió. No era un hombre curtido en la cultura griega, pero sí honrado y leal. Si había algo que Sullivan había aprendido en los bajos fondos de Londres era el valor de la lealtad y Cook se había ganado su respeto aunque afirmase que no sabía leer demasiado bien.