Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4
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Capítulo 4

En busca de un duque

Era más de medianoche y Liam había accedido a lo que podría considerarse un suicidio…

a manos de su hermano. Y por si él tenía alguna duda, su amigo Portman, Thomas Foster, no paraba de reprenderlo con la mirada, pues había expresado en alto su locura en numerosas ocasiones mientras esperaban en la calle, junto al carruaje, a que las damas abandonasen la casa de York totalmente camufladas.

¿De dónde diablos habían salido esas pelucas y los vestidos?

―Dios ―susurró Portman al ver la nueva apariencia de las hermanas. ¿Esas eran las ingenuas hijas del conde de Snow? Parecían auténticas cortesanas.

Liam gruñó ante el comentario del vizconde. Él podía ver que ellas estaban despampanantes y que iba a tener muchos problemas si no las aseguraba y se daba a entender que cada hermana pertenecía a uno de ellos.

Al infierno con el castigo de su hermano, el mal trago que pasaría durante toda la noche sería mucho peor.

Regina iba con una peluca rubia y Evangeline con otra morena.

Eran postizos bien trabajados, altos, como si fuesen de la época georgiana.

Hasta ahí todo bien. Luego estaban las máscaras que ocultaban buena parte de la cara de ambas.

La de la hermana menor era dorada con unas plumas en el lateral derecho y la de Eve era de igual forma pero negra.

Los ojos de ambas tenían las sombras oscuras perfectamente dibujadas gracias al kohl.

Los labios pintados de un rojo tan brillante que daban ganas de besarlos.

En especial los de Regina. Los vestidos resultaron ser los más descarados que jamás una perfecta y bella mujer podría haber lucido.

Evangeline tenía el pecho más moderado que su hermana y era una visión atractiva, pero Regina fue otra cosa más perversa.

La hermana menor incitaba a pecar con solo echar una sencilla mirada ahí.

Ambos vestidos eran idénticos. Rojos también, pero a Liam le incomodaba sobremanera el aspecto de su némesis, mientras que Portman se había quedado abstraído con la versión descocada de Evangeline.

―Va a matarte, luego te revivirá, te volverá a asesinar y así estará hasta que se agote. York va a tener trabajo contigo, Liam ―apostilló con convencimiento el vizconde sin poder dejar de observar a la hermana mayor.

Liam estaba devastado porque Portman tenía razón.

―Ahí faltan metros de tela ―le dijo a Regina, mientras señalaba con el dedo los dos pechos que parecían querer salir de su cobijo. Su virilidad estaba despertando y el hermano del duque se sentía molesto porque fuese precisamente debido a la arpía que en esos momentos era rubia.

―Dijiste en el regreso a casa que era un club infame y que era peligroso ―tomó la palabra Regina―. ¿Pretendías que fuésemos con un hábito?

―Sí ―protestó Liam―. ¿De dónde habéis sacado todas esas cosas?

―Les había dicho que debían camuflarse del mejor modo posible y había pensado que no lograrían el cometido, por lo que tuvo la esperanza de que finalmente acabarían por no poder ir al club.

Por lo visto, las hermanas tenían muchos ases en la manga.

―York tiene un par de baúles en el ático con utensilios de lo más curiosos. ¿Hacía fiestas en su casa? ―se interesó Eve.

Los encuentros que hacía su hermano no eran fiestas, eran pura depravación. Mejor guardarse eso para él. ¿¡Cómo se le ocurría guardar cosas así en un hogar que ya era del todo decente!?

―¿Quieres ser mi amante? ―se escuchó decir a Portman mientras miraba fijamente a Evangeline. Liam suspiró con fuerza, parecía un perro babeando.

Regina camufló una pequeña risa y Evangeline se azoró, aunque su vanidad femenina estuvo en la cumbre de la montaña.

Banstorn le dio un codazo en la barriga nada sutil que hizo aullar a su amigo.

―Te agradecería que no le faltases al respeto a la dama ―rogó.

Portman se aclaró la garganta con nerviosismo y procedió a disculparse:

―Lo siento. No sé de dónde ha salido eso. ―La nueva pupila de York era una diosa, tan convincente en su disfraz que por un momento había olvidado que era una debutante.

―Haremos como que no lo hemos oído ―razonó Liam. Ellas aceptaron la sugerencia y él procedió con las indicaciones―: Cuando lleguemos no os separaréis de nosotros. Regina irá conmigo, Evangeline con Portman. Ahora, subamos al carruaje antes de que alguien nos descubra.

―No creo que sea adecuado que…

―Regina, tenemos un acuerdo de tres meses ―la frenó Liam. Ella se calló al punto. Iba a ser divertidísimo tener tanto poder sobre la pequeña Dreyer.

El recorrido transcurrió en un silencio absoluto, más parecían bandoleros que iban a perpetrar un robo, que un par de parejas que buscaban la diversión en un lugar prohibido.

Evangeline estaba muy nerviosa. Se había negado de pleno a participar en lo que fuese que su hermana hubiera tramado con el loco de su amigo Liam.

Era una mujer decente cuya reputación estaba inmaculada.

Si alguien se enterase de la transgresión que iba a llevar a cabo sus esperanzas de casarse acabarían en un hoyo.

Regina estaba menos preocupada por ese asunto, pues hacía tiempo que había decidido que deseaba convertirse en una solterona y ser su propia dueña.

Todo cambió para Eve en cuanto en la conversación salió a relucir el apellido «Sullivan».

La temporada pasada, Evangeline escuchó a Isobel hablar de él.

Ella se negó a buscar alguna pista sobre su paradero, sobre su vida.

Eso acababa de cambiar. ¿Sería posible que el correcto Avery Sullivan, quien solo le había dado castos besos y jamás le puso una mano encima de modo impúdico, estuviese dirigiendo un lugar como el que sospechaba que sería ese club en el que York se había refugiado?

¿Qué fue lo que pasó para abandonarla, para que eligiese ese tipo de vida? Tenía tantas preguntas, pero más allá de querer saber la verdad, lo que deseaba era verlo, expulsarlo de una vez por todas de su corazón y seguir adelante con su existencia.

Dolía. La traición punzaba de un modo que nadie nunca alcanzaría a comprender.

Esperanzas. Promesas. Amor. Fidelidad. Fue todo una mentira para él.

Evangeline era consciente de que si lo veía volvería a sufrir.

Estaba dispuesta a todo para terminar con el pasado.

Esa puerta estaba cerrada, pero era menester echar el cerrojo, no uno ni dos, todos los que fuesen necesarios a fin de que el recuerdo de Avery Sullivan quedase de una vez por todas sumido en el olvido. Enterrado.

Entre pensamiento y pensamiento, el grupo llegó a su destino e ingresó en El placer del infierno. Entraron como dijo Liam. Las dos estaban bien escoltadas por sus compañeros. Liam la llevaba cogida por la cintura. Él sentía el disgusto de ella ante el gesto.

―Si no quieres que otro hombre mucho peor que yo trate de seducirte, te aconsejo que interpretes bien tu papel como mi amante. ―Regina asintió. Entendía que debían hacer ese teatro para que nadie se le acercase.

Las dos hermanas se quedaron asombradas con lo que allí había.

La sala de juego parecía ser un lugar decente, si no fuese por las faldas ligeras, quienes vestían más provocadoramente que ellas mismas, pues muchas figuraban en el regazo de los hombres mientras algunos de ellos lamían sus senos desnudos.

―¿Estás bien? ―Regina tomó del brazo a Evangeline en cuanto vio que ella se detenía haciendo frenar a Portman. Su hermana mayor asintió.

La menor de las Dreyer sabía que iba a ser complicado enfrentarse al pasado. Su hermana amaba sinceramente al que fue administrador de su padre. No estaba segura de si sería el mismo Sullivan de Evangeline, no obstante, era demasiada casualidad para no tenerlo en cuenta.

Regina deseaba la felicidad de su hermana y ella era un corazón herido con un puñal atravesado.

No le había contado que sabía que Avery se marchó de su casa porque su padre lo desaprobaba.

No se atrevía a decírselo, no deseaba que la memoria de su padre fuese mancillada, pues las dos tenían al conde como un hombre amoroso que lo daría todo por ellas, al menos hasta que su verdadera madre falleció.

Confiaba en que lord Snow hubiese tenido una buena razón para separarlos, y esperaba o confiaba que pudiesen hablar y resolver el pasado.

Regina no podía ver a su hermana sumida en un matrimonio con un hombre mientras suspiraba por lo que pudo haber tenido con otro.

Evangeline era vehemente cuando tomaba una decisión y no cejaba en su empeño hasta que conseguía su objetivo. Su hermana estaba dispuesta a casarse, Regina lo respetaba, pero era preciso colocar una venda en la herida y dejar que se cerrase y sanase de un modo correcto.

Liam se adelantó de inmediato para sostenerla por la cintura una vez más y acercarla a su pecho. El gesto fue tan posesivo que la inquietó. Dejó de mirar los ojos de su hermana para centrarse en el bufón.

―Tengo mis manos sobre ti porque así debe ser. Recuerda que esta noche, aquí, eres mía y estaría del todo legitimado si decidiese acariciar esos senos que tan alegremente exhibes.

Regina relinchó como una yegua ante la provocadora afirmación de Banstorn, pero no osó contrariarlo. El acuerdo de no irritarlo era un auténtico fastidio.

―Necesito hablar unos minutos con mi hermana ―le informó Regina.

―No. Ven a mi lado. Busquemos a York, habláis con él y nos vamos todos a casa.

Evangeline soltó el brazo de Portman, quien era un espectador que no podía separar los ojos de su compañera, y agarró el antebrazo de Liam.

―Danos un poco de tiempo, por favor, amigo mío ―le rogó.

―¿Por qué estamos aquí exactamente? ―preguntó con curiosidad Liam. Su mirada iba de una a otra hermana. Intuía que había algo más que encontrar al duque y convencerlo para que regresase a casa.

―Tengo que hablar con Regina ―dijo Eve.