Capítulo 3 #3
En cuanto llegó hasta ella, la llevó hasta el escritorio, le dio la vuelta, le subió la falda, la colocó sobre la madera y empujó sin previo aviso.
La encontró mojada y supo que Laura había estado llena de anticipación.
Esa mujer sí sabía cómo hacer que su moral subiese como la espuma y lo hiciera sentir un hombre codiciado y altamente deseado.
Los empellones fueron fuertes y seguidos.
La rabia por lo que Regina le había hecho era lo que salía cada vez que él le daba placer a la amante de esta noche.
¡Maldita, Regina! Siguió envistiendo como un toro frente a un capote rojo.
Con ímpetu, acompañando cada sacudida con un gruñido destinado a la arpía que lo había molestado como el infierno más sangriento.
―¡Banstorn! ―gritó la mujer al sentir el éxtasis arrasándola de pronto.
―¡Sííííí! ―gritó él, mientras salía del interior de la mujer para verterse sobre el muslo derecho femenino.
―Eres todo lo que se puede esperar y más, querido. Ojalá lord Delphy tuviese tu talento ―dijo su compañera, a la vez que cogía el pañuelo que él le tendía para que se quitase los restos del placer de entre sus piernas.
Liam iba a responder que pocos sabían hacer lo que él hacía tan bien. No tuvo tiempo, la manija de la puerta comenzó a moverse.
―Quédate aquí, me desharé de quien sea.
Liam comenzó a recomponer su ropa con rapidez y se pasó las manos por el pelo para tratar de dar un aspecto natural. Abrió la puerta y se quedó asombrado. El objeto de su ira estaba ahí frente a él. Regina. No lo miró, se adentró y la escuchó decir:
― Lady Delphy, su esposo la está buscando con urgencia, ha dejado la sala de cartas y desea marcharse, si no se apresura se dará cuenta de todo.
―¡Oh, Dios! ―exclamó con pánico la mujer, mientras salía corriendo de la biblioteca.
A Regina no le dio tiempo ni a ver el aspecto de la elección de esa noche de Banstorn, aunque suponía que sería una verdadera preciosidad porque él siempre se acostaba con las mujeres más bellas de Londres. Eso decían los rumores.
Regina olfateó la estancia. Un aroma a almizcle le llegó de pronto. Lo que ambos habían estado haciendo flotaba en el aire. Tuvo el impulso de taparse la nariz. Se contuvo. Liam llegó hasta ella y la miró con atención.
―No sé lo que te ha impulsado a hacer algo como eso ―comenzó a hablar él―, pero te lo agradezco.
―Creí que estarías enfadado por la interrupción, tenía un precioso discurso preparado para contener tu ira.
―Había conseguido lo que vine a obtener cuando llegué, me has salvado del desagradable momento de después. Ya sabes, tener que despedirme y decir alguna cursilería absurda para no cerrarme la puerta del todo, en caso de que volviese a requerir las atenciones de la dama.
Esperaba que ella se escandalizase. Deseaba irritarla del mismo modo que Regina lo había logrado con él. La observó abrir los ojos como platos.
―Otro motivo por el que no podría verte más allá de lo que eres.
―¿Qué insinúas? ―Lo estaba insultando de alguna manera, pero no sabía cómo. Tal vez no debió haber preguntado.
―No han pasado más de diez minutos. Escuché a York decirle a Isobel que un amante competente ―no le tembló la voz al decir en alto esas dos palabras― se toma su tiempo y jamás se apresura.
Tu hermano sostiene que sí hay que huir de los encuentros rápidos porque son dignos de los patanes ansiosos.
―Se trató de una conversación privada entre los duques y Regina fue una espía accidental que se marchó en cuanto las cosas se pusieron más serias, pero le venía bien haberlo oído.
En especial cuando Banstorn apretó los labios en una fina línea que suponía blanquecina, dado que no había demasiada luz en la biblioteca para distinguir colores. Las velas no alumbraban lo suficiente.
Estuvo orgullosa del efecto de sus palabras hasta que él comenzó a avanzar hacia ella y la espalda de Regina terminó sobre la dura pared. Sus senos se apretaron contra el torso masculino. Supo que había cometido un terrible error.
―¿Es un desafío, Regina? ―Ella negó con la cabeza incapaz de articular una sola palabra―.
Podría demostrarte que cuando un amante es excepcional, solo se necesitan unos pocos minutos para gemir y gritar.
¿Eres inocente, bruja? Porque si tu dandi se tomó libertades cuando apenas eras más que una jovencita llena de curiosidad, bien podría subir tu falda y mostrarte de lo que soy capaz.
―La mano derecha de él llegó hasta la tela y comenzó a levantar la caída.
Tocó la suavidad de sus finas medias de seda.
―Apártate, Banstorn, ya has demostrado tu punto. Libérame o gritaré.
No se lo pensó dos veces. La boca de Liam cayó sobre la de Regina para darle un beso excitante.
Fue una acción de unos pocos segundos, porque ella lo empujó con fuerza.
No estaba acostumbrado a que una mujer lo apartase, así que no estuvo preparado para esa reacción en concreto, y ella consiguió que su postura relajada le hiciese flaco favor.
Acabó sentado sobre sus posaderas en el duro y frío suelo.
―¡Aaah! ―se quejó él al caer.
―¿Qué demonios te pasa, Banstorn? ―preguntó ella al tiempo que comenzaba a escupir con furia a su lado. El uso de su apellido se sintió como si fuese un látigo.
Liam la veía limpiándose la boca y haciendo muecas como si se hubiese comido un limón.
Ella tenía que ser una mujer de esas que disfrutaba de la compañía de otras féminas.
Sí, tenía que ser eso. Ese pensamiento lo alivió y salvó su orgullo hasta que recordó que ella se había derretido con aquel tonto dandi.
―Deberías considerarte afortunada de que te haya dado un beso, arpía desagradecida. ―Él se puso en pie.
―Tú deberías ser ahorcado por haberme tocado después de besar a otra mujer.
¡Ah! Interesante. Ella no estaba molesta por su caricia, sino por ser su segundo plato. Bueno. Él no había tenido tiempo de usar su boca sobre nada, aunque Regina no lo sabía, así que se vio diciendo:
―Si supieras dónde he tenido la lengua arrojarías todo el contenido de tu estómago ―mintió él.
Regina no era una falda ligera, pero sí sentía curiosidad por la lectura y había leído algún libro que no era nada apropiado, así que no fue difícil comprender a lo que él se estaba refiriendo, puesto que había besos y…
besos íntimos que agradaban mucho a las mujeres, en especial cuando se depositaban en una parte muy privada.
No debió haber leído ese ejemplar, porque de no haberlo hecho ella no sería consciente de las connotaciones que él había empleado en esa asquerosa explicación.
La escuchó gemir de agonía. Al fin la arpía había recibido su castigo. Aunque deseaba preguntarle exactamente qué estaba imaginando, en lugar de eso comenzó a reírse de ella.
―Esto ha sido demasiado incluso para ti, Banstorn. ¡Estoy harta! ¡Vas a decirme dónde está York, vamos a ir a buscarlo para que regrese a casa y así me libraré de ti de una maldita vez!
―Creo que no ―dijo sin inmutarse. Antes muerto que replegarse a los deseos de esa mujer que era una gran pesadilla para él.
―Sí, lo vas a hacer porque en caso contrario, nada más llegue a casa, despertaré a Isobel, le diré que te he visto retozar con lady Delphy ―lo vio poner cara de asombro―, le contaré que tuviste el descaro de tratar de seducirme porque no tuviste bastante con tu amante y le diré…
―El club de Sullivan no es lugar para que una mujer como tú, por más que sea una bruja, visite.
Toda la ira y el enfado que sentía Regina cayó al suelo en cuanto escuchó algo que captó toda su atención.
―¿Sullivan?
Liam se sintió como si hubiese revelado un gran secreto.
―Puedes despertar a la duquesa y decirle tantas mentiras como desees, Regina. York regresará cuando esté listo. ―Nadie más que Liam deseaba tanto la vuelta a casa de su hermano. Ni tan siquiera su esposa.
―Mis mentiras incluirán aparecer en la habitación de ella con el vestido rasgado, aludiendo a que tomaste mi virtud sin mi consentimiento.
La observó para determinar su posible farol. Parecía muy segura de sí misma. Y lo estaba.
―No serías capaz, una mentira así te pondría directamente en el altar conmigo.
Ella se acercó a él. Levantó una ceja y agarró la falda dispuesta a rasgarla.
―¿Quieres apostar algo, Banstorn? ―lo retó.
Ambos estuvieron varios segundos sosteniéndose la mirada en lo que fue una lucha de voluntades sin igual.
―Iré yo a hablar con York esta misma noche. Haré que por la mañana regrese. ―No se arriesgaría a que ella le tendiese una trampa. Podría acabar pegándose un tiro si por azares del destino terminase ligado a una mujer parecida a ella. Estaba seguro de que Regina lo amaba en secreto.
―No.
―Es mi mejor oferta.
―Irás esta noche y Evangeline y yo te acompañaremos.
―Eso será peor que acabar casado contigo, bruja. No me arriesgaré a una idea que incluso un disoluto como yo sabe que no está bien.
―Lo haremos a mi modo y es mi última palabra. Con un poco de fortuna podría acabar muerta en ese club de Sullivan ―probó suerte para ver si conseguía la confirmación de ese apellido―, y no volverías a tener que soportarme mientras vivieras.
―Si algo así sucediese, mi hermano se encargaría de que yo te siguiese al infierno, porque si bien puedes parecer un ángel, los dos sabemos que eres un demonio peor que Lucifer.
―Necesito ir a ver a York. Mi hermana y yo tomaremos medidas para que nadie nos reconozca. Te prometo que no te pondré en peligro y tienes mi juramento de que no volveré a molestarte durante un mes completo, ni siquiera me quejaré cuando lances sobre mí tu mejor munición.
Liam se quedó un momento valorando el ofrecimiento. Si esa bruja hablaba con su hermano y lo convencía, él podría estar de regreso en su propia casa y organizando su próxima bacanal de desenfreno bien pronto. Volvería a su vida y no tendría que ser el acompañante de Regina.
―Tres meses.
―Hecho. ―La tensión que había estado conteniendo por el miedo a que él no claudicase se evaporó.
―Hubiese aceptado un mes. ―No pudo reprimirse en su observación porque la veía como si hubiese ganado una gran batalla y eso lo disgustaba enormemente.
Ella lo miró con una brillante sonrisa. Cuando ponía esa cara, Liam podría olvidar que era Regina la que estaba frente a él.
―Habría aceptado todo un año completo. ―Si su intuición era acertada, la joven pudo haber accedido a no molestarlo durante toda su vida.
―¿Por qué? ―Al hermano del duque no le había pasado desapercibido el hecho de que ella había prestado mucho interés cuando mencionó que el club era de Sullivan. ¿Lo conocería ella? Tenía curiosidad por saber lo que la pesadilla morena se proponía.
―Eso, Banstorn, es cosa mía ―expuso enigmática.
Los dos salieron de allí dispuestos a correr una aventura.
Regina mucho más emocionada que él. Si algo saliera mal en la incursión hacia el East End…
Su hermano lo mataría. Cuando las viera allí…
Liam sabía que tenía que planear un buen argumento para que el duque no lo asesinase.
Alegaría que ellas estaban llorando todo el día y habían insistido en que las llevase con él, o que lo habían seguido sin él saberlo, cualquier cosa con tal de obtener tres meses de paz con Regina.
Llegaron al salón de baile para buscar a Evangeline y él se quedó asombrado al ver que Regina, quien iba unos pasos por delante, se ponía muy rígida de repente, como un palo de metal.
Se fijó en lo que captaba la atención de ella.
Interesante. El dandi, Ranfield, estaba bailando un vals con Evangeline.
La dama parecía embelesada y el tipo todavía mucho más.
―Bueno, querida ―se encontró diciendo Liam al ver la escena―, ya sabemos que eres la malvada bruja de esta historia y que él pretende ser el príncipe azul de tu hermana.
―Sigues sin saber contar las historias adecuadamente, Banstorn. Ahora, cállate.
―No te muestres tan ofendida, porque en honor al trato que has rubricado, pude haber hecho referencia a que tú eras el sapo verde en el bello cuento que él desea crear con Eve, y nada podrías objetar.
―No me harás daño con tus conjeturas, porque yo no te lo voy a permitir. Te aconsejo que reserves energía y tiempo para tu próximo encuentro amoroso puesto que…
―Cuidado, Regina ―la frenó―, porque estás a muy poco de saltarte el acuerdo conmigo y no te llevaré a ver a York.
Ella se calló al punto. Él sonrió con satisfacción. Definitivamente enfrentarse a la ira de su hermano valdría la pena si era capaz de controlarla pronunciando una sencilla frase. Morir por ese derecho no tenía precio.