Capítulo 3 #2
―¿Dónde has estado, Lawrence? ―La pregunta salió en un susurro inconsciente, porque una vez más ella estaba sumida en viejos recuerdos y divagaciones.
Había intentado parecer lúcida y normal.
No iba a ser posible. Lo vio sonreír y ella supo que había cometido un desliz, no solo por el anhelo impreso en la cuestión, sino por hablar con informalidad con él ante un salón atestado de grandes personalidades ávidas por los rumores.
Escuchó un par de carraspeos y se dio cuenta de que Banstorn seguía a su lado.
Regina era consciente de que debía presentarlo.
No podía. No era capaz de hilar una sola palabra.
La mirada abrumadora del conde la tenía atrapada y se sentía inútil, incapaz de hablar algo más.
Bien podría acabar de rodillas y no le importaría lo que los demás dijesen sobre su falta de principios.
No estaba bien que una mujer le propusiese matrimonio tan pronto a un hombre que acababa de regresar a su vida. ¿No lo estaba, no?
―Dado que lady Regina parece haber huido del salón ―tomó la palabra Liam― me presentaré yo mismo. Soy lord Liam Banstorn.
―Un placer, milord ―señaló él sin dejar de observar a Regina―. ¿Me permitirá el siguiente baile si no lo tiene comprometido, milady ?
Liam deseaba colgar de los pulgares a ese engreído. Ni tan siquiera le había dado su nombre, solo sabía de él el título que ostentaba porque la arpía, que de pronto se comportaba como una tímida debutante, lo había dicho cuando lo saludó.
―No. Me temo que la siguiente pieza me la había prometido a mí ―habló Liam.
Sin mayor dilación, la arrastró a la pista de baile sin que ella pudiese resistirse u oponerse al ultraje.
Sus pies caminaban al lado del bufón, pero su cabeza estaba girada hacia atrás porque no podía dejar de admirar a Lawrence.
¡Él había regresado a Londres! ¿Dónde había estado?
¿Qué había hecho? Tenía tantas preguntas, tantas ganas de conversar con él y volver a retomar el contacto…
―Dijiste que no ibas a bailar conmigo ―expuso con enfado mientras sentía las manos de él colocadas sobre ella para iniciar el baile.
―¿Lo hice? ―preguntó desapasionado.
―Sí, no hace ni dos minutos que aseguraste que no bailaríamos.
―No sabía que estuvieses escuchando. Creí que tu mente se habría fundido en cuanto el hombre al que te comías con los ojos apareció.
―Lo dijiste antes de que él apareciese. ―No tenía sentido negar lo otro. Había sido así. Ella había besado interiormente cada parte de Lawrence en cuanto lo divisó.
―Sí, de acuerdo… Estoy tentado a decirle que te siga de cerca porque es la única manera en la que te comportas como una mujer natural y no como la malvada bruja de Cenicienta.
―Cenicienta tenía una malvada madrastra ―lo corrigió.
―Nunca he sido de absurdos cuentos fantásticos. Soy un hombre. ―«Aunque a veces pareces no notarlo», se abstuvo de agregar. Sacudió ese pensamiento al momento.
―¿Por qué no me has dejado bailar con él? Sé cuánto nos disgustamos tú y yo. Era una oportunidad perfecta para perderme de vista.
―Lo creas o no, hasta que mi hermano vuelva a casa, Eve y tú sois mi responsabilidad y no estaba dispuesto a que hicieses un estropicio de ti misma en un baile decente.
―Hablas como si no supiera comportarme ―se quejó.
―Regina, has estado a punto de arrojarte a los pies de ese dandi para suplicarle… No quiero ni pensar lo que le habrías pedido ―expuso con exasperación.
―¡Eso no es cierto! ―No le habría pedido más que matrimonio.
Era un sueño de hombre. Atrás habían quedado las fantasías de una muchacha descubriendo su primer amor.
Regina se había convertido en una mujer que conocía sus propios deseos y anhelos.
Ver al conde de Ranfield solo había corroborado que seguía enamorada de él como antaño. Más todavía.
―Desde que nos conocemos te he acusado de muchas cosas, pero no de mentirosa. No me hagas poner en mi lista de objeciones sobre tu persona que también faltas a la verdad.
―¿Tienes una lista sobre mí? ―preguntó con los ojos como platos.
―Arpía es la primera palabra que apunté allí, y lo hice a las pocas horas de conocerte.
―De acuerdo.
―¿Así de fácil claudicas? ―Había esperado más batalla.
―Puedo plasmar los duros adjetivos que te definen en un papel y no solo tenerlos en mi mente.
―Bruja fue la segunda definición que anoté en la hoja.
―Eres poco original, Banstorn.
Le picó. Sí, le picó en su orgullo varonil, ese que era casi tan desmedido como el de York, que ella lo llamase por su apellido y a ese dechado de virtudes lo hubiese hecho por su nombre de pila en un sonido bajo cargado de anhelos.
Ya era bastante malo que desde que comenzó la noche, Regina no le hubiese hecho el menor caso, ni tan siquiera cuando trataba de sacarla de quicio, pero que encima ella se pusiera a adorar a otro cuando estaba en compañía de uno de los hombres más deseados del reino…
No. Por supuesto que no eran celos, simplemente ocurría que estaba escupiendo, y algo más feo, en su vanidad, y ninguna mujer se había atrevido a hacer algo como lo que la bruja morena acababa de hacer.
―Y tú, demasiado evidente. Solo te ha faltado arrodillarte y pedirle matrimonio ―la sermoneó. Entonces observó que una mancha colorada comenzaba a formarse en sus mejillas y se extendía por gran parte de su rostro―. ¿¡Ibas a hacer eso!? ―gritó sin darse cuenta. Carraspeó.
―Eres ridículo y molesto, milord. ―Ella no lo miraba a los ojos.
―¡Por amor del cielo! Te habrías puesto en evidencia si no hubiera estado a tu lado. Regina Dreyer, la escrupulosa y amargada hija de un conde, tiene sentimientos tiernos por un hombre. ―La entonación que él acababa de ofrecer era como si hubiese presenciado un milagro.
―¿No tienes a alguna mujer casada a la que perseguir esta noche, Banstorn?
―Un par de hecho. Y puesto que no voy a recibir un agradecimiento por haberte salvado de un ridículo colosal, porque él solo estaba siendo amable contigo, sospecho que por una vieja amistad infantil y simple entre ambos, y no tienes la mínima posibilidad de aspirar a más, te dejaré aquí a fin de que te ocupes tú misma de tus asuntos.
Lady Delphy me llama a gritos para que me reúna con ella en un lugar oscuro. Buenas noches, bruja.
En efecto. Lo siguiente que ocurrió fue que Regina se quedó rodando en medio de la pista de baile porque el bufón la dejó sola a su suerte y se escabulló.
El destino de Regina estaba cambiando. No había querido venir a Londres la primera temporada, mucho menos la segunda porque no estaba interesada en el matrimonio, pero en cuanto el hermano del duque la abandonó en pleno baile y Lawrence llegó a su rescate, ella supo que todo en su vida iba a cambiar.
―Sigues sin elegir bien a tus compañeros de baile.
―No estoy en Londres porque quisiera casarme ―dijo sin ser consciente de haber hablado.
Lawrence le sonrió.
―Es bueno saberlo.
―¿Lo he dicho en alto? ―Él asintió―. Nos sucede a las Dreyer cuando estamos nerviosas ―trató de excusarse.
―No te alteraba cuando éramos más jóvenes.
―Sí lo hacías.
Él le sonrió.
―No de este modo.
La música se terminó y ella suspiró. Los dos se quedaron un momento quietos, con las miradas puestas en el otro.
―Regina, yo… ―comenzó a decir él.
―Me iré antes de ponerme todavía más en evidencia.
―Buenas noches, milady ―respondió, sabiendo que debía apartarse por el bien de los dos.
―Buenas noches, Ranfield, me alegro de que estés aquí.
―Regina tenía que librarse del hermano del duque cuanto antes y con esa idea se dispuso a poner en orden sus asuntos, porque si Lawrence estaba a su alcance ella necesitaba la ayuda de Isobel para guiarla, y mientras su madre estuviese en ese estado por culpa de su esposo eso no sería posible.
El conde de Ranfield siguió la estela de la modesta e intrépida segunda hija de Snow. Ella seguía siendo tal y como la recordaba: directa, jovial, sencilla y agradable.
Cuando Regina desapareció de su campo de visión, los ojos de él buscaron entre los asistentes a su hermana.
La encontró con facilidad, rodeada de varios pretendientes.
Evangeline también estaba como antaño. Pese a que la hermana menor tenía los senos más apetecibles y unos increíbles ojos de un color sublime, Evangeline siempre fue la más hermosa de las dos.
Eso sostenía el anterior conde de Ranfield.
***
No era correcto ser partícipe de lo que acababa de suceder.
Liam lo sabía, pero si ella era capaz de pisotearlo sin remordimientos, él podía ponerse a su misma altura.
A fin de cuentas, Regina lo acusaba siempre de ser un canalla.
Le había dado una muestra de su encrespamiento.
La abandonó en medio de un baile y estaba satisfecho.
Banstorn fue hasta la biblioteca, lugar en el que había acordado el encuentro con Laura, la vizcondesa Delphy, antes de aparecer en la fiesta.
Bendita correspondencia y benditos sirvientes que se podían comprar con un par de relucientes monedas.
Ella estaba en el sofá más cercano y figuraba con los pechos derramados sobre la tela. Echó la llave en cuanto la puerta se cerró tras su espalda.
―Oh, querida, me alegro tanto de estos recibimientos…
Liam se desabotonó los pantalones, sabiendo que el encuentro debía ser rápido y enérgico, tal y como a su compañera le gustaba. Él también sentía que necesitaba volcar su rabia de un modo productivo. Le agradaba tomarse su tiempo a veces, pero la noche pedía que fuese un amante agresivo.
―Liam, hazlo como sabes que me gusta. ―Él tenía esa intención sin que ella lo hubiese solicitado con anterioridad.
―Por descontado.