Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
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Capítulo 3

Un acuerdo necesario

Isobel no estaba bien. Evangeline y Regina se encontraban seriamente preocupadas por su madre.

No se trataba de un dolor de cabeza o de que su salud estuviese resentida.

Era algo mucho peor. Llevaban tres días sin saber nada de York.

Bueno, Liam les había contado una absurda y corta historia que incluía que el duque se había quedado en su club de caballeros.

Las hermanas sabían que el matrimonio no estaba en su mejor momento, incluso Theodore, que no solía fijarse en algunos asuntos familiares, se había dado cuenta de que la duquesa se veía tremendamente triste.

La situación era complicada y había que hacer algo de inmediato.

¿Por qué? Porque Regina se encontraba en esos instantes entrando por la puerta de la casa de los duques de Gales para participar en un gran baile junto al réprobo de Liam Banstorn.

Y esa situación evidenciaba que Isobel, que era una mujer del todo sensata, estaba sufriendo lo indecible debido a la pelea producida con York, dado que en opinión de Regina, no las habría dejado al cuidado de un lobo sin escrúpulos como lo era el hermano del duque.

Tampoco era que Regina y su hermana fuesen ovejas, pero eran debutantes de segundo año en la temporada y no era bueno que un hombre de la reputación de Liam las guiase en los actos sociales.

No lo era. Y a Regina le preocupaba en exceso la floreciente amistad que estaba creciendo a pasos agigantados entre Evangeline y él.

No. No eran celos en absoluto porque lord Liam Banstorn era todo lo que detestaba en un hombre.

Sencillamente ocurría que Regina prefería ver a su hermana con un hombre que la mereciera y no con un bruto insensible que usaba a las mujeres para luego desecharlas sin miramientos, tras haber logrado la seducción.

¡No podía ser tan complicado encontrar a un buen partido para Evangeline!, se quejó en silencio Regina, mientras gruñía por lo bajo.

―Eres del todo una arpía poco silenciosa ―le dijo Liam, tras haberla escuchado.

Le disgustaba en exceso que una mujer se mostrase tan tediosa en su compañía.

Ellas suplicaban por el placer de sus miradas.

¿No se daba cuenta esa arrogante de la suerte que tenía por permitirle ir de su brazo?

Liam se enfadó consigo mismo por no haber intercambiado su escolta con su amigo al entrar en la fiesta.

Regina no quiso responderle, se limitó a echar la mirada atrás para comprobar que Evangeline estaba bien custodiada por el vizconde Portman, Thomas Foster, un viudo bastante decente que por lo visto Evangeline encontraba aburrido.

Una suposición que Regina dedujo por el modo tan poco apasionado con el que su hermana iba a su lado.

Tampoco ayudaba el hecho de que todo Londres supiera que el vizconde buscaba más una institutriz para sus dos hijos, Basil y Flavian, que una esposa.

―¡Dios santo! ―exclamó en tono bajo al ver lo precioso que era el salón de baile.

Las luces de las arañas iluminaban en un tono de ensueño la estancia, la orquesta, colocada en el lateral izquierdo, tocaba un precioso vals.

Regina adoraba deleitarse con el sonido de ese ritmo en concreto, pero no le gustaba bailarlo porque nunca encontraba una pareja acertada. Ella no solía bailar.

Suspiró al echar la vista atrás y ver que al menos Evangeline estaba sonriendo por algo que había dicho Portman.

Sacrificarse por una hermana no estaba bien pagado, dado que el asno bufón que estaba a su lado…

Refunfuñó en tonos bajos, pero Liam distinguió claramente la palabra asno y supo que se estaba refiriendo a él.

El hermano del duque sintió ganas de estrujarle el cuello o algo más inquietante. Esa muchacha insípida sacaba lo peor de sus entrañas.

―Si vuelves a desairarme te prometo que te arrepentirás.

La próxima vez elije mejor a tu acompañante.

Sé bien que Portman te es más simpático que yo, y fuiste tú la que te apresuraste a agarrarte de mi brazo en cuanto bajamos del carruaje y colocamos un pie en los adoquines.

Tú nos has puesto en esta maldita posición porque yo tampoco estoy disfrutando de tu compañía.

Otra vez Regina hizo caso omiso de sus palabras.

Más que toda su exposición, lo que a ella le enfureció fue sentir el aliento de él en su oreja.

Hacía tiempo que había dejado de importarle lo que Liam Banstorn dijese o pensase sobre el mundo o sobre ella misma, por lo que era imperativo hacérselo saber.

Se juró que ese sujeto no volvería a alterarla mientras ella fuese una mujer responsable de sus actos y de ahí que optase por no prestar atención a sus comentarios o acciones.

No le seguiría el juego aunque la azotase con su lengua viperina. ¿Ella era una arpía? Él era mucho peor.

Regina sonrió al ver que el vizconde Portman llevaba a su hermana a la pista de baile para comenzar un reel . Esa pareja sí le gustaba más para su hermana.

―No pienso bailar contigo ―volvió a susurrar Liam en su oreja.

Ella rodó los ojos al escuchar esa aseveración.

¿Por qué querría una mujer someterse a la tortura de estar entre los brazos de un hombre al que detestaba?

No hizo ninguna observación al respecto.

Sospechaba que su silencio lo irritaría más, y por el gruñido, bajo y animal, que él acababa de ofrecer, no iba mal encaminada.

Una figura masculina se acercaba hacia ella con una preciosa sonrisa brillante.

Regina se puso rígida al punto. Liam sintió su cambio de actitud y ladeó la cabeza para ver qué demonios le pasaba a la arpía.

La observó con los labios entreabiertos, respirando apresuradamente y con la vista fija en un punto en concreto.

Los jadeos de ella hicieron que él desviase la mirada hasta su glorioso pecho.

El vestido azul cielo de muselina con un sencillo encaje en su escote era una tentación de la que no se había dado cuenta hasta ese instante.

Regina trató de apartarse del agarre de su brazo. Liam no se lo permitió porque sospechaba que el hombre que venía en dirección hacia ellos tenía que ver en la ansiedad que sentía su acompañante.

Ella no podía creer lo que veía. Venía directamente hasta su posición. Él. Sí, él estaba sonriendo y se acercaba mientras ella solo quería echar a correr.

No había cambiado ni un ápice. Regina era consciente de que Evangeline había sufrido en el pasado a causa del amor perdido del administrador de su padre.

Avery Sullivan. Hacía relativamente poco que había descubierto que el joven que había codiciado Evangeline se fue porque su padre lo despachó.

Isobel se lo había contado antes de casarse porque su madre creyó que el duque de York estaba interesado en Evangeline y no quería que un libertino tuviese el corazón de su hermana.

Las dos pensaron que tal vez Sullivan, de quien sabían que estaba cerca pero no su ubicación exacta, podría ser la solución para apartar a Evangeline de York, aunque ciertamente el duque tenía puestos sus ojos en Isobel y no hizo falta usar esa baza tan desesperada.

Y mientras su hermana moría por el amor fantástico que pudo haber sido, poca gente sabía que Regina había amado una vez y también perdido su corazón.

El hombre que se acababa de poner delante de ella suponía la prueba evidente del hecho de que no lo olvidaría nunca.

Diecinueve años y ella se sentía como cuando cumplió los dieciséis y él le regaló su primer beso.

Era la antítesis del hombre que sostenía su mano en el hueco de su antebrazo.

Lawrence Trent, conde de Ranfield desde hacía pocos meses debido a la muerte de su padre, era un portento de la raza masculina.

Debía tener antecedentes griegos porque bien parecía un Apolo oscuro, siniestro y tan atractivo que ella se desharía a sus pies si sus negros ojos la seguían mirando con tanta fijación.

Se hizo un retrato fiel de su rostro, porque su cuerpo era grande, fornido y perfecto.

Su mandíbula cuadrada le daba un aire peligroso, y sus labios la estaban llamando a gritos.

El adonis rubio que se creía Liam Banstorn se quedaba en el cubo de los desperdicios si alguien tuviese que hacer una comparación entre ambos.

Sintió que el bufón le daba un empujón del todo indiscreto. Eso la sacó de su ensoñación, y supo que Ranfield había estado hablando y durante su exposición, ella posiblemente estuvo babeando sobre la gruesa alfombra que había bajo sus finos escarpines de baile.

―¿Qué? ―preguntó Regina, sin saber qué más hacer para recuperar la compostura.

Estaba mortificada. Después de tantos años y ella ofrecía una imagen del todo ridícula ante Lawrence.

Oh, sí. Ella tenía permiso para llamarlo por su nombre de pila porque habían sido muy amigos.

Él era un pariente lejano que había visitado la casa solariega de lord Snow durante los veranos cuando su padre todavía vivía.

Habían jugado juntos, trepado a los árboles y nadado en el lago. Siempre fueron muy cercanos.

―Estaba admirando su belleza, lady Regina ―lo escuchó al fin hablar―. Los años no han hecho más que sacar a relucir lo que ya imaginaba que acabaría siendo: la preciosa hija de un conde.

Ella se sonrojó y abrió el abanico con su mano libre para buscar un poco de frescor.

―Es bueno verlo, lord Ranfield. Leí en el periódico que su padre falleció y siento su pérdida, milord.

―Mi padre vivió de manera muy… ―lo observó dudar, como si estuviese eligiendo la palabra adecuada―, alegre, así que se fue en paz de este mundo. ―Ella recordaba que la relación con el anterior conde no fue nunca buena, aunque no sabía el motivo exacto.