Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

―Ah, tus problemas de audición me preocupan, hermano.

―No soy sordo. A mí lo que me preocupa es que creas que soy uno de tus lacayos ―contraatacó Liam.

―Soy el duque. Eres mi hermano menor. Dado que has escuchado perfectamente mis órdenes… haz lo que te pido. Isobel necesita que yo sea firme y le irá bien permanecer un par de días sin mí para que…

―Sabía que había problemas en el paraíso ―dijo en alto Sullivan, sin ser consciente de haber abierto la boca.

―No tantos como los hubo en tu remanso de paz campestre según tengo entendido, Sullivan.

Pensé en un principio que eras un hombre inteligente.

No debes serlo si quieres atacarme y que yo rememore tu triste pasado.

―Oh, sí. El Ángel del Infierno sintió el duro golpe del duque en la clara alusión sobre el fracaso que tuvo con Evangeline en su momento.

―¡No voy a ir a tu casa! ―saltó Liam, al darse cuenta de la proposición que le había ordenado el duque―.

Tu esposa estará hecha un mar de lágrimas.

Eve estará devastada porque ningún pretendiente le dura más de unos pocos minutos y la arpía de ojos turquesa se las arreglará para hacerme responsable de todo.

Y desde luego no pienso soportar que tu ayuda de cámara, que usas de secretario o de niñera y que te vigila con ojo de halcón, me eche un sermón sobre…

―¿Tienes miedo de Mason Wilson, Liam? ―En verdad el hombre era temible.

―Ese sirviente tuyo me mira con suma decepción cada vez que me ve. Lo ha hecho siempre ―precisó―. En definitiva, no pienso meterme en la boca del lobo porque tú tengas un ojo morado y quieras darle una lección a tu esposa por lo que sospecho que ocurrió en la fiesta de esta noche.

―¿Quién es Eve? ―interrumpió la discusión Sullivan, controlando un mal presentimiento. Sus puños estaban apretados y los nudillos se veían blancos. El duque se había fijado en ese detalle y se puso en alerta.

―Evangeline ―razonó York cuando Liam perdió el hilo de la pregunta.

―¿Por qué tu hermano, al que sabes que desapruebo por completo, la llama así?

―se interesó Avery, sintiendo un nudo en la garganta.

Solo él había empleado ese apelativo para referirse a Evangeline tiempo atrás.

Avery ya le advirtió al duque que no consentiría que el amor de su vida acabase con alguien como Banstorn.

No estaba contento con descubrir la confianza que parecían compartir su Eve y el hermano de York.

―Es un diminutivo ―respondió el duque.

―Lo sé. ―Miró al hermano del duque y le preguntó―: ¿Quieres pelear, lord Liam? ―Se irguió Sullivan con la ira nadando en sus venas.

―Sullivan, no tienes de qué preocuparte ―intervino York una vez más.

―¿Qué diablos ocurre? ―Banstorn estaba perdido.

―A mí me parece que sí ―dijo el dueño del club, deseando que el cachorro hedonista dijese algo para provocarlo.

―Le gustan las morenas, cuanto más arpías, mejor ―trató de tranquilizarlo el duque.

―¿Me explicáis de una maldita vez qué es lo que está sucediendo?

¿Y por qué demonios no me apruebas? ―preguntó mirando a Avery―.

Me importa poco que no lo hagas, pero no me parece justo que digas algo así cuando tú tienes una reputación más terrible que la mía ―explotó Liam, obviando la observación de su hermano.

―Vete a casa, Liam, y haz lo que te he dicho. Cuida de mi familia hasta que decida regresar.

Banstorn miró a los dos hombres y emitió un gruñido.

―Vaya, ¿qué será lo próximo que me pidas, Malcom?

¿Que te enjabone en el baño? ¿Te doy un golpecito en la espalda para eructar cuando termines de comer?

¿¡No tienes bastante con lo que me has encomendado que también tengo que ir a enfrentarme a tu familia y a ese secretario tuyo que me censura por completo! ? ―gritó con enfado.

Ya era bastante malo ser su heredero y tener que asegurar el título.

¿Iba a ser el títere de York durante el resto de su vida?

, se preguntó interiormente enfurruñado.

No esperó respuesta, porque sabía que acabaría sucumbiendo a la petición del tirano de su hermano, y se encaminó hacia la casa para dar las explicaciones pertinentes.

Eso sí, se marchó de allí expresando unos exabruptos de lo más elocuentes.

York y Sullivan se quedaron solos.

―Te dije en su momento que no dejaría que Evangeline acabase unida a tu hermano.

―Y te aseguré que no sería así. Creo que le gusta más la otra hermana, aunque sospecho que todavía no se ha dado cuenta de por qué lo vuelve tan loco.

―¿Regina? ―inquirió con asombro. Recordaba bien a esa muchacha y era… Bien, ella no era una persona simpática y adorable, más bien todo lo contrario. Y más allá de su carácter, ella tenía un aspecto exótico, pero salvaje, aunque sus ojos realmente eran preciosos. Turquesa, si mal no recordaba.

―Ah, tal vez preferirías que mi apuesto hermano pusiese sus ojos en Eve. ―York sí sabía a qué venía el enfado del hombre que tenía frente a él. Era evidente que ese apelativo era algo importante y exclusivo de la pareja, y Liam lo había usado sin comprender las connotaciones.

York no le había dado explicaciones a nadie sobre lo que sucedió antes de su boda con Isobel cuando Faran Spooner, el vizconde Thorpe, trató de secuestrar a su esposa y tampoco había comentado el papel decisivo que tuvo Sullivan en aquello.

Porque, aunque el denominado Ángel del Infierno rescató a su duquesa, él había colocado a Isobel en el punto de mira de aquel maldito engendro de Satanás.

―No uses ese diminutivo si no quieres regresar al ring .

York se giró, el lugar estaba despejado, no había rastro del bastardo que atemorizaba a los niños.

―Si quieres podemos hacerlo. Tengo ganas de acción. Aunque también podríamos hablar de los pretendientes de Evangeline que desaparecen.

―La habitación de tu hermano estará lista en diez minutos. Mandaré que lo dispongan todo. Tengo trabajo que hacer, no todos hemos nacido en el lado correcto de la balanza.

―Tal vez seas una persona inteligente después de todo, señor Sullivan.

Avery giró sobre sus talones y comenzó a marcharse. Se lo pensó mejor y se volvió para observar al duque. La mirada de ambos se cruzó.

―También podemos hablar de los problemas que tienes con tu duquesa, ya sabes… si quieres un hombro sobre el que llorar… ―se atrevió a opinar.

―Ve a trabajar antes de que acabemos en el cuadrilátero y hagamos algo de lo que podamos arrepentirnos. Mi vanidad exige que te rete en este mismo momento, pero siendo como soy, un duque magnánimo, no lo haré.

―Eso pensaba ―susurró Avery con orgullo, antes de continuar su camino.