Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

―Bueno, teniendo en cuenta que no estoy dispuesto a perderte de vista, dado que eres peligroso e impredecible, y más porque ambos sabemos que a Evangeline le están desapareciendo ciertos pretendientes que mi hermano dice que son cuestionables…

―Está arriba con tres mujeres. ―Cortó la conversación porque no le interesaba abordar esa cuestión que acababa de insinuar York.

―¿Liam?

―El mismo.

―¿Solo tres? ―preguntó haciendo una mueca de disgusto.

―No es fácil complacer a tres damas.

―Cinco es un número bastante bueno. Eso sí es un desafío, aunque mi duquesa en ocasiones hace que me pregunte si no esconde a diez mujeres bajo su ordenada apariencia.

Sí, Isobel es demasiado exigente a veces conmigo ―expuso quedamente, sin ser consciente de que sus divagaciones estaban siendo dichas en alto.

Sullivan carraspeó incómodo.

―El duque de Phenton también anda por aquí. Está en una habitación, pero le gusta ir…

―Sí, él prefiere ir de una en una ―lo interrumpió. A York le gustaba ya acostarse con una sola mujer. Pese a que ella lo tenía ardiendo y enfadado, solo deseaba a Isobel en su cama―. Debe de ser tu noche de suerte, Sullivan, tienes a dos malditos duques en tu club.

―Phenton está interesado en descubrir qué sucedió, y eso no le impide disfrutar de un poco de la diversión.

―Sí… el apuñalamiento. ―York recordaba muy bien aquel episodio.

Por desgracia, el bastardo anónimo que trató de atentar contra la vida de Lucien Maldith, duque de Phenton y espía retirado, todavía andaba suelto, aunque sabía que no por mucho tiempo―.

Acabará descubriendo quién fue y luego lo mandará a nadar al Támesis. Bien, centrémonos en mi pelea.

―Te he dicho que esta noche tengo que…

―Yo ocuparé tu lugar en el cuadrilátero, Sullivan. Solo léeme los cargos del bastardo que va a probar mi destreza.

―Fue suficientemente malo que Phenton acabase herido en mi club, no sería bueno que otro duque…

―¡Detente! ―York levantó una mano para frenar la retahíla del otro hombre. Si seguía por el camino que sospechaba que iba a tomar, acabaría dándole un puñetazo.

―Dios me libre de poner en tela de juicio tu destreza, o tu orgullo arremeterá contra mí buscando la pelea que deseas porque tu esposa ha debido enfadarte muchísimo. O tú a ella. No lo tengo claro del todo.

―Sullivan, estás jugando con fuego y espero que tu madre te advirtiera que no se debe hacer porque uno puede quemarse. No es bueno contrariar a un duque, menos a uno que no gozará de su ardiente esposa esta noche.

Avery sonrió de lado.

―Te he visto luchar, eres bueno, no lo negaré. Pero hablamos de un hombre que tiene especial predilección por la violencia y no pelea limpio. ¿Estás seguro de que quieres ocupar mi lugar?

―Dame al cerdo para que lo desangre. Eso me mantendrá cuerdo por el momento. ―Sí, fue una orden tiránica que no admitía réplica.

―Bien, te lo concederé, dado que imagino que debajo de toda esa capa de sedas, satenes, encajes o lo que sea que lleves…

―Soy un duque, uno apuesto, rico, elegante y vanidoso…

¿Esperas que me vista de modo corriente?

Bastante es que me limito a usar colores discretos.

He visto a un barón con un chaleco rosa con mariposas verdes bordadas.

Mi ayuda de cámara hubiese abofeteado el rostro del individuo con un guante, para retarlo a duelo ante semejante afrenta a la humanidad. Yo mismo casi lo hago.

―¿Dejamos ya de hablar de tus caros… vestidos ? ―Arrastró la última palabra.

Lo miró con seriedad y Sullivan se encogió tibiamente.

No era bueno hacer enfadar a un duque, no, a uno como el que tenía delante, pero saber que él podía disfrutar de la compañía de la mujer que Avery tenía vetada, de Evangeline, lo hacía envidiarlo con fuerza y de ahí que lo molestase a cada paso.

―Estoy convencido de que en verdad no quieres pelear, sino que ansías conocer de cerca mi puño y que tu nariz torcida comience a sangrar.

―York, sinceramente disfruto más molestándote a ti que a tu hermano. Tu ingenio es más sutil.

―¿Qué hay de la pelea? ―Necesitaba acción, no más charla insustancial.

―Te cederé mi lugar, pero debes dejarlo a las puertas de la muerte y su brazo derecho no puede volver a funcionar con normalidad jamás. Hay que destrozárselo.

―Todavía no me has dicho los crímenes de mi oponente.

―Niños.

No hizo falta más para que el duque comprendiese la aseveración. Sonrió satisfecho. No solo iba a encontrar la distracción que necesitaba, sino que además sacaría toda su frustración para castigar a alguien que en verdad lo merecía.

―Al infierno con él. Arréglalo todo.

―Enseguida, excelencia.

―Voy a disfrutar muchísimo ―insistió York terriblemente contento.

Los dos se encaminaron a lanzar un desafío que el rival no pudiese resistir. El dueño del club paró. York hizo lo mismo y lo observó con atención.

―¿Está bien? ―Ambos sabían por quién estaba preguntando Sullivan.

―Es feliz.

Avery asintió, era todo lo que deseaba para ella.

―No dejes que caiga.

―Nunca. ―York cuidaría de su familia. Incluido el joven conde de Snow. Theodore, el hermano de ellas, había resultado ser todo un dolor de muelas, pero Banstorn parecía encantado con su nuevo amigo.

***

Pocos minutos después, con un alboroto de fondo, una pelea daba inicio. Hoffoll no había tenido opción a negarse a bajar al ring a pelear, dado que los perros de Sullivan, con él al frente y York a un lado, le habían hecho una invitación que no pudo declinar.

El duque se quedó gratamente sorprendido cuando el hombre lanzó el primer derechazo y le puso el ojo morado. Era lo que necesitaba, un incentivo más para sacar a relucir toda la furia que tenía encima debido a la discusión producida con Isobel.

York miró al rival y lo vio jadeante. Dos hombres que tan solo llevaban sus pantalones puestos y peleaban con el puño desnudo.

Hacía un año que el duque había estado en ese mismo sótano enfrentándose a un pretendiente de Isobel al que él odiaba desde su infancia con todo su ser. Le gustaba sentirse vivo de nuevo. Furioso.

―Me han dicho que te gusta maltratar a los niños y que debo dejarte inservible el brazo derecho.

―Inténtalo si puedes, fantoche ―se burló su presa.

A York le gustaba cuando lo subestimaban y creían que él iba de farol.

Se acercó con sigilo, esquivó un puñetazo que iba directo a su hígado, y descargó una buena ráfaga de puñetazos sobre el costado del maldito cretino.

Sin piedad. Peleaba con fuerza para sacar del medio a un indeseable.

Lo dejó tumbado en el suelo, boca abajo, lloriqueando.

No debería sorprenderse demasiado, porque aquellos que causaban dolor a los más débiles rara vez eran contrincantes decentes para enfrentar una pelea igualitaria.

Solo los cobardes se desquitarían con quienes estaban en inferioridad.

York sujetó el brazo derecho del hombre y se lo retorció tras la espalda.

―Esto es de parte de Jonny. ―Sullivan le había contado la situación. El niño había sido dado por muerto después de que ese indeseable le diese una paliza y Dios sabía qué más.

―Por favor, no lo hagas. Te lo suplico, te daré lo que quieras. Tengo mucho dinero.

El duque hizo oídos sordos a sus súplicas.

―La próxima vez, te mataré yo mismo. No vuelvas a mirar a un niño porque vas a estar vigilado. Sabremos lo que haces, cómo lo haces y cuándo. Iremos a por ti y te dejaremos eunuco. Es la promesa que te hago.

Su rival lloraba y pedía auxilio. La multitud exigía sangre y más pelea. El duque colocó su pierna sobre el codo y miró a Sullivan, quien asintió, con gusto le fracturó el brazo al menos por tres lugares. No volvería a poder usar esa extremidad con normalidad. La víctima se desmayó debido al dolor.

Él se acercó hasta donde estaba el jefe de El placer del infierno.

―La pelea que me prometiste me sabe a poco. ¿Subes?

―No puedo dejar a tu esposa viuda cuando solo ha pasado un año de tu boda, duque.

―¿Apostamos algo, Sullivan?

―Si quieres puedo llamarte cada vez que me tope con alguien que merezca la justicia que el Ángel del Infierno imparte.

Siendo como eres, un duque, no creo que los runners de Bow Street pudieran llevarte a Newgate.

Entre otras cosas porque me han dicho que la prisión está rebosante y no cabe ni un alfiler.

―¿York? ―Se escuchó una pregunta a su lado. El duque estaba bajando del ring . Su hermano estaba llegando a su lado.

―¿Has podido con las tres, Liam? ―inquirió el duque.

―Alguien debe seguir dejando el pabellón bien alto, Malcom. ¿Qué diablos haces aquí, peleando? Tienes una pinta horrible, por cierto. No quisiera estar en tu pellejo cuando tu mujer te vea y descubra que has estado…

―Maldición ―susurró por lo bajo York. La institutriz que seguía habitando en su Isobel saldría a flote para causarle mayor complicación. Él no había tenido en cuenta que su esposa armaría un buen estruendo si descubría lo que había hecho. Más después de la discusión.

―Dime que el otro ha quedado peor que tú. ¿Tan torpe eres que te dejas dar un puñetazo?

―¿Quieres subir, hermano, y comprobamos si en verdad no tengo destreza? ―lo retó.

Sullivan ocultó su risa inicial con un ataque de tos. Los hermanos lo miraron como si le acabasen de perdonar la vida.

―Estoy desgastado, tres… No creo que pudiera ni soportar la fuerza del viento si saliese a la calle ―le dijo con picardía Liam.

York se quedó unos minutos pensativo. Su hermano lo observaba con curiosidad y Liam se temía lo peor. Cuando el duque se ponía a maquinar, ello implicaba problemas y más dificultades.

―Te diré lo que haremos. Como tú has hecho el deporte que necesitabas y yo también, irás a mi casa esta noche a dormir y les dirás que me he acomodado en White´s.

Te quedarás allí hasta que regrese a casa y yo ocuparé esa habitación que presumo que Sullivan te permite usar y has dejado despejada.

―Miró al dueño del club―. Asegúrate de que la limpien a conciencia y cambien las sábanas.

―¿Cómo has dicho, York? ―Liam debía estar imaginando cosas.