Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

―Aburrido… ―dijo en un puchero que él no encontró adorable―.

¡Dios mío! ―exclamó ella y Avery supo que la mujer acababa de hacer la conexión―.

En verdad Banstorn es apuesto, pero se queda corto en comparación con este.

Vaya, sí son hermanos. La misma vanidad.

Entran en un lugar y ambos poseen las dependencias con todo ese vigor y seguridad que desbordan.

Es el hombre más apuesto que una vez vi.

―Él carraspeó a la vez que rodaba los ojos.

Estaba harto del hermano, pero tener que soportar también la intrusión de York en sus dominios ya era demasiado―.

No te ofendas, Sulli, eres pecaminoso, y te montaría si lo permitieses para llevarte al cielo, pero tanto el que tiene fijación con las morenas ―dijo en clara alusión a Liam, quien en verdad solo se acostaba con mujeres de pelo oscuro―, como este hermano, que no mira a las damas que se pasean con los pechos desbordados sobre el vestido, son dioses.

Aunque dudo que esté felizmente casado, como dices, si él está esta noche aquí.

Creo que iré a ver si… ―La preciosa rubia se mordió el labio con lascivia.

―No. No lo harás. ―La orden fue tajante una vez más sin necesidad de gritarla.

―Cuidado, mi dulce Sulli, o realmente pensaré que estás celoso. ―La señorita Mirrell le ofreció una sonrisa y le guiñó el ojo.

―¿Si digo que no te quiero cerca de él porque estoy terriblemente celoso lo dejarás en paz?

―Podrías probarlo ―lo retó.

Él emitió un largo suspiro. Las hojas de cotilleos habían hablado largo y tendido la temporada pasada sobre el matrimonio hecho por amor de los duques de York, y él, que había estado al lado del noble cuando tuvieron que rescatar a la que era su esposa en la actualidad, había visto que era verdad, no obstante, Helen tenía muchos trucos y no deseaba arriesgarse a que pudiera crear un problema que le traería dolor a Evangeline.

Avery Sullivan estaba al tanto de todo lo que le sucedía al amor de su vida, y sabía que más pronto que tarde ella se casaría con un hombre digno que le daría todo lo que merecía.

Cuando ese día llegase posiblemente él acabaría muerto, después de enfrascarse en una buena pelea que no podría ganar o con los sesos esparcidos en el suelo después de pegarse un tiro.

Sacudió la cabeza hacia pensamientos más…

menos… Decidió olvidar ese asunto por unos segundos.

Al menos, Liam Banstorn no parecía estar interesado en ser uno de los pretendientes de Eve, y era una suerte porque jamás permitiría que uno de los famosos disolutos la tuviese a su cargo, antes la raptaría y la escondería en sus habitaciones privadas.

No obstante, no le gustaba que se comentase que Evangeline y Banstorn hubiesen trabado una gran amistad.

―Helen, siento celos y deseo que no busques a otro hombre esta noche.

―Un beso ―dijo ella al instante.

―¿Qué?

―Un beso tuyo y te prometo que no trataré de seducirlo.

―No.

―Entonces voy a conocer a semejante espécimen. Si la tiene grande y gruesa será…

Avery maldijo con fuerza, la agarró del brazo para evitar que ella se marchase y la acercó hacia su pecho.

La observó mirarlo incrédula, pero su mirada pronto se transformó en deseo.

Los ojos claros femeninos se oscurecieron.

Él le sonrió, le acarició la mejilla y llevó un mechón de pelo tras la oreja.

La escuchó suspirar. Los sonidos no se parecían en nada a los que hacía Evangeline cuando él la sostenía en sus brazos.

Helen era una mujer experimentada que sabía lo que deseaba y no temía exigirlo para obtener su propio placer.

Había escuchado que incluso a veces dejaba a sus amantes sedientos tras alcanzar el clímax.

―Un beso, Helen, y no tentarás jamás al duque de York ―sentenció en tono bajo, muy seductor.

―¿Un duque? ―Ella abrió los ojos como platos. Ser la amante de un noble de alto rango, más uno al que le gustaría demostrar cada uno de sus impúdicos talentos sería…

―¿Lo prometes?

―Por un beso tuyo sí. Espero que sea muy bueno, porque mi caza era excepcional. ―No mentía. Duque y terriblemente apuesto.

―Di que lo prometes, Helen.

―Lo prometo, Sulli.

El Ángel del Infierno le acarició el cuello.

Era consciente de la mirada de buena parte de su personal de servicio.

Y no solo de sus empleados. Muchas damas lo observaban con curiosidad.

La apuesta había alcanzado una cifra ostentosa y había un buen botín para la mujer que finalmente hiciera caer a Avery Sullivan en su cama.

Nunca tocaba a ninguna mujer y lo que estaba haciendo con Helen no le resultaba placentero porque no era ella.

Cerró los ojos y acarició la nuca de la más bonita de sus empleadas.

En su mente enferma de amor imaginó que era Evangeline.

Tocó su mejilla y también era la de esa joven perfecta que cada día lo había alentado con dulces palabras y la que no se atrevió a despojar de su virtud hasta que se convirtiesen en marido y mujer.

―Eve ―susurró en medio de su delirio. Rozó los labios de Helen imaginando que eran las dos pequeñas fresas jugosas de Evangeline.

Incluso, en sus recuerdos evocó el aroma a lirios que solía usar la dama que jamás podría ser suya.

Abrió los ojos para centrarse en la mujer que sostenía entre sus brazos y el sueño terminó ahí.

Se acercó y le dio un beso en la mejilla derecha.

No fue un aleteo, dejó su boca un par de segundos ahí y luego pasó al otro lado del rostro de la cantante, e hizo lo mismo.

A continuación se separó de ella sin brusquedad, pero con rapidez.

Ella abrió los ojos, dado que en todo el proceso los había mantenido cerrados, disfrutando de su triunfo y llena de anticipación.

Helen Mirrell había estado segura de que si él la besaba podría llevárselo a su cama en cuanto pusiera su mano en su hombría y lo despertase de su largo letargo.

Hacía un par de años que lo conocía y no tenía noticias de que hubiera disfrutado de ninguna de las múltiples féminas que tenía a su alcance…

No al menos del modo que debían encontrarse dos amantes.

¿Qué llevaría a un hombre a refugiarse en el celibato?

, se preguntó llena de lujuria. ¡Oh, cómo deseaba ser ella quien lo trajese de vuelta al lado tenebroso del placer carnal!

―¿Dónde está mi beso, Sulli? ―inquirió, al darse cuenta de que él se alejaba escaleras abajo.

―Te he dado dos, Helen.

―No.

―Sí ―afirmó, con una brillante sonrisa para después marcharse en busca del duque de York.

―¡Eres un maldito tramposo! ―Se acababa de dar cuenta de que la había engañado.

―¡La próxima vez asegúrate de establecer mejor el acuerdo, querida! ―le dijo de espaldas.

―¡Maldito seas! ―le espetó, mientras se daba la vuelta y se iba hecha un basilisco en busca de otra pieza más suculenta.

***

No lo confesaría, pero su hermano tenía razón. El club de Avery Sullivan tenía algo que lo invitaba a serenarse. El duque de York ya lo había sentido el año pasado cuando ingresó por primera vez para darle la paliza de su vida a un vizconde de lo más vil en los sótanos del local.

Isobel. Ella iba a ser su ruina. ¿Cómo no podía ver su mujer que la adoraba y que si no tenía descendencia, Liam haría lo razonable? Estaba tan enfadado y dolido que le gustaría…

Vio al propietario de El placer del infierno acercarse hacia él. Soltó la mano de cartas y se puso en pie.

―¿Quieres pelear? ―York le lanzó la pregunta sin tan siquiera saludarlo.

―Sí, pero no es contigo con quien tengo una justa pendiente.

―Si quieres puedo hacer algo para que tengamos un asunto que discutir a puño desnudo.

Avery sonrió de lado.

―Creí que dijiste que nuestros caminos no volverían a cruzarse. ¿Qué te impulsa a abandonar a tu esposa y venir a mi casa, York?

―Pelear. Pensé que había quedado claro. Supongo que la voz de un duque no es algo que acostumbres a escuchar habitualmente, y por ello no hayas reconocido mis prioridades.

Hubo algo en el tono desapasionado que siempre usaba el orgulloso duque que le hizo tener un recelo más que razonable sobre sus asuntos. York estaba deseoso por pelearse con alguien y Avery se prometió que no sería con él.

―¿Debo sospechar que tu adorada esposa te ha echado de su lecho y vienes a calmar tu ansiedad en mis sótanos, duque?

No había pensado que te gustase más el deporte de contacto que el de cama.

Recuerdo haberte visto pelear en el ring , pero no esperaba que quisieras arriesgar ese inmaculado y perfecto rostro del que tanto presumes.

―Bueno, un poco sí deseaba contrariar a York.

―¡Oh, ya ves! Siempre olvido que mi poderosa y temerosa apariencia viril queda desdibujada cuando me enfundo un caro traje de fiesta, y que mis finas maneras tienden a malinterpretarse.

¿Quieres que te demuestre lo que soy capaz de hacer sin despeinarme?

―inquirió con parsimonia y seriedad. En realidad todo su discurso fue dicho en su característico tono pomposo.

―¿Cómo dices? ―Sullivan se había perdido algo.

York lo miró con una ceja ducal alzada.

―Digo que no hará falta que bajemos al ring porque bien podría machacarte aquí mismo, Sullivan.

El dueño del club levantó las manos en señal de paz.

―Lo que evita que nos veamos las caras contra las cuerdas es que tengo un rival más interesante que merece toda mi atención, en caso contrario estaría encantado de que te…

desfogases. ―Avery señaló con la cabeza al hombre que, muy posiblemente, iba a perder la movilidad de su brazo derecho y tal vez algo más.

―¿Es una nueva misión del Ángel del Infierno? ―preguntó con curiosidad el duque.

―Creí que en Mayfair no llegaban los chismes de la clase baja.