Capítulo 2
Un ángel en el infierno
Un lugar para pecar. El placer del infierno no era un club de caballeros.
No al menos en el sentido estricto de la palabra, aunque sí era un lugar de encuentro.
Había diversión: bebida, juegos, mujeres y peleas.
Situado en el East End, era famoso por ofrecer lo que otros no brindaban, y eso era que también se permitía la entrada a las damas para que fuesen ellas las que tuvieran el poder si así lo deseaban.
El placer del infierno era su hogar, lo que conocía, lo que había construido con sus otros dos socios que permanecían en la sombra y cuya identidad no era del dominio público, salvo para unos pocos curiosos.
Admiró la gloria de su creación desde su posición.
Paredes envueltas en terciopelo rojo, salpicadas con paneles oscuros de materiales metálicos, puertas de color dorado, mesas talladas en madera de gran calidad, muchos caballeros y nobles que él conocía se entretenían con el juego, mujeres y un espectáculo que daban varias chicas bailando ligeras de ropa.
Damas de la alta sociedad que ocultaban su identidad bajo antifaces sensuales…
Además, los sirvientes transitaban por el lugar con una educación más que aceptable.
Llevaba viviendo en el East End tres largos años en los que su vida era… No había nada interesante para un varón como él. En una ocasión alguien le dijo que no era más que un hombre con el corazón roto. Era muchísimo más que eso porque no tenía alma. Hueco, vacío.
Las oscuras calles de esa parte de Londres no toleraban el descuido.
Siempre atento, el señor Avery Sullivan se había labrado un presente.
Era rico. Sus nociones sobre contabilidad y su intuición habían hecho que un club como El placer del infierno fuese un éxito rotundo.
A medio camino entre la decadencia y la opulencia, el lugar pudiera ser considerado un remanso de paz para los miembros de la alta sociedad que tenían la membresía.
Se apoyó en la barandilla de la escalera del primer piso y contempló su obra con satisfacción.
Era el Ángel del Infierno. Así lo habían bautizado a él, a un hombre sin pasado, sin futuro, que solo vivía el momento.
Su club eran sus dominios y no era buena la difusión de que un año atrás alguien hubiese apuñalado al duque de Phenton mientras otro duque, York, mantenía una disputa con un indeseable vizconde en el ring del sótano.
No había podido dar con el causante de tal atrocidad… todavía, pero lograría averiguar quién había tenido la imprudencia de llevar la violencia a su guarida sin su autorización.
Avery suspiró. La música de la orquesta resonaba mientras los socios disfrutaban de las mesas de juego.
York le vino a la mente. El duque de York, el hombre que custodiaba a Evangeline.
Sacudió la cabeza. ¿Algún día dejaría de pensar en ella?
¿En algún momento de su infeliz existencia olvidaría que había tenido la felicidad en la palma de la mano, y que las circunstancias de su nacimiento le arrebataron al amor de su vida?
Sullivan sabía la respuesta a esa pregunta demasiado bien.
Evangeline Dreyer, en especial sus ojos llenos de amor e inocencia no lo abandonarían mientras quedase un suspiro en su cuerpo.
Se había enfrentado numerosas veces a la muerte, deseando perecer para que su agonía terminase.
No había nada más peligroso que un bastardo que no temía a nada ni a nadie y que clamaba porque la oscuridad se cerniera sobre él, para por fin aplacar su corazón roto.
Tenía dos heridas de balas en su pecho que certificaban su osadía, además de dos cicatrices en el rostro.
Su bonita cara angelical, esa que su Eve había admirado hasta quedarse dormida, no era lo que fue.
Avery Sullivan tenía el aspecto de un demonio y se enorgullecía de ello.
La gruesa y blanquecina cicatriz que surcaba la parte derecha de su cara iba desde el ojo hasta la mandíbula.
Otra un poco más discreta recorría en paralelo a la principal.
Debería estar satisfecho de su aspecto porque eso le daba cierta ventaja sobre sus rivales.
No quedaba nada amable en él. El placer del infierno exigía que un malvado lo gestionase y él había aceptado el lugar.
―Jefe, ha venido. ―Su hombre de confianza, Cook, se acercó hasta él por la izquierda para darle la indicación.
La vista de Sullivan se posó en el señor Hoffoll, que en ese momento se acercaba a la ruleta para probar suerte.
―Bien. Hace semanas que no peleo y al fin voy a tener la oportunidad de desquitarme con el desgraciado. Veamos si es tan bueno golpeando a otro hombre de su tamaño. ―Hubo unos segundos de silencio―. ¿Cómo está Jonny? ―preguntó Avery, tratando de manejar la ira que crecía dentro de él.
―El niño se recupera bien. Lois lo ha estado consintiendo como si fuese su propio cachorro.
―¿Su brazo?
―El médico dijo que no podría volver a moverlo con normalidad. Al menos es el izquierdo y el niño es diestro.
―Noble, plebeyo, rico o pobre, todos deberían saber que el East End no consentirá la violencia contra mujeres y niños mientras el Ángel del Infierno siga vivo.
―Hubiera sido mejor rebanarle el cuello a ese infeliz y no darle la oportunidad de pelear por su vida.
―No. La culpa debe expiarse y ese hombre va a perder su brazo derecho.
―¿El derecho? ―se interesó Cook. La respuesta de Avery fue cabecear hacia donde el maldito abusador de niños estaba. El hombre de confianza del Ángel del Infierno comprendió que él era diestro y que por eso su jefe iba a darle más fuerte.
―Voy a asestarle tantos golpes, que juro por El Maligno, que no va a volver a pensar en acercarse a otro niño mientras le quede vida.
―Sigo diciendo que te tomas demasiadas molestias. Yo mismo podría haberlo esperado en el callejón contiguo, pasar el filo de mi navaja por su despreciable cuello y… fin de la historia.
Cook esperaba que su patrón dijese algo. Lo vio con el ceño fruncido observar a…
―¡Mierda! ―exclamó Avery.
―¿Qué hace él aquí hoy? No es suficiente con que el hermano se pasee como un pavo emplumado por nuestro club, que ahora también tenemos que soportar a un maldito duque más vanidoso todavía.
―A Cook no le gustaba ninguno de los dos hermanos, pero el pequeño le parecía especialmente más insoportable que el mayor.
―¿Dónde está lord Liam Banstorn?
―En su habitación con tres morenas. ¿Por qué le regalaste una membresía? Sé que tú tampoco lo aguantas.
―Es un niño bonito de Londres y las damas lo desean. Era bueno para el negocio. Un excelente reclamo. ―Además que necesitaba tenerlo vigilado.
―Ya. Supongo que no tiene nada que ver con que él se haya convertido en un excelente amigo para…
―No ―lo cortó. Al Ángel del Infierno no le hacía falta levantar la voz para que todo el mundo lo obedeciese. Cook no terminó su frase.
―¿Preparo la pelea o vas a saludar al hombre que tutela a la mujer que te mantiene…?
―Cuidado, Cook, no es un buen día para bromear conmigo.
―Lo imagino. Tienes en tu club al tutor de ella y en una habitación, fornicando, al otro que se dice que suspira por…
―¿Quieres que te corte la lengua?
Cook comenzó a reírse y le palmeó la espalda.
―Iré a preparar el sótano y diré a los chicos que organicen las apuestas. No tardes demasiado. ―Cook sabía que él iría a hablar con el duque de York.
Avery se dio la vuelta y una preciosa rubia se echó a su cuello.
―¿Hoy será la noche, Sulli? ―La mujer trató de besarlo después de lanzar la cuestión. El aliento a alcohol inundó sus fosas nasales.
―Helen, no deberías beber. ―Con suavidad trató de desembarazarse de ella.
―Lo hago porque me siento sola. Mira a tu alrededor. ―Ella paseó la mirada por la sala―. No hay ni un solo hombre que… ―Su voz se apagó. Sullivan masculló una maldición muy obscena en cuanto se dio cuenta de lo que había captado el interés de ella.
Helen Mirrell era la estrella de El placer del infierno.
Era la cantante más bonita que pudieron contratar y ella sentía predilección por los hombres difíciles de seducir.
La prueba era que llevaba años asediándolo, aunque él sospechaba que era por esa tonta apuesta que estaba circulando en su club sobre quién sería la mujer que finalmente lograría llevar al jefe a la cama.
Tal y como sucedía en el club de caballeros de White´s, en sus dominios también había un libro negro con apuestas de todo tipo, y lo más curioso era que las mujeres también podían participar, sin embargo, lo hacían bajo pseudónimos cuya identidad verdadera solo él conocía, puesto que había una libreta escondida en su despacho con los nombres de las socias que tan solo Avery custodiaba.
―Ni lo mires.
―Oh… ―La cantante apartó la vista del hombre al que estaba admirando―. ¿Será posible que te muestres celoso?
―No, querida, solo te ahorro el bochorno. Es un hombre casado.
―¿Desde cuándo eso es un problema? No creo que haya aquí más que unos pocos solteros.
―Este está felizmente casado ―puntualizó.
―Vamos, Sulli. No pensé que alguien como tú fuese a decir una frase como esa ―se mofó.
―No sedujiste al hermano y tampoco conseguirás llevarte a este.
―Aaaah, un reto. ¡Qué interesante! ¿Qué hermano? Déjame pensar… ―Caviló mientras volvía la mirada hacia el duque de York.
―Busca a otra presa, Helen.
Era una mujer capaz de poner a sus pies a un hombre que admirase a las mujeres de piel blanquecina, con el cabello dorado como el oro más preciado, ojos azules y un pecho de lo más sugerente.