Capítulo 1 #4
Eran una pareja enamorada, eso era innegable, pero él era un duque y los nobles, más los de alto rango, solo se casaban por una razón: engendrar a sus herederos.
Se sentía inútil como esposa, cada vez que sus periodos femeninos llegaban, la desesperanza era mayor.
Había pasado un año desde que se casaron en Escocia y el placer que compartían en la cama solo era eso: seducción.
No había un bebé en camino. A estas alturas de su matrimonio, Isobel ya habría tenido que dar a luz al primer hijo de York. Eso parecía estar lejos de ocurrir.
Ella había sido una institutriz formidable antes de casarse con lord Snow, así que abordó el problema con serenidad cuando a los seis meses no hubo ningún indicio de embarazo.
Las opciones eran claras. El ducado necesitaba continuidad.
La anulación, que sería complicada de obtener pero no imposible y más para un duque, o el divorcio, que era más complejo todavía pero tampoco inadmisible.
En ambos casos sería factible que él apelase a la falta de capacidad de ella para engendrar o alguna otra cuestión.
Sobra decir que su esposo puso el grito en el cielo cuando ella habló de ambas sugerencias.
Se sintió insultado y estuvo un mes entero disgustado sin apenas hablarle.
Isobel supo que lo había herido, pero él debía comprender que todo era por su bien.
Estaba dispuesta a sacrificarse para que el duque tuviese un hijo con otra mujer y asegurase el título, entre otras cosas porque la opción número tres era la más inalcanzable de todas, dado que hacer que Liam se casase sería como pedir a Dios que los bendijese con un solo niño aunque fuese, cosa que parecía que no iba a ocurrir.
York e Isobel habían visitado a los mejores médicos en asuntos de fecundidad.
Incluso a parteras que aseguraban tener hierbas para potenciar esas cuestiones.
Nada funcionaba y la desesperación de ella iba en aumento, por lo que su duque decidió que no se volvería a hablar sobre niños en su presencia porque Liam haría lo correcto.
Isobel dudaba que su díscolo hermano acabase claudicando.
Sabía que Liam Banstorn era un hombre nacido para la libertad.
―Sé lo que estás pensando, dulzura ―le dijo su esposo cuando se quedaron a solas.
―Eres fantástico en muchos campos, sin embargo, no sabes leer todavía la mente, Malcom.
―La tuya hace tiempo que sí ―expuso convencido―.
Desde que te vi en aquella zanja subida sobre tu majestuoso carruaje y no alabaste mi porte, mi físico y mi brillante sonrisa, supe que no ibas a ser fácil de conquistar.
Ya ves, mi amor, que no me rindo nunca y no lo haré jamás contigo.
Ten piedad de mis pobres nervios y no discutas más la cuestión de la maternidad.
¿Acaso quieres que tu pomposo duque sienta que su duquesa no lo valora en exceso, tal y como merece?
―Ve a buscar a las chicas, deseo ir a casa. ―Estaba cansada. Él no iba a conseguir animarla. Al menos en esos instantes no.
York bostezó perezosamente sin apartar la vista de su mujer.
―Yo también, Isobel, porque me has molestado esta noche muchísimo y lo que tengo pensado hará que mi enfado decaiga.
Usted, mi duquesa, va a ser castigada por su esposo y rogará para que el correctivo no se detenga.
Habrá dos pañuelos, uno sosteniendo tus manos y otro tus tobillos.
Otro más tapará tu boca para que no puedas contradecirme durante toda la sesión, y tus ojos tampoco verán lo que pretendo hacerte porque los vendaré.
―Él alzó las cejas varias veces en un movimiento de picardía―.
Disfrutarás, pero en todo momento sabrás que tu magnífico, amoroso y apuesto esposo está muy, pero que muy enfadado contigo.
―Eres imposible, York.
―Habrá doble castigo, excelencia, pues ya sabe cuánto me enfada que use mi título. ―Le ofreció una sonrisa pícara para tratar de aligerar el momento. Ella estaba muy tensa y no lograba que se relajase ni relatándole lo que tenía pensado para esa noche.
Isobel le sonrió, y él pudo respirar al fin.
―Oh, Malcom ―ella se rio con ligereza―. No me hagas reír cuando mi corazón está sufriendo tanto por nuestro enlace.
Lo vio ponerse serio de nuevo.
―¿Lloras, Isobel? ¿No estás contenta con tu matrimonio?
―Comenzó a formarse una opresión en su pecho―.
Tu corazón debería estar como el mío, rebosante de amor y pasión.
No consentiré que tú, mi esposa, a la que amo y adoro con locura, se arrepienta de nuestra unión.
Me sacaste de mi miseria, de mi apatía. Trajiste luz y eso cuenta para mí más que todo lo que creas que yo necesito o lo que supongas que merezca.
―Lo haces parecer fácil y no lo es. Todo el mundo me culpa por nuestra situación. Tú, tarde o temprano, lo harás. Llevas un año a mi lado y todo sigue siendo de los colores del arcoíris, pero…
―¡Detente! ―Alzó una mano para frenarla―.
Analiza bien tus palabras, dulzura, porque vas a meterte en un problema que te costó un mes solucionar la última vez que trajiste a colación el asunto.
―Aquella discusión fue única y muy grande.
El fantasma de la maternidad nunca se iría, sin embargo, hacía meses que no habían discutido.
―¿No quieres que exponga la verdad? ¿Te molestan mis palabras o solo es por el lugar en el que nos encontramos, que no quieres que hablemos de un asunto del todo urgente?
―Todo, Isobel, me molesta todo. Pero lo más insultante es tu desdén hacia mí y hacia ti. ¿No es suficiente nuestro amor? ¿No es bastante con que te ame hasta la extenuación? Tenemos una gran familia junto a nosotros y no parece ser suficiente para ti.
―No puedes esperar que me conforme sabiendo que soy una mujer con una tara muy seria.
El amor es capaz de enmendar al más disoluto de los hombres, yo misma lo he vivido contigo, pero no estoy segura de que sea fuerte cuando llegue el momento en el que te des cuenta de lo que has sacrificado por mí.
Recuerdo muy bien la ilusión de tus palabras cuando hablabas del pequeño niño que tendríamos.
De la niña que le seguiría. Admite que es un problema muy serio lo que tenemos entre manos y yo debo ser la causa ―se reafirmó ella.
―Tan disoluto como observas que he sido y no he engendrado nunca a ningún hijo ilegítimo ―respondió él, a lo que se sintió un ataque.
―Te cuidaste bien ―contraatacó. York sabía fórmulas para no dejar a una amante embarazada. Isobel era consciente de ello.
¿Su esposa se quejaba de que él no hubiese tenido un hijo con otra mujer? No serviría de nada dado que sería imposible que heredase el título. El complejo de mártir de ella comenzaba a ser altamente irritante.
―No siempre estaba lúcido, duquesa. El problema para concebir puede ser de cualquiera de los dos.
Has cuidado de Evangeline, Regina y Theodore años, y aunque son tus hijos a todos los efectos, es comprensible que desees experimentar la dicha de ser madre.
Sé que ansiabas una criatura tanto o más que yo.
Si alguien dictaminase que la tara, como has dicho, es mía, ¿sugerirías tan alegremente la anulación o el divorcio?
¿Te echarías en los brazos del primer hombre que acudiese a ti con la promesa de un hijo?
―No seas ridículo.
Él le ofreció una sonrisa triste.
―¿Y tú puedes serlo, duquesa?
―No es lo mismo y tú lo sabes. El peso social recae siempre en la mujer.
York suspiró y comenzó a negar con la cabeza mientras pasaba sus manos por su negra cabellera en señal de rendición.
Era evidente que su esposa deseaba una confrontación.
Levantó la mirada, que había mantenido en el suelo unos segundos, para enfrentarse a su esposa y observó que Regina y Evangeline entraban por las puertas del jardín.
―Tomando el ejemplo de mi hermano, haré algo sensato y me retiraré para evitar darte la batalla que deseas ganar. Id a casa tú y las chicas. Os dejo el carruaje.
―¿Te vas? ¿Me dejas sola? ―cuestionó ella.
―Sí, dulzura, porque eres como un perro con un hueso y veo en tus ojos que estás enfadada, que volcarás tu ira sobre tu amoroso esposo que tan devotamente te ama y, por mucho que adore las reconciliaciones, pelear contigo no me produce placer.
Se acercó a ella y le besó la mejilla. Acto seguido, el duque de York giró sobre sus talones y desapareció entre la multitud.
Regina y Evangeline llegaron hasta Isobel. La duquesa se limpió una lágrima furtiva con uno de sus guantes blancos que cubrían sus brazos. El vestido de seda rojo que llevaba, de pronto la hizo sentirse poco mujer.
Regina sujetó de la cintura a Isobel y tiró de ella para alejarse, al tiempo que Evangeline le abría camino hacia la salida.
En cuanto las tres mujeres llegaron al carruaje, los sentimientos de la duquesa se desbordaron. Así fue como en el interior del vehículo, Isobel dejó derramar las lágrimas y los sollozos.
Regina la acunó entre sus brazos. Las hermanas Dreyer eran muy conscientes de los problemas que tenían los duques de York.
Desde hacía unos meses, Isobel se había apagado y por mucho que el duque la colmase con toda clase de promesas no dichas, nada parecía apaciguar el dolor de una mujer que soñaba con ser madre y no lo conseguía.
Cuando Isobel se tranquilizó, la hermana menor escuchó pequeños sollozos. Giró la cabeza para buscar a Evangeline. ¡Ella estaba llorando también! Regina se separó de su madre y tomó con el brazo izquierdo a su hermana mayor, dado que las tres iban sentadas en el mismo asiento.
―¿Por qué estás triste tú, Evangeline? ―preguntó en tono maternal Isobel al darse cuenta de que su hija lloraba en silencio.
―Porque la vida es injusta. Amé una vez y creí que me casaría en un abrir y cerrar de ojos con el hombre que había elegido.
He perdido a tres pretendientes y hay quien se refiere a mí como una solterona.
¿Qué hay de malo en mí? ―Evangeline estaba devastada cada vez que el recuerdo del monstruo que la traicionó se colaba en su mente.
―Nada, Evangeline. Te prometo que encontrarás a un buen partido esta temporada. Haré todo lo posible por ayudarte y así tendré un objetivo para no centrarme en mis propios problemas ―le aseguró con convicción Isobel.
―Todo irá bien si no terminas al lado de alguien como lord Liam Banstorn ―afirmó Regina, mientras lidiaba con el estremecimiento que recorría su cuerpo al pensar en su hermana casada con ese engendro de la tortura y la lascivia.
―Solo es un amigo ―observó la otra hermana, al tiempo que salía de un abrazo confortable para proceder a sonarse la nariz.
―Entonces tengo trabajo por delante ―alegó Regina―, porque debo impedir que Isobel eche por la borda un matrimonio excepcional y ayudarte a elegir mejor a tus pretendientes, pero en especial a tus amistades.
―Resultas molesta, hermana.
―Sí. Alguien tiene que ser la molestia de esta familia o las dos acabareis molestándome a mí.
Lo único que Regina deseaba era marcharse del bullicioso Londres y quedarse en el campo.
Disfrutar de la tranquilidad y la libertad.
No podría ser hasta que Evangeline encontrase una buena pareja e Isobel comprendiese que el amor de un buen hombre era lo más importante.
Toda una suerte que ella blindase su corazón tiempo atrás y que el matrimonio no le interesase lo más mínimo.