Capítulo 1 #3
―Es el mejor y más sincero consejo que una dama casadera recibirá gratuitamente.
¿Esperas, York, que le diga a tu pupila que se centre en el título y las monedas de su futuro esposo?
¿Qué pasará si descubre en su noche de bodas que su marido es repulsivo y que no desea compartir intimidad con él?
Yo te lo diré. Nada. No ocurrirá nada porque ella no estará bajo tu protección y el hombre que la haga suya tendrá todo el poder sobre Evangeline.
Ella debe elegir bien lo que desea. ―Liam miró a la duquesa de York, quien lo observaba con pánico―.
Isobel ―tenían confianza para prescindir en privado de sus títulos―, si lo que deseas es que Eve sea feliz, debe conocer bien al hombre que acepte.
Es una suerte que los pretendientes de ella ―señaló a Evangeline― se casen con otras o desaparezcan, porque por mucho que arda en deseos de convertirse en esposa, y no asuma los riesgos de su decisión, si no acaba enlazada con el hombre adecuado, será infeliz y desdichada en su unión.
Esto no es una competición que gana la dama más rápida, es una elección que será para el resto de su vida y alguien debe recordárselo.
La esposa de York abrió la boca para responder al sermón ofrecido. No tuvo ocasión para expresarse. Su hija se adelantó en su explicación:
―No tienes ningún derecho a decir lo que has dicho, Liam.
No conoces mi propia mente y no sabes lo que hay en mi corazón, y aunque quiero pensar que buscas mi bien, detecto la censura en tu voz por mi modo de proceder ―saltó Evangeline, antes de abandonar el grupo y salir en busca de su hermana hacia el jardín.
El duque tiró de su preciada cadena y sacó su reloj de oro macizo para comprobar una teoría.
―Bueno, hermano, esta vez has molestado a las dos Dreyer en menos de media hora. Has batido un récord. ―La voz de York era gélida. El duque había visto a Regina marcharse de allí llena de furia hacía unos instantes. Del mismo modo que lo había hecho Evangeline.
―Eres tú quien se empeña en que me pavonee por los salones decentes cuando evidentemente no es mi ambiente ―respondió el aludido.
―Y bien sabes el motivo de eso ―tomó la palabra Isobel. Tenía los ojos brillantes.
―No pedí ser el reemplazo de mi hermano al nacer, eso ya era bastante malo, y no podéis esperar que asuma la nueva carga que me imponéis con gusto.
Lo que he dicho sobre Evangeline se aplica también sobre mí.
No soy tan hipócrita como para ofrecer consejos y no tomarlos yo mismo.
Viniste a mi casa, hermano, y me pediste que empezase a buscar esposa.
No me he negado, York, pero no pretendas que acepte tu empeño con ilusión.
No estoy hecho para el matrimonio, solo para satisfacer la lujuria con una preciosa mujer.
―Conozco muy bien tu pensamiento, porque yo estuve en tus pantalones tiempo atrás.
Sin embargo, las cosas cambian. Uno comienza a sentir hastío por lo que le rodea, su cuerpo le manda señales de que no desea seguir con una vida insípida.
Ya ves, querido hermano, que conozco tus propios pensamientos ―insistió― mejor que tú mismo.
Hay más en mí que una apariencia perfecta y una bella mujer que me acompaña a donde voy ―dijo mirando con ardor a su esposa―.
No puedo permitir que el título se pierda, Liam, y aunque solo sea para demostrarme que eres superior a mí, tratarás de superarme y encontrar el amor más rápido de lo que yo lo hice.
Banstorn suspiró. No había nada peor en ese mundo que un hombre enamorado que quisiera que la plaga se extendiese.
―Creo que es el momento de que me vaya, porque si la discusión persiste, acabaré sintiendo el yugo ducal de tu opresión, arremeteré como un animal acorralado y nuestra relación se resentirá, pues no suscribo ni una sola de las palabras que has dicho.
―Si debes castigar a alguien, Liam, no debe ser a tu hermano. Bien es sabido que yo no era joven y que debí haber pensado mejor… ―Ella sí sentía toda la presión cada día de su vida.
York pasó una mano por la cintura de su esposa para detener sus palabras.
La otra mano del duque agarró el brazo que la duquesa tenía en alto y apretado en un puño.
Liam fue consciente de toda la acción de la pareja, también de la mirada severa que su hermano le estaba lanzando.
Los ojos de la duquesa de York estaban aguados y él sabía que era un asunto espinoso para la pareja y terriblemente doloroso para ella.
Banstorn había sido testigo involuntario de las múltiples discusiones que surgían entre los duques debido al asunto de la sucesión.
Su hermano sufría por la angustia de su mujer al no poder engendrar.
―No, Isobel. Nadie tiene la culpa de que los niños no lleguen cuando es lo que más se desea, pero tampoco yo debería sentirme culpable y tener que renunciar a mi vida para buscar un matrimonio que todavía no deseo y que muy probablemente no llegue a querer jamás.
Me alegro por el giro que dio la vida de mi hermano.
De verdad, estoy feliz de que te encontrase, pero yo no ansío lo mismo que él y tengo que habituarme a mi nueva situación.
La vulnerabilidad de la duquesa se sintió como un cuchillo tallando su piel.
Ambos hermanos eran conscientes de ese hecho.
Pese a que estaban en un lugar que ofrecía cierta intimidad, si alguien se había parado a escuchar, la cosa se pondría más fea de lo que ya era, dado que la comidilla de las columnas de chismes era el no nacimiento de un hijo por parte de los duques de York tras un matrimonio apresurado y muy romántico en Gretna Green la temporada pasada.
La historia era un poco más rocambolesca, dado que la duquesa fue secuestrada un año atrás por un antiguo rival de York, pero era algo que en estos momentos no venía al caso recordar.
Lo importante fue que el amor triunfó y que uno de los mayores disolutos se había casado por amor y que York era tremendamente feliz con la elección de Isobel.
Liam avanzó unos pasos para retirarse. Su hermano lo agarró del brazo.
Ese era Malcom W. Banstorn en su máximo esplendor, un poderoso duque capaz de someter a cualquiera, incluso al más reacio al matrimonio, porque Liam tenía pánico a esa sagrada institución y había accedido sabiendo que sería una misión prácticamente imposible.
―Si fueses tan inteligente como yo, verías que te estoy conduciendo por un camino formidable.
―Vio a Liam apretar los labios―. Ah, ya veo que no serás capaz de alegrarte de tu suerte porque eres un hermano menor obstinado.
Mi vanidad era lo que no me dejaba ver más allá.
Tú padeces de obstinación. Si te hubiese dicho que no te casases, si te hubiera exigido que jamás tomases a una mujer por esposa, a estas horas estarías secuestrando a una dama para huir a Escocia y recitar tus votos a toda prisa.
―No olvides la superioridad. Adoleces de vanidad y superioridad, hermano.
―Como sea. Mi esposa me hace mejor, y me gustaría que sintieses lo mismo en tus propias carnes y no perdieses tanto el tiempo como me pasó a mí.
―Más un padre que un hermano. Siempre has sido igual. Tu ducal sesera no comprende lo que quiero o deseo. Eso no va a cambiar ―señaló Liam, al tiempo que emitía un largo suspiro.
―No te he pedido que te cases inmediatamente. Sé que te estoy poniendo sobre la espalda un peso que debía ser mío. Las cosas han venido así y…
―Hay otra solución y lo sabes, Malcom ―susurró su esposa. York se giró y la fulminó con la mirada. Isobel agachó la vista y contempló el suelo.
―Haré lo que debo, excelencia ―intervino Liam―. Te di mi palabra y la cumpliré, pero no esperes que camine con alegría hacia mi fin y que mi carácter no se agrie durante el cometido. ―Dicho lo cual, Liam se soltó discretamente del agarre de su hermano y se marchó de la fiesta.
―Todo esto es culpa mía ―murmuró la duquesa sin ser consciente de que lo había dicho en alto.
―Esta noche pareces haber olvidado con quién te casaste. Si vuelvo a oír que dices algo como eso, o que sugieres una de tus inquietantes soluciones, te prometo, dulzura, que tomaré tu comportamiento como una ofensa hacia tu duque y actuaré en consecuencia.
Tan triste como se sentía y el tono seductor de su esposo la hizo componer una sonrisa tímida. El gesto le fue devuelto por York al instante.
―No dejarás de ser un tirano y un corruptor jamás.
―Ah, no te muestres sorprendida. Te avisé antes de tu matrimonio, excelencia.
―Él usó el título de su esposa para dar formalidad a la conversación―.
No puedes negar que sabías desde primera hora que ibas a unir tu vida a un vanidoso y enérgico duque que no haría más que adularte, amarte, desearte y complacerte por el resto de tu vida.
Fue la promesa que te hice y la cumpliré con gusto hasta que Dios me lleve a su lado.
Te amo con todo lo que soy y no me avergüenzo en decirlo ante un salón lleno de aristócratas.
Así que te pido que tengas la misma consideración por tu adorado esposo, mi amor.
Isobel sintió sus mejillas teñirse de rojo cuando una buena ráfaga de suspiros llegaron tras ella. Se giró y vio a varias damas, algunas jóvenes y otras no tanto, embelesadas mirándolos a su marido y a ella.
―Disculpen a mi esposo, pero teme acabar durmiendo en la silla de su despacho si no hace alarde de sus sentimientos por mí. Las esposas tendemos a exigir demasiado y muchas no somos tan mansas como se espera de nosotras y creo que hacemos bien ―improvisó la duquesa con el corazón lleno de gozo.
Las damas se dispersaron, admirando al duque, quien era tan guapo como el pecado, seductor como el que más, y suyo.
Solo era suyo. Isobel se dio cuenta de que una vez más él no había echado ni un solo vistazo a las mujeres que lo miraban deslumbradas.
Malcom solo tenía ojos para Isobel y ella se sentía una estafadora por no darle lo único que él deseaba: un hijo.