Capítulo 1
Una amistad
Londres, tres años más tarde.
Lady Evangeline Dreyer acababa de cumplir veinte años. Estaba a punto de quedarse en la estantería, tras la cristalera, en un lugar donde acabaría acumulando polvo y que tendría un gran rótulo que anunciaría que ya se había convertido en una gran y tozuda solterona.
Cerró los ojos mientras la música anunciaba que la giga que estaba bailando llegaba a su fin.
Su compañero de baile no estaba nada mal.
No importaba que fuese un notorio disoluto.
Como hermano de un duque, lord Liam Banstorn, era una pieza que más de una joven dama quisiera coleccionar.
No solo por su excelente físico. El hombre era una bestia de lo más encantadora.
Alto, rubio, ojos azules de mirada seductora, cintura estrecha y anchos hombros.
Su reputación estaba bastante maltrecha, sin embargo, era común que a los hombres se les perdonasen sus imprudencias con facilidad.
La alta sociedad no condenaba a uno de los suyos durante demasiado tiempo.
Diferente suerte solían correr las damas que se torcían en el camino de la rectitud.
Para ellas no había absolución y la muerte sería más benévola que el destino que les esperaba tras un traspié social.
La prueba evidente podría ser el hermano del duque de York. Un pícaro que ni tan siquiera pensaba en reformarse y las matronas eran capaces de arrojar a sus virginales hijas a sus pies con tal de cazarlo .
―¿Me harías el favor de decirle a tu querida hermana que deje de lanzar puñales sobre mi persona, Eve?
―El corazón de Evangeline se saltó un latido al escuchar el apelativo que él acababa de usar para referirse a ella.
Un día, Liam decidió acortar su nombre y a pesar de que ella objetó, él no parecía dispuesto a atender su petición.
―Puedes decírselo tú mismo. Además, te he comentado muchas veces que no me agrada que me llames así, Liam. Por favor, no lo hagas. ―Lo dijo de un modo tranquilo. No obstante, era duro cuando alguien deseaba mostrar complicidad con ella y la llamaba Eve.
Más fatídico era recordar que con quince años había estado segura de que sería una novia joven, y que con veinte no había conseguido desprenderse de su soltería.
Acabaría siendo una solterona excéntrica como lo sería Regina, sin embargo, su adorada hermana era lo que perseguía.
La menor de las Dreyer renegaba de los hombres y había desarrollado una especial animadversión por el hermano del duque de York.
―Lo sé, pero me agrada ver cómo frunces el ceño.
―¿Sí? ¿Por qué? ―preguntó la dama, mientras ambos se colocaban cerca de la mesa de los refrigerios.
Liam le sirvió un vaso de ratafía y se lo pasó. Evangeline se mojó los labios y disimuló una sonrisa al ver a Liam observar con descaro a su hermana.
―¿Qué decías? ―le preguntó Liam.
―¿Cuánto hace que nos conocemos?
―Teniendo en cuenta que hace un año que tu institutriz…
―Era la esposa de mi padre antes de casarse con tu hermano ―puntualizó Evangeline al momento, para referirse a la unión entre el duque de York y la que fuese la condesa viuda de Snow, Isobel.
―Soy escandaloso y me gusta más cuando le doy un toque prohibido a mi conversación, por lo tanto, cuando digo que mi hermano se casó con tu institutriz todo el mundo siente que es un chisme de lo más jugoso.
―No es divertido que pongas a Isobel en una posición precaria.
―Jamás se me ocurriría hacerlo y la insinuación que haces me duele considerablemente. Siento un apuñalamiento directo en mi corazón.
―Qué molesto resultas, Liam. Es imposible que diese en la diana si tratase de apuñalarte, dado que ambos sabemos que tu corazón es minúsculo ―se mofó.
Él soltó una risa tan estridente y sincera que pronto tuvieron la atención de todo el mundo. En ese instante, la visión de Evangeline dejó el divertido rostro de su amigo y se dirigió a la pista de baile.
La que fuese en su momento la señorita Isobel Baltimore, ya duquesa de York, acababa de aceptar un baile con su esposo.
Un vals. La pareja se disponía a ir hacia la parte central para disfrutar de la velada.
La joven suspiró al ver el reflejo del amor en la que era a todos los efectos su madre.
Dio gracias a Dios por el hecho de que su padre, antes de regresar a su maldita gira por el mundo, hubiese tomado la decisión de convertir a Isobel en su esposa, y por consiguiente en la madre de Evangeline, Regina y el joven Theodore.
Isobel siempre fue una buena mujer y merecía al fin un auténtico matrimonio.
El difunto padre de Evangeline solo le brindó un título y tres hijos, no fue un marido para ella.
Evangeline había besado el suelo por donde pisaba su padre, pero cuando su madre falleció no quedó ni una minúscula mota del hombre que el conde de Snow fue.
Isobel había sido viuda durante un año y por fin había encontrado el amor de la mano del que todos decían que era el mayor disoluto de todo Londres.
La mirada de Evangeline abandonó a la pareja para observar al hermano de York.
―Apuesto mi soltería a que tú eres un libertino mayor de lo que dicen que lo fue el duque de York.
―Suena como algo que diría Regina, Eve. No puedo creer que en una sola noche estés dispuesta a estrangular sin miramientos la amistad que hemos construido en los últimos tiempos.
Y en cuanto a tu observación, mi hermano me lleva bastante ventaja, aunque se haya reformado, ha sido…
Digamos, que sospecho que fue más pecador que yo.
―¿He hablado en alto? ―preguntó sonrojada, al darse cuenta de que su boca había traicionado sus pensamientos.
―Lo has hecho y me has ofendido de la peor manera posible.
Evangeline se fijó en los ojos de él para cerciorarse de que mentía.
El tono burlón le había dado buena pista, sin embargo, había aprendido que Liam Banstorn era muy capaz de ocultar sus sentimientos bajo una buena capa de frivolidad.
Era algo que sospechaba que compartía con York, pues el duque solo había sido capaz de desnudar su alma con Isobel.
―No puedes estar ofendido porque yo solo he dicho una verdad que todo el salón de baile conoce, Liam.
―Me has molestado, Eve.
―Cuanto más te pida que no me llames de ese modo, más lo harás, ¿cierto?
La respuesta de él fue ofrecer una preciosa sonrisa que dejó al descubierto todos sus blancos y perfectos dientes.
Era un adonis. Tan perfecto como el propio York.
Y Evangeline sentía cierta compasión por él.
El pobre Liam, a sus veinticinco años había sido obligado por su hermano a buscar esposa.
Bueno, a empezar a sondear a candidatas adecuadas.
―¿Es ahora cuando vas a decirle a tu estimada hermana que deje de centrar su atención en mí?
Ve y habla con Regina, no quisiera que acabase sacando un puñal de su muslo derecho y mi pobre corazón, ese que dices que es diminuto, acabase ensartado.
No me importa que yo acabe muerto sobre la alfombra persa, solo me preocupa el hecho de que será un escándalo que ella muestre sus largas piernas al resto de los hombres que la miran con descaro.
Los ojos de Evangeline se movieron en busca de la joven a la que había aludido su amigo.
Regina figuraba al otro lado del salón de baile.
Más parecía ser una madre que su hermana menor.
Miró a Liam y vio que la estaba desafiando con la mirada fijamente posada en ella.
Interesante. Dos perros que se pasaban el día gruñendo y que al parecer no podían vivir el uno sin el otro.
Si tan solo la paz de la familia no se viese alterada por las disputas que Liam y Regina mantenían día sí y noche también…
―¿Piensas mucho en los muslos de mi hermana, amigo mío? ¿En la atención masculina que Regina despierta entre tus congéneres? Porque por un ínfimo instante me ha parecido detectar una nota de cel…
―¡No te atrevas a terminar la frase!
―¿No? ¿Por qué no debería cuando todo indica que no le quitas el ojo de encima a Regina?
―No estoy celoso, solo preocupado por mi vida.
―Él dejó de mirar a la hermana de Evangeline en ese momento y se centró en la hermana Dreyer que le gustaba.
No era que le gustase, no del todo, pero sí era menos molesta que la arpía sedienta de sangre que no le apartaba la vista de encima desde que aparecía hasta que se iba.
―Regina no te aprueba, pero no sería capaz de terminar con tu vida. No debes temer que mi hermana acabe atacándote. ―La descarada se estaba burlando de él.
―Lo que me preocupa es que un día me sorprenda en una habitación oscura, eche la llave y me fuerce a casarme con ella.
Le tocó el turno a ella para reírse a carcajadas.
―¿Qué es tan gracioso? ―preguntó molesto Liam.
Ella se silenció al verlo rígido, recto como el palo de una escoba y… ¿enfurruñado?
―¿No estabas bromeando?
―No. Tu hermana me desea desde que nos vimos la primera vez en la ópera. ―Él recordaba muy bien ese primer encuentro con la joven porque esa marisabidilla era del todo insoportable. Como ella sabía que no lo podría tener, por eso se empeñaba en agredirlo verbalmente siempre que veía ocasión.
Evangeline negó con la cabeza.
―Conoces muy poco a mi hermana si aseguras eso, amigo mío.
No pretendo herir tu vanidad, y puesto que eres hermano de York, sospecho que eso corre a raudales por tus venas, pero Regina no te desea.
Si pudiera desterrarte a las colonias o conociese a alguien que pudiese llevarte allí para no volver, emplearía su gran dote para hacerlo, cada libra.
―Piensa lo que quieras, Eve, yo sé bien lo que veo cuando una fémina me mira del modo en el que Regina lo hace. Tu hermana sabe que sería la última mujer en la que me fijaría, y por desearme es por lo que quiere castigarme.
―¡Dios santo, Banstorn ―usó su apellido para darle más énfasis―, tu ego no palidece en comparación con el de York!
―No discutiré más ese punto contigo.