Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio #2
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Prefacio #2

―¿Acaso no es usted un padre amoroso para Evangeline, milord?

En las sanas y decorosas conversaciones que he compartido con su hija, ella ha sostenido continuamente que usted, su querido y amado progenitor, solo pretendía la felicidad de sus vástagos.

Perdone que le exponga mis palabras con firmeza, lord Snow, pero siempre he sido consciente de que mi posición sería un obstáculo.

Aun así, estoy prosperando y, le juro por Dios, que a lady Evangeline ―usó su título con humildad― no le faltará de nada.

―Impertinente, falto de distinción… Maldita fuese la hora en la que lo contraté, señor Smith.

―Avery Sullivan ―lo cortó―, ese es mi nombre.

―No ―rebatió al punto el conde―. Lo que tiene usted es un nombre falso. Ocupa un lugar en el mundo para ocultar su pecado. Vive una mentira.

―¿Disculpe? ―Avery se irguió ante esa frase espetada con arrogancia y enfado.

―Usted es un Smith, un hombre sin familia, sin importancia, común, nacido en la ilegitimidad.

Un hombre que nunca debió entrar en mi casa.

¿Sullivan? El apellido que la familia que se apiadó de su desgracia le brindó.

Toda una falsedad que al fin ha salido a flote.

Usted es ilegítimo y se marchará de mi casa al momento para no seguir corrompiendo con su mancha todo lo que está bajo mi cuidado.

Avery abrió los ojos como platos ante la explicación que le acababan de ofrecer.

―Se equivoca, milord.

―¡Jamás! ―gritó con enfado al tiempo que se ponía en pie―.

No es más que un bastardo arrogante, un oportunista que se ha aprovechado de mi generosidad y la de mi hija.

No la tendrá mientras yo siga respirando.

No uniré mi linaje al de alguien de tan bajo calibre.

Ha sobrepasado los límites y su nacimiento es un obstáculo que no será capaz de sortear mientras le quede aliento.

Muérase y podrá expiar su pecado, puesto que dejará de existir, y solo así consentiré en que mi hija llore su pérdida.

―Le aseguro que es una vil mentira que…

―¡Basta! ―lo silenció de nuevo―. Lady Evangeline ―dijo el título para que no lo olvidase, dado que ella estaba muy por encima de su maldito administrador―, habla de mí como un padre amoroso, según sus propias palabras, y sin lugar a duda no habrá dejado de observar que tengo la obligación de proteger a mis hijos de todo mal.

Usted es la peste y mi hija no tendrá contacto con un hombre como usted, un bastardo ―arrastró la palabra con asco.

―¿Protegerlos, milord, cuando no ha hecho más que salir huyendo y abandonarlos? Sus hijos únicamente cuentan con la protección y los cuidados de la señorita Baltimore ―saltó ya, sin poder morderse la lengua para referirse a la institutriz que velaba por la familia.

―¿Quiere que saque la pistola que sostengo bajo mi escritorio y que le dispare sin ápice de remordimiento? ¡Salga de mi casa, porque de lo contrario no lo contará! Le prohíbo que mire, hable o piense en lady Evangeline. Lo que ha hecho es un despropósito.

El conde ya no mantenía la pistola oculta, sino que la exhibía ante el señor Sullivan con frialdad, apuntándole directamente en la cabeza.

―Milord, esto no es…

―No tiente su suerte. Estoy dispuesto a disparar. ―En ese momento el noble amartilló el arma. El sonido zumbó en la estancia.

El administrador comprendió que en verdad su vida corría peligro y que nada de lo que alegase podría hacer cambiar a un hombre que lo miraba con furia y que estaba deseando darle la excusa perfecta para mandarlo al mundo de los muertos.

Avery suspiró, se levantó de la silla con movimientos lentos y tranquilos, para salir de la estancia con valentía, dado que le dio la espalda al conde en un claro intento de mantener su dignidad en alto.

No sabía qué era lo que había ocurrido, pero lo averiguaría y cuando tuviese la verdad, regresaría a por Eve.

―No se atreva a poner en duda mi palabra. Tengo indicios muy claros de que esa mancha más oscura que lleva en el dorso de la mano, la comparte con su verdadero padre.

Avery creyó que le acababa de leer la mente. Se paró en el lugar y se miró la mano derecha. Ahí estaba. Un pequeño tramo de piel que era considerablemente más oscuro que el resto. Cerró los ojos.

―¿Está seguro de que sus informaciones sobre mi procedencia son creíbles y están fundamentadas? ―preguntó sin girarse.

La seguridad del conde era pasmosa, tanto que mientras Avery echaba la vista atrás y pensaba en algunas cosas extrañas que había escuchado en el pasado, y que surcaban su mente con ferocidad, comenzaba a asaltarle una duda más que razonable.

Hubo un silencio incómodo. El señor Sullivan no se volvió, pero supo que Snow había bajado la pistola, por el sonido que percibió cuando el arma tocó la madera maciza.

Comenzó a avanzar hacia la puerta y entonces escuchó la voz del conde para decirle que:

―Lo estoy. Es usted huérfano y los padres que le acogieron no pueden responderle ya a sus preguntas.

Amo a mis hijos y solo deseo lo mejor para ellos.

La hija de un conde no puede casarse con un bastardo, aunque usted sea hijo de otro noble.

Jure que no volverá a ponerse en contacto con Evangeline.

La hará caer en desgracia y si de verdad la ama como asegura, debe protegerla y hacer lo correcto por ella.

El señor Sullivan asintió en silencio. Con todo el dolor de su corazón consintió la petición del conde y juró en su fuero interno no ser un obstáculo para ella.

Reconocía la honestidad en las palabras de lord Snow.

Ser un hijo ilegítimo era peor que estar infectado con una enfermedad mortal.

Los pecados de los padres siempre los pagaban los hijos.

Tenía mucho en lo que pensar. Se marchó de allí sin presentar más batalla.

En cuanto salió del despacho se encaminó hacia su habitación.

Se sentó en la cama un instante y recordó el día que su madre falleció.

Le había dicho, en medio del delirio de la muerte, que él fue un milagro llegado para dar luz.

Un niño querido, amado y que no tendría que avergonzarse jamás.

¿Se había referido la señora Sullivan, una dama de compañía que se casó con un sencillo abogado, al hecho de que fue engendrado fuera del matrimonio?

Demasiadas dudas, muchas más preguntas y una decisión factible.

Debía alejarse de Evangeline para no arrastrarla al lodo.

Incluso si la versión de lord Snow fuese una mentira, él no podía aspirar a la mano de la preciosa hija de un conde sin su consentimiento.

Se encaminó hacia la arboleda para encontrarse con el amor de su vida. La única mujer a la que podría amar y que estaba fuera de su alcance, para hacer lo que un verdadero hombre que se preocupa por su amada debe llevar a cabo: apartarse.

En cuanto la vio, cantó esa melodía que empleaba con ella a modo de clave secreta para que lo localizase o hacerle ver que deseaba hablar con ella.

Nada más la divisó cerca, abrió sus brazos para sostenerla un poco más, para disfrutar de su candor una última vez.

El corazón le ardía, sus ojos trataban de aparentar una calma que no sentía.

―¿Cómo puedes hacer que el mundo desaparezca con solo un abrazo? ―inquirió la joven mientras se abrazaba a él.

―No tengo el poder de hacer eso, Evangeline. Sencillamente ocurre que tú necesitas consuelo cuando vienes a mí. ―Todavía recordaba aquel día en el que se olvidó de sí mismo y de su posición, y abrió sus brazos para abrigarla cuando ella vio el retrato de sus padres y comenzó a llorar.

Ella levantó el rostro, de tal modo que su barbilla se quedó apoyada en su duro torso y lo miró. Adoraba esos hermosos ojos azules.

―Oh, sí. Tienes una habilidad curiosa. Cuando estás cerca, todo y todos se esfuman.

No es consuelo lo único que me das. Solo estás tú, Avery.

―La joven cerró los ojos y juntó los labios a la espera de recibir un beso.

Eso no sucedió, en su lugar llegaron unas palabras cargadas de algo que ella no supo identificar.

―Eres tan dulce, Evangeline… y tan joven. ―La muchacha despegó los párpados y lo miró con atención. Avery le mostró una sonrisa triste.

―¿Qué sucede?

―Te amo, Evangeline. Debes saber que mientras me quede un solo soplo de aire en los pulmones, viviré por ti. ―La respuesta de la dama fue apretar más su abrazo.

―Seremos felices, Avery. Supe que serías tú en cuanto te vi.

―Eras joven, pero tan decidida e insistente que no tuve ninguna oportunidad de escapar de ti, ¿verdad?

―Ella se rio con ligereza mientras dejaba descansar la cabeza sobre su torso de nuevo.

Avery sentía desatarse el infierno en su interior.

La situación con Evangeline ya era complicada antes de la entrevista con lord Snow.

Después de hablar con el conde, la nueva realidad era devastadora.

―No puedes huir de mí, ni lo intentes. Allá donde vayas te encontraré, porque somos uno.

―Tienes toda la vida por delante. Una joven bella y dulce como tú…

―Una muchacha como ella se casaría, haría feliz a un buen hombre.

No a él. Sería la madre de los hijos de otro.

Nunca los suyos. Maldijo en su interior y contuvo la rabia, los gritos y la desdicha que le oprimían el pecho.

Deseaba raptarla, llevársela de allí sin mirar atrás.

No. Eso sería vil. La hija de un conde estaba hecha para las mieles de una vida más que digna, llena de amor, de lujos, de felicidad.

En ese momento, Avery Sullivan se juró a sí mismo que haría todo lo posible para que ella cayese en buenas manos. Ningún desalmado sin corazón la tendría como esposa. No podría ser su marido, pero nunca dejaría de velar por ella, por sus intereses, por su seguridad, por su estabilidad.

―Pídemelo ―lo desafió.

―Siempre decidida a que se cumpla tu voluntad. ―Él sabía lo que ella deseaba. Se le partía el alma por lo que iba a hacerle: desaparecer.

―Te lo he dicho, me conozco con exactitud y tú eres lo que deseo y necesito, Avery.

―Tu padre ha vuelto, Evangeline. Lo he visto esta mañana. Él estaba en su despacho cuando has bajado a desayunar. ―Ella se separó de él y lo miró con el ceño fruncido.

―¿Ha vuelto? ¿Has hablado con él? ―inquirió con asombro desmedido. No podía creerse que su progenitor estuviese en casa y que ni ella ni sus hermanos hubieran sido avisados. Frunció el semblante con preocupación.

―Me he entrevistado con él ―señaló con solemnidad.

―¿Se lo has dicho? ―preguntó con ilusión―. Mi padre no nos separará, lo sé. Es un buen hombre al que le ha tocado vivir un mal sueño, pero sé que me ama y que mi felicidad es lo primero para él ―expuso segura de sus palabras. Él le sonrió con ternura.

―No solo para él, Evangeline. Eres lo primero para ambos. ―Los ojos de los enamorados estaban fijos los unos sobre los otros.

―¿Entonces está todo bien?

―Lo está ―dijo él mientras exhalaba.

―Nos casaremos pronto.

―Prométeme, amor mío, que nunca pondrás en duda la fortaleza de mis afectos. Suceda lo que suceda entre ambos, jamás dudes de que eres el pilar que sostiene todo mi mundo. ¿Lo harás, Evangeline? Promete que lo harás ―suplicó.

―Por supuesto que sí, Avery. Seré tu esposa y te haré tan dichoso, que nunca querrás separarte de mí ―expuso con orgullo la beldad rubia.

―Sé que lo harías, Evangeline.

El tiempo se detuvo cuando Avery vio toda la devoción y amor que reflejaban los ojos de la joven.

Tras unos pocos segundos contemplando esa mirada oscura llena de luz, la boca de él buscó con desespero los labios frescos de la dama.

Ella no se resistió, pese a que fue un beso crudo, cargado de promesas que la muchacha no era capaz de comprender, pues la lujuria estaba apoderándose del administrador del conde y él no debía ir más allá.

Con toda la fuerza de voluntad que fue capaz de reunir, el señor Sullivan se separó del amor de su vida.

―¿Qué ha sido eso? ―La pregunta salió en un susurro.

―Evangeline, no te haces una idea de la altura ni la amplitud del dique que tuve que crear para encarcelar mi pasión.

Fuiste desde el principio una tentación tan adorable que no quise, ni pude apartarte de mi lado.

Fue tu sonrisa, tan sincera y natural, lo que me hizo dejar a un lado mis principios.

No me arrepiento ni un segundo del tiempo que hemos compartido.

Tu inocencia era como un halo que te iluminaba y me cegaste con ella.

Nunca dejaré de amarte. Es la promesa que te hago, y si pudiera arrancarme el corazón y depositarlo en tus manos, ten por seguro que lo haría.

Te pertenezco y no miraré a otra como lo he hecho contigo.

―Te amo. ―La hija del conde podría repetir esas dos palabras hasta el fin de sus días.

―Yo te amo muchísimo más, nunca lo pongas en duda, jamás lo olvides, ¿de acuerdo? ―Ella cabeceó afirmativamente en respuesta―. Ahora, ve a casa, Evangeline, tu padre querrá verte.

Ella parecía reacia a soltarlo, así que Avery tuvo que dejar de acariciar su espalda y llevar sus manos a los antebrazos de ella para obligarla a soltarlo. A regañadientes lo dejó libre.

―Te veré luego ―le dijo en cuanto lo soltó. La joven se puso de puntillas, le dio un rápido beso en los labios y se marchó.

Avery la contempló mientras se alejaba, cuando no fue capaz de verla recogió la maleta que tenía escondida detrás de un árbol y después de despedirse del amor de su vida, entre palabras de devoción eterna y con el corazón llorando sangre, y siempre ocultando la verdad sobre su marcha y nacimiento, Avery Sullivan desapareció de la vida de lady Evangeline para demostrarle, sin que ella lo llegase a saber nunca, que renunciaba a su amor porque la amaba más que a cualquier otra cosa.