Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio
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Prefacio

Todo tiene un principio

Hija de un conde. Hija mayor de un hombre con poder. Hija de lord Snow, quien era viudo y la había dejado a ella y a sus dos hermanos, Regina y Theodore, bajo el cuidado de una institutriz que más se había convertido en algo así como su madre que en empleada del noble.

Diecisiete años y se sentía maravillosa, tan mujer, tan llena de vida y esperanza, que su propio corazón podría salir de su pecho en cualquier momento para caer en las manos de él. ¿Qué había más importante que el amor, más condenadamente maravilloso que enamorarse y ser correspondida? Nada.

Lady Evangeline Dreyer conocía lo que era el dolor.

Sí. Su madre, Fiona, pereció demasiado joven y la muerte de la condesa de Snow supuso una grieta gruesa que jamás volvería a unirse.

Su padre había cambiado por completo y se había vuelto un hombre despreocupado, que se marchó de casa para viajar y no volvió a pensar en sus hijos.

Aunque los tres hermanos no dudaban del amor que su padre les profesaba.

Aun así, no debía quejarse. El destino fue benévolo en más de una ocasión.

Primero, cuando la señorita Isobel Baltimore se instaló en la finca campestre para ser la institutriz de la casa.

No era un detalle menor, dado que la paciencia y el cariño de Isobel eran más que palpables para los tres hermanos.

La adoraban, era como aquella madre amorosa que falleció debido a las fiebres.

El segundo brillante acto de un sino acertado se produjo con la llegada de él.

Ese gran hombre que la dejó deslumbrada, anhelante, con quince años, y que le hizo comprender que si no se casaba con él, no lo haría con ningún otro.

¿Cómo una niña pudo albergar un sentimiento que arraigó con tanta fuerza en lo más profundo de su alma?

Todavía en la actualidad no tenía esa respuesta, solo sabía que los dos habían sabido esperar, que Avery Sullivan, el administrador de su padre, había sido paciente y supo persistir.

Bueno. En realidad fue la dama quien hizo todo el trabajo de perseverar.

Él era cinco años mayor que ella y siempre fue correcto, no obstante, jamás tuvo la menor oportunidad de escapar de la hija de lord Snow, dado que Evangeline lo deseaba como nunca quiso nada.

Avery. Un nombre que al ser pronunciado era capaz de hacer tambalear todo el universo de Evangeline. Sus rodillas pasaban a transformarse en budín y fácilmente podría convertirse en un charco pegajoso a los pies de su adorado señor Sullivan.

La joven hija de lord Snow iba cantando, sonriente, por el vestíbulo central de la casa.

Se había levantado temprano y tenía pensamiento de dar un paseo para después encontrarse con Avery en la arboleda, su lugar secreto, ese que los había visto florecer.

Primero surgió una amistad sana, natural.

Después llegó la esperanza de algo más. Dos corazones latiendo al mismo tiempo, deseando lo que el futuro podría ofrecer.

Evangeline salió por la puerta, sin percatarse de que Avery Sullivan se disponía a bajar por las escaleras en aquel momento.

El aroma a lirios blancos que se percibió en el ambiente le dio buena cuenta de que ella acababa de transitar por esa parte de la casa.

En el desayuno, Avery le había hecho llegar una nota para que se encontrasen y pudieran hablar.

Tenía veintidós años y había esperado lo que parecía toda una eternidad por ella.

No importaba. Al fin, Eve ―como le gustaba llamarla en la intimidad― era toda una mujer.

Una bella, preciosa y, sí, también tentadora fémina.

Esos ojos negros como la noche lo tenían cautivado, su pelo de color dorado, como la miel más pura, era un sueño para cualquier hombre.

Sencillamente era perfecta. Una altura estupenda, ni alta ni baja, ni demasiado voluptuosa ni tampoco sin carne allí donde una mujer debía tenerla.

Oh, sí, en el último año ella había pasado de ser una muchacha a parecer una preciosa rosa inglesa, pese a que no tuviese los ojos azules como los que él poseía.

Avery era de familia modesta, pero persistió hasta poder ocupar un buen puesto como el administrador del conde, un empleador al que los miembros de la casa veían poco porque viajaba mucho.

Él conocía las normas sobre codearse con aristócratas.

Era consciente además de la posición que tenía en la escala social, y dentro de la finca campestre que se había convertido en su hogar en los años pasados.

Luchó. Trató de no caer en la tentación, de mantenerse apartado de ella.

Llegó un momento en el que no pudo, no quiso seguir negándose a lo que le parecía un regalo hecho por los mismos dioses del Olimpo.

Ella había sellado su destino en el preciso momento en el que le confesó estar enamorada de él.

Sus sencillas palabras lo iluminaron como un trueno en medio de una gran tempestad. Eve era su faro, su luz en medio de la oscuridad.

Se consideraba a sí mismo un buen hombre. Tranquilo, sensato, honrado y trabajador. Pese a que estaba muy por debajo de ella en cuanto a su pedigrí y sangre, nadie la amaría más que él. Jamás otro hombre la cuidaría con tanta devoción y eso debería contar más que cualquier otra cuestión.

Con esa idea en la mente, bajó la escalera principal de la casa y llegó hasta la puerta del despacho del conde.

Snow había regresado de su última expedición esa misma madrugada y Avery sentía como si eso fuese una señal para que al fin diese el paso.

Tenía ahorros y bien… No sabía cómo iba a poder mantener a Evangeline, pero esperaba que su padre…

Se desinfló un poco con ese último pensamiento.

Suspiró, levantó la cabeza dispuesto a no flaquear ante la dura prueba que se le venía encima.

El conde había enviado a la señora Murphy para avisarlo de que deseaba una entrevista con él, previsiblemente para que le explicase los asuntos monetarios y los estipendios que pagaban los arrendatarios por las tierras.

Mil cuestiones cruzaban por su mente, todas ellas relativas a Evangeline y a la posible aceptación, o negativa, por parte del conde.

Llamó con decisión a la puerta y se irguió cuan alto era para demostrar confianza en sí mismo. Se oyó la firme voz del conde dándole acceso.

Nada más entrar, observó a un joven levantarse de la silla que estaba frente al escritorio de lord Snow.

Vaya, no sabía que Lawrence Trent, quien era algo así como un primo lejano de la familia, había llegado a la finca.

Y tampoco le sorprendió que pasase por su lado y ni lo mirase.

El actual vizconde Wythe y heredero del conde de Ranfield no se paraba a mirar a un ser de posición inferior.

―Pase ―lo invitó su empleador.

Efectivamente, el noble lo examinaba con seriedad desde detrás de su imponente escritorio de ebanistería.

Y en verdad parecía que fuese un rey que iba a enfrentarse a un súbdito.

El señor Sullivan tragó saliva. Su nuez de Adán se movió frenéticamente un par de veces.

No le gustaba la situación, más que nada porque su patrón lo miraba de arriba abajo como si a él le hubiesen salido tentáculos o alguna cosa peor.

―Milord, sea bienvenido…

―Sí, sí, tome asiento joven ―lo interrumpió, para después mover la mano y señalarle la silla que el vizconde Wythe había ocupado minutos antes.

Manso y dócil, Avery se sentó, manteniendo todas las alertas al alza.

―¿Qué puedo hacer por usted, lord Snow? ―se atrevió a decir, pasados unos instantes, al ver que el conde seguía mirándolo con fijación. De repente tuvo el impulso de llevar una mano hasta su rostro para limpiarse alguna mancha que hubiese podido persistir después del desayuno. Se contuvo.

―¿Qué sucede con mi hija, señor Smith?

Avery volvió a dominarse para no corregir a Snow con respecto a su identidad.

―¿A qué se refiere, milord?

―¿La ama? ―preguntó sin amagos.

Suspiró con fuerza. No tenía caso seguir ocultando lo que alguien había averiguado. Evangeline y él habían sido cuidadosos al llevar su romance en secreto. Alguien los había descubierto y los había delatado frente al padre de la joven.

―Con todo lo que soy, con todo lo que tengo ―alegó con sencillez y humildad, esperando que la verdad lo hiciera libre al fin.

Avery no supo adivinar el estado de humor del conde. No transmitía ningún sentimiento con respecto a la confesión que acababa de hacer en alto.

―¿La ha deshonrado? ―preguntó, pasados unos minutos, con tirantez.

―Jamás. No soy un caballero de nacimiento, pero sí puedo alardear sobre mi honor.

―¿Honor, dice? ―Y por primera vez, el administrador detectó la ira en el siseo que el conde acababa de espetar en forma de pregunta.

―Sí, milord ―se reafirmó sin vacilación.

―No sea ingenuo. Soy un conde, Evangeline es la hija de un hombre importante. ¿Acaso cree que yo denigraré a mi progenie y cerraré los ojos frente a su atrevimiento, señor? ―No había levantado la voz, pero sus palabras eran acero puro. Como un látigo candente que rasgaba la piel de su espalda.

―Nos hemos enamorado, y pretendo pedir su mano en matrimonio, milord ―sostuvo, mirando directamente a los ojos a su superior.

Avery no era un hombre de carácter flojo e iba a luchar con todo lo que tuviese a su alcance. No consiguió amedrentarlo la mirada fría, de odio y de superioridad, que el conde de Snow le estaba ofreciendo. Casi parecía un verdugo y él su víctima.

―Se está deshonrando a sí mismo. Está faltándole al respeto a mi hija y me abochorna su sola presencia. ―No le hacía falta elevar la voz para destilar toda la animadversión que reflejaban sus ojos.